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Tomar partido
A menudo, las discusiones políticas parecen discusiones de fútbol. Cada uno tiene su equipo y lo defiende ante los demás. Excusando errores, admitiendo algún pequeño fallo, pero todos viniendo a decir que su equipo es el mejor del mundo y que los infelices que siguen a otros equipos son unos ignorantes que no entienden de deporte. Unos ignorantes que si no están en la cárcel es sólo por la incomprensible permisividad de la democracia. En las discusiones sobre política uno se parapeta en la propaganda que le corresponde y de ahí no se mueve. Tal y como explica Antonio Machado en su Juan de Mairena, lo que ocurre es que no se piensa: "Tomar partido es no sólo renunciar a las razones de vuestros adversarios, sino también a las vuestras; abolir el diálogo, renunciar, en suma, a la razón humana. Si lo miráis despacio, comprenderéis el arduo problema de vuestro porvenir: habéis de retroceder a la barbarie, cargados de razón." A lo que un alumno le contesta que "hay que tomar partido, seguir un estandarte, alistarse bajo una bandera, para pelear. La vida es lucha, antes que diálogo amoroso". No se piensa, sino que se ladra. Es lo que tiene el conmigo o contra mí, los debates parlamentarios -que no tienen mucho de debate-, la vergüenza motivada por decisiones ajenas que olvida la vergüenza ajena que provocaron las decisiones propias. En este estado de cosas, la inconsistencia de las opiniones debería ser considerada una virtud. La incoherencia meditada es más racional que la coherencia de los bramidos. Cambiar de opinión no sólo es un derecho -el primero que le niegan a uno sus enemigos, como decía no recuerdo quién- sino prácticamente un deber.
Imprescindible
Hace unas semanas se supo que el bailaor Farruquito, conduciendo sin permiso y a más velocidad de la permitida, había atropellado y matado a un hombre, dándose después a la fuga. En la siguiente actuación que dio después de que se conocieran los hechos, el público le recibió con entusiasmo e incluso se oyeron gritos de "estamos contigo". Parece que muchos lamentarían que Farruquito tuviera que ingresar en prisión y no pudiera ofrecer su arte en años. Algunos incluso consideran que no es tan grave lo que ha hecho y que en todo caso es excusable, si no queremos renunciar a la posibilidad de ver a quien dicen que es una de las mayores figuras del flamenco. Si Farruquito hubiera sido fontanero, no recibiría tantos apoyos. No me imagino a un fontanero sospechoso de un crimen a quien recibieran en una casa animándole a darle duro a esas goteras. Estamos contigo, ¿te paso la llave inglesa? Eres el mejor, nadie como tú para cambiar unas tuberías. ¿Es peor prescindir de un bailaor (o de un novelista, o de un actor) que de un fontanero? ¿Es más importante pintar un cuadro que pintar una casa? Al fin y al cabo, todo "puede servir para dramatizar o cristalizar el sentimiento que un ser humano tiene de su propia identidad", como dice Richard Rorty en Contingencia, ironía y solidaridad. Aunque el mismo Rorty explica que los intelectuales y artistas nos ayudan a entendernos. O nos impulsan a intentarlo. Que no es poco. Y también me imagino que todos queremos ser farruquitos y no fontaneros. Incluso salimos al escenario a bailar, hasta que nos damos cuenta, demasiado tarde para no haber hecho el ridículo, de que somos unos tullidos. Anda, baja del escenario, que te ha llamado un tal Pérez, que tiene un escape.
El rey de la carretera
Aberron explica en su divertidísimo Fogonazos que el rey Carlos Gustavo de Suecia y su hijo, el príncipe Carlos Felipe, se echaron una carrerita por la autopista con sus deportivos. Al parecer, el monarca y el primogénito podrían haber alcanzado los 150 o 160 kilómetros por hora. La noticia no especifica quién ganó. De lo que no cabe duda es de que en Suecia respetan los límites de velocidad. En el sur de Europa también los respetamos, pero a la inversa: no hay quien baje de 120. Es más, le recomiendo al monarca sueco que coja su deportivo, se meta en el carril de la izquierda de la AP-7 y lo ponga a 150. A ver lo que tardan los demás no ya en alcanzarle, sino en hacerle luces para que haga el favor de apartarse de su carril. Este carril suele ser el favorito de los llamados conductores suicidas, que de suicidas no tienen nada. Un conductor suicida coge y se tira con el coche por un barranco. Los demás son asesinos. Como mínimo en potencia. Esto de los reyes suecos también me recuerda a eso que se dice de que el rey sale de vez en cuando en moto y sin escolta. Y que además va muy rápido. Hay al menos dos leyendas urbanas al respecto. Una cuenta que un matrimonio de vacaciones en Mallorca tiene una avería con el coche y se para un motorista para echarles una mano. El motorista se quita el casco y resulta ser, oh, el rey. Quien, por supuesto, sabe mucho de mecánica y con una llave inglesa y un poco de aceite soluciona el problema. La otra dice que un par de guardias civiles paran a un motero por ir demasiado deprisa. Cuando el motero se quita el casco resulta ser el rey y jajajá cómo le vamos a poner una multa, siga usted haciendo lo que nadie más tiene derecho a hacer. Y es que nuestro rey, como el sueco, tiene inmunidad. Cosas de la sangre azul.
Jaime, 20 de abril de 2004, 12:05:15 CESTClavelitos
El ayuntamiento de Barcelona no sólo está en contra de las corridas de toros, sino que además está a favor de los claveles. El consistorio ha regalado más de 20.000 macetas de claveles de moro en la Festa de la Primavera, para que así los balcones luzcan más cívicos que nunca. ¿Por qué claveles? El artículo nos lo aclara: porque son las flores de la paz. ¿Desde cuándo? Desde el año pasado. No tengo nada en contra de las macetas, de las plantas, de los claveles e incluso de las flores de la paz. Y desde luego es mejor un balcón lleno de flores que uno de esos trasteros al aire libre, que es como muchos usan las terrazas. Paseando por Barcelona y mirando hacia arriba no es raro ver trastos como un par de bicis oxidadas, la estufa vieja, unas tristes bragas en un tendedero y los juguetes viejos de los niños. Mejor unos claveles, sin duda. Lo que me preocupa es que dentro de unas semanas nuestros verdes políticos igual no pueden dormir tranquilos, sabiendo que han contribuido a la muerte de decenas de miles de claveles que se marchitarán. Y es que muchos de sus nuevos dueños se van a olvidar de que, horror, las plantas se riegan. Además del problema añadido de que bastantes balcones de la ciudad, al lado de las bicis con las ruedas deshinchadas y ese enorme camión de plástico con las puertas rotas, lucirán una maceta con cuatro tallos mustios y tres hojas amarillentas.
Buscáis la fama y la fama ya no cuesta
Peter Sloterdijk comenta en uno de los capítulos de Esferas que queremos que hablen de nosotros y ser así famosos de una forma u otra. Además, según el autor, sólo somos receptivos a las alabanzas que trae consigo esta fama y no a los escarnios. Por eso Ulises tiene problemas con las sirenas: porque hablan de él y encima hablan bien. Ulises oye lo que quiere oír, igual que todo el mundo: quienes hablan mal de nosotros son unos envidiosos, les obviamos, dejamos de escucharles. En cambio, con las sirenas sólo nos queda el recurso de dejar que otros nos aten bien fuerte. Y aun así, cuesta. De hecho, los tan manidos quince minutos de fama de Andy Warhol se han convertido en los seis meses de insultos y vejaciones a los que se someten voluntariamente los concursantes de Gran Hermano y programas de la misma clase. La gloria de esta gente consiste en ir de plató en plató escuchando cómo les ponen de chupa de dómine. Y ellos, tan felices. No es por el dinero, es por las sirenas. Entre los gritos de tabernero, ellos escuchan su canto. Por cierto, lo de Gran Hermano enlaza con otra idea acerca de la fama que expone el mismo autor en El desprecio de las masas: los ídolos modernos no son ya estos hombres o mujeres ahistóricos y colosales, sino que son como cualquiera de nosotros. Y los escogemos así porque nos recuerdan que nosotros mismos también podemos tener la misma suerte: podemos ser estrellas. Qué bien, ¿no? Sólo es cosa de tener suerte el día del casting. No se trata únicamente de Gran Hermano. Porque también hay algo de eso cuando, por ejemplo, un frustrado aspirante a escritor coge un best-seller con desprecio y se pregunta cómo pueden haber publicado esa porquería y no su inédita novela. Es decir, puestos a publicar basura, ¿acaso él no tiene también derecho a que le publiquen la suya? ¿Por qué los editores prefieren siempre la basura de los demás?
