lunes, 26. agosto 2002
Jaime, 26 de agosto de 2002, 11:33:44 CEST

Lo normal


Una vez fui de convivencias con mi clase. La cosa consistía en llevarnos a una especie de espantosa residencia durante un par de días para hablar de Dios, de la amistad, del futuro y de ese tipo de cosas de las que es mejor no hablar. Aunque sólo sea por una cuestión de elegancia. Mis primeras (y últimas) convivencias. Tenía 15 años. Sí, suena horrible, pero tengo una buena excusa: las opciones eran ir allí o hacer un examen de física. Ahora, como es natural, sé que debería haber escogido el examen ya que, en todo caso, sólo duraba una hora. Pero con 15 años resulta difícil acertar en la toma de decisiones. Al menos, y a pesar de esos dos días, no me volví ateo. No fue especialmente divertido. Pasamos largos ratos sentados en círculo, contestando por turnos a las preguntas propuestas por el profe e intentando establecer algo más o menos parecido a un debate. Una de las preguntas venía a ser algo así como: "¿Qué esperas de la vida?". Lo sé, la de los salesianos es la orden religiosa más cursi. El caso es que uno de mis compañeros, al que llamaremos Fernando, contestó: "Una vida normal". Se armó cierto revuelo. ¿Cómo podía alguien desear una vida "normal"? Otro compañero, por desgracia sentado a mi lado, puso cara creo que trascendental, y me dijo: "Una vida normal, qué aburrido". Hace unas semanas me dijeron que Fernando se había hecho sacerdote. El que quería una vida normal ha escogido una opción que siguen sólo 19.500 personas en España, un 0.05 por ciento de la población, más o menos. El resto de mis compañeros respondió con frases más románticas y sueños más excitantes. Allí había futuros actores, escritores, viajeros empedernidos, algún músico, famosos arquitectos y un odontólogo millonario. Sin embargo, todos -o casi- acabarán -¿acabaremos?- con un trabajo aburrido, dos niños malcriados (Kevin y Jennifer), un perro sucio y una hermosa hipoteca. El que quería una vida normal se hace cura: toda una extravagancia hoy día. El resto seremos empleaduchos de traje gris y corbata fantasía en planta de caballeros, dos por 19.95. Es también curioso que -en su momento y todavía ahora- el deseo de normalidad resultara provocativo. Es extraño que extrañe lo normal, que lo cotidiano resulte excéntrico. Hoy por hoy, la sensatez es una frivolidad y el realismo, un delirio.
 
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¡Plagio!


Delia me avisa: uno de los cuentecillos que os dejé, Calle Indians, 74, ha sido hábilmente copiado. Al parecer, Adolfo Bioy Casares usó mi idea para La trama celeste, en un desagradable caso de plagio por anticipación. Este tipo de robo artístico es más cruel que el común, ya que hace aparecer a la víctima como ladrón. El verdadero plagiario aduce la unidireccionalidad del tiempo y la antigüedad de los hechos; tristes excusas. Es posible que muchos estéis también sorprendidos por el hecho de que el cuento de Casares -su versión- es mejor. Admitámoslo, mucho mejor. Pero, claro, hay trampa: él lo escribió en 1948; yo, hace un par de años. En consecuencia, tuvo más de medio sigo para perfeccionar mi idea, antes de que yo la pusiera por escrito. La verdad, no me esperaba esto de Adolfo Bioy Casares, un autor que es el ABC de la literatura argentina, él solito, sin ayuda ni de Artl ni de Borges. A saber qué contesta a esta acusación. Es más, a saber cómo contesta, dada la situación horizontal en la que se encuentra desde el 8 de marzo de 1999. A mí sólo me queda decir que mi cuento es un homenaje. Pésimo eufemismo que debo usar en defensa propia.
 
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viernes, 9. agosto 2002

Desayunos


No suelo desayunar más que una taza de café solo, bien cargado y con mucho azúcar. A veces, alguna galleta. Pero me gusta desayunar en los hoteles. Escoger cada día algo diferente: tostadas, croissants, ensaimadas, brioches. Untarlo con mantequilla, que viene cortada en forma de flor. Probar mermeladas de distintos sabores. Volver a llenarme el vaso de zumo y beber al menos un par de tazas de café. Si es posible, incluso llevarme un termo bien lleno a mi mesa. Por eso me voy a pasar unos días a un hotel de no recuerdo qué ciudad europea. Cuando vuelva, además, aprovecharé para ir a un pisito en el que la gracia está en hacer cosas que normalmente no hago: la compra, cocinar, fregar. También desayunar. Total, que me voy a pasar dos semanas desayunando. Las restantes cincuenta del año apenas lo hago, así que he de aprovechar que tengo la oportunidad. Que os lo paséis bien.
Por cierto, os dejo tres cuentecitos. No son gran cosa. Pero ahí están: ·Los animales de los espejos ·Un día en la vida de Hipólito Terrade ·Calle Indians, número 74
 
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miércoles, 7. agosto 2002

Excepciones


Cuando le llevamos la contraria a alguien, aunque sólo sea por deporte, y aducimos ejemplos que niegan las tesis de nuestro interlocutor, no es extraño que éste trate de defenderse asegurando que "la excepción confirma la regla". Es francamente absurdo que algo que puede demostrar la falsedad de un juicio general se convierta, por culpa de un cliché, justo en lo contrario, en una prueba. Por suerte, esta frase hecha no es más que una mala traducción. Lo explica Ambrose Bierce en El diccionario del diablo (en la entrada Excepción, claro): "En latín, exceptio probat regulam significa que la excepción examina la regla, que la pone a prueba, no que la confirma. El malhechor que vació de significado a ese excelente proverbio, sustituyéndolo por uno contrario de su propia creación, hizo gala de un poder nefasto que parece inmortal." Así pues, las excepciones no confirman nada. Hacen algo bastante mejor: nos obligan a pensar en lo que tomamos como cierto, a replantearnos criterios y juicios. Las excepciones, pues, no son obviables. Son piezas del puzzle que hay que saber encajar. Aun a riesgo de tener que comenzar de nuevo.
 
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Preferiría no hacerlo


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