viernes, 2. septiembre 2005
Jaime, 2 de septiembre de 2005, 9:21:26 CEST

Aislados


EL CLÁSICO COMENTARISTA DE BLOGS POLÍTICOS (ECCDBP): Eh, psst. Oye, tú. JAIME: ¿Qué pasa? ¿Quién me llama? ECCDBP: Durmiendo, ¿eh? Así va España. J: Perdona, pero estaba pensando. Pensando muy fuerte. ¿Tú quién eres? ECCDBP: ¿Hoy no vas a escribir nada? J: En el blog, no. Estoy trabajando en mis memorias. Ahora escribía acerca de mis charlas con... ECCDBP: Ya, claro. J: ¿Ya, claro? ECCDBP: No, nada, que todos los rojos sois iguales. J: ¿Cómo? ECCDBP: Si Aznar le hubiera regalado una tele a Pedro J. ya estarías bramando. J: ¿Una tele? ¿Qué tele? ¿Una de estas de plasma? ECCDBP: Sí, hazte el sueco, como todos los progres. Aunque ya ni los suecos son progres. Ja. J: ¿Pero de qué estás hablando? ¿De Suecia? ¿Qué pasa con Suecia? ECCDBP: ¡Estoy hablando de Canal Cuatro! Otro regalito del Prisoe a Psoelanko del que no sabríamos nada si fuera por tu blog. J: ¿De qué a cómo? ECCDBP: Sí, sí, ríete, pero ya están robando y repartiéndose el pastel. Una vergüenza lo que han hecho con España en cuatro días. Y premiando a Sistiaga y a Sor Gabilondo. Claro, como Losantos le pisa los talones... Al ritmo que iba en otras doce o catorce temporadas se igualarían las audiencias de la Cope con las de la SS-er, la emisora de los calzoncillos del terrorista suicida. Ah, y por cierto, ¿qué hay de Telemadrid? J: No sé, no la recibo desde casa. ¿Mola o qué? ECCDBP: Qué graciosos estamos. Los catalanes con vuestros tres canales, Polanko robándonos Antena 3 e infringiendo la ley con Localia, y mientras tanto la pobre Esperanza Aguirre, la política más inteligente de Europa como queda claro cada vez que abre esa boquita tan sensual, se queda sin segunda televisión para que salga Losantos. ¡Y tú tomándotelo todo a chufla! J: No, si yo no... ECCDBP: Si yo no si yo no. ¡España gobernada por un patán masón sociolisto y tú hablando de dos hermanos alemanes! Claro, como eres un sectario, ahora que gobiernan los tuyos no hablas de política. J: Oye, lo siento, de veras, pero es que tengo sueño. ECCDBP: ¿Sueño? ¿No estabas pensando? No me extraña tu curioso lapsus. Los progres de salón mentís incluso durmiendo. J: En serio, ¿no tienes nada que hacer? ¿No tienes amigos? ECCDBP: ¿Amigos? ¡Hoy en día no se puede tener amigos! ¡Cualquiera de ellos podría ser un ateo masón que me obligaría a casarme con un hombre y adoptar a una chinita para hacer experimentos con la FAMILIA, que es la base de la civilización occidental! J: Y, claro, si te propongo que te pongas a ver la tele, como que no... ECCDBP: ¡Imposible! ¡Es lo que te contaba! Estamos asediados por medios de comunicación afines al PSOE. Sólo nos queda Antena 3, Tele Madrid, el ABC, El Mundo... J: Pues no está mal... ECCDP: ¡No interrumpas! ¿Por dónde iba? Ah, sí: El Mundo, La Razón, Canal 9, La Gaceta de los Negocios, la Cope, Onda Cero, el Expansión, Planeta, el Marca... ¡Estamos aislados en medio del imperio prisoísta! ¡Pero resistiremos! ¡Como Ásterix! J: En serio, necesito... er... pensar... Ahora no... ECCDP: Eso, eso... Piensa. Piensa en libertad... Piensa... J: ¿? ECCDP: Piensa... Polanko... La policía está comprada... Los gulags... El Betis... Los masones... J: ¿Te encuentras bien? ECCDP: El Betis... El Beeeeetis...


 
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miércoles, 31. agosto 2005
Jaime, 31 de agosto de 2005, 11:20:17 CEST

El testigo


Ayer regresé de Leipzig. Hans Adenauer me había pedido que actuara como testigo en un acto de la máxima importancia: "Se trata --me decía en su correo electrónico-- de aclarar un episodio crucial de nuestras vidas; por eso Jakob ha estado viajando en el tiempo y por eso, me temo, dará su vida, es decir, ha dado su vida". Hans y Jakob me recibieron en el despacho del primero. Sentado junto al muerto había un señor de unos cuarenta años, con un bigote espeso y vestido con un traje de tweed y una pajarita. --Anda, el cretino --dijo Jakob, reconociéndome--. ¿Este es tu testigo? ¿Es otro de tus experimentos? ¿Hay que refrigerarle la amígdala? ¿Ya te permiten de nuevo poner eso en práctica? Hans no le hizo caso: --Jaime, te presento a nuestro padre, Julius Adenauer, que acaba de llegar de Londres y de 1948. --Oh, ah... ¿El filólogo? --Sí, sí. --Leí El origen de las lenguas hace unos años y... --¿Hace unos años? Pero si apenas llevo redactado un borrador de la primera parte. --Disculpa a mi padre --dijo Hans--, está un poco desorientado con esto de viajar en el tiempo. En todo caso, te hemos llamado porque queremos un testigo. Necesitamos que des fe de cuanto mi padre nos comunique. La información que nos proporcione puede cambiar el modo en que veíamos el mundo mi hermano y yo. Papá, cuando quieras. --Pues bien, fue Jakob. --¡Ja! --dijo éste-- ¿Lo ves? ¡Tomaaa! --¿Estás seguro? --Sí, fue él. Él me regaló el cenicero y tú me escribiste un poema. Un poema muy bonito. --¿Ves como el cenicero se lo regalé yo? ¿Lo ves? --¿Seguro que no te falla la memoria? --No, no, mi cumpleaños fue ayer mismo. --¡Toma! ¡Jódete! ¡Jó-de-te! Hans apoyó la cabeza entre sus manos, mientras Jakob se regodeaba en su victoria. --Ahora qué, ¿eh? Ahora qué. Discúlpate. --No pienso hacerlo. --Tienes que hacerlo. El cenicero se lo regalé yo. Yo tenía razón. Como siempre. Y tú eres un mentiroso. --Yo no soy ningún mentiroso. --Chicos, chicos --intentó mediar el padre, pero como en ese momento era unos veinte años más joven que sus hijos, no le hicieron mucho caso. --Sí que eres un mentiroso. --Jakob, eso está muy feo, tu hermano pequeño simplemente se ha confu... --¡Pues tú te vas a morir! --¡Hans, esas cosas no se dicen! --Te vas a morir en tu avioncito, después de dejar a papá en casa. --Qué me voy a morir. --Sí, porque pilotas como un ladrón de coches. --Yo piloto muy bien. --Claro, claro, por eso vas a estamparte contra el suelo. --No es verdad. --Sí lo es. El otro día te estuvimos enterrando. Bueno, lo que quedaba de ti. --No es verdad. --Sí lo es. --No es verdad. --Sí lo es. --Bueno, ya veremos. --No, tú no verás nada porque te vas a morir. --Hans, pídele perdón a tu hermano por decirle que se va a morir. ¡Ahora mismo! --Es verdad, no se va a morir porque ya se ha muerto. Murió hace más de un mes. --Vámonos papá, que te llevo a casa. No quiero hablar con este mal perdedor. --Muerto. --Perdedor. --Muerto. --Perdedor. Y Jakob se marchó, agarrando a su padre por el brazo y dando un portazo. Yo, claro, no tenía la confianza suficiente como para decirle a Hans que aquellas palabras habían sido algo crueles, sobre todo teniendo en cuenta que no volvería a ver a su hermano. No se lo dije, pero intuyó que lo pensaba. --Que se joda. Total, murió en julio y mis últimas palabras de entonces estuvieron mejor: "Ten cuidado". --Sí, no están mal. De todas formas, ahora que le has avisado, ¿no podría salvarse? --No, no puede salvarse porque ya está muerto. Él todavía está en el 19 de julio. Cuando vuelva a su hoy, porque tiene que volver, se pegará una torta con el avión y morirá. O sea, se pegó una torta y murió. Ya pasó. Está enterrado. No hay vuelta de hoja. El pasado no se puede modificar. Y menos por algo que ocurra en el futuro. --Pero y si... --No hay "y sis" posibles. No te lo digo sólo yo, que sólo soy médico, sino mi hermano, que fue quien investigó todo esto. No tendría sentido que estuviera enterrado y al mismo tiempo dando vueltas por ahí, espiándonos y riéndose de nosotros durante todas estas semanas. --¿Y los mundos paralelos? --Eso no existe. ¿No has leído Paralelos y para tontos, que publicó mi hermano hace cinco o seis años? Y entonces se abrió la puerta. No sé si es necesario decir que era Jakob Adenauer. --¿Ves como no estoy muerto? ¿Lo ves? ¡Ja! Me he pasado toda la semana espiándoos y riéndome de vosotros. Sobre todo mientras me enterrabais. ¡Ja!


 
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martes, 30. agosto 2005
Jaime, 30 de agosto de 2005, 9:13:26 CEST

Espera, que ésta es buena


Tenía tanta sed que pedí simplemente un vaso de agua. Tomé el primer sorbo y me di cuenta de que Cielo Santo allí dentro del vaso había un señor. Un señor bajito, claro, no más de metro sesenta, pero señor al fin y al cabo, con su traje y su corbata con el nudo aflojado, pidiendo auxilio mientras tragaba agua. Entre la camarera y yo logramos sacarle de allí: ella me sujetó por los tobillos mientras yo colgaba mi cuerpo del borde del vaso y agarraba el brazo de aquel pobre hombre. --Ah, qué horror --nos dijo cuando le sacamos--. Un poco más y acabo en su estómago. --¿Pero cómo lo hizo para caer ahí? --No sé, resbalé... --¿Resbaló y ya está? --No tiene nada de raro... A mí siempre me han dicho que me ahogo en un vaso de agua.


 
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lunes, 29. agosto 2005
Jaime, 29 de agosto de 2005, 10:45:29 CEST

El calamitoso sistema educativo actual


Pocos dudan de que el mundo de hoy en día es un completo desastre cuya decadencia y perdición son más que evidentes. Pero incluso de entre esos pocos que dudan, la mayoría está de acuerdo en que el sistema educativo actual es ruinoso y está convirtiendo a los niños –nuestra materia prima más preciada—en nueces huecas obsesionadas por las marcas y los politonos. Los niños de hoy en día no saben nada. Absolutamente nada. Por ejemplo, el otro día le pregunté a un niño por la capital de la Unión Soviética y el chaval me dijo que no existía. ¿Cómo no va a existir, con lo grande que es y con lo comunistas que son? Si ellos mismos hablan del socialismo real. Pues esto es culpa de la Logse. Más: el otro día un amigo del bar me comentaba que sus hijos son incapaces de distinguir un Talgo de basculación única de los clásicos Talgo E100 con refuerzos de acero. ¿Qué clase de juventud es esta? ¿Qué harán cuando tengan que coger un tren? ¡¿Preguntar al revisor?! Deberían enseñarles estas cosas en el colegio. Pero, claro, se pasan el día con las consolas, con lo poco sano que es eso, que acabarán con cáncer de hígado. Yo salía a jugar a la calle con mis amigos, y no como ahora, que no salen de la habitación. Hasta que a uno de ellos le atropelló una furgoneta y se quedó parapléjico. Pero eso es lo de menos: disfrutó de una infancia sana y activa, que sin duda le ayudó a triunfar como adulto. Actualmente es alcaide de una prisión tejana. Y todo el día comiendo hamburguesas y coca-cola y soja. Están gordísimos los niños de hoy en día. En mi época disfrutábamos de una forma física envidiable. En mi barrio, pocos son los que no tenemos al menos un diploma olímpico. Yo soy medalla de plata en barra fija. Apoyo el codo, pido un café y un croissant y no me muevo de ahí en toda la mañana. Por no hablar de lo poco que se lee. En mi época, si no leía al menos un libro por semana, mis padres me daban una paliza. La letra con sangre entra, dicen, y vaya si entra. Insisto en que no tengo nada que ver con las agresiones a escritores de las últimas semanas. Pero se lo tenían bien merecido. Qué pena de juventud. El día de mañana ni siquiera serán capaces de organizar una guerra como es debido. Al menos yo no estaré aquí para verlo. Me pienso mudar a Noruega. No es que allí las cosas estén mejor, pero como anochece antes, se ve más oscuro y todo resulta más llevadero.


 
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jueves, 25. agosto 2005
Jaime, 25 de agosto de 2005, 9:44:02 CEST

La bofetada invisible


Como es bien sabido, el Partido Liberal de Los Santos Empresarios ganó las últimas elecciones legislativas de la República de Asnalia. Este partido emprendió una serie de reformas liberales y privatizó la sanidad, la educación, las carreteras y los bomberos, entre otros servicios públicos. Sólo quedaron bajo el dominio del estado la policía y el ejército, cuyo presupuesto se triplicó (obvio: estamos en guerra contra el infiel). Además, se tomó la sensata decisión de ilegalizar el resto de partidos políticos, en especial el Partido Socialista Bienpensante, al ser, claro, un colectivo liberticida incapaz de comprender que el bien más sagrado es la libertad. Sus "ideas" nos llevarían derechos al gulag, a las colas para comprar el pan, a las deserciones y a los suicidios en masa. He de admitir que estos cambios me llenaron de esperanza e ilusión. Llevaba años bramando contra el robo liberticida que suponía cobrar impuestos. Además, todo el mundo sabe que las empresas privadas son un ejemplo de honradez y eficacia, gracias al inteligente mecanismo del Mercado (Dios guarde su Mano Invisible muchos años), mientras que la burocracia es lenta, torpe, gris e ineficaz. Cualquiera que haya trabajado en una empresa privada sabe lo sensatos que son los jefes, la gran coordinación que existe entre departamentos, la diligencia que muestran todos los empleados, etcétera. Además, yo ya había hecho mis cálculos. Sin la inferencia burocrático estatal, los 400 euros que me robaba el gobierno de mi sueldo cada mes pasarían a mi cuenta corriente y no a la de un funcionario perezoso, como el bedel de un ministerio cualquiera, un administrativo encargado de renovar pasaportes o un neurocirujano del tres al cuarto. Con estos 400 euros yo me podría pagar un seguro de desempleo y un seguro sanitario para mí, para mi familia, para mi perro y para un amigo en paro. Gracias a este seguro podríamos contar con habitaciones individuales en los hospitales, además de operaciones a corazón abierto gratis, mediante el programa de puntos de la mutua. Asimismo, aún me sobraría para comprarme un coche mejor, poner algo de dinerito en un fondo de pensiones, ahorrar para un pequeño negocio que tenía pensado montar hace años y mudarme a la zona alta de la ciudad --gracias a la liberalización del suelo se esperaba que el precio de los pisos bajara un cuatrocientos por ciento, aunque luego subió por culpa de... bueno, de la Unión Europea, dijo el primer ministro. De buen principio me encontré con un imprevisto: mi empresa decidió bajarme el sueldo 300 euros. Comprendí la situación cuando el jefe me explicó que, tras el recorte de impuestos, a efectos prácticos me estaban subiendo el sueldo cien euros. Sin duda, no tenía derecho a quejarme, ya que el buen hombre, que había levantado la empresa de la nada gracias al dinero de su tío, tenía más razón que un santo. Además, al ser un empleado más que cualificado (tres idiomas aparte del asnalés, dos carreras, dos másters del universo, un carnet de manipulador de alimentos, un cursillo de internet para jubilados, etcétera) supuse que no me costaría encontrar un empleo en el que se me valorara como yo creía merecer. Por desgracia, el mercado no acababa de ajustarse a la nueva y magnífica situación facilitada por nuestro gobierno. Abundaban los despidos. Ojo, el desempleo no es del todo malo, ya que un empleo menos es un sueldo menos y por lo tanto un ahorro para las empresas, que pueden ganar más dinero y contratar a más gente para luego despedirla de nuevo sin absurdas indemnizaciones que ponen al empresario en clara situación de inferioridad e indefensión. En todo caso, entendí que debía esperar mi momento y conformarme con los cien euros de más de los que disponía. También me sorprendió que mis cálculos respecto a los seguros no fueran del todo certeros: aún no habían ajustado sus precios, a pesar de la competencia creada por el sistema liberal. Especialmente el de desempleo: con la flexibilización del mercado laboral las aseguradoras jugaban sobre seguro (ja) y no querían arriesgarse a mantener a un parado. Cosa que comprendo, sólo faltaría, es su dinero. Decidí por tanto esperar a que todos estos servicios gozaran durante el tiempo necesario de las virtudes del libre mercado y se acabaran peleando por tenerme como cliente, cosa que acabarían haciendo. Pero surgió otro imprevisto: comencé a gastarme esos cien euros. Y más. Y es que la libertad de empresa trajo una mayor oferta en descargas para el móvil y yo aún no había encontrado en qué gastarme MI dinero, a pesar de que todavía no disponía ni de una triste y básica cobertura médica. El caso es que me bajé los éxitos completos de la versión de Asnalia de Operación Triunfo (Asnalia Idol) y varios juegos. Varias decenas de juegos. Los tenía todos: el Tekken, el de rally, el de Fórmula 1, el Fifa, el Bejeweled, el de Tiger Woods, por supuesto el Tetris e incluso el Trivial. Sí, jugaba al Trivial con el móvil. Y luego comencé a enviar fotos a mis amigos de los coches que veía por la calle y de escaparates en los que veía ropa que me gustaba, para pedirles su opinión o, ja ja, echarnos unas risas, aunque a ellos no les hacía tanta gracia, no sé por qué. Al final acabé gastándome gran parte de mi sueldo y dejé de rendir en la oficina. Me tuvieron que despedir, por lo que le di las gracias a mi jefe: no quería suponer un lastre para la economía del país y menos aún barrarle el paso a un parado que podría hacer mi trabajo por la mitad del sueldo y en la mitad de tiempo. Mi esposa me tuvo que acabar ingresando en un hospital para tratar mi adicción. Llevo seis meses sin tocar un teléfono móvil, aunque temo el momento en el que salga de este maravilloso centro que apenas le cuesta medio sueldo a mi señora. Y es que ahí fuera hay teléfonos. Y anuncios de teléfonos. Y nuevas ofertas de descargas. Sé que he de ser fuerte. Sé que Ludwig San Mises ya explicaba que intervenir en una parte del mercado suponía acabar interviniendo en TODO el mercado, cosa que llevaba a la pobreza, al crimen y a la perdición moral de la sociedad, además de al aumento de fumadores. Pero también creo que no deja de ser sensato pedir un mayor control en el mercado de las descargas de móvil. Se trata de un problema de salud nacional. Nuestra patria se puede perder por culpa del tono politono sonitono, a no ser que logremos poner todo este negocio bajo la administración del ejército y evitar así la propagación de esta enfermedad de la que me estoy recuperando lenta y dolorosamente. No es cosa de broma: en el hospital he conocido a muchos como yo. Lo menos tres. La República Liberal de Asnalia peligra si no hacemos algo al respecto. Se deshace y sangra por los cuatro costados. Pongámonos en pie y cantemos el himno nacional con la mano derecha en el corazón, con el politono correspondiente acompañando nuestras voces empapadas en la patria. Oh, Asnalia, isla de mierda perdida en el maaaar...


 
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