viernes, 25. febrero 2005
Jaime, 25 de febrero de 2005 10:11:23 CET

La edad de la razón


Un vecino al que aún no conocía subió conmigo al ascensor. Un tipo bajito, muy bajito: apenas me llegaba a la rodilla. Vestía un traje verde, pajarita y un sombrero de copa del que salían unas espesas y largas patillas pelirrojas. Llevaba gafas y fumaba una pipa de olor extremadamente dulzón que no se molestó en apagar.
--¡No me mire así, que es cosa de la glándula pituitaria! --Dijo, con sorna y acento extranjero.-- La glándula pituitaria... Menudo sinvergüenza.
--Er... ¿A qué piso va?
--Al séptimo --gruñó y luego añadió--: La pituitaria... Cada vez que lo pienso. Esto me pasa por vivir tantos años y no haberme muerto cuando aún podía. Malditos siglos dieciocho, diecinueve, veinte y veintiuno. Y malditos científicos, ¿es que nadie les va a parar los pies?
--Ya, bueno, es lo que tiene la ciencia.
--Con lo a gusto que yo estaba en mi bosquecillo --llegamos a su piso y él abre la puerta, pero se queda en el umbral, protestando--. Bueno, bosquecillo, es un decir. Parque grande, y vas que te matas. No tendría que haberme mudado a Collserola. Me dijeron que en España se comía bien y yo me lo creí, claro. La cerveza es horrible, que lo sepas.
--Sí, claro, donde esté la cerveza de fuera, que se quite la nacional.
--El caso es que el tipo ese me vio y me agarró. Y yo cabreado. ¡Focáil leat! Ya está, pensé, le voy a tener que dar mi caldero lleno de monedas de oro.
--Vaya, menudo contratiempo.
--Pero el muy desgraciado resultó ser médico. Y en lugar de reclamar su oro, me llevó a un hospital a hacerme pruebas.
--Estos médicos...
--El resultado lo publicó en una revista: "Estudio de un salvaje adulto con enanismo pituitario". Hijo de puta. Decía que me habría abandonado de niño mi familia gitana al verme pelirrojo y más pequeño de lo normal, debido a una malformación genética que había atrofiado mi glándula pituitaria. Que no emitía más que gruñidos y que pese a mi avanzada edad él había conseguido educarme y enseñarme a hablar, leer y escribir. Gruñidos... ¡Gaélico, múchadh is bá ort, maldito patán!
--Ah, gaélico. Ya me parecía usted extranjero, ya.
--Y el muy cabrón me fue exhibiendo por las universidades hasta que una asociación de majaras protestó porque no se respetaban mis derechos. Y yo pensé que bien, al fin podré volver a Collserola, pero no, los muy cabrones me consiguieron un trabajo. Un trabajo... ¡Aon cac capaill! En una cafetería, yendo de un lado para otro con una bandeja llena de cortados y poniéndome de puntillas para recoger monedas de dos céntimos que algunos llaman propina. ¡Y además tengo que sonreír! A eso lo llaman derechos y dignidad, los muy... Como me los cruce por la calle les voy a arrancar los genitales a mordiscos.
--Bueno, ¿y ahora por qué no deja el trabajo y se vuelve a Collserola?
--Claro, claro, deja el trabajo, qué fácil. Téigh trasna ort féin. ¿Y quién paga la hipoteca, so listo? ¿Y el agua, la luz, el teléfono? Mira, me voy, que tengo la carne en el horno y además me estoy poniendo de los nervios. No sé para qué hablo con bichos de más de noventa centímetros y sin alas. Buenas noches.


 
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