jueves, 2. enero 2003
Jaime, 2 de enero de 2003, 11:15:53 CET

Yo también fui de caza


Las reuniones navideñas y los ministros cazadores del PP me han recordado mis propias experiencias con una escopeta al hombro. Tendría unos diez u once años y pasaba con mis tíos unos días en un pequeño pueblo de Almería, de donde es la familia de mi padre. A mi tío Manolo le dio por sacar una vieja escopeta de perdigones y llevarme, de buena mañana, a pegar unos tiros. Yo acepté encantado, pensando en codornices y perdices a la plancha. Mi tía Roser, en cambio, se rió de nuestras inexpertas pretensiones e incluso apostó con Manolo una modesta cantidad de dinero a que no cazábamos ni un resfriado. La verdad es que no dimos ni una con la escopeta. Y las trampas que a mí me parecían tan hábiles sólo servían para que descansáramos un buen rato, más o menos ocultos entre hierbajos y matojos. Sin embargo, uno o dos días antes de volvernos a Barcelona, cuando ya habíamos desistido y mi tío se hacía a la idea de pagar la apuesta, conseguimos cazar, de forma poco ortodoxa y aún menos agradable, un gorrionzucho. Íbamos en el coche cuando oímos un plof. Algo se había estampado contra el parabrisas. Mi tío frenó, sorprendido. En el cristal había una pequeña mancha de sangre y, unos metros más atrás, un gorrión descoyuntado sobre la carretera. No he vuelto a cazar ni con escopeta ni con automóvil. Mi tía no pagó la apuesta, amparándose en razones técnicas. Y, evidentemente, no nos comimos al pobre pájaro.


 
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miércoles, 1. enero 2003
Jaime, 1 de enero de 2003, 14:26:12 CET

Uvas


Con esto de que por aquí se coma uvas en Nochevieja, resulta fácil conocer las manías que tienen amigos y familia a la hora de comer esta fruta. Muchos se las comen sin más, cierto, pero otros tantos las pelan, o sacan meticulosamente las pepitas cortando las uvas por la mitad minutos antes de las campanadas, o escupen directamente esas pepitas. A otros no les gusta su sabor y las sustituyen, por ejemplo, por olivas. En cambio, no tengo ni idea de qué hace la mayoría de mis conocidos con las pepitas de las sandías, si las sacan con el cuchillo antes de llevársela a la boca o si se las tragan así en plan bestia. Tampoco sé si les gustan las fresas con nata o con zumo de naranja, o si pelan las manzanas, o si cortan los kiwis por la mitad o en rodajas. En realidad, de muchos de ellos no sé ni si les gustan los kiwis. Claro que igual el asunto no tiene importancia. Aunque se trate de detalles y los detalles sean, casi siempre, lo más importante.


 
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viernes, 20. diciembre 2002
Jaime, 20 de diciembre de 2002, 10:32:48 CET

Navidad


Como estos días no voy a estar mucho por aquí, pensaba despedirme por las fiestas con un texto, justamente, sobre la Navidad. Concretamente, quería explicar que me gusta. Incluso las lucecitas de las calles. Y a pesar de la familia. No me miréis así, yo quiero mucho a mi familia, no soy un tipo desnaturalizado. Pero me cuesta mucho quererla cuando está toda en la misma habitación. Pero el tema, como cualquiera comprenderá, da pereza. Es como la típica redacción sobre las vacaciones que nos obligaban a escribir en el colegio. Así pues, me limito a desearos felices fiestas y a despedirme hasta el año que viene. Que es más fácil. Y se acaba antes.


 
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jueves, 19. diciembre 2002
Jaime, 19 de diciembre de 2002, 10:55:10 CET

No estoy de acuerdo


Discutir sólo sirve para aferrarse a las propias opiniones aún con más fuerza. Una discusión no es más que un diálogo de sordos en el que los argumentos se repiten una y otra vez, generalmente palabra por palabra y a veces precedidos de unos "sí, pero" que, en realidad, no cumplen ninguna función dentro de la frase. En definitiva, discutir podrá ser un buen ejercicio dialéctico, pero lo único que se saca de estas batallitas es un considerable estrechamiento de entendederas. Otra cosa, claro, es el diálogo, el intercambio de ideas, el enriquecimiento mutuo desde puntos de vista diferentes. Pero cuando pienso en diálogos, también me vienen a la cabeza términos como la edad dorada del hombre o la paz perpetua. Es decir, conceptos más que deseables, pero que no creo que hayan existido, existan o puedan existir jamás. Quizás sólo se pueda dialogar a distancia, que es una forma de diálogo un tanto falsa. Es decir, por escrito, leyendo las opiniones del otro y esperando un tiempo antes de contestar. Así se puede calmar ese impulso que nos hace llevar la contraria a toda réplica por sistema. Es pues, el único modo de enfrentarse a ideas ajenas a las nuestras con la esperanza de sacar algo positivo. Eso sí, en una discusión en vivo, hay veces que una de las dos partes está dispuesta al diálogo, con lo que, durante la discusión, cede, matiza y reconoce errores. Punto en el que la disputa termina y quien se ha mantenido inamovible cree haber "ganado". Y es que se confunden los intentos de establecer un diálogo con una simple capitulación. De todas formas, por lo general, las discusiones no terminan más que por agotamiento. A partir de entonces se cambia de tema, se sigue bebiendo o cada uno se va a casa, reconstruyendo dicha discusión, reelaborando las propias frases y deseando haber sido lo suficientemente ágil de lengua como para haber pensado en esa respuesta perfecta que ahora viene a la mente sin dificultad, pero que cuando era necesaria no aparecía por ninguna parte. Por supuesto, ambos -o los tres, o los cuatro- acaban convencidos de haber ganado y de tener toda la razón del mundo. A veces incluso agarran al primer medio conocido con el que se topan y le narran la disputa entera. A su manera, claro, introduciendo opiniones y cambiando ligeramente, lo justo para que la reconstrucción siga sonando verosímil, alguna de las réplicas. Todo con la única esperanza de que otra persona que no sea él mismo le dé la razón.


 
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miércoles, 18. diciembre 2002
Jaime, 18 de diciembre de 2002, 17:31:32 CET

Premios y castigos


Los artistas han de comer. Evidentemente. Y por eso a nadie le extraña que vendan sus cuadros, cobren por escribir o exijan su sueldo tras dirigir una película, por poner algún ejemplo. También necesitan alimentar su ego. Y por eso reciben bien sonrientes premios y elogios, con alguna rara excepción, como la aversión a los Oscar de Woody Allen. Pero resulta que cobrar y ser premiado puede -y digo puede- ser contraproducente para un creador. En Ciencia, orden y creatividad, de David Bohm y David Peat, se explica un experimento de Desmond Morris en el que se proporcionaba a chimpancés telas y pinceles, que los micos aprovechaban para pintarrajear "equilibradas figuras de color, que recordaban de alguna manera a algunas formas del arte abstracto". Sí, la comparación entre un mono y Antoni Tàpies podría ser jugosa, pero resistiré la tentación y me centraré en otro paso que dio Morris en su experimento: recompensar a los chimpancés por hacer sus pinturas. "Muy pronto su trabajo comenzó a degenerar -explican Bohm y Peat-, hasta que llegaron a realizar justo el mínimo que satisfaría al experimentador. Puede verse un comportamiento similar en los niños, cuando toman 'conciencia' del tipo de dibujo que ellos creen que se 'espera' que hagan. Reciben indicios de esto por recompensas sutiles e implícitas, como la alabanza o la aprobación". En el caso de algunos adultos, los indicios no son tan sutiles: dinero, premios, ventas, palmaditas en la espalda, que pueden obligar, aunque sea de modo inconsciente, a hacer lo que los demás quieren que se haga y no lo que uno quiere hacer. Y no es que tenga nada perverso -en principio- darle al público -o al jefe- lo que pide. Pero eso, claro, es un oficio, no un arte.


 
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