



| marzo 2026 | ||||||
|---|---|---|---|---|---|---|
| dom | lun | mar | mié | jue | vie | sáb |
| 1 | 2 | 3 | 4 | 5 | 6 | 7 |
| 8 | 9 | 10 | 11 | 12 | 13 | 14 |
| 15 | 16 | 17 | 18 | 19 | 20 | 21 |
| 22 | 23 | 24 | 25 | 26 | 27 | 28 |
| 29 | 30 | 31 | ||||
| abril | ||||||

Tres mil metros cuadrados
(Copio un correo electrónico de un amigo, por si os interesa.)
Me llega tarde la tontorrona polémica de los pisos de treinta metros cuadrados que tanto le gustan al que ahora es vuestro gobierno. Has de comprender el retraso: llevo en Oslo más de un año, dedicado por entero a la que es la pasión de mi vida desde hace dos meses y medio: los bolos. El caso es que, como tú bien sabes, esta polémica me toca de cerca, ya que si yo dejé España y me vine a un apartamentito nórdico totalmente decorado en Ikea fue por mis problemas con la vivienda. Con mi vivienda, quiero decir. Me fui, lo sabes, estresado y agobiado de vivir en aquella mansión de Collserola, después de que mi médico --es decir, yo mismo-- me recetara una estancia relajada en un espacio de no más de noventa metros cuadrados. Nadie sabe lo complicado que resulta vivir en una casa tan grande que ni yo mismo sé decirte cuánto medía. Sé que tenía unos cinco o seis pisos, creo que contando el sótano y el desván. La gente se imagina que en un sitio así, la vida es tirando a reposada y que uno es atendido por un servicio respetuoso y que todo es agradable y elegante. Pero no es tan fácil. Recuerdo por ejemplo cuando perdí mis gafas. Vale, tengo tres pares diferentes, pero eso no significa que pueda ir tirándolos por ahí. Jamás las encontré. Y miré en unos doscientos cajones. Le pregunté a Virtudes, porque en mi casa ella lo guardaba todo. Imagino que en la tuya sería tu madre la que lo hacía, pero mi difunta madre siempre delegaba este tipo de tareas en Virtudes. Ella estaba segura de haberlas visto en el estudio del tercer piso, pero ahí sólo encontramos un gato, Mifú, a quien yo creía muerto hacía dos años. Pero es que incluso lo más cotidiano, como ir al baño, podía ser un suplicio. No sabes lo que había que correr para llegar a tiempo en determinadas circunstancias. Y en esa ahora cerrada casa había siete u ocho cuartos de baño, por lo que uno debería suponer que siempre quedaba alguno más o menos cerca. Pues no. Ahora, lo que más rabia me daba era sentarme a leer en la biblioteca y, una vez hundido en el sillón con el libro abierto, darme cuenta de que me había olvidado alguna cosa, no sé, el zumo que estaba bebiendo en la salita. Y de día uno podía avisar a Luis con toda tranquilidad, pero, claro, de noche, como trataba demasiado bien al servicio, me sabía mal ir despertando a la gente. Sí, lo acababa haciendo, pero me sabía mal de todas formas. Luis, perdona, me he dejado el té en mi dormitorio, ¿me lo podrías traer? Y, claro, entre que el pobre hombre, que ya estaba algo mayor, se levantaba, se ponía la bata, venía a ver qué quería y me traía la taza, resultaba que el té ya estaba frío, le tenía que pedir otro y, cuando me lo traía, ya no me apetecía tomar nada. Si sigues sin creerme, recuerda también por qué corté con Rebeca, la pelirroja. Se vino a vivir conmigo y, claro, nos distanciamos. Físicamente, quiero decir. Recuerdo una vez que pasé tres días buscándola y llamándola al móvil, sin éxito. La encontré llorando, acurrucada en el desván --donde no hay cobertura--, deshidratada y muerta de hambre. Para cortar me envió un correo electrónico: "Disculpa que sea tan fría --me escribió--, pero es que el piso en el que me crié tenía tres habitaciones y desde donde estoy veo la puerta de la calle. No quiero renunciar a esta última seguridad". No sé exactamente desde dónde escribía. Luis y yo estuvimos estudiando los planos de la casa y llegamos a la conclusión de que en realidad Rebeca salió de casa por la puerta de la cocina y envió el mail desde el microondas. En cambio, mi piso de Oslo me lo he aprendido ya de memoria sin ayuda de planos. Por cierto, el otro día hice 270 puntos. No está mal, ¿no? Me gusta esto de los bolos. Más o menos supone hacerle caso a mi otro médico --el que no soy yo y, por tanto, es menos de fiar--, que me dijo que me hacía falta algo de ejercicio. Incluso he perdido peso, aunque sigo por encima de los cien kilos, no te alarmes, no me estoy muriendo ni nada. Ya en Barcelona intenté poner en práctica los consejos de este doctor cuyo segundo apellido imagino que es Mengele. Me hice instalar un gimnasio en el sótano. Problema: muchas veces llegaba tan cansado del paseo que tenía que dejarlo correr. Y, claro, una caminata de quince minutos desde mi habitación al gimnasio puede ser un buen ejercicio si tienes noventa y cinco años y hay días en los que incluso recuerdas cómo te llamas, pero se supone que yo tenía que hacer algo más aparte de resoplar, protestar y comprarme una silla de ruedas para facilitar los desplazamientos. En fin, que necesito recuperarme del estrés acumulado tras tanto tiempo viviendo en tanto espacio. Por cierto, imagino que éste es el motivo de que engordara: intentaba ocupar el máximo espacio posible para que esa casa no me ninguneara con sus altos y techos, que parecían empeñados en despreciarme. En todo caso, cuando me recupere y vuelva a Barcelona, ten claro que me iré a vivir a uno de esos pisos de treinta metros cuadrados. Al menos ahí lo tendré todo a mano. Lo que no sé es dónde instalar a Luis, a Virtudes y al resto del servicio. Ya veremos.
Saludos,
Salva
Si yo te contara
¿Cuál es mi cámara? ¿Esa? Pues envuélvamela, que me la llevo. ¿Cómo que no? Al menos me darán una bolsita para... Ah, que no me la envuelven porque no es mi cámara. Entonces ¿adónde miro? ¿Allá? Esto me pasa por venir a programas de segunda de canales de tercera. Ni siquiera te dan una cámara. Te la prestan un rato y gracias. Queridos teleespectadores. Primero de todo, buenas tardes. Y, segundo, agradecer a Canal 57 el que me hayan permitido sentarme ante sus cámaras --porque son suyas, este punto ha quedado clarísimo y meridianísimo-- para explicarles mi terrible historia. El caso es que yo estaba tranquilamente en casa escuchando las Variaciones Goldberg y leyendo a Unamuno, cuando... De acuerdo, estaba leyendo el periódico mientras escuchaba la ra... Vale, lo reconozco, estaba viendo el Diario de Patricia. Está bien, estaba llamando al Diario de Patricia justamente para poder explicarles esta historia. Pero me tomaron por loco y me tuve que conformar con esta segunda opción. De acuerdo, tercera opción. Cuarta. Sí, tiene usted razón, señor presentador, al grano, voy al grano, señor presentador, ¿cómo se llamaba usted? Justo. Justo lo tenía en la punta de la lengua, je, je... Vale, sigo. Bien, estaba en casa echándole un vistazo a los clasificados del diario cuando llamaron a la puerta. Al abrir me encontré a un señor con traje y maletín. Como los señores con traje y maletín me dan más bien asco, cerré de golpe. Pero el tipo insistió y volvió a llamar. Yo abrí y le pedí por favor que se fuera, reprimiendo las arcadas. Y nada, que dice que tiene una oferta que no podré rechazar. La rechazo desde ya, dije. Espere a saber de qué se trata, me contestó. Da igual, añadí, le doy el doble. Señor, me dijo, vengo a ofrecerle la posibilidad de pasar doce años en coma. Efectivamente, se trataba de una oferta que no podía rechazar. Salí del coma hace tres semanas. Estaba en mi propia cama, junto a una enfermera gorda y maquillada como... como... como esa señora tan fea del público. Bien, el caso es que me desperté con un hambre terrible y llamé a un chino para que me trajera algo de comer. A mi vecino, Lao-Tse, que es de Shangai y es un tipo muy amable. Total, que me trajo pollo y patatas, y estuvimos hablando, después de echar de casa a la enfermera, al no ser ya necesarios sus servicios y, sobre todo, por ser más fea que un pecado. Doce años con esa mujer a mi lado, mientras yo dormía... Escalofríos, me vienen. Sí, ya sé que yo no soy quien para hablar, teniendo en cuenta que cuando voy por la calle los niños lloran, pero eso no viene al caso. Amigo Lao, le pregunté, ¿qué tal estos doce años sin mí? Bien, bien, me contestó, Balsa campeón liga. Hay que ver estos chinos, que no saben decir la egue. La egre. La egrr... Bueno, es igual. El caso es que esto de los chinos me hizo pensar. Cosa que a su vez me provocó un terrible dolor de cabeza. Cuando tengo jaqueca, estoy de un insoportable subido y eché también a patadas a Lao. Aproveché que estaba solo en casa para salir al balcón. Sólo salgo al balcón si sé que no hay nadie dentro de casa, porque es que hoy en día uno no se puede fiar de nadie. Uno le da la espalda a su mejor amigo y éste ya le ha robado el original de Picasso que tiene colgado encima del televisor. O la revista porno que tiene bajo el sofá. Ah, la desconfianza, el pecado capital de los españoles, junto con la envidia, la ira, los celos, la gula, la lascivia, la pereza y la vanidad. Mierda. Me he perdido. ¿Puedo volver a comenzar? ¿Cómo? ¿No? ¿Que el tiempo es oro? Se equivoca, amigo Justo, el tiempo es hora. Eh, ¡un momento! ¡No corte la emisión! ¡No he acabado todav
Despistes
El nuevo director de orquesta es un verdadero desastre. El primer día llegó todo despeinado y con los calcetines de diferente color. Dijo que nos dirigiría con un boli bic, ya que había perdido la batuta en el autobús. Luego resultó que había perdido la chaqueta, en cuyo bolsillo interior guardaba tanto la batuta como el bolígrafo. Nada más iniciar los ensayos nos comenzamos a preocupar. Empezamos a tocar el segundo concierto para piano y orquesta de Rachmaninov, mientras él movía los brazos de una forma que nos pareció curiosa. A los pocos compases se paró y musitó: "Ustedes tocan El pájaro de fuego de un modo peculiar". Luis, que es un santo varón, le dio una copia del programa que tocaríamos en la gira. Durante los ensayos se siguieron sucediendo los despistes: perdió tres o cuatro copias de las partituras, un día vino sin pantalones y en otra ocasión estuvo dos días sin aparecer: resulta que tardó toda una noche en encontrar su casa y, con el esfuerzo, se había olvidado de cómo volver al trabajo. La cosa se agravó cuando comenzó la gira. En Barcelona perdimos dos violoncellos y una tuba. En Madrid desaparecieron los estuches de los violines. En Ámsterdam tocamos una de las representaciones más emocionantes que se recuerdan de la sexta de Tchaikovsky, que no sólo no estaba en el programa, sino que además yo no la he tocado ni ensayado ni creo que escuchado en más de una década. Y soy primer violín. El director se excusaba diciendo que los viajes le atontaban mucho y aseguraba que en seguida le cogería el ritmo a todo aquello. Pero la cosa fue a peor: la sala de conciertos de París en la que íbamos a actuar había cerrado hacía siete años, a pesar de que firmamos los contratos en noviembre. Cuando llegamos a Roma --sin equipaje-- no fuimos capaces de encontrar a nuestra contrabajista y a su marido, que toca el clarinete, aunque desde entonces viaja con nosotros una soprano húngara que se muerde las uñas. Y ahora estamos en Nueva York y en el viaje hemos perdido al pianista. Y a ver cómo tocamos el dos de Rachmaninov sin pianista. El director quiere que la soprano tararee, pero yo no lo acabo de ver claro. Cosas de genio loco, dice Luis. Y más tratándose de este buen señor, que tiene un currículum impresionante. Pero yo no lo veo tan claro. Precisamente por su currículum. Todas las orquestas que ha dirigido hace tiempo que desaparecieron. Me temo que en sentido literal.
Discurso del presidente del gobierno en el Parlamento durante el debate sobre el estado de la cosa
Señoras y señores diputados y diputadas. Apreciado público invitado. Estimados periodistas. Querido señor sospechoso con un bulto que hace tic tac bajo la gabardina. Antes de nada, quiero agradecerle al señor juez que me haya concedido la libertad condicional y a mi partido que no me haya expulsado. Aunque he de decir que, a pesar de que acaté la sentencia y de que no hay retroactividad que valga, pienso seguir adelante con la despenalización de los tiroteos en los casinos. Por una cuestión de principios y a pesar de las injustas críticas que me estoy ganando. (Aplausos y abucheos) Pero éste no será el tema de mi intervención, ya que el debate de hoy está pensado para pasar revista a un gobierno que, aunque me esté mal decirlo, está demostrando ser más que efectivo. Diría que incluso brillante. (Aplausos y abucheos) Tal y como se anunciaba en el programa electoral (se oye un grito: ¡Mentiroso!), ya hemos prohibido las carreras callejeras de pastores alemanes y la venta de pollitos en el Parque del Retiro. Seguimos avanzando con paso firme y seguro en la construcción europea, gracias a la cadena de chiringuitos playeros públicos instalados por toda la costa mediterránea bajo el eslogan "La salmonella es europea". También hemos solucionado el problema de la inmigración, borrando España de los mapas oficiales. Gracias a esta sagaz y valiente decisión, los inmigrantes no saben dónde encontrarnos y acaban en Portugal, en Italia o en Francia. (Se oye un grito: ¿Te avergüenzas de España? Abucheos y pataletas.) ¿Y qué decir de la televisión pública, convertida finalmente en púbica, es decir, en un canal porno, que era lo que demandaba el interés general? Sobre este tema, a los españoles sólo les tengo que decir una cosa: de nada. Sí, de nada. Porque al móvil no hacen más que llegarme mensajes agradeciéndome este gesto innovador y necesario. (Aplausos de todos los diputados. Ovación cerrada y sincera de casi tres minutos.) Sin duda y a pesar de todo esto, sigue habiendo un problema que preocupa enormemente a la ciudadanía y que lleva años siendo objeto de intensos debates en la prensa y en los bares: ¿Acaso no es Naranjito la mejor mascota de acontecimientos deportivos internacionales jamás creada? Este gobierno cree que sí. (Aplausos.) Firmemente. Con convicción. Con seguridad. Con aplomo. España ha exportado muchas cosas buenas: el Chupa-Chups, la aceituna rellena, la fregona. Pero nada supera ni superará a Naranjito. (Aplausos; se oye un grito: Y Fernando Alonso, ¿qué? Otro grito: ¿Y el Real Madrid?) Por eso, este gobierno elevará a la Onu la petición de que Naranjito sea considerado patrimonio de la humanidad. Y exigirá con resolución que se construyan monumentos a Naranjito en todas las capitales de Europa. Más: también propondrá que los mundiales y olimpiadas que están por venir usen a Naranjito como única mascota. Porque no tiene sentido utilizar productos mediocres cuando se tiene lo mejor al alcance de la mano. Y es que Naranjito es el símbolo de la civilización occidental. El ejemplo de hasta dónde nos pueden llevar la cultura y la civilización. Un acicate a la investigación, al desarrollo, a la paz, a la práctica desenfadada del sexo en grupo. Un freno a las injusticias, a la mediocridad, al odio. Y todo esto lo llevaremos a cabo a pesar de los ladridos de la oposición (abucheos). Señoras y señores diputados y diputadas de la oposición, no es culpa mía si ustedes escogieron en su último congreso a un caniche como secretario general. (El excelentísimo señor diputado Chispas salta sobre sus cuatro patas pidiendo la palabra por alusiones; el presidente del Parlamento se la niega y le pide que espere su turno; añade que si se porta bien le dará una galletita.) Esto les pasa por primar la simpatía y la fotogenia sobre la aptitud. Aunque hay que reconocer que su señoría el señor Chispas es una monada. Siguiendo con Naranjito, el gobierno cree que hay que decir basta a Cobi, a Atmos, a Footie, a Striker, a Olli, a Millye. Basta, digo. Porque por y para Naranjito no valen ni medias tintas, ni equidistancias, ni vergüenza ninguna. Orgullo, señoras y señores diputados y diputadas. Orgullo y convicción. Muchas gracias y pasen ustedes una feliz navidad y un próspero año nuevo.
El escritor analfabeto
César Madero hubiera cumplido hoy ciento siete años. Sí, de acuerdo, ciento siete no es un número redondo, pero, claro, teniendo en cuenta que hoy en día casi nadie se acuerda de Madero, esto no es algo que tenga mucha importancia. Madero nació en un pequeño pueblo cántabro, donde ya desde niño ayudó a sus padres a cuidar de una docena de cabras. Aprendió a leer gracias a un cura, se escapó de su casa a los 18 años y marchó a Madrid. Allí trabajaba de día, pasaba las noches en tertulias literarias y leía novelas hasta altas horas de la madrugada. Ahorró y montó un negocio de telas con un par de socios. A los 25 ya tenía tres tiendas en Madrid y otra en Barcelona. A los 29 publicó su primera novela, Tesón, libro primerizo y autobiográfico en exceso. Las malas críticas no le desanimaron. Al contrario: un año más tarde vendió su parte del negocio, dispuesto a dedicarse únicamente a la literatura. Tras una obra de teatro de relativo éxito y un libro de poemas formal y clásico, alcanzó el éxito con La sensación, la primera de sus novelas de empresarios, amantes, nuevos ricos y anarquistas de salón que tuvieron tanto éxito de público a pesar del ninguneo de la crítica. A este tomito le seguirían otra decena de novelas con su estilo vivo, espontáneo y apresurado. En el 36 publicó la que se considera su obra maestra: El púlpito y la sangre, la truculenta historia de un joven sacerdote psicópata, tildada en su momento de morbosa y tremendista, pero considerada ahora una precursora de la novela contemporánea. Camilo José Cela afirmaba que ésta era una de sus novelas favoritas y su influencia en el Pascual Duarte es más que evidente. Pero es que incluso Martin Amis ha hablado del "impacto que supuso leer este libro, justo cuando estaba atascado con Dinero". Pero Madero no volvió a escribir. Al estallar la guerra, su secretario, Ángel Palacios, se quedó en Madrid, mientras que Madero, afín a los nacionales, pasó a Burgos y después a San Sebastián. Se sabe que Madero intentó ponerse en contacto con Palacios y que éste se negó a acudir junto a él. Se sabe también que le pidieron al novelista que colaborara con algunos textos de propaganda, pero que se declaró incapaz por problemas de salud. Muchos señalaron la casualidad de que dejara de escribir justo tras separarse de su fiel secretario, al que había contratado ya cuando puso en marcha su negocio de telas y antes de publicar su primer libro. Al fin y al cabo, ¿cómo va un cabrero a convertirse en novelista, así sin más? Algunos decían que aquellos rumores no eran más que propaganda envidiosa de los rojos, pero lo cierto era que hacía años que se insinuaba que el autor de las novelas de Madero era Palacios. Estos rumores no fueron beneficiosos para ninguno de los dos: a una figura del frente nacional le escribía los libros un republicano, y el republicano a su vez había sido el lacayo de un industrial con ínfulas de autor. Y así hasta que pocos meses después de la muerte de Madero apareció un manuscrito. Del propio Madero. Escrito con letra de colegial y encontrado en un cajón. Una novela corta, de unos cien folios, plagada de faltas de ortografía, errores de gramática y sintaxis, y sin apenas puntuación. Pero también una maravilla literaria que, tras las debidas correcciones, se publicó con el título de Doce sombras. Fue entonces cuando Palacios se decidió a hablar. Explicó que Madero fue analfabeto casi toda su vida. Ningún cura le había enseñado a leer. En Madrid conoció a escritores y periodistas, y su mundo de cafés y pequeñas vanidades le fascinó. Contrató a Palacios para que le leyera novelas y poemas en voz alta. El secretario también le dio clases de historia y de filosofía. Madero se atrevió en seguida a dictarle cuentos y poesías. No tardaría en dictarle su primera novela, que el propio Palacios corrigió. "Era un genio --explicó--. Había que verle de pie, paseando por la habitación, bramando diálogos y descripciones". Hasta que llegó la guerra y se separaron. Durante el conflicto, Palacios sobrevivió trabajando como periodista. En el 39, se resignó a encerrarse en la oficina de su tío, nacional que le ofreció un buen puesto, que por la familia se hace todo. Madero quiso que Palacios volviera con él y le ayudara a escribir Doce sombras. "La tengo entera en la cabeza, me dijo, palabra por palabra, después de haberla repetido en voz baja una y otra vez durante tres años. Le dije que había perdido las ganas, que se buscara a una mecanógrafa, que ya no tenía ilusión. En lugar de eso y seguramente por vergüenza, se hizo con cuatro libros para niños y se dedicó a intentar aprender a leer y a escribir. Y yo me olvidé de él y de su novela". Un día la criada se lo encontró muerto y sin más lo enterraron. Posiblemente se ocultó su suicidio. Palacios le sobrevivió quince años. En el 57 a él y a un joven veinteañero les aplicaron la ley de vagos y maleantes. No era la primera vez que le pillaban. En esta ocasión le dieron una paliza. Su corazón, ya enfermo, no aguantó.
