miércoles, 2. febrero 2005
Jaime, 2 de febrero de 2005 9:14:13 CET

Cuidado, que viene el Ave


El Ave no irá muy rápido, pero lo cierto es que va dejando boquetes por donde quiera que pasa. Primero en Zaragoza y ahora en Barcelona: nada menos que veintisiete personas del barrio del Carmel se han quedado sin casa por aquello de que, vaya, habíamos calculado mal, coño, es que aquí te tendrías que haber llevado tres, ah, vale, es verdad, entonces da negativo.
Un pequeño error de cálculo que todos los afectados comprenden y sin duda recordarán entre risas dentro de unos meses, cuando ya estén esparcidos por la ciudad en sus nuevas casas con veinte metros cuadrados menos, esperando que reconstruyan el edificio que, vaya, se ha roto.
Yo pasé mi primer año de vida en el Carmel. Lo único que casi recuerdo al respecto fue una visita que hice con mi madre años más tarde. Ella iba a ver a una amiga suya y yo creo que estuve un rato jugando con la hija o el hijo de aquella amiga. Vale, no recuerdo con quién jugué, si es que jugué con alguien y si es que ese alguien existía. De hecho, lo único que recuerdo del barrio es una montaña altísima que creo que imaginé la noche antes, cuando me dijo mi madre que íbamos al Monte Carmelo.
Lo que estoy seguro de no haber soñado es la mala jugada que me hizo mi madre con el bocadillo que comí a media tarde, o a media mañana, o cuando fuera que me lo comiera, que eso tampoco lo recuerdo.
El caso es que a mí no me gusta el tomate. Y por tanto no quería que mi madre me untara el pan del bocadillo con esa maldita cosa roja que se supone que es una fruta, pero sabe tan mal como una verdura. A mi madre, como a todas las madres, le bastaba que yo dijera que algo no me gustaba para obligarme a comerlo. Ya lo había intentado con el plátano, y el tomate no iba a ser menos. Así, en un gesto de crueldad inaudita, me untó el pan del bocadillo con esa porquería, creyendo que yo no tenía ni ojos ni lengua y que, por tanto, no me daría cuenta. Había puesto además muy poco, de modo que casi no se advertían ni el color ni el sabor.
Mordí, mastiqué, qué es esto, incluso tragué, ¿no me habrás puesto tomate? No, no... ¿Y esto rojo que sabe tan mal qué es?
También recuerdo que yo no me comí esa cosa. Imagino que yo cogería una más que justificada rabieta. Ignoro si mi madre me compró otro bocadillo o mantuvo su indignado convencimiento de que a mí me gustaba el tomate y lo único que quería era fastidiar.
¿Qué tiene que ver esto con las obras del Ave? Pues nada, simplemente me ha venido este recuerdo a la memoria, y mi odio al tomate y al pan con ídem ha renacido en mí con una especial virulencia. ¿Qué habrá hecho de malo el pan para que lo embadurnen con esa cosa?

(Sí, ahora ya sé que fue el metro y no el Ave. Perdón por las prisas.)


 
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