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You and me baby ain't nothing but mammals
Como si no tuviéramos suficiente con las despedidas de Pujol y de Aznar, ahora se nos va Copito de Nieve, enfermo de cáncer de piel y desahuciado por los veterinarios. El caso de Copito es más trágico, ya que su despedida es definitiva: apenas vivirá unos meses. Además, al contrario que Pujol y Aznar, el gorila albino tiene pocos enemigos entre los humanos y, encima, no deja sucesor, ya que su abundante descendencia ha sido morenita y más bien común. Siguiendo con la analogía podríamos decir que los sucesores de Pujol y de Aznar son también morenitos y mediocres, pero aunque Pujol tiene prestancia política e histórica suficiente como para ser albino en caso de haber nacido gorila, hay que decir que Aznar, de haber sido mono, sería, como mucho, un chimpancé gris. Pero eso son apreciaciones personales, claro. Siguiendo con los monos y las sucesiones, hay que decir que Maragall, el relevo de Pujol en caso de que CiU perdiera las elecciones, no llega a gorila blanco, pero sí al menos a mono pelirrojo o perro verde, que raro y original lo es un rato. En cambio, Zapatero es más como Chita. Simpático y gracias. Por cierto, dicen que a Copito de Nieve no lo piensan clonar, aunque se guardarán muestras de ADN. Lo digo porque a más de uno le gustaría clonar a los presidentes de España y de Cataluña, y no son pocos los que piensan que, de hecho, Rajoy y Mas son clones de sus jefes. Pero ya sabemos lo que pasa con los clones. Que, como la técnica aún no se controla, suelen salir defectuosos. De todas formas, más que clones, estos sucesores digitales (por lo del dedo, claro) parecen más bien fotocopias. Rajoy ha salido borroso y Mas viene con lifting. Esto del lifting me recuerda que Jordi Portabella, teniente de alcalde y presidente del zoo, asegura que retirarán al pobre gorila cuando no esté visible. Cosa que me hace pensar en Manuel Fraga, no sé por qué. Es curioso lo facilón que es comparar a políticos y monos. Quizás porque lo mejor sería enjaularlos. A los políticos, quiero decir. Les iríamos a ver al zoo, les tiraríamos trozos de pan y reiríamos sus gracias. Así podrían pelearse entre ellos sin salpicarnos a nosotros, que bastante tenemos con lo nuestro. Y también observaríamos con curiosidad cómo el mono blanco particular de los políticos españoles (y ahora pienso en Felipe González) se dedica a pasearse enfurruñado, acostumbrado a los elogios y a los mimos, siendo aún la estrella del zoo y lamentando, en su caso, haber sido prejubilado. Claro que si los políticos fueran hombres y mujeres de cierta altura y dignidad, la comparación con chimpancés y babuinos no sería tan facilona. Pero ocurre que, por lo general, las personas de bien no se dedican a la política.
Disparates originales
El peligro de querer ser original es que uno puede caer en el ridículo de descubrir que alguien se le había adelantado. Y prácticamente siempre resulta que es así. Por otro lado, no está de más tener en cuenta que, como dice André Comte-Sponville en El amor, la soledad, "una idea que nunca ha tenido nadie tiene todas las probabilidades de ser un disparate". Y que, como todo el mundo quiere ser rompedor y diferente, al final ocurre que lo tradicional acaba resultando más novedoso que la mayoría de supuestas novedades. No sé, pero a lo mejor la forma más eficaz de ser original es apropiarse de lo que ya han hecho otros.
Ya falta menos
Uno de los efectos perniciosos que el trabajo tiene sobre mucha gente es que lleva a desear que las horas y los días pasen lo más rápido posible. "Por favor, que den las seis de una vez" o "tengo unas ganas de que llegue el fin de semana" son dos de los lamentos que más habitualmente se oyen en oficinas, redacciones, obras, despachos y demás. Esto muy bueno no puede ser, ya que el número de horas y días que tenemos es limitado, y normalmente lo que queremos es que se retrase lo más posible la fecha de nuestra muerte y no acercarnos rápidamente a ella. Supongo que lo que nos gustaría es poder agarrar esas horas que deseamos que pasen deprisa y colocarlas al final de nuestras vidas, cuando ya gocemos de la bien merecida jubilación. Sería mejor, claro, poder disfrutar de ese tiempo ahora que no tenemos que sufrir de reumas, lumbagos y demás; poder dejar el trabajo, aunque quedándonos con el sueldo, y tener las menos ocasiones posibles para desear que el tiempo pase volando y las más para lamentar que tal cosa ocurra. Pero, en fin, supongo que hay que aprender a conformarse, que al fin y al cabo mucha gente lo tiene peor. Hay que ser más positivos. Y pensar que en Cataluña el jueves ya es fiesta, y que, con un poco de suerte, el martes y el miércoles pasarán volando.
Alberdi contra Caldera
Por supuesto, me ha parecido muy feo que expulsaran a Cristina Alberdi de la dirección de la Federación Socialista Madrileña simplemente por discrepar. Y más cuando el PSOE ha criticado con toda justicia al Partido Popular por parecer un monolito sin grietas, una secta, un ejército en el que el general ordena y los soldaditos rasos contestan amén. Creo que ha sido un error tratar a la diputada madrileña casi como a una delincuente, incluso teniendo en cuenta, como recordaba El Mundo hace un par de días, que la Alberdi que ahora pide responsabilidades es la misma se quedó bien calladita hace unos años, cuando fue ministra de un gobierno que tuvo mucho que ver (y tanto) con los Gal. Sí, todo eso es malo. Pero lo peor del caso es que las comparaciones son odiosas. Me explico. Alberdi ha soltado cuatro tonterías con las que muchos podrán estar de acuerdo, pero que no dejan de ser cuatro chorradas muy mal argumentadas. Si la hubieran dejado hablar sin prestarle mayor atención, la ex ministra hubiera quedado como una persona algo limitada que intentaba explicarse sin mucho éxito y llegando a duras penas a la coherencia a la hora de pedir dimisiones por lo ocurrido en la Asamblea de Madrid. Pero salta Jesús Caldera y "la dice" (sic, sic y mil veces sic) que se largue. Y entonces uno compara a la no especialmente brillante Alberdi con el voceras en cuestión y, como es natural, la señora ya cobra la imagen de una política de envergadura, de una estadista independiente, de una nueva Kennedy, casi. A ojos de cualquiera, claro, y no sólo de la prensa de derechas, que la está prácticamente beatificando. Santa Cristina Alberdi, Mártir por la Libertad de Expresión. Y es que lo peor del Psoe no es su candidato (que es casi bueno) ni que Ibarra y Maragall tengan ideas diferentes acerca de eso tan manido a lo que se llama "la vertebración de España" (cosa que es aún mejor). Lo peor es ese dúo dinámico que Zapatero ha escogido como escuderos: José Blanco y el propio Caldera, un par de patanes que cuando abren la boca provocan vergüenza ajena y ganas de comparar, con lo odiosas que son las comparaciones. Odiosas para ellos dos, quiero decir. El caso es que las meteduras de pata de Caldera y de Blanco pueden evitar una de las pocas cosas divertidas que se preveían en el politiqueo del país para estos próximos meses llenos de elecciones. Y es que yo contaba con que el Partido Popular ganaría (otra cosa no parece muy probable), pero sin alcanzar la mayoría absoluta. El escenario me gustaba no sólo porque las mayorías absolutas le sientan bien a cualquier gobierno y mal a cualquier gobernado, sino porque la insuficiente mayoría les obligaría a pactar (como siempre) con Convergència i Unió, quienes, como condición para otorgar sus votos, impondrían la aceptación de un nuevo, consensuado e inofensivo pero hiriente estatuto catalán. Y el Partido Popular, también como siempre, tragaría sin dejar de sonreír. ¿Y por qué considero que esto sería divertido? Pues, más que nada, por ver la cara de higo enfurruñado que se les quedaría a la mayoría de votantes del PP y a los bufones de la prensa del reino (además de a la la propia Alberdi) al ver que, de nuevo, sus jefes tienen que pactar con los mismos a los que durante los últimos años han estado insultando y presentando como la archinémesis de la democracia, a instrucciones del soviet supremo popular. Me entra la risa floja sólo de pensar en el artículo que firmaría Federico Jiménez Losantos el día después de que llegaran a un acuerdo Mariano Rajoy y el quizás futuro ministro Josep Antoni Duran i Lleida. Claro que podría ser mejor. Es decir, el Partido Popular podría necesitar también los votos del Partido Nacionalista Vasco. Y entonces, como por arte de magia, el PNV recuperaría la condición de partido democrático, condición que Aznar y sus amiguetes periodistas le han querido negar, presentando a Ibarretxe como el Sadam Husein español. Pero no. Eso sería demasiado bueno. Vaya, hasta que Caldera volvió a abrir la boca, yo me conformaba con lo del estatuto catalán. Ahora ya, ni eso.
Pues no
Ya que hablamos de negativas, me gustaría añadir que tener el no siempre a punto es por falta de carácter y no al revés. Lo digo por aquello que se suele decir de que hay que aprender a decir que no, de que hay gente que siempre está haciendo favores, obedeciendo a sus jefes, que no sabe cuándo cortar por lo sano y que eso, claro, es por falta de autoridad, de personalidad, de carácter, en definitiva. Pero creo que es justamente al revés. Que decir que no es lo fácil: es la respuesta que se tiene siempre más a punto. Vaya, yo mismo, en cuanto alguien se me acerca con intención de pedirme algo, me pongo inmediatamente a buscar excusas aun sin saber de qué se trata: el caso es escabullirme. En cambio, una de esas personas supuestamente tan pusilánimes que no hacen más que obedecer en todo tendrá la valentía, justamente, de decir que sí y de echar una mano. Porque no sólo lo dicen, sino que en seguida se ponen a trabajar en el tema. Total, que, en todo caso, hay que aprender a decir que sí. Al menos de vez en cuando.
