martes, 17. septiembre 2002
Jaime, 17 de septiembre de 2002, 11:59:59 CEST

Gravedad


Según la revisión 'patafísica de la gravedad, no es cierto que las cosas caigan. Cuando soltamos una manzana, en realidad, el resto del mundo sube hacia arriba. Y cuando saltamos, lo que hacemos es empujar el planeta hacia abajo.
 
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lunes, 16. septiembre 2002

El universo creativo


Timothy Ferris asegura en varias ocasiones a lo largo de su Informe sobre el universo que la cosmología no puede responder a preguntas como si Dios existe o quién creó el mundo. De todas formas, en el "Epílogo contrateológico" de su (interesante) libro, se atreve a lanzar una propuesta acerca de cómo podría ser este Dios. Según Ferris, Dios podría haber creado el universo "a partir de un interés en la creatividad espontánea". A lo mejor quería "que la naturaleza produjera sorpresas, fenómenos que él mismo no pudiera haber previsto". Estos fenómenos son para el autor la vida y la inteligencia, "agentes que son creativos por sí mismos, lo que equivale a decir impredecibles". Me resulta atractiva la idea de un Dios que juega, que busca sorpresas y que quiere respuestas a sus acciones. Esta opción plantea, claro, dudas. Por ejemplo, respecto a la omnisciencia. Un Dios que se sorprende es un Dios que no lo sabe todo. Claro que podría darse el caso de que conozca todas las opciones posibles, pero no cuál será la que finalmente tenga lugar. Un universo cuántico, del que no se sabe su forma definitiva hasta que ésta es observada. Otro tema sería el de nuestro papel. Si estamos en un universo creativo, a lo mejor la especie humana no es más que una sorpresa. No somos, pues, el centro de la creación, sino apenas una de sus posibilidades. Otra duda que surge al respecto y que quizás no le resulte tan agradable a científicos como Ferris: si estamos en un mundo que sorprende al propio Dios, ¿podemos nosotros pretender saber algo acerca de este universo? ¿Quedaría algún espacio para las certezas, por mínimas que fueran? Claro que, en todo caso, esto no significa que haya que renunciar a querer saber cómo es la realidad, sino que hemos de ser conscientes de que esta realidad (si es que existe tal cosa) es inasible. Aunque, en el fondo, la ciencia no es más que eso: una búsqueda eterna de respuestas que acaban siendo reemplazadas por respuestas que son mejores que las anteriores, pero que no son, por suerte, definitivas. La renuncia sería el único fracaso. Es más, independientemente de esta sugerencia de un universo creativo, me da que nunca lo sabremos todo -ni siquiera casi todo- acerca del universo y de nosotros mismos. Nuestra forma de ver las cosas es demasiado limitada. La misma cuántica nos demuestra que nuestro sentido común, nuestros marcos, son débiles y poco útiles. No podemos renunciar a la causalidad, al tiempo, al espacio, al "X no puede ser A y B al mismo tiempo", a pesar de que parece que la naturaleza juega a todas esas cosas. Aunque quizás sí que lleguemos a saber algo. Con cierta seguridad. Quizás. Pero me temo que será, como mucho, después de muertos.
 
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viernes, 13. septiembre 2002

Un extraño en la cocina


Javi dice que su cocina le da miedo. El otro día entró en ella a prepararse el desayuno y se encontró dentro a un tipo que no conocía de nada. Estaba sentado en el suelo, frente al lavavajillas. Vestía pantalones azules y una camiseta blanca. A su derecha había una caja llena de objetos metálicos: algunos, contundentes; otros, punzantes. -Me dio los buenos días -explica Javi- como si me conociera de toda la vida. Y yo jamás había visto esa cabeza gorda, sudorosa, calva. Su madre le había dejado el café ya preparado, así que se armó de valor y pasó junto a aquel extraño para servirse una taza. Tenía miedo y sentía asco; sólo quería salir de allí cuanto antes. Pero cuando se disponía a hacerlo, una vez servido el café y sin concederse los diez segundos necesarios para añadir azúcar, descubrió que aquel tipo ocupaba ahora más espacio: había abierto la puerta del lavavajillas y se había echado hacia atrás. La cocina era demasiado estrecha para pasar por allí. Javi pensó en dar un salto, pero era peligroso. Pisotear al desconocido le daba asco. Decidió coger la escoba para apartarlo. Se dio media vuelta para meterse en el lavadero a agarrarla, cuando oyó la voz de aquel hombre. -Ah, que quieres pasar -le dijo-. Perdona. El calvito cerró la puerta del lavavajillas y Javi pasó entre el electrodoméstico y el extraño, conteniendo la respiración. Por el pasillo andaba su madre, que le echó un vistazo al interior de la cocina, sin alarmarse, y se fue al comedor. -Le pregunté que qué pensaba hacer -cuenta Javi- y me dijo que ver la tele un rato, si no me importaba. Quise saber si ya lo sabía mi padre, pero me dijo que no creía que a él le importara que viera una película. Y me lo dijo riendo. Javi corrió a encerrarse en su habitación. Desde entonces no ha vuelto a pisar la cocina. Le tiemblan las piernas sólo de pensar en ver de nuevo a ese tipo. -Imagina que ha criado y me encuentro a otros gordos sudorosos dando vueltas y tocando mi comida. Mientras no salga de ahí... ¿Y si entra en otras habitaciones? ¡A lo mejor se mete en la mía! Una noche igual levanto las sábanas y me lo encuentro durmiendo, abrazado a su caja. Aunque lo que más me preocupa es que a mis padres les da igual. Y mi madre lo vio, Jaime, lo vio.
 
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jueves, 12. septiembre 2002

Nadie te vigila


Se suele decir que la ciencia ficción nos avisa de ciertos peligros. Aunque no suele acertar. Últimamente, por culpa de internet, la televisión y el 11 de septiembre, se habla mucho del Gran Hermano que nos vigila, siguiendo 1984, de George Orwell. Según quienes ven en esta espléndida novela un trasunto de lo que ocurre hoy día, vamos de cabeza a una sociedad en la que estaremos totalmente controlados, en la que se registrarán nuestros movimientos, nuestras compras, nuestras decisiones; en la que no se nos permitirá tener nuestras propias ideas ni tomar nuestras propias elecciones. A esto, cómo no, se le añaden cuatro pinceladas de cyberpunk desnatado al estilo del "poder de las hiperglobalizadas y omnipresentes grandes corporaciones". El error tal vez provenga de no pensar que, en su libro, Orwell se refería más a lo que ocurría cuando lo escribió que a lo que pensaba que podría ocurrir en el futuro. De hecho, las mejores novelas de ciencia ficción no son simplemente de anticipación, sino que en ellas el autor critica la sociedad en la que vivía. Así pues, me parece más lógico pensar que hoy día la tendencia es la contraria a la del Gran Hermano, como avisan John Gray y Peter Sloterdijk: vamos, quizás, hacia una disgregación brutal del conocimiento, de la sociedad, de las opciones. Nadie nos controla, aunque exista la tecnología necesaria para hacerlo. Tampoco se nos obliga a adorar a nadie. En cuanto a las malvadas empresas, se olvida que lo único que quieren es una buena cuenta de resultados. Y para eso no hace falta sojuzgar el mundo, basta con adaptarse a él. Coca-cola no torturará a nadie para que beba sus refrescos. Sencillamente se los venderá. Otra cosa es que las empresas no quieran asumir los peligros y costes sociales y ecológicos de sus actividades. De todas formas, todo esto no es una buena noticia. La conclusión es más bien dramática: así como en la obra de Orwell cada uno de los individuos era fundamental y había que contar con él al precio que fuere, en el actual proyecto de libre (¿libre?) mercado global no importa lo que hagamos, las libertades de las que disfrutemos, las seguridades con las que contemos. El sistema es tan flexible que ya se ocupará de adaptarse él mismo para absorbernos y utilizarnos convenientemente. Nos espera un mundo disgregado, gaseoso, molecular, en el que a la ausencia de objetivos personales y sociales concretos la querrán llamar libertad. Los rasgos de 1984 que aún reconocemos (posibilidades de control, creación de enemigos al estilo de Sadam Hussein, pérdida de privacidad) son más bien los ecos de la Guerra Fría, de la caza de brujas, de las purgas estalinistas.
 
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miércoles, 11. septiembre 2002

11


Ninguno supo reaccionar entonces. Tampoco lo sabe nadie ahora. Se han cometido demasiados errores; lo grave es que ahora son voluntarios. Y las muertes se rebajan al nivel de excusas.
 
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