jueves, 11. mayo 2006
Jaime, 11 de mayo de 2006 10:31:15 CEST

Con lo que a mí me gustan los sellos


La estafa de los sellos me ha llegado al alma. ¿Cómo se puede traficar y, lo que es peor, engañar usando como excusa el coleccionismo de sellos, esos cuadraditos de papel con alma que llevan ideas, penas y alegrías de una ciudad a otra?
Sí, yo soy un apasionado de la filatelia. Como expresión artística, no como "inversión". Me gustan tanto los sellos que durante una época pegaba uno en el monitor cada vez que enviaba un correo electrónico. Lo dejé porque al final el cacharro estaba todo pegajoso y mi madre me llamó la atención al respecto.
Heredé la colección de mi padre, quien a su vez la heredó de mi abuelo, quien a su vez se la robó a un guardia civil. Por supuesto, esta colección se ha ido ampliando con los años --las décadas-- y tiene piezas valiosísimas, como una serie en la que sale el Titanic al revés, otra en la aparece la reina Isabel de Inglaterra con colmillos y una pirata del doctor House.
Una de mis piezas favoritas es la que muestra a Klaus Keys, fundador en 1896 del Reino de Asnalia, aunque hay que recordar que hasta 1908 no se encontró a nadie disponible para hacer de rey.
Keys llevó Asnalia a la independencia tras una sangrienta guerra de diecisiete minutos contra todos los países que tenían posesiones en el pequeño estado centroeuropeo: Prusia, Austria, Italia, Francia, España, Suiza, Holanda y Singapur. Los tres guardias de Singapur fueron los únicos que opusieron resistencia a dejar lo que por aquel entonces se llamaba "esa ciénaga repugnante". Fueron reducidos gracias a la sutil arma tradicional asnalesa: la garrota.
Se trata de un sello difícil de encontrar porque, tras la muerte en 1912 de Klaus Keys, se eliminó todo lo referente a su figura. Cosa natural, teniendo en cuenta su poco agraciada apariencia física.
Su muerte sigue siendo un misterio: el cadáver de Keys fue hallado en su cama con una espada atravesándole el pecho. A su lado, su hermano Clef se limpiaba las manos con un pañuelo. "No sé cómo ha podido pasar --explicó--, estaba tan tranquilo jugueteando con la espada cuando ¡chas! en un momento y sin que pudiera hacer nada para evitarlo, el arma estaba clavada en el corazón de mi adorable y adorado hermano mayor". Hoy, ciento diez años más tarde, aún no se han aclarado las extrañas circunstancias que rodean este ¿asesinato? ¿Suicidio? ¿Accidente? Quién sabe.
En 1919, Clef vendió Asnalia al ya moribundo Imperio Otomano por 233 libras. Imperio Otomano era un señor francés que siempre maldijo el supuesto sentido del humor que mostraron sus padres al bautizarle. El trato que este hombre amargado por los chistes fáciles dio a Asnalia se considera el primer caso de mobbing inmobiliario de la historia: saboteó las carreteras y las dos líneas de tren, prohibió el comercio exterior, descuidó el alcantarillado. Pueblo cobarde donde los haya, los asnaleses intentaron salir en masa del país, pero su plan de huida quedó frustrado al encontrarse sin trenes ni carreteras. Otomano murió del disgusto, superado por las paradójicas circunstancias.
Clef Keys pagó una deuda de juego con las 233 libras y se fue a vivir a Roma, donde murió en 1928. Igual que en el caso de su hermano, la muerte de Clef sigue siendo un enigma sin resolver. Su cuerpo fue hallado en la cama, desnudo y con una bala en la cabeza. A su lado, yacía el cadáver también agujereado de Lady Ruffington. La policía encontró a Lord Ruffington en la salita de estar, con un revólver en la mano. Dijo que no tenía nada que ver con aquellas muertes y, dada su fama de hombre sincero, la policía no dudó en creerle.


 
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