martes, 19. agosto 2003
Jaime, 19 de agosto de 2003, 13:25:46 CEST

El estiércol, la lumbalgia y los bocadillos


Bocatta ha retirado un anuncio en el que, según algunas sindicatos agrarios, se ridiculizaba la vida en el campo. En este anuncio se veía a agricultores sufriendo algunas de las consecuencias de su trabajo mientras se oía una canción que imitaba estas tontorronas melodías de guitarra y hoguera, sólo que en este caso se hablaba de olor a estiércol, de callos y de lumbalgia. La verdad, a mí el anuncio me pareció gracioso. Más que nada porque hace ya unos cuantos años que se tiende a mitificar la vida en los pueblos, como si mantener unos cuantos almendros y un par de cerdos fuera un trabajo agradable y delicioso, y como si se olvidara los esfuerzos que la agricultura requiere. El anuncio recordaba que trabajar en este terreno es más duro de lo que creen algunos imitadores de hippies. Al menos, más duro que trabajar sentado en una oficina con aire acondicionado. Y recordaba también que por algo la gente del campo se mudó y sigue mudándose a las grandes ciudades, mientras que a los pueblos sólo vuelven unos cuantos jubilados y cuatro neorurales a los que les iría bien ver el anuncio en cuestión. Pero no. El caso es que no se puede decir, ni siquiera en tono de broma, que la vida en el campo no está tan bien y que no somos unos insensatos quienes preferimos las incomodidades de las ciudades a las de los pueblos. Actualmente, decir que la vida en las grandes ciudades es un infierno es incuestionable. Pobre del que se atreva a asegurar que está cómodo en una de ellas. En cambio, opinar que la vida en los pueblos no es tan estupenda como parece es insultar a quienes viven allí. Y el problema, en el fondo, parece que es siempre el mismo. La manía que tienen algunos con tomarse las cosas, y especialmente la publicidad, demasiado en serio.

(Ah, y hola a todos.)


 
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jueves, 24. julio 2003
Jaime, 24 de julio de 2003, 22:00:50 CEST

Vacaciones


Trabajar tiene cosas buenas. Además de cobrar, quiero decir. Por ejemplo, las vacaciones. Yo comienzo las mías mañana mismo y, si todo va bien, en tres semanas apenas pasaré dos o tres días cerca del ordenador. Por supuesto, he hecho planes para este tiempo, que espero que sea, como mínimo, tan productivo como el resto del año. En concreto, tengo previsto dormir mucho y desayunar algunas mañanas en una ciudad del centro de Europa. Como se puede apreciar, no dejo de marcarme nuevos retos. Y es que duermo muy bien, pero aún puedo mejorar. Así pues, me despido hasta el día 20 de agosto, más o menos, cuando volveré pensando en si sería buena idea simular alguna enfermedad para tener algunos días más de fiesta. Hasta entonces. Que vaya bien.


 
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miércoles, 23. julio 2003
Jaime, 23 de julio de 2003, 18:09:06 CEST

La izquierda y el dinero


Alfonso Ussía publica hoy un articulito en el que recoge y defiende ese tópico según el cual si uno tiene dinero no puede ser de izquierdas. Ussía viene a decir que cobrar nueve millones de euros anuales, como Javier Sardá, deslegitima toda idea izquierdista. Hombre, la verdad, cobrar nueve millones de euros cada año y defender la dictadura del proletariado no es algo muy lógico, a pesar de la buena posición social de la que disfrutaba el propio Marx. Pero no se trata aquí de llamar a la revolución. Lo que yo no veo es la incompatibilidad entre tener dinero y defender una socialdemocracia a la sueca o a la alemana; entre ser millonario y defender la necesidad de mantener un tejido de servicios públicos que aseguren el acceso de los ciudadanos a la educación, a la vivienda, a la sanidad y al trabajo; entre conducir un descapotable y opinar que tenemos ciertos derechos y libertades. Por ejemplo. De todas formas, me ofrezco al señor Ussía como conejillo de indias para un experimento sociopolítico. Yo me considero de izquierdas. Incluso estuve -¡horror!- en contra de la guerra. Es más, estoy en contra de las guerras, en plural. Qué indecencia. De hecho -y esto rematará al pobre Ussía- soy republicano y -atención- opino que Tamayo es un corrupto. Soy, pues, el sujeto perfecto para la prueba que tengo pensada. Lo que le propongo al articulista es que ingrese en mi escuálida cuenta corriente una cantidad indecorosa de dinero y que me deje disfrutar del lujo y, sobre todo, de ese placer que supone ir de compras y no mirar los precios antes de pasar por caja. Al cabo de un año podríamos examinar la evolución de mis ideas políticas y ver si sigo pensando más o menos lo mismo, o si ya he decidido alistarme a las filas de esos supuestos liberales que creen que el liberalismo consiste en no pagar impuestos que mantengan a grises burócratas. También habrá que ver si ya me he pasado a defender la privatización de escuelas y hospitales, para que cada uno se pague lo suyo, y el que no pueda, que acuda a la beneficencia. O si ya opino que los sociatas no son más que unos chorizos que robaron porque no habían visto un duro en su vida antes de llegar a ministros, y no como Rodrigo Rato, un empresario y un señor, o como Esperanza Aguirre, esa mujer culta y elegante. Al mismo tiempo, y si le apetece, Ussía podría pasar unos meses con un presupuesto algo más ajustadito de lo normal. No digo que lo dejemos tirado en la calle, simplemente bastaría con que trabajara un poco. Y nada de trajes italianos. Un mono azul de electricista o de fontanero; en su defecto, un chándal. Y que se olvide de los restaurantes caros, de las casas con cuatro baños (un pisito de dos habitaciones y va que chuta) y de los desayunos continentales (un cortado y un croissant en el bar de la esquina, como mucho). Ah, y que coja el metro. A lo mejor, siguiendo la misma línea de razonamiento del propio columnista, después de la experiencia se transforma en un furibundo enemigo de la globalización y le vemos tirando huevos a las sedes del Partido Popular. En definitiva, me ofrezco para poner a prueba esa tesis según la cual cuando alguien de izquierdas tiene mucho dinero se convierte, por fuerza, en Alfonso Ussía. Aunque intente disimular, como parece que hacen los rojos ricos. Eso sí, sea cual sea el resultado, pongo como condición quedarme con los millones y seguir votando a quien me dé la gana. Con su permiso y si no es molestia.


 
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lunes, 21. julio 2003
Jaime, 21 de julio de 2003, 0:00:34 CEST

Sin exagerar


Lo primero que pensamos casi todos cuando nos enteramos de que el cuerpo de David Kelly había aparecido bocabajo, con las venas cortadas y con un frasco de analgésicos a su lado era que le habían asesinado. Pero, la verdad, y visto que a Tony Blair le perjudica más la muerte de este pobre hombre que el hecho de que pudiera seguir explicando cosillas sobre las armas iraquíes a la BBC, parece más que creíble la versión oficial: se suicidó porque no podía soportar la presión y se sentía además traicionado por sus compañeros. Quizás algunos crean que es una suerte que un gobierno democrático como el inglés no tenga responsabilidad en la muerte de un ciudadano, pero a mí no me parece mucho mejor que este gobierno presionara a una persona por haber dicho la verdad, hasta el punto de que este hombre optara por matarse. Y es que no hay que olvidar que Kelly está muerto justamente por explicar la verdad. Mientras que tanto el primer ministro británico como el presidente de Estados Unidos se han visto obligados a sincerarse, aunque sólo en parte. Es decir, han admitido que exageraron algunas de las informaciones sobre las armas de destrucción masiva, la excusa que esgrimieron con más energía para iniciar la guerra contra Iraq. Exagerar me parece un término suave. El propio Blair afirmó que Sadam Hussein estaba en condiciones de atacar el Reino Unido en 45 minutos. Pero de tener armas que permitan atacar en menos de una hora a lo que hasta el momento se ha encontrado en Iraq -es decir, nada- hay un trecho que a mí me parece más largo que una mera exageración. Eso sí, mientras Blair y Bush entonan un tímido -timidísimo- mea culpa, José María Aznar, el tercero de las Azores, sigue empeñado en que las armas aparecerán. Que igual aparecen, por qué no, pero tal cosa no ayudaría a comprender por qué se empeña en ser más bushista que Bush. El caso es que se ha mentido. O se ha exagerado la verdad, que es como mentir, pero sin exageraciones, sin avasallar. Y al respecto de la mentira en democracia, no está de más recordar algunas palabras de Jean-François Revel, liberal francés nada sospechoso de ser un rojo pacifista. Dice Revel en El conocimiento inútil que la democracia es un régimen que "sólo es viable en la verdad y lleva a la catástrofe si los ciudadanos deciden según informaciones falsas". Obviamente, las democracias no son perfectas y los políticos mienten más a menudo de lo recomendable. Pero estas últimas mentiras sobre las armas de Hussein ya han provocado una guerra que no acaba de acabarse y el suicidio de un científico que cometió el error de ser sincero. No es poca cosa.


 
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jueves, 17. julio 2003
Jaime, 17 de julio de 2003, 10:47:52 CEST

Lógica


Si Javi se hubiera comprado un televisor, nadie le preguntaría si la tele dispone también de microondas. Si hubiera adquirido un ordenador, a nadie se le ocurriría pensar que incluye cafetera. Si hubiera optado por renovar sus gafas, nadie querría saber si se las ha comprado con fax. En cambio, ahora tiene teléfono móvil nuevo y lo primero que le pregunta todo el mundo es si el cacharrito en cuestión tiene cámara de fotos.


 
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