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En total, veinte
No sé qué se piensan algunos. Que somos tontos. O que estamos ciegos. Dato: ayer fue 5 de mayo de 2005. O sea, el cinco del cinco del cinco. Fecha de rima fácil. Hasta ahí, todo bien. Bueno, ni bien ni mal. Lo que tocaba. O eso se supone, que uno ya es que duda de todo. Otro dato: ayer hubo sorteo de la Primitiva. De acuerdo. Es algo que acostumbra a pasar los jueves. A no ser que en realidad los miércoles nos droguen y pasemos todo el jueves en coma hasta despertar el viernes con un ligero dolor de cabeza y falsos recuerdos implantados. Pero supongamos que a pesar de los indicios todo va cómo nos dicen que va. Tercer dato. El que le hace a uno levantar la ceja y poner cara de sospechar mucho: el reintegro cayó en el número cinco. Qué casualidad. El cinco del cinco del cinco te devolvían el dinero si habías apostado por el cinco. Y nosotros tenemos que creérnoslo. Y si alzamos la voz es que estamos locos. Porque así funciona la maquinaria del gobierno. No te prohíben hablar. Eso les da credibilidad. Y usan esa credibilidad para llamarte majara. Fíjense en el pobre tarado, qué pena, pero no se preocupen, el estado le ingresará en un hospital blanco y limpito. Aun así, algunos razonamos, jugándonos la vida. Y vemos las conexiones que se ocultan tras la fachada de la maquinaria del estado, de las grandes corporaciones y de los comunistas. Que vienen a ser lo mismo. Unos masones que deciden el destino del mundo. Para ganar dinero. Cuatro cincos. Ya. Y qué más. Lo peor es que algunos se extrañan de que los extraterrestres quieran liberarnos. Suerte tenemos de los alienígenas. Y suerte que dentro de poco volverán para gobernarnos. Pero, claro, esa es otra de las cosas que ocultan el gobierno, la Cia y el Ministerio de Hacienda. Cuando los platillos sobrevuelen París, no podrán negar la evidencia como hicieron en 1864 y en 1986. Esta vez no.
Y la flecha rebotó
Fue un mazazo. Sobre todo para sus hijos, que confiaban en que ya se retiraría a descansar, viejo y viudo, después de más de sesenta años dedicado a la política. Al principio, claro, todo el mundo se alegró de los primeros síntomas. Más vigor, mejor color de cara, digestiones menos pesadas, una memoria más fiable. Sus colaboradores y aspirantes a sustituirle sonreían viendo cómo podría acabar los últimos meses del mandato con la dignidad y el vigor que le habían venido fallando. Los temores comenzaron cuando dejó de decir aquello de "me siento tan fuerte como si tuviera veinte años". Porque no hacía falta que dijera nada: era evidente que así comenzaba a sentirse. Y a verse. Se le retiraron algunas de las arrugas y de las manchas de la piel, perdió algo de peso, le desapareció la cojera. Así, y para espanto de hijos y delfines, el presidente acabó anunciando que se presentaría a las elecciones por novena vez. En el partido se plegaron a sus deseos. Cómo no, señor presidente, nos alegra y emociona su decisión, señor presidente. Aunque algunos meses más tarde se sabría de un complot ideado para asesinarle, cancelado por falta de apoyo de algunos sectores del partido. El proceso siguió su marcha. Casi no hizo falta retocar la foto de los carteles. Sus mejillas estaban lisas y sonrosadas, y apenas se le marcaban algunas grietas en la frente. A medida que transcurría la campaña, el pelo se le volvía negro e incluso le crecía en zonas de la cabeza desde hacía ya treinta años brillantes y desérticas. La prensa le preguntó acerca de este cambio prodigioso. "No tengo muy claro cómo ha sucedido. Imagino que iba tan directo a la tumba y con tanta carrerilla, que reboté, como en el juego de la oca. O igual la oposición me ha envenenado y, como lo hace todo mal, así estoy". Perdió aún más peso y volvió a ir en bicicleta. Corrió el rumor de que se había liado con su secretaria y esto acabó de decidir las elecciones: ganó por mayoría absoluta. Formó gobierno y juró el cargo mientras se apartaba la melena con la mano que debería haber estado apoyada en la constitución. Se sacó novia formal y los fines de semana se dedicó a salir con sus amigos. Mejor dicho, con los nietos de sus amigos. También se apuntó al equipo de fútbol del parlamento. Sus hijos le reprochaban que no le dedicara más tiempo a la familia. "Sí, hombre, para críos estoy yo ahora". En cambio, el equipo de gobierno le pedía que prestara más atención a los asuntos de estado. Cuando lo hizo, declaró para pasmo d todos que había abrazado la doctrina comunista y que pensaba nacionalizar la banca y los prostíbulos. Dimitió a los dos meses, por simple aburrimiento y después de haber suprimido las cárceles, "esa herramienta opresora del sistema". Publicó un libro de poemas y se marchó a dar la vuelta al mundo. "Ser joven y tener dinero", dijo, sonriendo mientras subía al avión, luciendo un pendiente en la ceja izquierda. No se le volvió a ver. Aunque en Nueva York, su primer destino, un niño intentó comprar un billete de autobús para Toronto, mostrando el pasaporte de un señor de ochenta y cuatro años cuya identidad no fue revelada por la policía. Y al pie de la CN Tower apareció un bebé de varios días, llorando. El crío fue llevado a un hospital, donde desapareció. Y luego se habló de una señora gallega que se quedó embarazada de nueve meses. Directamente, sin más. Para luego ir deshinchándose poco a poco. Los médicos llegaron a la conclusión de que no había tanto de lo que extrañarse: lo del presidente no había sido más que el típico canto del cisne de los moribundos, que se sienten tan bien y tan sanos antes de morirse del todo, mientras que lo de esa señora se trató sólo de gases intestinales algo más consistentes de lo normal. Lo típico, vaya.
Prohibido tener hijos
Los alcaldes de pueblos pequeños suelen proporcionar material para la polémica y el debate. Acostumbran a ser más brutos que un columnista de derechas y además cuando hablan con un periodista actúan como si estuvieran en el casino del pueblo, con lo que las sueltan sin pensar, en lugar de hacer como el resto de políticos, que simplemente no piensan y sueltan lo que les digan, que para eso cobran. El caso de Xavier Cantalapedra, alcalde independiente de Sesrovires, ha pasado inadvertido por culpa de los sonoros rebuznos del alcalde de Pontons, pero creo necesario recordar sus palabras, que han causado no poca polémica en la comarca tarragonesa de Virgínia del Sud. Cantalapedra dijo lo siguiente en declaraciones a Cadena 9: "No pienso permitir que ninguno de los vecinos del pueblo tenga hijos. Este es un pueblo pequeño y los críos arman mucha escandalera y huelen mal. Además, no me gusta que los vecinos traigan desconocidos al pueblo. Y menos tan jóvenes". El alcalde añadió que sabe de lo que habla: "Yo tuve un hijo una vez. Menudo calvario. Lo tuve que echar de casa a perdigonadas cuando cumplió los cuarenta y dos. Suerte del trabuco del abuelo, que tanto servicio le dio durante la última guerra carlista". De todas formas, se duda del alcance de las palabras del alcalde, ya que la mujer más joven del pueblo ha cumplido los sesenta y tres, aunque sí que hay un varón de apenas 38 años. Un sueco que vive con su perro en una masía sin agua y sin luz. Asegura que la está reformando, pero la casa no parece haberse dado por aludida. Con independencia de sus edades y de su fertilidad, lo cierto es que los vecinos se encuentran divididos por las declaraciones del alcalde. Por ejemplo, Josepa Masnou, de setenta y siete años, asegura que "los chicos dan mucha vida y alegría. Especialmente, los mulatos cubanos de veintitantos. Vaya críos. Y menudo verano pasé en el 93, Mare de Déu Senyor". En cambio, su marido la miraba pensativo y moderadamente contrariado, como intentando sacar algo en claro de las palabras de su señora, en una nueva muestra del carácter reflexivo e introvertido de los catalanes. Cabe recordar que el alcalde de Sesrovires ya llamó la atención de la prensa hace tres años, al declarar que si la gente de Bailén 22 tenía problemas con el ayuntamiento barcelonés, "Sesrovires no tiene inconveniente en ceder un amplio local a los empresarios de tan útil negocio".
Cada vez más tarde
Ya está colgado en la web del ayuntamiento de Muskiz el cuentecillo que ganó el XIX certamen de cuentos Lope García de Salazar: Cada vez más tarde (pdf).
Lo único que quiero es defenderme
Vengo de hacer el cortadito de la mañana con los compañeros de trabajo y me he sentido muy amenazado en el bar porque un señor me miraba como así, y me daba cosa porque digo este tío no me mola nada. Al pasar por su lado he agarrado bien la cartera (la mía) y he lamentado que Pasqual Maragall no se pareciera más a Jeb Bush, porque en tal caso podría haber sacado una pistola y haberle reventado la cabeza a ese señor. Y luego, una vez muerto, yo sería quien le miraría como así y le diría ¿ahora, qué? ¿Eh? ¿Ahora, qué? Listo, que eres un listo. Y es que en Florida y gracias a Don Jeb los señores y las señoras tendrán derecho a defenderse a tiros por la calle, en caso de que necesiten defenderse a tiros. Cosa que está muy bien, ya que defenderse a tiros es más eficaz que defenderse a escupitajos, a no ser que uno escupa muy fuerte, que también puede darse el caso. Será como en el San Andreas. Uno va por la calle con su pistola y a la que alguien le amenaza --un policía, por ejemplo-- le vuela la cabeza. Pongamos otro ejemplo: un señor... No, pongamos una señora, por eso de la paridad, que el del bar ya era un hombre. Pongamos una señora que está aparcando... No, esto suena machista, volvamos al señor. Un señor está aparcando y el muy inútil va tan despistado que amenaza con rayar tu coche, que está justo al lado. Pues nada. Sacas la pistola y tampoco le vas a matar, pero le pegas un tiro en la rueda para asegurarte de que frena en seco antes de tocarte el coche, que hay mucho listo suelto. Y si vas a comprar, puede ser que el de la tienda te diga "no sé si tengo cambio", con lo cual te está amenazando con la posibilidad de no devolverte tu dinero, cosa que es claramente un robo. En este caso, un disparo entre ceja y ceja serviría a modo de advertencia. Ah, pero ya me parece oír los lamentos de los progres. Que si parecerá el far west, que si las armas de fuego matan, que si tal, que si cual. Siempre con sus exageraciones. En Suiza y en Canadá hay proporcionalmente tantas armas como en Estados Unidos y no pasa nada. La cantidad de armas no guarda relación con la cantidad de delitos. Mientras marcas el número de la policía, te han matado y violado tres veces. Las pistolas no matan, matan las personas. Incluso hay estudios que demuestran que lo que mata es la humedad. Que hay que explicarlo todo. Además, los inocentes no tienen nada que temer, dados los avances médicos y lo poco que tardan en llegar las ambulancias. Por cierto, estas quejas de los políticamente correctos equivale a decir: "Si todo el mundo tiene licencia para disparar por las calles, acabaremos sumidos en un caos sangriento". Y esto es claramente una amenaza. Por tanto, ¿a qué esperan los ciudadanos honrados para reventar las cabezas de los izquierdistas bienpensantes en lo que no sería más que un acto de legítima defensa?
