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Enanos, mocasines, Lladró
Tanto a mí como a la mayoría de gente que conozco nos encanta llevar la contraria simplemente porque sí. Da igual de qué se trate, el caso es fastidiar. Como mucho y cuando nos pillan de buenas o no tenemos la suficiente confianza con nuestro interlocutor, cedemos hasta el "sí, pero", que no es más que una negativa disfrazada de concesión. Sin embargo, a veces hay que contener ese impulso a decir que no estamos de acuerdo. Y es que por el mero hecho de llevar la contraria, uno acaba defendiendo puntos de vista opuestos a los propios, cosa que es divertida siempre que no se superen ciertos límites. Sin ir más lejos, esta misma tarde he estado a punto de defender los enanos de jardín. Casi suelto que no había para tanto, que tener un gnomito de estos es un simple acto de libertad decorativa y que los enanitos no son más que inofensivos adornos que, colocados con inteligencia e ironía, pueden resultar hasta simpáticos. En fin, que hay que controlarse, no sea que acabe viendo con buenos ojos el llevar mocasines y calcetines blancos. Incluso aunque los mocasines fueran de estos con borlitas. Claro que, ahora que pienso, es demasiado tópico esto de criticar enanos y mocasines. No pueden ser tan malos, si casi todo el mundo está en contra. De todas formas, y por si acaso, si alguno de vosotros me ve alguna vez luciendo esos zapatos o saliendo de El Corte Inglés con un enanito de jardín (o con un Lladró sin su correspondiente martillo) tiene mi permiso (mi súplica, casi) para darme una buena paliza. Prometo no defenderme. Aunque tampoco serviría de mucho, seamos sinceros.

La mancha más limpia
Bueno, lo que te decía, que aprieto para abajo el dosificador del bote de jabón, para que el Lactovit ese me caiga directo en la palma de las manos, y plaf me saltan cuatro gotas directas al polo. Y yo, claro, no le doy la menor importancia, joder, es jabón, no sólo no mancha, sino que además limpia. Cuando acabo de lavarme las manos, eso sí, paso la toalla por encima y veo que queda todavía una sombrita, pero, bah, qué más dará, pienso, en un par de minutos se seca y a tomar por saco, coño, que no es sangre. Y nada, salgo por la puerta, que ya llegaba tarde, sin que ni siquiera se me pase por la cabeza la idea de cambiarme de polo, total, qué tontería. Sí, qué tontería. Toda la tarde con un medallón en el pecho. Condecorado por heridas recibidas en el cuarto de baño. Daba igual que fuera duchado y afeitado -como siempre-, me sentía sucio, un cochino, con esa costra oscura, no muy grande, con la forma de Italia. Sí, de Italia. No, sin Sicilia, gracioso. Una mancha. Yo. Joder, es que ni de niño, te lo juro. Y a ver a quién le explicas que la puta mancha era de jabón. ¿Una mancha de jabón? Ya, claro, cuéntame otra. Aunque, bueno, es normal, ¿no? Al fin y al cabo soy un maniático de la limpieza, ¿no? ¿Con qué me iba a manchar? Pues con jabón. O con pasta de dientes. Incluso con lejía, ya puestos. No te rías, imbécil, que lo he pasado muy mal, toda la tarde medio girado en la silla o con el brazo colocado estratégicamente, no me fueran a ver la manchita de las narices. Y cuando me he tenido que levantar para ir a la impresora me he llevado unos papeles conmigo a modo de pantalla. Parece que no se han dado cuenta, o al menos no me han dicho nada. Aunque, qué coño van a decir, si los jefes no están y nos hemos pasado toda la tarde jugando con internet o contando chistes. Como para ponerse a ver manchas y a criticar. Hablando de chistes, ¿te sabes el del pepino? Bueno, pues luego te lo cuento.
Es triste pedir
No suelo dar limosna, la verdad, pero sí que hay ciertas actitudes al respecto que no me gustan nada. Y no de los mendigos, que bastante tienen ya con lo suyo como para encima ir quejándose de ellos. Me refiero, por ejemplo, a cuando se dice aquello de que quienes piden se sacan un dineral a costa de la generosidad de algunos. Leo que a Roy Hattersley le molesta lo mismo. Hattersley habla de un mendigo que supuestamente se sacaba 20.000 libras anuales extendiendo la mano y opina que, sea o no cierta la historia, ojalá consiguieran esa cantidad todos los que se ven obligados a pedir. El periodista recuerda asimismo un texto de Lamb en el que se explica que "la mitad de estas historias acerca de fortunas prodigiosas conseguidas por medio de la mendicidad no son más que calumnias de miserables". Y decir la mitad me parece poco. Hattersley, por cierto, no cita otro fragmento del mismo texto de Lamb en el que se habla de un mendigo que, supuestamente, había muerto dejando una pequeña fortuna a su hijo. Lamb se pregunta: "¿Y qué, si en 42 años dando tumbos, el hombre pudo reunir lo suficiente como para dar una buena cantidad a su hijo (como decía el rumor) de unos cuantos cientos? ¿A quién había hecho daño?" Pero, independientemente de eso, me parece ridículo pensar que alguien pueda hacerse rico viviendo como un mendigo. Y que algunos añadan que piden porque lo prefieren a trabajar. Sí, claro, pedir en el metro es muy agradable. Igual que dormir en los portales. Muy bueno para la espalda, además. En este sentido, no son pocos quienes, no sin algo de razón, opinan que si nadie les diera un duro acabarían teniendo que buscarse la vida y, en definitiva, trabajando. Yo no lo tengo tan claro. No creo que sea más fácil pedir que trabajar. Trabajar es muy sencillo. Te presentas en un sitio a las nueve, haces una serie de cosas y sales unas horas más tarde. Pedir, extender el brazo, explicar las propias miserias (inventadas o no), dormir en la calle (o en una pensión, si hay suerte) me parece bastante más difícil. Y más duro. No creo que se haga por placer. Hattersley habla también de esa manía que consiste en cuestionar si las penas que expone el mendigo en cuestión son ciertas o no. El periodista contesta citando nuevamente a Lamb: "Cuando una pobre criatura (a la que se reconoce visiblemente como tal) se presente ante ti, no te pares a averiguar si los siete pequeños niños en cuyo nombre implora ayuda tienen una existencia real. No te sumerjas en las profundidades de la verdad para salvar medio penique. Es bueno creer en ella". Aunque esto me recuerda a una mujer que entró en el metro a pedir, entonando típica cantinela que comienza con aquello de "es triste pedir": a medio discurso se le escapó un "soy viuda y mi marido está en paro". Resultaba difícil creer a esta señora, por muy bueno que fuera. Pero, de todas formas y como dice el periodista de The Guardian, "es mejor ayudar a diez fraudes que dejar de lado un caso que lo merezca". Pero sin olvidar, como también apunta, que la moneda que se pueda dar no cambiará mucho las cosas. De hecho, no las cambiarán nada. Por otro lado, tampoco es tan grave que las historias de los churumbeles a los que alimentar sean un fraude. Lo digo por aquello que suelen soltar las señoras mayores sobre los mendigos, especialmente en la zona alta de la ciudad, donde las señoras son muy señoras y no dan sus monedas al primero que se les presenta. Y muchas veces no lo hacen porque, aseguran, el mendigo en cuestión se lo gasta todo en vino. En vino de este que viene en tetra brick, claro, pero en vino. Bueno, puestos a destinar a la caridad parte de la fortuna personal -ese gran euro del que nos desprendemos con una absurda satisfacción-, quizás sea mejor que vaya destinado a la leche o a los pañales de algún bebé, pero tampoco está de más pensar que ese tipo que vive en la calle tiene uno de sus pocos consuelos en algún trago ocasional de vino barato. Me parece algo mezquino ponerse a juzgar al borrachín en cuestión, concluyendo que no tiene derecho a un pequeño placer, aunque ese placer le esté destrozando, como mínimo, el hígado. Al fin y al cabo, no pocos de los que le considerarán un vago dipsómano estarán enganchados, por ejemplo, a unos cigarrillos que les están llevando directos al cáncer. Y no se trata tan sólo de borrachines. Recuerdo la bronca que se llevó una niña que pedía en una iglesia cuando su padre, apostado en otra esquina, la descubrió devorando un helado de Häagen Dazs. Claro que aquí, al menos, quien la reñía era su padre y no una señorona de Sant Gervasi. Obviamente, el columnista de The Guardian también hace referencia a aquello de que sólo damos para acallar nuestras conciencias. "Lo admito -escribe- la libra ocasional -ciertamente no un sacrificio, ya que su pérdida no cambia nada- es dinero para silenciar mi conciencia, lo doy para sentirme menos culpable". Pues seguramente eso nos pasa a todos. Pero, aun así y a pesar de los inconvenientes, sigo creyendo que es mejor dar que hacerse el sueco. Aunque no sirva para nada. Aunque pueda ser peor a largo plazo. En todo caso, me parece más humano. Y por algo será.
Un nuevo Vietnam
No sería bueno que Iraq fuera un nuevo Vietnam. Lo digo porque muchos temen "que el Ejército norteamericano se empantane en Iraq durante años sin lograr sus objetivos". Situación que, encima, a más de uno le resultaría simpática, aunque sólo fuera por ver Estados Unidos o, mejor dicho, a George W. Bush, con el agua al cuello. Pero a mí me parece que una vez no se ha podido evitar la guerra, lo mejor es que América pueda ayudar a instaurar una democracia. Más que nada, para que Iraq sea finalmente un sitio en el que poder vivir. Y, por cierto, lo mismo vale para la ya olvidada Afganistán. De acuerdo, el medio usado para llegar a esta futura y sólo posible democracia ha sido repugnante. Y más si pensamos que las tropas estadounidenses y británicas seguirán años en la zona, asegurando su control y, en el peor de los casos, preparando nuevas guerras de estas que en teoría garantizan la seguridad de los americanos. Pero, al menos, ya no se puede recurrir a soluciones al estilo Pinochet. Si Bush y Blair (y Aznar) quieren salvar la cara y mejorar en los sondeos necesitan que se celebren elecciones libres en Iraq. Es triste y casi ridículo que se instaure una democracia por miedo al qué dirán las encuestas, pero mejor eso que otra dictadura, aunque fuera una dictadura aliada y a la que, por tanto, no se acusaría de tener armas de destrucción masiva, independientemente del al fin y al cabo intrascendente hecho de que las tenga o no. Hay otro problema, o mejor dicho, otra duda que yo no tengo claro cómo resolver. Supongamos que la resistencia a las tropas de ocupación es claramente representativa de los deseos de los iraquíes. Y que es cierto aquello que se ha apuntado durante las últimas semanas respecto a las pocas ganas de democracia que tienen los líderes de los principales grupos sociales. En definitiva, supongamos que es verdad que los ciudadanos de ese país no quieren la democracia. Sí, yo también lo dudo y me parece sólo charlatanería propia de pájaros de mal agüero, pero en tal caso y aunque sólo sea un supuesto, ¿es legítimo imponer una democracia? ¿No sería, justamente, poco democrático? Insisto: no tengo ni idea acerca de cómo resolver esta duda, e incluso no sé hasta qué punto es realmente importante. Pero el caso es que las cosas, por desgracia, siguen pintando mal en Iraq. Y lo que queda.
Deudas respetables
Hasta que se puso de moda pagar a plazos, lo honroso era no deberle ni un euro a nadie. Los hombres de bien no tenían deudas y los morosos que huían del sastre o de los amigos a los que habían dado un buen sablazo eran unos indeseables, unos parásitos. Hoy en día, en cambio, para ser alguien respetable tienes que estar pagando la hipoteca de un piso y el préstamo del coche, como mínimo. Si puede ser, te tienen que quedar pendientes algunas letras de la lavadora y del frigorífico, y hay que estar negociando con el banco un nuevo crédito para renovar el mobiliario o, quizás, para comprar un apartamento en la playa. Ah, y resulta imprescindible contar con una de esas tarjetas de crédito que permiten fraccionar los pagos. Actualmente, si no debes dinero es porque eres un vago. O un jubilado. Y cuando tienes deudas ya no te persigue el sastre, sino que en el banco te llaman de usted y te regalan un juego de maletas.
