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Trias, el progre
Xavier Trias, el candidato a alcalde de Barcelona por Convergència i Unió, es un tipo que me cae simpático. De hecho, durante estos días me he sentido tentado de creerle cuando le oía asegurar que su candidatura, además de catalanista, era de progreso. Hombre, un líder de CiU muy progresista no puede ser, pero hoy en día a ningún político le dejan ser de izquierdas, así que tampoco nos vamos a enfadar por eso. De hecho, ni siquiera se puede considerar realmente progresistas a los tres alcaldes del PSC que ha aguantado esta ciudad. De todas formas, Trias suponía cierta esperanza, después de que hace cuatro años los convergentes se hundieran y de que los concejales del equipo de Clos hayan hecho y deshecho en los distritos lo que les ha dado la gana. Y no es que lo hayan hecho todo mal: el problema es que no había nadie que pudiera decirles, con algo de fuerza y de credibilidad, cómo lo estaban haciendo. Pero me desvío, que hablábamos de Trias. El caso es que ya se dice que este simpático candidato catalanista y de progreso podría haber pactado con Alberto Fernández Díaz, alcaldable del Partido Popular. Sólo es un rumor, quizás falso y, en todo caso, malintencionado, pero a nadie le puede extrañar que PP y CiU pacten, ya que llevan siete años haciéndolo, ya sea en Madrid o en Barcelona. A ver, pueden hacer lo que les dé la real gana, eso está claro. Entre otras cosas porque a efectos prácticos da lo mismo: Trias difícilmente será alcalde, cuente o no con el apoyo de Albertito. Sin embargo, he de confesar que, de confirmarse, este acuerdo supone una decepción para los pocos ilusos que estábamos dispuestos a cerrar los ojos y a hacer ver que creíamos que el pediatra Trias, un tipo que se guíe de sus pgoblemas con las egues, era de verdad progresista. Porque si resulta que es un progre que pacta con un partido de derechas, me temo que en el Ayuntamiento no habrá nada parecido a una oposición, con sus ideas y proyectos. Sino lo de siempre: cuatro tipos que han llegado a la plaza de Sant Jaume sin saber cómo y a quienes sólo les interesa contar escaños y repartirse distritos.
Barrer las calles
En un par de sus ensayos, Samuel Johnson publicó una carta en la que una joven llamada Misella le explicaba cómo había acabado ejerciendo la prostitución, después de verse engañada y abandonada por su propio primo. Johnson se inventó a esta muchacha con la intención de defender una práctica que él asegura que era habitual en la Francia de la época: "Hacen redadas cada año en las calles y embarcan a las prostitutas y vagabundos rumbo a sus colonias". Johnson no lo propuso por odio ni por repulsión, sino porque creía que estas mujeres se verían beneficiadas con el cambio: Misella llega a afirmar que si esta oportunidad se ofreciera a las británicas, ella podría "volver de nuevo a la honestidad y a la paz". Me he acordado de Johnson porque esta mañana he leído que el candidato del PP a la alcaldía de Barcelona, Alberto Fernández Díaz, quiere limpiar las calles de mendigos y prostitutas. A los mendigos al menos les ha prometido asistencia social, pero, respecto a las prostitutas, se conforma con que no ejerzan en la vía pública. Dice que no lo pueden permitir. Tanto Johnson como Fernández Díaz vienen a proponer lo mismo: quitar de en medio a estas mujeres. Pero el inglés tiene al menos la decencia de hacerlo por sincera humanidad, de pensar en ellas y en lo que las ha llevado a esa profesión. Tal vez Johnson estuviera tan equivocado como el alcaldable, pero, como mínimo, no trataba a esas personas como porquería que hay que barrer.
Los monos y las letras
En el zoo de Devon, un equipo de la Universidad de Plymouth ha puesto a prueba esa popular hipótesis según la cual infinitos monos tecleando durante un tiempo infinito acabarían por escribir las obras completas de Shakespeare, por cosas de la probabilidad. Como los investigadores no tenían a mano ni tantos monos ni tanto tiempo, se han conformado con seis macacos, un ordenador y cuatro semanas, al final de las cuales han obtenido un total de cinco páginas de texto. Bueno, texto es mucho decir: más bien un montón de eses y alguna que otra letra más. De todas formas, hay que decir que el objetivo no era obtener ninguna pieza de literatura, sino observar las diferencias entre hombres y máquinas. Diferencias que, según los académicos, se pueden resumir explicando que "los monos no son reducibles a un proceso probabilístico. Se aburren y prefieren cagarse en el teclado a escribir." Aun así, siguiendo esta idea de monos tecleadores, los matemáticos han calculado que unos 10 seguido de 813 ceros monos tecleando durante cinco años conseguirían escribir los dos primeros versos del tercer soneto de Shakespeare. Así las cosas, uno puede ver que hay cierta escala. Infinitos monos durante un tiempo infinito escribirán las obras completas de Shakespeare. 10 seguido de 813 ceros, un par de versos en cinco años. En cuatro semanas, seis macacos no tienen tiempo más que para teclear un montón de eses. O sea, que podemos aventurarnos a decir que con miles de quintillones de monos y unos cuantos siglos, podríamos aspirar a obtener, por ejemplo, alguna novela de Nabokov. Y es que este escritor es excepcional, pero no tanto como Shakespeare, por lo que igual las probabilidades de dar con un texto suyo son mayores. Gracias a este experimento, es fácil ver que uno podría montar un negocio de alquiler o de venta de monos escritores, que no sólo serían más baratos que los clásicos negros, sino que tendrían la ventaja de que no delatarían a nadie. Por ejemplo, con media docena de diligentes monitos, Federico Jiménez Losantos tendría suficiente para entregar sus artículos diarios. Y Mario Benedetti podría comprar unos veinte o treinta para sus poemitas. En cambio, George W. Bush se basta a sí mismo para escribir sus discursos, ya que él es la prueba de que la especie humana no ha evolucionado toda al mismo ritmo. Por mi parte, pienso mirar cuánto costaría hacerme con dos o tres macacos que actualicen esta página de vez en cuando, mientras empleo mi tiempo en evaluar las posibilidades y los riesgos del negocio en cuestión.
Que no vuelvan
Los tres jefazos supremos de mi empresa no han aparecido por la oficina en toda la semana, ocupados como han estado alargando sus vacaciones o haciendo viajecitos (en teoría) de negocios. Así las cosas, hemos trabajado más a gusto que nunca: relajados, bromeando, charlando sin preocuparnos por cuándo se va a abrir la puerta del despacho. Y el trabajo se ha hecho. Incluso mejor que de costumbre, ya que no hemos tenido al director de turno en el cogote metiendo prisa o, peor, no nos hemos visto obligados a enmendar las pifias que cuela la jefa cuando se empeña en rebajarse a nuestro nivel y trabajar con nosotros. Visto el panorama, estamos dispuestos a llegar un pacto con nuestros jefes: nosotros seguimos haciendo nuestro trabajo, sin romper nada, y ellos no vuelven a aparecer. Una versión capitalista y de libre mercado de la famosa colectivización comunista. Se podría llamar el Plan Déjennos en Paz. Por ejemplo. Y por favor. Claro que ahora pienso que igual es una trampa. Es posible que los jefes trabajen mal adrede. Porque es difícil que haya gente tan torpe. Y su objetivo quizás es que no nos quejemos cuando se toman esos días de vacaciones de más, o cuando llegan un par de horas tarde, o si han de irse a uno de estos viajecitos de negocios en los que viajar, no se viaja mucho, pero desde luego se negocia aún menos. Es decir, pretenden que no nos indignemos comparando sus privilegios con nuestros deberes, sino que nos alegremos cuando hagan uso de estas prerrogativas. Lo que faltaba.
Cuidado con los chinos
Hace unos días vi por la tele cómo muchos neoyorquinos no se atrevían a pasear por Chinatown por miedo al sars, como si, más que un tipo de neumonía que se ha originado en China, el síndrome fuera una enfermedad congénita de los descendientes de pekineses. Lo más divertido fue ver cómo algunos comercios de este barrio de Nueva York aprovechaban el injustificado temor de muchos para vender las mascarillas que lucen los ciudadanos de los países orientales afectados. Al menos, hacían negocio. La cosa, claro, me pareció ridícula. Pero comprensible en una ciudad como Nueva York, en la que hay tanta gente que viene de tantas partes y que viaja a tantos sitios. Un neoyorquino puede temer más o menos razonablemente que ocurra algo parecido a lo que pasa en Toronto. Ahora, lo que ya no tiene mucho sentido es que este pánico llegue a Barcelona. Sí, a Barcelona. Leo en El Periódico que un tipo de rasgos orientales se subió a un vagón del metro de la ciudad. Y estornudó. Reconozco que la cosa da para algún chistecillo, en plan, mira, llega de Shangai y se ha saltado el control del aeropuerto. Pero dos viajeros no se conformaron con la gracia de mal gusto, sino que le exigieron que se bajara del vagón a la siguiente parada. No les fuera a contagiar el sars ese. Supongo que se acercarían a él tapándose la boca y mirándole con miedo, eh, tú, el enfermo, sal de aquí, anda, y no respires tan fuerte. El pobre y asombrado oriental les dijo que ni siquiera era chino, sino tailandés, y con la ayuda de otro par de viajeros algo más sensatos, intentó explicar a los alarmados hipocondriacos que lo del sars no funciona así exactamente. Dio igual: al final, el hombre tuvo que apearse. El diario no informa si decidió asimismo montar una tiendita de mascarillas, para sacar provecho del miedo ajeno. Cómpreme una o le toso. El caso es que, visto el panorama, me gustaría saber si ya ha comenzado a descender el número de clientes de restaurantes chinos. O si la gente ya no se pasea tanto por nuestro Barrio Chino, que de chino no tiene nada y, para colmo, ahora se llama Raval. Pero ya se sabe, quien tuvo, retuvo
