martes, 3. septiembre 2002
Jaime, 3 de septiembre de 2002, 16:10:28 CEST

Javi quiere un elefante


Mi amigo Javi ha leído en los Ensayos de Montaigne que "en las Indias Orientales, donde tenían la castidad en singular estima, la costumbre permitía sin embargo que una mujer casada pudiera entregarse a quien le ofreciese un elefante; y ello con cierta gloria por haber sido estimada a tan alto precio". Javi planea viajar a la India y comprar uno de esos bichos, aunque todavía no ha decidido si lo quiere macho o hembra. Sabe que le costará carísimo y que quizás tenga que pedir un préstamo, pero asegura que merece la pena la experiencia de pasar una noche con una mujer a cambio de un elefante. Y la de entrar en un banco y solicitar un crédito para comprar el animal tampoco es desdeñable. Javi sabe que en cualquiera de las grandes ciudades (Bombay, Nueva Delhi, Calcuta) y por mucho elefante que lleve, lo tendrá difícil para que le hagan caso, ya que no duda de que allí ya estarán tan fascinados con el automóvil como en Berlín o en Los Ángeles. Y no cree que tenga el mismo encanto la entrega de una esposa a cambio de un camión. Explica que prefiere perderse por algún pequeño pueblecito hasta que encuentre a una mujer preciosa, que seguramente estará casada con un señor mayor y más bien feo. Según Javi, no tendrán más remedio que aceptar: un elefante, nada menos, la cantidad de cosas que se pueden hacer con uno de esos bichos. Y además ya quedan pocos. Javi está seguro de que la mujer le recibirá con los brazos abiertos (aunque igual no sean éstas las extremidades apropiadas). No por maldad, sino porque él es él y ésta es su fantasía. Explica con malsana ilusión que podrá practicar tantra y posturas del kamasutra en el sitio más idóneo. Nadie hace esas cosas mejor que en la India, del mismo modo que nadie confía en comer una buena paella en Dublín. Mi amigo no duda de que el marido aceptará, siguiendo la tradición y haciendo caso a su codicia (¡un elefante!), pero después se sentirá herido de celos y dará vueltas por toda la casa, ansioso, arrepentido, frotándose las manos y mordiéndose las uñas, descubriendo que está enamorado de esa joven con cuyos padres pactó el matrimonio. Aun así no se atreverá a entrar en la alcoba e interrumpir la transacción. Se sabe viejo y feo; no quiere resultar también ridículo. Además, y al fin y al cabo, un elefante no es cualquier cosa. Y es una lástima, porque la joven india le estaba cogiendo cariño al viejo cascarrabias. Si hubiera renunciado al elefante por tenerla a ella todas las noches y no todas menos una, no hubiera habido mejor esposa y madre en todo el país. De todas formas, la muchacha es comprensiva y sabe que no es fácil renunciar a un animal así, con trompa y todo, de modo que promete quedar al menos entre las diez mejores. Javi me explica que se irá a escondidas en cuanto salga el sol y se duerma la muchacha. Ya de camino, volverá la vista atrás y verá cómo un sirviente limpia al que fuera su elefante, que se despedirá alzando la trompa a modo de hasta la vista compañero. Javi sabe que echará de menos al animalito. Le intento explicar que todo eso del paquidermo no sólo no es cierto ahora, sino que seguramente no lo era cuando Montaigne lo escribió. Mi amigo me mira ofendido y me suelta que Montaigne es Montaigne y yo sólo soy yo, así que, como es evidente, la palabra del francés vale más que la mía.

 
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lunes, 2. septiembre 2002

Andamios


Cuando se habla de arte, música y literatura, se suele recordar que hay que conocer las normas para después, si conviene, romperlas. Se explica que los pintores han de aprender a hacer retratos antes de pasar al arte abstracto; que si uno no es capaz de urdir un soneto, no logrará escribir un poema sin rima ni métrica. Esto se suele explicar porque muchos creen que es más facil, por ejemplo, pintar como Miró que como Velázquez. Borges, en cambio, aseguraba que es más difícil escribir versos libres. Porque hay que mantener ritmo y música sin la ayuda de la métrica y de la rima, para evitar así escribir prosa recortada en lugar de un poema. Igual lo mismo es aplicable a la música contemporánea y a la pintura abstracta. Puede que sean, en realidad, formas más difíciles. Porque se intenta expresar lo mismo sin la ayuda de ciertas normas. No debe ser nada fácil, pues, componer poemas y no prosa recortada, pintar cuadros y no manchas, componer música y no ruido, sin recurrir a rimas, motivos, armonías y demás. Estas normas no atan, sino que soportan. Son, quizá, andamios y no celdas.
 
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jueves, 29. agosto 2002

Un gemelo


Los gemelos suelen venir de dos en dos. Quiero decir que acostumbramos a conocerlos en pareja, aunque no seamos su madre. Pero, a veces, alguien a quien has conocido de manera, digamos, individual, te dice que tiene un hermano gemelo. A modo de comentario, sin darle importancia. Claro, no la tiene... Pero en seguida te viene la imagen a la cabeza: ese tipo (o esa muchacha) tiene por ahí un doble dando vueltas; con un tono de voz parecido, la cara algo más alargada o algo más redonda, quizás con algunos quilos más (o algunos menos). Les han confundido desde niños. Y ellos han aprovechado esas confusiones. Les han vestido igual, cambiando sólo el color de la ropa. Les han visto siempre como a una pareja de hermanos y no como a un hermano y a otro hermano. Empiezas a preocuparte: sabes que es absurdo, pero te da la impresión de que ahí delante sólo tienes la mitad de una cosa. Una gafa, una tijera, un alicate, un gemelo. Te inquieta el hecho de que un día te los puedas encontrar a los dos por la calle. Paseando cada uno del brazo de su novia. Otras dos hermanas gemelas. Supongo que es absurdo, pero la imagen de un gemelo me asusta. Tanto como la idea de asomarme a un espejo y no verme reflejado. ¿Exagero? Quizás. En todo caso y para evitar suspicacias de mellizos vengativos, diré que la culpa es de Cronenberg. Las reclamaciones, a él.
 
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miércoles, 28. agosto 2002

Delirio que será, cómo no, convenientemente reciclado (es decir, arrojado a la papelera)



X saldrá vestido de blanco impoluto: pantalones, camiseta y zapatillas de tela. No llevará calcetines. Pelo corto, despeinado. Sexo, indiferente. Mirada perdida. Tiene que hablar muy rápido, en tono bajo, aunque con cambios bruscos de velocidad y volumen. Las manos por debajo del pecho; juguetea con los dedos. Puede llevárselas a la cara y a la cabeza.
X: No me gusta reciclar, ¿sabes? Porque, cuando reciclas, luego reaprovechan lo reciclado, ¿entiendes? No sé si me explico. O sea, que se vuelve a usar. Tiras, por ejemplo, una botella de cristal y cuatro diarios viejos a sus contenedores, cada uno al suyo, cristal por un lado, papel por el otro, y, al día siguiente abres la puerta y te encuentras en el rellano la botella limpia; sin etiqueta, eso sí, pero limpia y con el tapón de corcho entero. Y los periódicos al lado, en un montoncito. Las hojas son algo más grises, pero están como nuevas, bien plegadas y ordenadas, con las noticias de aquellos días oliendo a fresco y con el crucigrama que casi acabaste en blanco. Y no puedes tirar todo eso, porque para algo lo has reciclado, ¿no? ¿Qué sentido tendría? Así que lo guardas. Y otro día tiras, no sé, un tetra brick, por ejemplo, y vacías la papelera de tu habitación. Entonces te devuelven el tetra brick, cerrado y casi reluciente, como cuando lo compraste en el super. Sólo que vacío, claro. Y al lado, pongamos, unos veinticinco folios que usarás de nuevo, reciclarás otra vez y te volverán a devolver. Y eso por no hablar de la ropa. La ropa vieja también se puede reciclar. Se ha de reciclar. Al principio está bien, porque te devuelven las camisas y los pantalones bien planchados y reteñidos, pero, claro, en seguida se pasan de moda y no es verdad que las modas vuelvan: no es lo mismo una camisa estilo años 70 del Zara que la camisa vieja de tu padre. Al final toda la casa se llena de botellas de vino vacías, de tetra bricks de aire, ropa anticuada, periódicos atrasados y bien plegados. Todo se amontona en los armarios, sobre los sofás, encima y debajo de la cama. Acabas caminando entre los vasos que rompiste, entre los muebles que tiraste, sobre los cuentos que acabaron en la papelera y las cajas de cartón en las que venían aquellas cosas que compraste y ahora no eres capaz de encontrar. ¿Y que se puede hacer con todo eso? Está ya reciclado, no tendría sentido volverlo a tirar, o sea, a reciclar, porque lo volverías a recibir al día siguiente en tu casa; lo dejarían en el rellano. Y hay que reciclar, todo el mundo tiene que hacerlo y todo el mundo, el planeta, quiero decir ahora, acabará rebosando basura limpia que nadie sabrá cómo usar. Bueno, algunas cosas sí, como los folios, pero nadie se atreverá a usarlos, porque luego habría que volverlos a reciclar y no sabes lo espantoso que es tirar algo viejo y encontrártelo de nuevo en el rellano, reciclado, algo más gris, algo más apagado, pero como antes de que tú lo destrozaras. Y la culpa es de los lecheros ingleses, pero ése es otro tema, que ahora se trata de reciclar y ¿entiendes ya por qué no me gusta reciclar?
 
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martes, 27. agosto 2002

Batasuna (algunas dudas)


No cabe ninguna duda acerca de la connivencia (y dependencia) entre ETA y Batasuna. Y, desde luego, no merece ningún respeto un partido que no condena (y supuestamente apoya moral y logísticamente) asesinatos y atentados terroristas. Pero no creo que la ilegalización de este partido sirva para acabar con el terrorismo. Ni siquiera creo que vaya ayudar, sino que más bien parece previsible un aumento de la división de la sociedad vasca y, en consecuencia, que aún sea más difícil vivir allí con toda normalidad. Especialmente para aquellos que llevan escolta. La ilegalización de Batasuna igual supone mayores dificultades para los terroristas, pero es también una excusa más. Una excusa cruel e imbécil, sin duda. Aunque, claro, matar por la independencia (o por la dependencia) de un país es ya de por sí bastante imbécil. Sinceramente, no tengo ni idea de lo que se puede hacer en el País Vasco. Aunque sí me atrevo a caer en el tópico del necesario diálogo (por una vez, no falso por tópico), aunque sin olvidar que el problema no es tanto hablar (ya se ha hecho) como dejar claras las bases sobre las que se establecerá este diálogo. Ambas partes han de asumir que tendrán que ceder. Quizás mucho. Si todo se limita a acciones policiales y a la ilegalización de Batasuna, me temo que poco se va a arreglar. Los arrestos no han solucionado gran cosa hasta ahora, y no creo que se pueda meter en la cárcel a todo el que esté dispuesto a cometer atentados. Por poner un ejemplo, y asumiendo las diferencias que existen entre ambos conflictos, en Irlanda del Norte no acabaron con el terrorismo expulsando al sur a los católicos ni metiéndolos en la cárcel. Cosa que no quita, claro está, que cuanto pueda hacer la policía por evitar asesinatos y arrestar a asesinos sea más que necesario y encomiable. Pero si todo se mantiene igual, con asesinatos y arrestos, y si la ilegalización de Batasuna no ayuda (dudo que lo haga) habrá que preocuparse por el "y luego, ¿qué?" ¿Estarán dispuestos en Madrid a radicalizar de modo brutal e insensato el conflicto? ¿Declararán el estado de excepción? ¿Meterán los tanques en Bilbao? ¿Creerán que es factible (y no, no lo es) una solución al estilo Bader Meinhoff? Por supuesto, me alegraré si resulta que estoy equivocado y que es un acierto, y no una especie de vendetta política, ilegalizar Batasuna. Pero lo dudo. Lo dudo mucho.
 
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