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Íntimo y personal
Han condenado a un tipo a dos años de cárcel por leer, fotocopiar y entregarle al juez el diario de su esposa, con la intención de demostrar que la muchacha le era infiel. Por supuesto y de entrada, estoy de acuerdo con la condena: está muy feo eso de leerle el diario al prójimo y me parece muy bien que el juez haya estimado que incluso dentro de la pareja uno tiene derecho a mantener un espacio de privacidad. De todas formas, me gustaría decir que no creo que un diario sea precisamente un "espacio de privacidad". Nunca me he acabado de creer eso que dicen algunos de que escriben ciertas cosas para sí mismos y no quieren que nadie las lea y las guardan bajo siete llaves. Entre otras cosas porque buena parte de los libros que se publican son, justamente, diarios, a veces incluso acompañados del adjetivo "íntimos". Muchos hasta los cuelgan en internet, exponiéndolos así a las búsquedas de Google, que no es poca cosa. En definitiva, me da la impresión de que quienes escriben diarios en realidad lo hacen pensando en su publicación cuando sean escritores reconocidos y apreciados. Si es que no lo son ya. Y esperan que el texto de la contraportada deje bien claro que publicar un libro tan personal le ha supuesto al autor quedar desnudo ante sus lectores. O alguna otra tontería semejante. Por otro lado, hay que ser muy torpe o muy vanidoso para serle infiel a la pareja y encima dejar constancia de ello por escrito, al más puro estilo Corín Tellado. Sobre todo si ya hace años que se ha dejado atrás la adolescencia. Como si no estuviera clarísimo que lo primero que hace todo el mundo en cuanto ve un cuaderno abierto sobre una mesa es echarle un vistazo. Y si el contenido es jugoso, mejor aún. Por muy feo que esté.
La hormiga anémica
Siguiendo con el tema del trabajo, me gustaría dejar claro que a mí me encanta. No hay nada que me cause mayor admiración que ver a una persona que le echa un vistazo a su nómina a fin de mes y sonríe como diciendo "me he ganado hasta el último céntimo". A pesar de mi exiguo sueldo, yo no puedo decir lo mismo. Y cómo me gustaría. Y es que suscribo por entero las palabras que a la encomiable empresa del trabajo le dedica Jerome K. Jerome en Three men in a boat: "I like work: it fascinates me. I can sit and look at it for hours. I love to keep it by me: the idea of getting rid of it nearly breaks my heart. You cannot give me too much work; to accumulate work has almost become a passion with me: my study is so full of it now, that there is hardly an inch of room for any more. I shall have to throw out a wing soon. And I am careful of my work, too. Why, some of the work that I have by me now has been in my possession for years and years, and there isn't a finger-mark on it." Que conste, pues, que no soy un zángano ni una cigarra, como insinuaba Javi, sino más bien una hormiga anémica. Una hormiguilla que lucha con todas sus fuerzas (que no son muchas) para ser la obrera que más trozos de hoja traiga al hormiguero. Pero es que no es tan fácil. No todos hemos nacido con las mismas aptitudes. Unos valen para sudar, mientras que los demás nos tenemos que conformar con tumbarnos a ver el espectáculo, con una tacita de café y un par de libros a mano, a ser posible con algo de música de fondo, pero suave, por favor. Terrible destino el nuestro, que no podremos contribuir a que nuestra nación alcance a las locomotoras europeas, a que nuestro país reactive su economía -signifique eso lo que signifique-, a que podamos mirar al futuro con la cabeza bien alta. Cuando España sea una primera potencia mundial, yo apenas podré reprimir una lagrimilla y confesar que no he colaborado en tal gesta. Pero, eso sí, os daré las gracias a todos por haber trabajado tan duro y por no haberme obligado a imitaros. Porque no me obligaréis, ¿verdad?
Buenas noches
No creo que mucha gente me lleve la contraria si alabo los cuentos infantiles como las fuentes de sabiduría popular que son. Los cuentos enseñan a los niños a enfrentarse al mundo con el que se encontrarán de mayores, y así las caperucitas rojas saben que han de tener cuidado con los macarrillas del barrio, mientras que las familias, de cerditos o no, han de asegurarse de que el mafioso de turno les vende una sólida casa de ladrillos y no un pisito con aluminosis. Uno de mis cuentos favoritos es El zapatero y los duendes, que viene a matizar la necesidad de trabajar duro que nos intentaban inculcar los tres cerditos antes citados. Recordemos que el zapatero era un tipo pobre, con apenas cuero para un par de botas, que recibe el encargo de su vida. De todas formas, el tipo se lo toma con calma y cuando cae la noche se retira a dormir: las ocho (o nueve, o diez) preceptivas horas de sueño son más importantes que el trabajo. El zapatero sabe cuáles son sus prioridades. Y por esa escala de valores tan bien formada en la que lo primero es lo primero y se trabaja para vivir y no se vive para trabajar, unos duendecillos acaban durante la noche la tarea dejada a medias el día anterior. En definitiva, este cuento es una necesaria loa al descanso, al beauty sleep, a consultar los problemas con la almohada, a dejar para mañana lo que puedas hacer mañana, a darse cuenta de que el trabajo es un medio y no un fin, y que no hay que hacer horas extra ni aunque el mismo rey te pida un par de zapatos. En todo caso, que se encarguen los duendes, que yo me voy al cine o a echar la siesta y las botas viejas de su majestad bien pueden aguantar otro par de días.
Los cuarentones de hoy en día
Este verano tardé algo más de lo debido en llevar el coche a la ITV. Durante aquellos diez días lo pasé francamente mal. Yo soy de estos que ve un policía y ya pone cara de buena persona para que nadie sospeche nada, así que cualquiera puede imaginar lo que sufría al ver un coche de la urbana cerca mío, teniendo en cuenta que, por una vez en mi vida, era culpable de algo. Y no sé para qué me preocupaba, la verdad. Tendría que aprender de Andrés P. B., un campeón de 46 años al que la policía detuvo en un semáforo, conduciendo un coche con las ruedas destrozadas mientras se fumaba un porrete. Hacía ya tiempo que lo buscaban: debe, en multas, unos 180.000 euros. 110 multas en tres años. 88 por exceso de velocidad. Ah, bueno, y además nunca ha tenido carnet de conducir, pero, llegados a este punto, eso no tiene importancia. Al menos en este caso nadie puede decir aquello de ah, los jóvenes de hoy en día son todos unos incívicos y unos delincuentes. De hecho, creo que habría que aprovechar para criticar a estos cuarentones y cincuentones que van por ahí conduciendo sin carnet y drogándose en los semáforos; estos maduritos que no respetan nada y que nos han llevado a la guerra de Irak y que cuando llegan al gobierno lo único que saben hacer es divorciarse y liarse con Cayetana Guillén Cuervo. Qué vergüenza, de verdad, qué vergüenza.
El cenizo
Josep Lluís Carod-Rovira me ha decepcionado. Y es que yo creía que era inteligente. Al menos, lo suficientemente inteligente como para saber que no iba a salvar España del terrorismo él solito, entrevistándose en secreto con un par de terroristas. En secreto, claro, excepto para todo el mundo y especialmente para el diario ABC. Tampoco es que el asunto sea tan grave, pero lo que está claro es que quien tendría que haber hablado con Eta es José María Aznar. Aunque, en fin, Aznar sólo habla con Bush, y para eso incluso necesita intérprete. Rajoy tampoco necesitará hablar con nadie: es lo que tienen las mayorías absolutas. Me ha parecido estupendo, eso sí, lo bien que se ha filtrado la noticia, en lo que es otro ejemplo de periodismo de investigación de la prensa madrileña. Una exclusiva sólo comparable a cuando del Cesid salieron como veintisiete motoristas cargados con aquellos papeles -los papeles del Cesid, oh, cuánto misterio- que todo el mundo leyó un día después en la prensa, discutiendo acerca del verdadero significado de la abreviatura "pte." Después del primer escándalo de la campaña, sólo queda la duda de saber cuál será la próxima hostia que recibirá el Psoe. ¿Algunas declaraciones de José Bono? ¿De Rodríguez Ibarra? O peor, ¿de Jesús Caldera? De todas formas, tampoco hace falta mucho escándalo: sólo con que se sepa que Joan Saura no recicla ni separa su basura, el Partido Popular rebasará los 200 escaños. Victoria en plan Schumacher. Y es que ya no sé si José Luis Rodríguez Zapatero es un buen candidato o no, pero lo que tengo claro es que es gafe. Pero gafe de estos de tebeo, con nube negra y chaparrón encima. Por si alguien no se lo cree, sólo añadiré que el líder socialista es seguidor del F.C. Barcelona.
