jueves, 6. julio 2006
Jaime, 6 de julio de 2006 16:53:45 CEST

La horrorosísima historia de Fred Monty


La policía comenzó a sospechar del asesino en serie Fred Monty al notar que mucha de la gente que pasaba tiempo cerca de él, moría en extrañas circunstancias.
Un par de detectives le estuvieron vigilando durante cuatro meses. Se dieron cuenta de que a al menos tres personas les creció de repente un cuchillo en la cabeza y hacia adentro, mientras un ensangrentado Monty se carcajeaba con mirada enloquecida. Tras mucho pensarlo y a pesar de que aún no tenían pruebas concluyentes, el FBI decidió arrestarlo y acusarle de aquellas tres muertes y de otras catorce muy similares.
Pero no fue fácil llevarle ante el juez. Las huellas digitales eran parciales y los testigos presenciales eran escasos y estaban borrachos en el momento de los hechos (Monty cometía sus horribles asesinatos en bares repletos). Además, el polígrafo no dio resultados concluyentes. Ante la pregunta: "¿Usted asesinó a toda esta gente?", Monty contestó que sí y la máquina determinó que mentía.
La vida de Monty es la clásica en un asesino en serie. Ya de niño torturaba animales: les arrancaba las patas a las hormigas y las alas a las moscas. Intentó pasarse a bichos más grandes, como gatos y perros, pero estos se defendían. Tuvo una cómica experiencia con un pato que fue llevada al cine por Mel Brooks.
Su dominante y exigente madre viuda le obligaba a llevar la camisa por dentro y dos pañuelos en los bolsillos: uno para las gafas y otro para la nariz. Esto le causó terribles traumas, ya que los confundía con frecuencia.
Uno de los peores momentos de su infancia fue cuando se enteró de que su padre no estaba muerto, sino que había "fallecido". Un año más tarde supo que ambos términos eran sinónimos, pero para entonces su enfermiza imaginación ya había destrozado su débil mente.
Aquella infancia vino también marcada por una incapacidad para relacionarse con los demás. Debido especialmente a su tendencia a clavarles cosas y quemarles el pelo.
Estudiante notable, aunque no extraordinario, parecía haber olvidado aquella infancia terrible cuando entró en la universidad. Sin embargo, estudió derecho: según confesaría en prisión, la incesante lectura de cosas como las "leyes" y los "códigos" le dejó profundamente trastornado.
Fue por aquel entonces cuando comenzó a oír voces. Le decían cosas como "establecido este principio en la regla 1ª., no se podrá hacer novedad alguna en el estado legal de las madres que, siendo viudas y ejerciendo la patria potestad, hubiesen contraído nuevo matrimonio antes de regir el Código, aunque éste prive de aquel derecho a las madres viudas que se casen después".
Su afección mental le permitió por tanto superar con resultados excelentes sus exámenes de primero.
Pero a partir de segundo le decían otras cosas: "Ponte la camisa por dentro", "quema el edificio", "mátalos a todos", "lleva siempre dos pañuelos"... El agente que le detuvo destacó que Monty había asesinado a diecisiete personas y quemado cuatro edificios en seis años, pero que llevaba la camisa por fuera y un único clínex. Sucio, además. "Aquella falta de criterio a la hora de seleccionar mensajes me pareció ridícula --explica--. Yo mismo llevo dos pañuelos en los bolsillos. Es muy práctico. Pero no voy matando a la gente por ahí. Fíjese lo que le digo: asesinar no sirve para secarse el sudor de la frente o sonarse la nariz. Y ese hombre no se daba cuenta".
Durante el juicio, Monty quiso defenderse a sí mismo, pero, debido a una confusión tonta, acabó defendiendo a un ladrón de coches. Le condenaron a la silla eléctrica. Al ladrón. El destino de Monty fue peor: le obligaron a ejercer la abogacía.
No ha vuelto a asesinar a nadie ni a quemar nada, ya que sus instintos sádicos han quedado plenamente satisfechos.


 
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