lunes, 5. agosto 2002
Jaime, 5 de agosto de 2002, 12:28:49 CEST

Amos de casa


Esther Vilar publicó en 1971 El varón domado, un polémico libro que le daba una curiosa vuelta de tuerca al feminismo. Según Vilar, en la sociedad occidental y moderna (y en hogares acomodados, habría que añadir), el hombre nunca ha sometido a la mujer, sino que ésta lo usaba a modo de esclavo: "Las mujeres hacen que los varones trabajen para ellas, piensen por ellas, carguen en su lugar con todas las responsabilidades". Vilar llega a decir que el sexo es la cadena que ata al varón y que los hijos no son más que rehenes. En cuanto a las mujeres que trabajan, según Vilar, o lo hacen por pura necesidad, o por conseguir un marido, o simplemente por una moda tonta. La liberación de la mujer, remacha, sólo ha consistido en comportarse como los hombres: fumar, beber cerveza a litros, alistarse en el ejército e ir al fútbol. Grandes éxitos. Vilar, además, elogia el trabajo doméstico. No porque sea especialmente edificante, sino porque es fácil y no ocupa demasiado tiempo. Siempre que se tenga dinero, claro. Gracias a las máquinas modernas, a las guarderías y a las empleadas del hogar, basta con tres o cuatro horitas diarias, tirando a mucho. Y según Vilar, la mayoría de las mujeres ni siquiera sabe cómo emplear el resto del tiempo. Evidentemente, no es plan de estar de acuerdo con la autora, cuya intención es más provocar e incitar a la reflexión que otra cosa. El varón domado no es más que una divertida boutade de 167 páginas. Pero sí que es posible constatar un hecho que, si no le da la razón a Vilar, al menos hace más difícil llevarle la contraria en lo que se refiere al trabajo. Y es que, hoy día, mientras las veinteañeras (la mayoría) buscan un empleo agradable y bien remunerado, que no les impida formar una familia y que les ayude a formarse profesional y personalmente blablablá, está surgiendo toda una generación de varones bartlebianos que sueñan con ser amos de casa mantenidos por profesionales aguerridas e independientes. Dormir hasta las once, tirarse el día en casa y, cómo no, actualizar el blog. Y todo a cambio de poner una lavadora de vez en cuando, cocinar, pasar la aspiradora.
(Texto dedicado a Delia, que no sabe si buscar un cocinero-cocinero o alistarse a las filas de los bartlebys.)
 
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jueves, 1. agosto 2002

Frágil


La navaja del peluquero pasa demasiado cerca de la yugular.


 
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miércoles, 31. julio 2002

Incorrecciones


Ahora todo el mundo quiere ser políticamente incorrecto. Y como siempre que todo el mundo quiere ser algo, el significado de los términos se estira hasta romperse, se diluye hasta que no queda ni rastro. Cualquier columnista que se precie alardea a la mínima oportunidad de su incorrección política. Ya sea diciendo que Gibraltar es español o que es inglés, que la inmigración es peligrosa o que es necesaria, que habría que acabar con ETA a tiros o dialogando. Da igual lo que se diga y no importa que el nivel de provocación tienda a cero. Porque en definitiva no se trata más que de (intentar) provocar, acompañando cualquier tímida tentativa en este sentido con la apostilla "ya sé que sonará políticamente incorrecto". En definitiva, todos quieren ir a contracorriente. Y al final, claro, nadie se mueve de donde está. Peor aún es el caso de quienes aprovechan esta mala fama de la corrección política para soltar animaladas. Porque los hay que se consideran inteligentes y rompedores por atacar, por ejemplo, a los homosexuales. Y peor que ser políticamente correcto es ser un bruto y un ignorante. No seré yo quien defienda las exageradas memeces de lo p.c. Pero es necesario recordar que sus intenciones son más que razonables. Aunque obviamente, y por ejemplo, la discriminación nunca será positiva: yo no tengo la culpa de las desigualdades provocadas por otros hombres europeos y blancos. Y tampoco está de más recordar que adjetivos como negro y moro no tienen por qué ser peyorativos. Es obvio que lo importante no son las palabras, sino lo que se haga con ellas. Por no hablar de tonterías como intentar ningunear a Shakespeare por ser, cómo no, un hombre blanco y europeo, que además descarga sus iras racistas sobre el moro Otelo y el judío Shylock. Y eso a pesar de que es éste último quien dice aquellas frases de "if you prick us, do we not bleed? If you tickle us, do we not laugh? If you poison us, do we not die?" Igual toda esta tontería sobra y basta con ser correcto. Sin adverbios. Y la corrección, cómo no, puede incluir la provocación. Pero no la estupidez.
 
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V., A.


Dentro de las tazas de café hay fetos conservados en formol. Y debajo de las mesas de mármol, un vestido manchado de sangre.
 
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martes, 30. julio 2002

Nombres y cosas


Protágoras explicaba que había cosas con nombre femenino, como la cólera (e menis), que deberían ser masculinas por ser más propias del hombre. Y viceversa, claro. Dudo que la cólera sea más propia del hombre que de la mujer, pero, en todo caso, sí que es cierto que hay nombres que merecerían otro género. El teléfono, perdonadme el tópico, debería ser la teléfono (o la teléfona, si acaso). Y, no sé, creo que preferiría ponerme unas pantalones a unos pantalones. También me suena muy natural que en alemán el sol vaya en femenino (die Sonne) y la luna (der Mond), en masculino. Llevando el tema algo más lejos, hay palabras que sin duda definen perfectamente el objeto o la acción a la que se refieren, género incluido. Como gota, eructo, espachurrar, tierra, bisturí -ah, la palabra incluso corta-, horror o manzana. Pero hay otras que necesitan ser cambiadas, adaptadas, porque no responden en absoluto a su referente. Mesa, por ejemplo, es una palabra demasiado anodina. Incluso para una mesa. Parece más bien un pronombre posesivo. O calle. Con lo bonitas que suelen ser las calles y su maldito nombre no es capaz de incitar ni a dar un paseíto. No me extraña que se use tanto el coche. Y el libro como objeto igual es insustituible, pero la palabra es francamente mejorable. Último ejemplo: si computadora suena, como mucho, a triste calculadora, ordenador es una mentira. Pero, claro, todas estas cosas ocurren porque la sensatez y la razón nunca serán los instrumentos que usen académicos y lingüistas a la hora de fijar (y dar esplendor) a la lengua, anclados como están en la convención y en la tradición. Cuánta arbitrariedad. Así jamás será cierto aquello que dice Borges en los primeros y platónicos versos de El Golem:

Si (como el griego afirma en el Cratilo) el nombre es arquetipo de la cosa, en las letras de rosa está la rosa y todo el Nilo en la palabra Nilo.

Una lástima. Sí, supongo que lástima en femenino está bien. Aunque pena igual debería ser un nombre masculino.
 
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