jueves, 16. enero 2003
Jaime, 16 de enero de 2003, 8:17:48 CET

De reformas


Aprovechando que se acercan elecciones y que es más fácil y más rápido tapar (mediáticamente) el chapapote que limpiarlo, el Gobierno se ha apresurado a anunciar una reforma del código penal que pretende endurecer las condenas para combatir los delitos. La verdad, no creo que estas condenas sean precisamente blandas. Se habla de diez o de veinte años con una ligereza pasmosa. Como si realmente no fueran nada. Y, lo que es más importante, estas penas más contundentes no tienen por qué ser disuasorias. En este sentido, es interesante recordar lo que escribía ayer José Martí Gómez: "La pena como disuasión al delito, sea esa pena capital o de cárcel, es una utopía"; a lo que añade el argumento del penalista Juan Antonio Roqueta: "El delincuente no piensa en el Código Penal cuando va a cometer un delito. Nunca piensa que lo vayan a coger. La gente no delinque porque exista un Código Penal, sino por repugnancia ante el delito" En todo caso, esta reforma probablemente más efectista que efectiva perjudicará sobre todo a quienes ya están perjudicados con independencia de las leyes que se les aplique: pequeños delincuentes e inmigrantes sin papeles. Y es que, como siempre, se intentan tratar los síntomas y se olvidan las causas. El motivo principal de que haya delincuentes no es que estos tipos sean genéticamente malvados. Aunque su responsabilidad individual también es importante (faltaría), hay una serie de exclusiones sociales y económicas que facilitan ciertas salidas. Si no se intentan erradicar, el problema seguirá existiendo. Volviendo al propio Martí Gómez: "No se puede usar el derecho penal para solucionar problemas sociales"


 
Menéame Envía esta historia a del.icio.us
enlace directo   
 
miércoles, 15. enero 2003
Jaime, 15 de enero de 2003, 17:21:32 CET

A la francesa


Graham Greene escribe, creo que en El americano tranquilo, que cuando tras despedirnos giramos la cabeza para echar un último vistazo, no lo hacemos para ver otra vez a la persona de la que nos separamos, sino por puro egoísmo. Según el novelista, nuestra única intención sería la de comprobar que la otra persona también nos está mirando. La verdad, no estoy del todo de acuerdo con ese argumento, pero desde que lo leí, cada vez que después de un adiós ejerzo mi derecho a la última mirada, me entran remordimientos de conciencia e incluso temo convertirme en estatua de sal. Quizás por eso cada vez me gusta más marcharme a la francesa.


 
Menéame Envía esta historia a del.icio.us
enlace directo   
 
martes, 14. enero 2003
Jaime, 14 de enero de 2003, 8:10:35 CET

Ana


Aún no he conseguido asimilar el hecho de que Ana Botella forme pareja política con Alberto Ruiz Gallardón en las elecciones al ayuntamiento de Madrid. Entre otras cosas porque yo creía, como escribió Juan José Millás, que la esposa de Aznar es más bien un repelente de votos. Claro que siempre cabe la posibilidad de que el presidente y su señora hayan decidido hundir definitivamente la carrera política del díscolo Gallardón, que cae mejor entre los votantes ajenos que entre los propios. Pero ocurre que dudo de que los Aznar sean capaces de tal maquiavelismo sutil, y tampoco creo que los consejeros electorales del Partido Popular sean tan cretinos como para no estar más o menos seguros de que la señora Botella tiene realmente tirón electoral. Por mucho que a mí me cueste entenderlo. Imagino que es un problema de perspectiva. Yo no sé la imagen mental que se le viene a cada uno a la cabeza cuando la ve o la escucha. Por ejemplo, cuando dice que quiere dedicarse a ayudar a los más necesitados, algunos pueden creer que es algo bonito y generoso, pero a mí me da la impresión de que va a pasearse por Madrid con una huchita, a pedir una limosna para los chinitos sin bautizar. En definitiva, otra razón más por la que me alegro de vivir en Barcelona. Quizás nuestro alcalde sea un anestesista -en todos los sentidos- bastante mediocre. Quizás las próximas elecciones se presenten bastante aburridas. Pero al menos no abro la sección local del diario con miedo. Aunque, sí, lo reconozco, siento cierta vergüenza ajena cuando veo que lo mejor que se me ofrece es un enorme edificio con forma de pepino o un Fórum de las Culturas que ya se improvisará el año que viene.


 
Menéame Envía esta historia a del.icio.us
enlace directo   
 
lunes, 13. enero 2003
Jaime, 13 de enero de 2003, 0:18:53 CET

Casarse por trabajo


Cuando se habla de la futura boda del príncipe Felipe, muchos apuestan por un matrimonio por amor, que no ha de ser necesariamente con una noble. Es más, se ve como raro y casi insultante que el Parlamento tenga que aprobar este enlace, aunque no se duda de que, llegado el momento, los diputados no pondrán ninguna pega al respecto. En definitiva, la idea más común es que lo de la boda del futuro monarca es algo más bien personal. Sin embargo, creo que estas opiniones son un error. Hoy día el trabajo de los reyes no consiste en hacer algo, sino simplemente en ser. Y en procrear. Su profesión es, sobre todo y justamente, su vida privada: su matrimonio, sus vacaciones en Mallorca, sus herederos repletos de nombres y apellidos. Y, la verdad, no creo que ni Juan Carlos I ni el futuro Felipe VI tengan motivos de queja. Vaya, si no les gusta el trato, ellos siempre pueden abdicar, mientras que a sus súbditos no sólo nos toca soportarles, sino que además nos vemos obligados a pagarles los vicios. Casarse, como decía, es parte de su trabajo. Y, como todos los trabajos, ha de estar sometido a revisión del jefe, que en este caso no es otro que el pueblo que la Constitución reconoce como soberano. Es decir, no sería mala idea, no ya que el Parlamento se tomara en serio la elección de una futura reina, sino incluso que se celebrara un referéndum al respecto. El debate público no sería nada despreciable: ¿Tiene sangre azul? ¿Está demasiado gorda? ¿Demasiado flaca? ¿Sería mejor una española? ¿Se defiende bien con el español? ¿Te has fijado en cómo viste? Algo más divertido, aunque aún menos factible, sería la posibilidad de que nos dieran a escoger entre varias aspirantes. Y así habría enconadas discusiones de barra de bar entre los defensores de la modelo descocada, de la noble feúcha o de la universitaria dominante. Incluso se podría hacer algún concursito, en plan Operación Triunfo o Gran Hermano, que nos permitiese votar desde el móvil. Así, al menos, los republicanos tendríamos la posibilidad de amargarle la vida a un par de monarcas, escogiendo la pareja que consideremos más espeluznante. Al fin y al cabo, si elegimos a los cargos públicos que nos han de representar, no veo por qué no podemos elegir a nuestra reina, sobre todo teniendo en cuenta que nos vemos obligados a aceptar al rey, un tipo cuyo único mérito consiste simplemente en haber nacido. Claro que siempre cabe la posibilidad de que nos demos cuenta de que ese puesto de trabajo no hace ninguna falta y se instaure una república más o menos decente. En tal caso, el príncipe de Asturias se vería obligado a buscar otro empleo. Empleo que además no le faltaría, si es cierto que está tan bien preparado y educado como reza su currículum. Y, entonces sí, que se case con quien quiera, si es que quiere.


 
Menéame Envía esta historia a del.icio.us
enlace directo   
 
viernes, 10. enero 2003
Jaime, 10 de enero de 2003, 8:34:30 CET

El delito perfecto


Hay polémicas que no acabo de entender. Por ejemplo, la de la juez Ruth Alonso. Al parecer periodistas y políticos la acusan de conceder beneficios penitenciarios a terroristas, y de hacerlo tal y como contempla la ley. Es decir, no la acusan de nada. Sirva como ejemplo este artículo de Martín Prieto, en el que acaba asegurando que su crimen es "una muy malvada forma de prevaricación cumpliendo la ley escrupulosamente; o sea: el delito perfecto por inexistente". Bien. Supongamos que Martín Prieto dice que yo he robado Las Meninas. Pero el cuadro sigue en el Prado. ¿Soy también culpable de una muy malvada forma de robo cumpliendo la ley escrupulosamente? En definitiva, ocurre que la juez actúa correctamente, ya que su trabajo consiste en aplicar leyes que han redactado otros, cosa que efectivamente hace. Y si a los legisladores que tanto se quejan no les gusta esta ley, no tienen más que cambiarla. Como de hecho están haciendo. Otra cosa es que este nuevo texto, que contempla penas de cárcel de hasta cuarenta años, esté pensado más para ganar unas elecciones que para combatir el terrorismo. Podría ser, pues, que Salvador Cardús (en otro artículo citado por Carles Miró) tuviera razón al preguntarse si "es que se nos está diciendo, acaso, que dentro de cuarenta años aún tendremos a ETA en el País Vasco". Porque me temo que eso es lo que ocurrirá si la única solución que se propone para acabar con el terrorismo es aumentar las condenas e insultar a Ibarretxe.

Actualización (12 de enero): Reincidentes La Vanguardia publica hoy un dato como mínimo curioso. Se echa en cara a la juez Alonso que deje sueltos por la calle a asesinos que puedan reincidir, pero sin embargo resulta que sólo cuatro terroristas que han cumplido condena han reincidido, cuando cada año salen de la cárcel entre 30 y 40, y actualmente hay unos 530 presos de ETA en prisión. Además, parece que ninguno de los que ha dejado en libertad Alonso -ateniéndose, insisto, a lo que dice la ley- ha delinquido de nuevo.


 
Menéame Envía esta historia a del.icio.us
enlace directo