jueves, 3. octubre 2002
Jaime, 3 de octubre de 2002, 12:55:14 CEST

Metamorfosis y encuestas


Leo en La Razón acerca del maquillaje electoral de Luiz Inacio Lula Da Silva, el favorito para ganar las elecciones brasileñas. Parece que Lula incluso asegura que ha moderado su discurso pensando sólo en "ganar la elección". Sé que es lo normal, sólo hay que pensar en las trayectorias de Adolfo Suárez, del Partido Popular o de Felipe González -salvando las correspondientes distancias-, pero jamás he entendido por qué los políticos se pliegan a los estudios de mercado, por qué se moderan o endurecen según lo que se diga en las encuestas. No hablo de evolución personal. Uno puede cambiar de opinión, equivocarse, sentirse atraído por otras ideas. Hablo de dar tumbos mercadotécnicos, de seguir modas, como si en lugar de traficar con ideas, los políticos vendieran ropa. Yo creo en la sinceridad inicial de toda esta gente, independientemente de la bondad o maldad de sus propuestas. Me imagino que cuando comienzan creen realmente que sus ideas son las que mejor pueden funcionar. Igual me engaño a mí mismo, pero prefiero pensar que todos esos grises cincuentones fueron ingenuos alguna vez. Y no entiendo que sean capaces de renunciar a sus ideas, de traicionarse a sí mismos, por alcanzar un puestecito insignificante, un sillón incómodo, un empleo que, al fin y al cabo, requiere siempre demasiado esfuerzo y que no imagino que dé mucho a cambio. Porque todo eso se acaba, incluidos los elogios y las alabanzas, y esos tipos acaban quedándose a solas consigo mismos. Sin despacho, sin cartera. No sé cómo se verán después de ese proceso de abandono de ideales, de miserias, de encuestas. Pero la sensación no será agradable, seguro.
P.D.: Aunque, claro, imagino que los políticos no son los únicos que se venden. A cambio de cualquier miseria.
 
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miércoles, 2. octubre 2002

Ciencia ficción


Escucho por la radio que el instituto Joan Coromines de Barcelona ha empredido la iniciativa de dejar que los alumnos lean durante media hora diaria. La idea, evidentemente, es fomentar la lectura entre los muchachos. Para lograrlo, les obligan a leer ese ratito, pero al menos evitan imponer títulos. Razonable, ya que es normal odiar los libros de lectura obligada. De hecho, creo que Quim Monzó tiene razón cuando propone que, para aumentar el número de lectores, lo que hay que hacer es prohibir los libros. Lo que no acabo de ver claro es que el instituto permita -de vez en cuando, eso sí- que se lean también cómics y revistas. La verdad, no creo que un tebeo o la revista de Nintendo lleven a leer libros. No es un primer paso para formar lectores, del mismo modo que los espectadores de televisión no son, necesariamente, futuros cinéfilos. Cómics y libros son cosas diferentes, con algunos puntos en común en forma de letras. Lo que me ha gustado de este reportaje de radio es un detalle que rompe ciertos tópicos acerca de lo poco que saben los niños de hoy en día. La periodista le ha preguntado a un chaval por el libro que estaba leyendo. Él ha contestado que Mis enigmas favoritos, de J. J. Benítez. Cuando la periodista le ha preguntado por qué había escogido este título, el adolescente ha contestado: "Porque me gusta la ciencia ficción". Un chaval de 13 años, producto de la desastrosa educación actual, pone en su sitio a miles de adultos que creen a pies juntillas que Benítez se dedica a descubrir ovnis que ayudaron a los mayas a levantar sus pirámides, y a explicar la historia de unos pre-humanos que vivieron con los dinosaurios y huyeron del planeta en cohete. Ciencia ficción. Deberían haber entrevistado en profundidad al muchacho, al menos para saber lo que piensa, por ejemplo, de Aznar.
 
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lunes, 30. septiembre 2002

Actuar como masa


George W. Bush está fracasando en su empeño de hacernos creer que la guerra contra Irak es otra de estas guerras justas. Este empeño sigue el método más clásico: el de describir a su país como amenazado. El funcionamiento de este mecanismo lo explicó Elias Canetti en Masa y poder: "Se decide que se está amenazado de exterminio físico y se proclama esa amenaza públicamente ante todo el mundo. 'Yo puedo ser muerto', se declara, y por dentro se piensa: 'porque quiero matar a ése o a aquél'. Ciertamente el acento debería recaer sobre la segunda frase: 'Yo quiero matar a ése o a aquél, y por eso puedo morir yo mismo'. Pero para empezar una guerra entre la propia gente sólo se permite hacer pública la primera versión. Sea o no uno el agresor, en realidad siempre se procurará crear la ficción de que se está amenazado". Sin embargo, Bush no está consiguiendo que creamos que Hussein es una amenaza, sea cierto o no. Puede que tenga o esté a punto de conseguir armas químicas, nucleares y biológicas, pero parece que los aliados de Bush, a excepción de Blair, prefieren que sean los inspectores de la Onu los que determinen si existe este armamento y qué hay que hacer en tal caso. Bush también explica que quiere deponer al dictador. Y nadie entiende que en 1991 no hubiera ninguna alternativa a Hussein (si no era él quien detentaba el poder, sería algún fanático islamista, se decía) y que ahora, sin embargo, sí que haya opciones. A Bush ni siquiera le ha salido bien un patético intento de soborno petrolero a sus aliados. Siguiendo a Canetti, el presidente de Estados Unidos no ha logrado que aliados y ciudadanos actúen como masa. Claro que cuando Canetti publicó su libro, en 1960, parecía más que razonable asegurar que este actuar como masa era imprescindible para alcanzar el "éxito" bélico. En cambio, ahora parece que Bush no necesita más que el casi seguro apoyo del Congreso para atacar Irak. Da la impresión de que la decisión de entrar en guerra ya está tomada y de que, simplemente, se está dejando al resto de países la posibilidad de apuntarse al bando de los buenos.
 
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viernes, 27. septiembre 2002

¿A qué piso va?


A y B están esperando el ascensor. A: Buenas. B: Hola. A: A cenar, ¿no? B: Sí, que ya toca. Silencio A: Empieza a hacer frío, ¿eh? B: Sí, se nota el otoño, ya. A: Ahora a quejarnos del frío, y cuando vuelva el verano, a quejarnos del calor otra vez. B: Sí, es lo que tiene. Llega el ascensor. A y B entran. A: ¿A qué piso va? B: Al sexto. A: Nunca me acuerdo del piso de los demás. Como siempre voy más arriba. B: Claro, los del ático, ya se sabe. A: Sí, más arriba que nadie. B: Je, je. A: Estos ascensores están muy viejos. B: A ver si reparan esta puerta. A: Sí, que si no... B: Un día vamos a tener una desgracia. Silencio. A juega con las llaves. B se mira la punta del zapato. A: Bueno... B: Yo... A: ¿Sí? B: ¡Te quiero! A: ¡Oh! ¡Y yo a ti! B: ¡Cariño! A: ¡Bésame! A y B se abrazan. Justo cuando sus bocas abiertas están a punto de tocarse, el ascensor se para. B: Bueno, ya hemos llegado. A: Buenas noches. B: Adiós, buenas noches.


 
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jueves, 26. septiembre 2002

Y comieron perdices


Se ha hecho público el documento en el que las cadenas autonómicas españolas explican cómo han de ser los telefilmes que producirán. Estos canales prefieren productos para toda la familia, en los que no haya violencia gratuita, que tengan un tono ligero y "que aboquen, en general, a un final 'feliz'". Parece que las televisiones autonómicas no confían en el poder de la catarsis y prefieren, pues, a un público medianamente contento, ligero y tranquilo. Exigir finales felices me parece sin embago peligroso. No poca gente, como Nabokov, los odia. Además, la mayoría de buenas películas suele acabar mal, mientras que el denostado producto medio hollywoodiense acaba con una sonriente y abrazada pareja. Me resulta además curioso que aunque la mayoría (en la vida y no en el cine) tengamos la tendencia a pensar que, al final, todo se arreglará y que las malas rachas son pasajeras, en la ficción veamos más naturales los finales desgraciados o, al menos, inquietantes. El primer final de Blade runner no nos gustó. Que Emma Bovary se reconciliara con su marido nos resultaría aberrante. Que Humbert Humbert acabara casado con una Lolita ya mayor de edad no nos cuadraría. Así pues, nos parecen falsos los finales de comedia romántica que acaban con beso y boda, a pesar de que no sean una excepción quienes se besan y se casan, mientras que finales al estilo de Romeo y Julieta no abundan en la vida. También me extraña esto de los finales felices porque precisamente TV3 (la cadena catalana) ha conseguido grandes audiencias gracias a nada alegres culebrones de producción propia. Sí, cierto, en estas series los buenos acaban medianamente bien y los malos, de pena, pero eso sólo después de varios centenares de episodios con muertos, heridos, violaciones, incestos (sí, sí, incestos), adulterios, malos tratos, envidias y rencores insuperables. Lo suyo, pues, parece que sería que los telefilmes autonómicos acabaran salpicando sangre al siempre morboso público familiar. O este público cambiará de canal y optará por los telefilmes estadounidenses con maridos alcohólicos y madres violadas, o escuchando al drogadicto de turno que aparezca en Crónicas marcianas
 
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