miércoles, 9. octubre 2002
Jaime, 9 de octubre de 2002, 12:31:12 CEST

Sólo llueve


Caos en el litoral catalán: carreteras cortadas, atascos, retrasos en las líneas de tren y metro que siguen funcionando, inundaciones, incluso casas hundidas. Y todo por una noche de lluvia. Sí, sí, una noche. Algo más intensa de lo que estamos acostumbrados por aquí, pero nada fuera de lo normal. Aunque lo dramático es que lo normal sea que al menos una vez al año veamos imágenes de coches arrastrados por riadas y de familias intentando sacar el agua de sus casas. Cada vez que llueve más de media hora seguida, estamos igual. Esta mañana incluso se ha llegado a recomendar a la gente que, si es posible, se quede en casa. Y si ha de salir, que al menos use el transporte público. ¿Pero qué transporte público, si hay incluso paradas de metro inundadas? Y en cuanto a los trenes, lo de Renfe es patético. Tienen una especie de ridícula aversión al agua. Creo que si escupes en la vía, provocas retrasos de media hora. Yo he estado unas horas fuera: nada grave. Sólo llovía. Y no mucho. La gente iba caminando. Esperaba el autobús. Conducía su coche. Lluvia. Normal y corriente. Ni siquiera muy intensa. Y los servicios públicos colapsados como tras un terremoto. Es que en el Ayuntamiento de Barcelona y en la Generalitat de Cataluña parecen creer que esto es el desierto de los Monegros. Las únicas medidas que los técnicos de las administraciones toman para hacer frente a las (normales) lluvias de cada año es comprarse un paraguas. Si trabajaran en Londres, hace tiempo que habría que visitar esa ciudad con traje de neopreno y botellas de oxígeno. Y al paso que vamos, mejor que me vaya comprando una zodiac.
 
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martes, 8. octubre 2002

El regalo perfecto


Los amigos y familiares de Silvia creen que es una maleducada que nunca recuerda los cumpleaños. Se equivocan, pero cómo explicárselo. Todo comenzó cuando cometió el error de comprar un regalo que era realmente bonito y, además, útil: un jersey rojo para una amiga. Pero le gustaba tanto que fue incapaz de dárselo. Llegó a salir de casa con la bolsa en la mano, pero tuvo que volver a subir. Aquel jersey era para Silvia. Incluso era de su misma talla. No le importó ir a la cena con las manos vacías: ya le compraría otra cosa a su amiga. El mismo jersey, pero de otro color, por ejemplo. Se excusó diciendo que había estado enferma. "Ya te traeré algo", dijo. La homenajeada contestó con un "no te preocupes, eso no es lo importante" de cortesía, que Silvia decidió interpretar literalmente. La verdad era que no parecía molesta. Para el siguiente cumpleaños, en esta ocasión de un amigo de la infancia, quería volver a comprar algo horrible, como siempre. Para evitarse problemas. Un disco con canciones del verano, una bolsa de viaje de algún color imposible o una camisa que le fuera demasiado grande. Pero no, cómo hacerle eso a un viejo amigo. Vio un libro que hacía tiempo que quería leer y del que le habían hablado muy bien. Lo compró. A él le encantaría. Pero, de nuevo, fue incapaz de regalarlo. Lo había comenzado por curiosidad y no podía dejar de leerlo. Era realmente bueno. Pensó en dárselo después de acabarlo, pero el lomo ya se había agrietado y las páginas se notaban manoseadas. Además, ya había pasado un buen puñado de días y sería incluso de mala educación llevárselo a esas alturas. En su estantería estaba bien. Los cumpleaños (y las navidades) fueron pasando y repitiéndose, y ella no podía dejar de comprar regalos magníficos de los que no podía desprenderse. El último disco de Beck, unos guantes de cuero, los cuentos completos de Nabokov, velas aromáticas. Claro, cómo llevarles algo feo o cómo comprar dos cosas iguales. Una vez te acostumbras a los regalos perfectos (que para ser perfectos han de ser únicos) no puedes ir por ahí regalando juegos de maquillaje baratos o algún peluche espantoso para el coche. Al principio a sus amigos y familia no les molestaba mucho que no regalara nada. Al fin y al cabo, un despiste lo tiene cualquiera. Además, confiaban en que acabara dándoles algo, aunque fuera con días -o meses- de retraso. Pero ahora muchos son incapaces de disimular su cabreo. Sí, claro, los regalos son lo menos importante, pero se quejan de que parece que ni piense en ellos. Es el detalle, aseguran, sin demasiado convencimiento, es el detalle. Silvia, de todas formas, cree que se está comportando de manera intachable, que es una buenísima amiga. Pensando en la gente que quiere compra los regalos ideales. Unos regalos tan bonitos y tan agradables que no puede hacer otra cosa que quedárselos. En cambio, ella no deja de recibir por su aniversario pendientes baratos, libros que ya tiene y que le da vergüenza decir que quiere cambiar, adornos de dudoso gusto para sus estanterías o incluso algún juego de marcos para fotos. Y se ve obligada a sonreír, a dar las gracias y a usar todo aquello, al menos, unos días.
 
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lunes, 7. octubre 2002

Derrotas


Me han preguntado si, para mí, lo importante es ganar o participar. He contestado que perder. Se me da bastante mejor y es más divertido. Es cierto que los ganadores tienen una sonrisa llena de dientes y que los que creen en la importancia de participar conservan una moral de hierro, pero los perdedores al menos recordamos que la carrera no lleva a ningún sitio. O, al menos, a ninguno que merezca la pena tanto esfuerzo. Claro que puedo estar equivocado. A lo mejor todo esto no es más que una excusa que me ha forjado mi mala conciencia y quizás, por qué no, quienes me llaman vago tienen bastante razón.
 
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viernes, 4. octubre 2002

Vergüenza ajena


José María Aznar asegura que los que criticamos el homenaje a la bandera estamos acomplejados. Yo, más que de complejos, hablaría de vergüenza ajena. 294 metros cuadrados de bandera. Suena a exceso de nuevo rico. El orgullo de nación es mezquino. Es ridículo sentirse orgulloso por haber nacido en un sitio cualquiera, hecho que no es más que una cuestión de azar. El orgullo por la supuesta historia común también me parece bastante idiota: yo no ayudé a los numantinos a suicidarse. Es más, creo que se equivocaron. La historia de los países está llena de hechos odiosos. La de las personas que a mí me gustan -vivas y muertas-, no tanto. Por otro lado, es evidentísimo que, si todo el mundo cree haber nacido en el mejor país del mundo, como mínimo en todos los países menos en uno, se equivocan. En el caso de Aznar, la cosa resulta patética. Critica el nacionalismo ajeno -el catalán, el vasco, el gallego-, con el único fin de imponer el propio. Visto el panorama, y especialmente vistos la mayoría de tipejos que se hacen llamar patriotas, me temo que Samuel Johnson tenía razón cuando dijo aquello de que "el patriotismo es el último refugio de los canallas". No niego que sea bien normal y razonable amar lo propio. Se trata sencillamente de una cuestión de defensa psicológica. Para no sentirse un miserable ni caer en envidias idiotas. Pero, para mí, lo propio es mi barrio, mis amigos, mi familia -y tengo amigos y familia bastante lejos de mi ciudad-. En definitiva, lo que más o menos conozco. Y tan cercano me puede ser un señor de Murcia o de Girona como un senegalés. Es más, de este modo, lo propio es elástico, flexible: puedo reconocer, por ejemplo, lo que tengo en común con un sueco o con una japonesa y olvidarme de los pasaportes. En cuanto a los símbolos, sencillamente sobran. Ya es bastante difícil entenderse con los demás como para ir añadiendo fronteras artificiales. Los himnos no son más que musiquita barata. Y las banderas, como Gustave Flaubert escribió en una carta a George Sand, "están tan sucias de sangre y mierda que viene siendo hora de no tener ninguna".
 
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Casualidad, causalidad


Las casualidades se dan demasiado a menudo como para ser fruto del azar. Borges nos ayuda a entender este hecho que nos parece paradójico cuando escribe -al menos, en Siete Noches- que lo que llamamos azar "es nuestra ignorancia de la compleja maquinaria de la causalidad". Así pues, siguiendo la sugerencia del argentino, las coincidencias sólo nos sorprenden porque no alcanzamos a ver la primera causa, la que ha provocado ese azar, ese capricho. De conocerla, veríamos que todo tiene su lógica y no su mística. Claro que esta manía nuestra de verlo todo en términos de causas y efectos puede no ser más que un defecto de fábrica de nuestro cerebro.
 
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