Jaime, 6 de enero de 2003 0:55:06 CET

Paladar


Javi vio un bar sencillo, pero que parecía limpio y agradable. No era precisamente un restaurante de lujo, pero, en fin, por una vez que no podía pasar por casa a comer, tampoco se iba a morir. Entró, pues, en el bar, se sentó en una mesa y le echó un vistazo al menú. Nada del otro mundo, lo típico: dos platos, postre, pan y bebida por nueve euritos. No estaba mal de precio. Además, podía escoger entre tres primeros y tres segundos. Pero, vaya, no tenía mucha hambre, así que decidió tomar plato único. El pollo al horno con patatas fritas. Sí, el pollo estaba bien.
Llamó al camarero, un hombre grasiento, rojo y brillante, con cuatro pelos chafados sobre la calva y unas gafas de pasta gruesa manchadas de aceite y sudor.
-Buenas, qué va a ser -dijo.
-Pues tomaré el pollo con patatas.
-¿Y de primero?
-No, no, tomaré sólo un plato.
-Pero ¿cómo va a tomar sólo un plato? No sea ridículo, hombre de Dios, que ésas no son maneras de almorzar en condiciones.
-¿Cómo?
-Uno se pasa horas pensando un buen menú, bueno para el paladar y para el estómago para que luego venga el clásico listillo y te diga que tomará plato único, que no tiene hambre. Si el menú se lo voy a cobrar igual...
-Eh...
-Bueno, venga, ¿qué va a ser de primero?
-Pues... -Javi, avergonzado, cogió la carta y leyó los tres entrantes que se le ofrecían-. La sopa de pescado.
-¿Y de segundo el pollo?
-Pues sí...
El camarero bajó los brazos y se quedó mirando a Javi con un claro gesto de reproche.
-¿Se cree usted muy gracioso? Porque esto de mezclar carne y pescado de una forma tan desagradable tiene que ser una broma. Si no, no lo entiendo.
-Oiga, es mi comida, yo la pago y pido lo que quiero.
-No, ni hablar, es mi comida. Yo compro los ingredientes, yo le digo a la cocinera, que es mi señora, cómo prepararla (y eso cuando no la preparo yo mismo) y no pienso consentir que un paladar mal educado estropee mis platos, los platos a los que yo dedico tanto tiempo y esfuerzo.
Javi le echó un vistazo al local. No se había equivocado, aquello era lo que comúnmente se llamaba un bar Manolo. Había una máquina tragaperras, un reloj de pared con el logo de Fanta, botellas de licores baratos tras la barra, un par de parroquianos con palillos en la boca, una tele con las noticias puestas. Total, que no entendía esos aires de chef francés, pero tampoco quería discutir con aquel marciano.
-Bueno, pues tomaré la ensalada y el pollo.
-Ahora sí. Muy bien. ¿Y de postre?
-¿Flan? -No había otra opción: tenía que preguntar, por si acaso.
-Me parece bien.
-Sin nata -dijo Javi, algo más confiado tras la aprobación recién recibida. Lástima que el camarero volviera a mirarle como si fuera un niño malo-. Bueno, pues con nata -corrigió finalmente.
-Y para beber, ¿qué será?
-Una coca-cola.
-¿Una qué?
-Una coca-cola.
-¿Para comer? ¿A su edad? ¿Pero usted está bien de la cabeza? ¿En qué coño está pensando?
-Oiga...
-No, no, si yo oigo bien. De maravilla. Todos mis sentidos funcionan a la perfección; no como los suyos: usted tiene atrofiado, como mínimo, el sentido del gusto. Y, muy probablemente, también el sentido común.
-Pero si yo sólo...
-No se puede tomar coca-cola con la comida. Ese mejunje estropea los sabores, estropea el paladar, estropea la comida, estropea el estómago. Se come con agua o vino. Joder. Parece mentira que a su edad tenga que ir dándole lecciones de este tipo, hombre de Dios...
-¿Y una cervecita?
-Agua o vino -repitió secamente el camarero.
-Pues agua.
El camarero sonrió.
-Muy bien, muchas gracias. En seguida se lo traigo.
Javi aprovechó para ir al lavabo a orinar. Y, claro, se lavó las manos con agua fría y con un jabón barato que olía a limón. Se echó mucho jabón para que el camarero pudiera oler sus manos en caso de que no confiara en su higiene. Lo creía bien capaz.
Otro de los clientes entró y se puso a mear con las piernas bien separadas y el torso grotescamente inclinado hacia atrás.
-Aquí se come bien, ¿eh? -dijo.
-Por fuerza -contestó Javi.


 
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