Salvador comprendía que los nuevos clientes mostraran recelos. Pero que los tuvieran los de toda la vida, no. Antonio insistía en que tenía que hacer bien su trabajo, como siempre, y olvidarse de todo lo demás. Pero eso era muy fácil de decir, teniendo una vista tan buena como para enhebrar hilo y aguja a la primera (Salvador se lo había visto hacer) y no llevando unas enormes gafas con cristales de culo de botella, casi opacos, que dejaban ver al fondo, a lo lejos, unos minúsculos ojos de ratoncillo, inquietos y mates.
Es todo psicológico, insistía Antonio, ponte en su lugar: creen que para ser buen peluquero hay que distinguir los cabellos uno por uno, y que les vas a cortar mal el flequillo o les vas a dejar una buena decena de trasquilones. Por eso me prefieren a mí. Pero tú, a lo tuyo -le decía-, a cortar el pelo que es lo que sabes hacer. Total, somos socios, ¿no? Vamos al cincuenta por ciento, ¿no?
Salvador había intentado ocultar sus dioptrías con lentes de contacto. Pero se le enrojecían los ojos, le picaban, incluso le dolían. Al cabo de tres semanas de esfuerzos y (literalmente) lágrimas, volvió a sus gafas de pasta.
Su compañero le hizo más llevadero el fracaso; le decía que sin las gafas no era él, que volvía a ser el de siempre. Total, los clientes ya sabían que era un poco cegato y quitarse las gafas no ayudaría mucho. De hecho, a Antonio no le había gustado que probara las lentillas. Le veía raro, decía.
Antonio, pensaba Salvador, era un buen tipo. Los dos habían montado juntos la peluquería. Y jamás le había importado que fuera perdiendo vista cada año, que sus ojos aparecieran cada vez más pequeños tras los cristales. Incluso habría podido irse a otras peluquerías, que ofertas había recibido. Pero no, prefirió seguir con Salvador.
Al fin y al cabo, eran amigos. Y, para qué negarlo, a Antonio le gustaba sentirse mejor peluquero que Salvador, darle todos esos consejos, decirle que no se preocupara por lo de la vista, y ver cómo los clientes le escogían siempre a él cuando ambos estaban libres o, peor, preferían esperar un rato más para que fuera Antonio quien les cortara el cabello, aduciendo, claro, que era él quien siempre lo hacía.
Y ya casi nunca mencionaba aquel incidente, cuando a Salvador se le fue la mano (y la vista) con aquel cliente, cuando la mancha borrosa del cabello se confundió con la de la oreja. Total, sólo fueron unos puntos y un poco de sangre, tú no te preocupes.
Jaime, 9 de septiembre de 2002, 11:08:18 CEST
La utopía liberal
La izquierda necesita un nuevo discurso equilibrado y claro. Los artículos y libros de Ignacio Ramonet o de Noam Chomsky no están exentos de razones, pero, admitámoslo, los panfletos sólo sirven para que los ya convencidos se convenzan aún más de lo genial de su convencimiento. Lo mismo pasa con la derecha y, por ejemplo, Jiménez Losantos.
De ahí lo agradable que resulta leer a John Gray. Un tipo que no es un progresista, ni mucho menos, sino un economista conservador (al estilo británico, no al estadounidense) cuyas primeras ideas eran cercanas al thatcherismo más liberal. Sin embargo, Gray es lo suficientemente honesto como para ver claros los errores y peligros del actual proyecto de libre mercado global, que además de amenazar toda cohesión de la sociedad, pretende eliminar cualquier alternativa, tal y como intentaron fascismos y estalinismos.
Una de las muchas ideas que sugiere Gray en
Falso amanecer es que este neoliberalismo con ansias globales y totalitarias no es más que una nueva utopía, por irrealizable y por sus pretensiones de perfección.
Gray explica que las utopías políticas y sus planes de mundos perfectos no fallan por chocar con las imperfecciones humanas, sino porque a duras penas son perfectas en las mentes de quienes las defienden. Para el resto no son más que nuevos monstruos construidos sobre el error, el horror y la vanidad.
Jaime, 6 de septiembre de 2002, 17:12:22 CEST
Otro nombre
Javi lee
la historia del elefante y me pide que no use su nombre. No por timidez, sino porque le trae malos recuerdos. Cuando le insultaban, cuando le castigaban, incluso aquella vez que le despidieron: "Javi, lo siento, pero hemos decidido no renovarte".
Le discuto el razonamiento, intento explicarle que le insultaron, castigaron y despidieron a él, no a su nombre. Javi me mira indignado y me pregunta que qué me he creído; que le insultaron, castigaron y despidieron injustamente, sin motivo y que, por tanto, la cosa no iba con él. Así, si decían algo desagradable sobre Javi, se refería como mucho al nombre y no a la persona.
Le pregunto por qué no cambia él su nombre, si tan malos recuerdos le trae. Me explica que, de hacerlo, acabarían llegando de todas formas más errores, más injusticias. Es posible incluso que lo despidan de nuevo, con o sin rebautizo. "Pero al menos mis historias" me dice "que queden libres de todo eso. Ponme en ellas un nombre neutro, anda, uno que no me recuerde a nada ni a nadie".
Estoy a punto de mandarlo a paseo, harto de sus retorcidas manías. Me retiene no sé qué escrúpulo. Le prometo buscar otro nombre. Aunque no encontrarlo.
Jaime, 5 de septiembre de 2002, 18:01:42 CEST
Casi tópicos
Volvió a casa antes de lo acostumbrado y se encontró con que su mujer le era fiel.
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No creo en el amor a distancia. A corta distancia, quiero decir.
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Cuando un relato comienza diciendo que era un día lluvioso es un mal relato. Y un peor día.
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Qué ilusión, porque yo nunca he ganado nada en un concurso. A excepción de un apartamento en la playa, un coche rojo, cinco mil euros, un fin de semana en Mallorca y esta bonita lavadora.
¬¬
Es mejor dar que recibir. Bueno, depende de lo que se reciba, claro.
¬¬
Javi no puede ser tan malo si le gustan los animales. Aunque sea al horno.
¬¬
Estoy indignado. Hoy he visto a una albañil y no me ha gritado nada.
Jaime, 4 de septiembre de 2002, 22:31:59 CEST
Difícil
Que algo sea difícil (o fácil) no basta para valorar un acto, una obra. Ni siquiera ayuda.
Puede ser muy difícil alzar una reproducción exacta de la Sagrada Familia con palillos o batir algún Guinness estúpido como aguantar vasos en la nariz o alguna otra majadería. Pero dudo de que estas actividades tengan algún valor. Ni como pasatiempo.
Mucho más fácil le resultó a Kazimir Malevitch pintar
Blanco sobre blanco o
Cuadrado negro sobre blanco, pero no parece que el razonamiento del esfuerzo merezca ser tenido en cuenta. Al menos en este contexto. Tampoco me vale el "eso lo puedo hacer yo". Porque a eso se le puede responder, sencillamente, con un "pues hazlo".
La técnica no es despreciable, es necesaria. El esfuerzo es loable a título personal, a causa, simplemente, de la satisfacción que pueda suponer el superarse a sí mismo. Pero al final lo único que importa es el resultado de todo eso. Malgastar el sudor sólo porque sí no sirve para nada. Para eso están las saunas.