miércoles, 25. febrero 2004
Jaime, 25 de febrero de 2004, 10:38:39 CET

¿Quieres hacer el favor de divertirte, por favor?


Quim Monzó escribe sobre los niños (y mayores) a los que les revienta disfrazarse. Monzó habla de dos chavales deprimidos por culpa del carnaval: uno tenía que pintarse la cara y el otro iba disfrazado de ficha de dominó. Ambos habían sido obligados por el colegio a -ehem- divertirse. Este artículo me trae a la memoria un carnavalesco trauma infantil. A mí de niño -de niño, que quede claro- me gustaba disfrazarme. Cada vez que llegaba el carnaval dudaba entre el disfraz de cowboy y uno de Dartacán (el de los Mosqueperros) que me había hecho mi madre. Tampoco me hubiera importado disfrazarme de Drácula alguna vez, pero no llegué a hacerlo. Sin embargo, cuando iba a segundo, a los profesores se les ocurrió la genial idea de que nos hiciéramos los disfraces en clase. Y, encima, que cada clase fuese disfrazada de lo mismo. A nosotros nos tocó ir de payasos. ¿Qué gracia tiene ir de payaso si tus treinta compañeros van exactamente igual? ¿Por qué tenía que pintarme la cara y hacer el ridículo por la calle? ¿Por qué habían convertido una fiesta de disfraces en un desfile de uniformes? ¿Por qué no podía coger mi revólver de petardos? ¿Por qué esas madres que decían cosas como "qué monos" o "qué idea más original" no acabaron en la cárcel? Sólo pude responder a estas preguntas con un llanto de rabia durante el desayuno y con una mirada de odio dirigida a la señu como nunca se ha visto en un payaso.


 
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viernes, 20. febrero 2004
Jaime, 20 de febrero de 2004, 10:41:57 CET

No, gracias


Por inhumano que suene, no quiero tener hijos. Ni uno solo. Ni perros. Como dice Woody Allen en uno de sus cuentos, los niños son demasiado jóvenes. Lo de los perros es otro tema. Alguno puede pensar que lo que ocurre es que soy un egoísta que no quiere dedicarse por entero a otra persona, sacrificarse por alguien, darlo todo por un ser querido. No lo voy a negar. Pero siempre y cuando quede bien claro que tampoco deja de ser egoísta quien opta por la reproducción. Quizás se trate de un egoísmo de otra clase, con un punto romántico y, lo reconozco, de miras más elevadas que mi simple interés por estar tranquilo. Pero es egoísmo, al fin y al cabo. Me explico. Uno de los motivos por los que nos hemos ido reproduciendo a lo largo de los siglos es que los hijos eran una fuente de ingresos: mano de obra o incluso bienes intercambiables cuando llegaban a ciertas edades y en según qué culturas. Aquí el factor egoísta del deseo de ser padres queda claro. Pero hoy en día y en las sociedades occidentales, no se obliga a los niños a trabajar. Por suerte, claro. Es más, son una desagradecida carga económica que no sentirá remordimiento alguno en caso de que, por ejempo, tenga que dejar a sus progenitores en un asilo. Aun así, como explica Marvin Harris en Nuestra especie, la carga egoísta del "instinto" maternal (y paternal) sigue presente: y es que a pesar de todo se cuenta con el niño como una especie de patrimonio sentimental; uno tiene hijos para dar y recibir amor. Es un sentimiento bonito, pero también egoísta. Un egoísmo precioso. He puesto la palabra instinto entre comillas porque de instinto tiene poco. Según Harris, el único instinto que tenemos al respecto no es el de reproducirnos, sino simplemente el de mantener relaciones sexuales. Como prueban, entre otras cosas, la masturbación, lo mucho que los animales (incluidos nosotros) practican el sexo (más de lo necesario para reproducirse) o los infanticidios, tanto los directos como los indirectos. Y ya de paso comentaré que dos mujeres, dos hombres, un matrimonio convencional o yo mismo tenemos el mismo derecho a ser egoístas. Y el niño tiene a su vez derecho a beneficiarse del egoísmo de cualquiera. Pero ya nos salimos del tema y habría que matizar y aclarar. A lo mejor otro día.


 
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miércoles, 18. febrero 2004
Jaime, 18 de febrero de 2004, 12:44:17 CET

Interrumpimos la programación habitual para dar paso a un indignado texto de urgencia


Si se confirma que Eta ha anunciado una tregua sólo en Catalunya, como ya avisan algunos medios, espero que Josep-Lluís Carod-Rovira se dé de baja de ERC, se saque el carnet del Partido Popular o del Partido Socialista de Euskadi y aspire al cargo de concejal de algún pueblecito del País Vasco en las próximas municipales. Creo que es lo menos que puede hacer el salvapatrias este, que, como todos los salvapatrias, no ha hecho más que traicionarnos a todos con su tontería y su divismo, proporcionando de paso argumentos a quienes se oponen al diálogo para acabar con el terrorismo. Y esto aunque la tregua en realidad no haya sido cosa suya, ya que ese mendrugo no tiene tanta influencia, por mucho que viaje al sur de Francia. Obviamente, me alegraría que lo que se confirmara fuera una improbable tregua indefinida en toda España, aunque si esto ocurriera, seguiría pensando que Carod-Rovira no es más que un insoportable aspirante a finalista de Gran Hermano.


 
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martes, 17. febrero 2004
Jaime, 17 de febrero de 2004, 9:30:26 CET

Qué cachondo


Todos los esfuerzos de Aznar por que España deje de ser un país simpático se pueden ir al traste por culpa de alguno de los miembros de su propio gabinete. Con lo bien que íbamos con el soseras de Rajoy y el doberman de Álvarez Cascos, que vuelve a ladrar aunque sólo sea para defender a su novia, ahora salta Federico Trillo, humorista digno de Noche de fiesta y le da un euro a una periodista que le preguntó por las armas de destrucción masiva de Iraq: "Llevo una semana guardando el mismo euro para el que me preguntara por las armas de destrucción masiva -dijo nuestro Groucho Marx-, pero como he sabido que empiezan a perder interés, se lo ha ganado usted, luego se lo doy". Bueno, al menos no le ofreció un terroncillo de azúcar o un arenquito. Eso sí, el ministro de defensa no contestó a la pregunta porque, total, ¿qué tendrán que ver las armas y la guerra con la defensa? ¿Y qué mejor que una monedita para acallar las críticas y comprar silencios? A todo esto cabría añadir que quien pierde interés no son las armas, sino el propio ministro, que junto a otros como Pilar del Castillo o el ya citado Álvarez-Cascos son ya prácticamente ex-ministros, pase lo que pase y no siempre por decisión propia. Es decir, que Trillo debería ir buscándose un empleo. A lo mejor le apetece ir a la universidad a dar clases sobre Shakespeare, y puede que no lo hiciera mal, pero yo creo que debería dar paso a la que es sin duda su verdadera vocación y dedicarse al mundo del espectáculo. Creo que quedaría muy bien de humorista en el Un, dos, tres. Tiene el aire rancio, pero simpaticote del programa y, además, es un tipo leído, cosa que tiene su importancia: los libros son la excusa del concurso, del mismo modo que las armas fueron la excusa (y no la causa) de la guerra. Añadámosle a esto la infinidad de frases de batalla con las que cuenta el casi humorista (manda huevos, viva Honduras) y tenemos a una nueva Bombi, a un nuevo Bigote Arrocet preparado para dar el gran salto. Desde luego, la prensa dará buena cuenta de ello.


 
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martes, 10. febrero 2004
Jaime, 10 de febrero de 2004, 22:33:42 CET

Otro informe


Escucho por la radio que unos cincuentones, entre los que se encuentra Emili Prado, acaban de publicar el enésimo informe acerca de lo malamente que está la juventud, hay que ver, como si eso no se llevara diciendo desde que el primer anciano se dio cuenta de que por ahí correteaba un veinteañero haciendo lo que él ya no se acordaba que también había hecho. El caso es que en este informe se viene a explicar que los jóvenes -y, al parecer, sólo los jóvenes- están tan afectados por la telebasura que hacen juicios de valor chabacanos como los de Crónicas marcianas y tienen ganas de ir a programas de testimonios a explicar sus experiencias. Cosa que supone admitir que los medios afectan directamente, sin filtros, a un segmento determinado de la población (según este trabajo, el que está entre los 14 y los 24 años, con lo que me libro por los pelos). Y eso a pesar de que la clase y el alcance de los efectos de los medios de comunicación no están ni mucho menos claros, a pesar de la cantidad de estudios que se han hecho al respecto en los últimos cincuenta años. Por otro lado, qué suerte tuvo la generación de los autores, que nacieron tres décadas antes que los jóvenes de hoy en día y pudieron debatir acerca de La República de Platón o sobre las antinomias kantianas, con Bach de fondo y bebiendo café keniata. No como nosotros, que no hacemos más que discutir sobre Gran Hermano y enviar cartas al Diario de Patricia para que nos dejen explicar que el gato es nuestro y nos lo follamos cuando queremos. En fin, que los jóvenes de antes sí que eran jóvenes, y no como lo de ahora, que están mal hechos. Vaya, al menos eso parece cuando uno escucha ciertas quejas sobre la degradación cultural de nuestra sociedad, como si los obreros de las fábricas del XIX hubieran ido leyendo a Homero en el tranvía. Sin embargo, me llama la atención las pocas veces que se tiene en cuenta que los cincuentones esos que tanto hablan son justamente los que gobiernan, los que dirigen esos canales de televisión que tanto nos embrutecen y, diantres, los que nos han criado. A ver si va a ser verdad que somos unos deshechos humanos y a ver si además ellos van a tener buena parte de culpa.


 
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