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Infanticidios
Leo en Historia de la vida privada acerca de la contundencia con la que los romanos controlaban natalidad y número de niños. "Los recién nacidos -se explica- no vienen al mundo, o mejor dicho, no son aceptados en la sociedad, sino en virtud de una decisión del jefe de familia; la anticoncepción, el aborto, la exposición de niños de origen extraconyugal y el infanticidio del hijo de una esclava eran, pues, prácticas usuales y perfectamente legales". Al menos hasta la difusión de la moral estoica, más o menos hacia el primer siglo d. C. Esta exposición de recién nacidos -no exclusiva de hijos de origen extramatrimonial- consistía en que los niños no aceptados se abandonaban "ante la puerta del domicilio o en algún basurero público", para que los recogiera quien los deseara. El libro matiza que "los ricos deseaban que la criatura no reapareciera jamás, mientras que los menesterosos, forzados únicamente por la pobreza, hacían lo posible para que el recién nacido pudiera verse aceptado". Y es que "los más ricos podían no querer un vástago no deseado si su nacimiento iba a perturbar disposiciones testamentarias ya adoptadas en lo referente al reparto de la sucesión". Todo esto me ha recordado lo que explica Marvin Harris en Nuestra especie. Harris pone en cuestión, entre otras cosas, nuestro supuesto instinto reproductor. "A mí entender -asegura- la elevada incidencia del sexo no coital, de las prácticas anticonceptivas y del aborto demuestra de manera concluyente que las mujeres carecen de una predisposición a quedar embarazadas o proteger al feto que esté sujeta a estricto control genético". Y todo eso sin contar lo que él llama "infanticidio indirecto". Según Harris, en determinadas circunstancias económicas y sociales, se suele primar a unos hijos sobre otros, dependiendo de si se prefieren hombres o mujeres, fuertes o ágiles, morenos o pálidos. Los menos favorecidos recibirán, inconscientemente, menos atenciones familiares: peor comida o negligencia a la hora de proporcionar asistencia médica, por ejemplo. Es decir, madres y padres permitirán y facilitarán la muerte de sus propios hijos según convenga, y usando al menos métodos indirectos para ello. Harris concluye afirmando que "nuestra especie tiene, por naturaleza, tantas probabilidades de actuar de formas que reducen la tasa del éxito reproductor como de formas que la aumentan. Si al procrear hijos se aumenta su bienestar biopsicológico, las gentes tienen más hijos; si teniendo menos se reduce su bienestar biopsicológico, tienen menos".
Metro Jazz Trío
En el metro entraron tres tipos armados con un acordeón, un saxofón y una pandereta. Y se pusieron a tocar, claro. Igual no lo hacían mal del todo. El problema era que el saxo estaba a unos quince centímetros de mi oreja, cosa que me permitió constatar que, de cerca, la música pierde.
Paladar
Javi vio un bar sencillo, pero que parecía limpio y agradable. No era precisamente un restaurante de lujo, pero, en fin, por una vez que no podía pasar por casa a comer, tampoco se iba a morir. Entró, pues, en el bar, se sentó en una mesa y le echó un vistazo al menú. Nada del otro mundo, lo típico: dos platos, postre, pan y bebida por nueve euritos. No estaba mal de precio. Además, podía escoger entre tres primeros y tres segundos. Pero, vaya, no tenía mucha hambre, así que decidió tomar plato único. El pollo al horno con patatas fritas. Sí, el pollo estaba bien. Llamó al camarero, un hombre grasiento, rojo y brillante, con cuatro pelos chafados sobre la calva y unas gafas de pasta gruesa manchadas de aceite y sudor. -Buenas, qué va a ser -dijo. -Pues tomaré el pollo con patatas. -¿Y de primero? -No, no, tomaré sólo un plato. -Pero ¿cómo va a tomar sólo un plato? No sea ridículo, hombre de Dios, que ésas no son maneras de almorzar en condiciones. -¿Cómo? -Uno se pasa horas pensando un buen menú, bueno para el paladar y para el estómago para que luego venga el clásico listillo y te diga que tomará plato único, que no tiene hambre. Si el menú se lo voy a cobrar igual... -Eh... -Bueno, venga, ¿qué va a ser de primero? -Pues... -Javi, avergonzado, cogió la carta y leyó los tres entrantes que se le ofrecían-. La sopa de pescado. -¿Y de segundo el pollo? -Pues sí... El camarero bajó los brazos y se quedó mirando a Javi con un claro gesto de reproche. -¿Se cree usted muy gracioso? Porque esto de mezclar carne y pescado de una forma tan desagradable tiene que ser una broma. Si no, no lo entiendo. -Oiga, es mi comida, yo la pago y pido lo que quiero. -No, ni hablar, es mi comida. Yo compro los ingredientes, yo le digo a la cocinera, que es mi señora, cómo prepararla (y eso cuando no la preparo yo mismo) y no pienso consentir que un paladar mal educado estropee mis platos, los platos a los que yo dedico tanto tiempo y esfuerzo. Javi le echó un vistazo al local. No se había equivocado, aquello era lo que comúnmente se llamaba un bar Manolo. Había una máquina tragaperras, un reloj de pared con el logo de Fanta, botellas de licores baratos tras la barra, un par de parroquianos con palillos en la boca, una tele con las noticias puestas. Total, que no entendía esos aires de chef francés, pero tampoco quería discutir con aquel marciano. -Bueno, pues tomaré la ensalada y el pollo. -Ahora sí. Muy bien. ¿Y de postre? -¿Flan? -No había otra opción: tenía que preguntar, por si acaso. -Me parece bien. -Sin nata -dijo Javi, algo más confiado tras la aprobación recién recibida. Lástima que el camarero volviera a mirarle como si fuera un niño malo-. Bueno, pues con nata -corrigió finalmente. -Y para beber, ¿qué será? -Una coca-cola. -¿Una qué? -Una coca-cola. -¿Para comer? ¿A su edad? ¿Pero usted está bien de la cabeza? ¿En qué coño está pensando? -Oiga... -No, no, si yo oigo bien. De maravilla. Todos mis sentidos funcionan a la perfección; no como los suyos: usted tiene atrofiado, como mínimo, el sentido del gusto. Y, muy probablemente, también el sentido común. -Pero si yo sólo... -No se puede tomar coca-cola con la comida. Ese mejunje estropea los sabores, estropea el paladar, estropea la comida, estropea el estómago. Se come con agua o vino. Joder. Parece mentira que a su edad tenga que ir dándole lecciones de este tipo, hombre de Dios... -¿Y una cervecita? -Agua o vino -repitió secamente el camarero. -Pues agua. El camarero sonrió. -Muy bien, muchas gracias. En seguida se lo traigo. Javi aprovechó para ir al lavabo a orinar. Y, claro, se lavó las manos con agua fría y con un jabón barato que olía a limón. Se echó mucho jabón para que el camarero pudiera oler sus manos en caso de que no confiara en su higiene. Lo creía bien capaz. Otro de los clientes entró y se puso a mear con las piernas bien separadas y el torso grotescamente inclinado hacia atrás. -Aquí se come bien, ¿eh? -dijo. -Por fuerza -contestó Javi.
Realismos
Josep Pla comenta en el Quadern gris que no le gusta leer novelas porque éstas sólo consiguen reflejar la vida cuando describen una situación y unos personajes; cuando crean y resuelven un conflicto no están a la altura de sus pretensiones. "En la vida no hi ha res que s'acabi, si no és per mort o per oblit -afirma-. Però les novel·les no solen pas acabar d'aquesta manera". Pla ve los finales falsos, artificiales. Y es cierto que en la vida los conflictos no acaban con tanta contundencia como en la mayoría de las novelas. Estos conflictos ni siquiera son tan unívocos, tan claros, tan definidos, como en la ficción. De todas formas, no creo que la literatura aspire a ser meramente un espejo de la vida, como dice Pla. Los mejores libros no nos muestran cómo es la realidad. Sería absurdo: nosotros ya la vemos y vivimos, sin necesidad de páginas y de tinta. Los mejores libros, creo, son los que nos ayudan a entender esta realidad. No son tanto representación como interpretación. Por eso, y al menos en cierto modo, Kafka es más realista de lo que puede ser, por ejemplo, Galdós. Porque Kafka refleja mejor angustias, sensaciones, modos de sentir y de vivir. Aunque nadie se haya convertido nunca en insecto.
La decadencia del invierno
He guardado el abrigo en el armario. Y apenas saco la chaqueta a la calle para pasearla: la llevo colgada del brazo. Evidentemente, este año aún no me he puesto los guantes. Ni la bufanda. Pues esto no tendría que ser así: creo que tengo derecho a un poco de frío en enero. Como me encuentre al hombre del tiempo por la calle, me va a oír.
