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Márchese, señor Mendiluce
Vergonzosa escena la que protagonizaron algunos representantes del mundo cultural, exigiendo a José María Mendiluce que retirara su candidatura a la alcaldía de Madrid. Se ve que a los artistas les molesta que los votos que vayan a Los Verdes no vayan al PSOE o a IU, partidos que digo yo que deberían decir algo al respecto. Vaya favorcito les han hecho. Una cosa que me ha llamado la atención de esta reprimenda es que el director de cine Mariano Barroso asegurara que hablaba en nombre de todos los artistas presentes, al parecer sin consulta previa y casi con un prietas las filas. Por suerte, más de uno se desmarcó de ese "en nombre de todos". Cosa normal, ya que a mí mismo me ha fastidiado siempre que me quisieran meter en sacos de ese tipo, cuando alguno ha soltado ese irritante "creo que hablo en nombre de los presentes si digo que". Lo primero que hago en esos casos, por puro instinto, es decir que ni hablar, que no en mi nombre, sólo por esas ganas de llevar la contraria que tenemos casi todos. Esto también tiene su lado negativo, claro, porque uno acaba defendiendo ideas extrañísimas, pero, en fin, qué le vamos a hacer. Así las cosas, es normal que alguno se pregunte dónde está la democracia. También habría que preguntarse dónde está la libertad de expresión: Sabina le dijo a Mendiluce que subiera al estrado sólo si era para anunciar su retirada. Tiene usted permiso para decir lo que queremos oír, gracias. Aunque, la verdad es que tampoco me sorprenden estos artistas. Han hecho muchas cosas bien últimamente, pero era previsible que la acabaran fastidiando. Una cosa es protestar en contra de la guerra y otra bien distinta pedir el voto para unos determinados partidos. Normal que un resbalón les llevara directamente a decirle a un candidato si debía presentarse o no. Además, seamos sinceros, Joaquín Sabina, Lucía Etxebarría o Miguel Ríos, por ejemplo, ¿qué tienen que ver con la cultura? Ya sé que había más gente en el grupo, pero, vaya, en todo caso, que nadie me diga que Sabina es poeta, Etxebarría novelista y Ríos músico, porque no me lo acabo de creer. Ah, esto me recuerda que Sabina le ha dedicado un poema a Trinidad Jiménez y compañía, que me trae a la memoria aquellas poesías que nos obligaban a escribir en EGB para el día de la madre: "Si estás contra la tristeza y, además de la cabeza, te juegas el corazón, vota por Rosa León". Toma ya. ¿Dónde está ese Nobel?
El coche fantástico
Desde que los Mossos d'Esquadra han decidido hacer públicos los casos de animales al volante, en pocos días hemos sabido de tres bestias a las que fotografiaron cuando conducían a más de 200 kilómetros por hora. El último récord es el de un cochecito que ha alcanzado los 243 en una excelente y cara autopista catalana, por la que, por cierto, yo conduzco a menudo. Sólo que llevo una cafetera que apenas tiene quince años -una jovencita- y que a veces -cuesta abajo y con viento a favor- alcanza los 150 kilómetros por hora. Entre quejas y lamentos, eso sí. Pero no quería hablar de mí. Ni del récordman. Sino del motorista que en una carretera comarcal del tres al cuarto se puso hace pocos días a 236 kilómetros por hora. El caso es que el muchacho ha dado la (simiesca) cara, más bien la jeta, y se ha dejado entrevistar por El Periódico. El angelito quiere dejar claro que no es "un suicida", aunque se olvida de que el problema no es que podría haberse matado, sino que podría haber matado a otros. Pero a ver quién se lo explica. El tal David Camí también asegura que no se ha "comprado una moto de 1.000cc para pasear". Esperemos que no se compre una pistola, porque, joder, uno no se compra una magnum para practicar tiro al blanco en Montjuïc. Para rematar la faena, el muchacho, encima, se queja: "¿Dónde podemos ir a correr los motoristas? Montmeló se ha convertido en un circuito sólo apto para millonarios. Muchos moteros no nos podemos permitir los precios que piden". Aunque, la verdad, en esto último no puedo más que darle la razón y solidarizarme con él. A mí las motos no me gustan, pero sí que es cierto que yo tampoco puedo permitirme muchas cosas y eso jode. No puedo pagar la ropa de Antonio Miró o de Giorgio Armani, por ejemplo. Y no es justo que esas prendas sólo sean aptas para millonarios. Muchos no nos podemos permitir los precios que piden ni en rebajas. En definitiva, que voy a tener que robar, porque, se pongan como se pongan, pienso lucir esa ropa.
Delincuentes
No son pocos los libros y obras de arte que han sido considerados delictivos. Y no son pocos los artistas que han acabado ante los jueces, como Flaubert o Schiele, por poner un par de ejemplos. El arte, en ocasiones, se ha querido llevar al terreno del derecho penal y, al respecto, hay que recordar la frase de Theodor Adorno que cita Anthony Julius en Transgresiones: "Toda obra artística es un delito no cometido". Se trata, por tanto, "de un delito cometido en la mente de alguien, donde todo es posible y nada tiene consecuencias". Julius cita un buen ejemplo: "En 1915, la policía de Nueva York hizo una redada en la exposición de bocetos de la artista Clara Tice y confiscó sus dibujos por indecentes. Los defensores de Tice simularon un juicio. 'Será juzgada -dijo un anuncio en el Vanity fair-, y por lo tanto absuelta, por los cargos de haber cometido atrocidades negras e incalificables sobre papel blanco, abusando de los esbeltos cuerpos de niñas, gatos, pavos reales y mariposas'". "El arte -sigue Julius- es una acción o un acontecimiento que, de no ser por su categoría artística, sí que sería un delito". Por ejemplo, no creo que fuera legal fundar una Sociedad de Conocedores del Asesinato, en la que se alabaran los crímenes más salvajes desde un punto de vista estético. Pero sí que es legal inventarse dicha sociedad y escribir sobre ella en un artículo humorístico, como hizo Thomas de Quincey en Del asesinato considerado como una de las bellas artes. En el libro, el inglés asegura que "como inventor del asesinato y como padre de este arte, Caín tiene que haber sido un genio de primer orden". También explica que hay que hacer todo cuanto esté en nuestra mano para evitar los crímenes, pero, una vez se ha cometido el asesinato "¿de qué sirve la virtud? Bastante atención le hemos dedicado ya a la moral; le ha llegado el turno al gusto a las bellas artes". Sin duda, la intención humorística de De Quincey es evidente, pero, en su momento, no faltó quien se indignara, ya fuera porque se lo tomara en serio, como porque creyera que los asesinatos no eran cosa de broma. Del mismo modo, muchos enfurecieron al leer Una modesta proposición para evitar que los hijos de los pobres de Irlanda sean una carga para sus padres o para el país, y para hacerlos útiles a la sociedad, de Jonathan Swift. Dicha propuesta consistía en que los famélicos padres se comieran a los niños en cuestión. No muchos leyeron con agrado el texto: algunos consideraron que se burlaba de esas familias hambrientas, otros le tomaron por un salvaje. Comer niños. Eso es atroz. Es decir, se indignaron con él por sus palabras, a pesar de que eran ellos (esos ingleses cultos y ricos) quienes dejaban morir de hambre a los irlandeses. En definitiva, y como dice el mismo Julius, "tanto artistas como criminales nos alejan de lo seguro y lo rutinario. (...) Los artistas nos pueden despojar de nuestra serenidad". Como nos alejamos de lo rutinario al leer Lolita y al darnos cuenta de que simpatizamos con Humbert Humbert, narrador y protagonista, pederasta y asesino. Claro que no hay que olvidar que no se trata de alabar o de retratar el crimen porque sí, sino de ir más allá, de crear arte. Son famosas esas frases de Oscar Wilde en su prefacio a El retrato de Dorian Gray: "El vicio y la virtud son materiales para el artista", y "no hay libros morales o inmorales. Los libros están bien escritos o mal escritos. Eso es todo".
El violador
El Cobre Ediciones ha retirado de la venta Todas putas, un libro de cuentos de un tal Hernán Migoya, en el que se incluyen un par de relatos en los que un violador y un pederasta se justifican. La editorial ha retirado el volumen porque Miriam Tey, copropietaria de la empresa, es también directora del Instituto de la Mujer, y varios partidos políticos y asociaciones se le han lanzado a la yugular por haberlo editado. Lo que todos parecen haber olvidado es que se trata de de ficción. Probablemente sea un libro pésimo y con poca gracia, y no dudo de que Migoya sea un perfecto cretino, pero decir que hace apología de la violación es como asegurar que El silencio de los corderos es un panfleto que defiende el canibalismo. O que Lolita nos habla de las injusticias que se cometen con los pederastas. O, incluso dejando de lado el género narrativo, que Jonathan Swift sugería sinceramente en Una modesta proposición que los irlandeses hambrientos se comieran a sus hijos. Seguramente Migoya no tiene ni el talento de Nabokov ni el ingenio de Swift. Más bien parece un tontorrón que cree que sólo por el hecho de escandalizar ya es un pedazo de artista. Pero eso no quita que Todas putas sea un libro de cuentos; no un manifiesto ni un ensayo. Y que nadie hubiera hablado de él de no ser porque estamos en campaña electoral.
La segunda taza de café
Uno se toma el primer café del día por obligación. Porque hay que acabar de abrir los ojos aunque no se quiera, y qué mejor para pasar el terrible trance de despertarse que una taza de café bien negro y con mucho azúcar. Evidentemente, y aunque sea casi obligada, esta taza no resulta desagradable. Pero, a veces, entre las prisas y el sueño, no se disfruta como es debido. En cambio, uno se toma el segundo café poco antes o poco después de comenzar a decir buenas tardes, y ya se está más o menos despierto aunque pueda apetecer tumbarse un rato, que tumbarse siempre está bien. Esa segunda taza se toma sólo por placer, se disfruta plenamente, se saborea. Uno aprovecha un rato muerto para beberla sin prisas, sin pensar en que en diez minutos hay que estar ya en la ducha, para no llegar tarde, o en que la camisa negra no está planchada y a saber qué me voy a poner hoy. Uno puede acompañar ese café con algo de música y, quizás, aprovechar para escribir en el blog sobre algo intrascendente. Por ejemplo, sobre Peter Altenberg y su té de las seis, bien suave y de color oro. A lo mejor esto demuestra que no siempre es verdad aquello de que segundas partes nunca fueron buenas. Al menos habría que añadir que las segundas tazas son una excepción. Pero, en fin, los refranes siempre me han parecido sospechosos. Más que nada porque los libros de refranes parecen tener respuesta para todo. Y eso no es normal.
