Jaime, 31 de agosto de 2005, 11:20:17 CEST

El testigo


Ayer regresé de Leipzig. Hans Adenauer me había pedido que actuara como testigo en un acto de la máxima importancia: "Se trata --me decía en su correo electrónico-- de aclarar un episodio crucial de nuestras vidas; por eso Jakob ha estado viajando en el tiempo y por eso, me temo, dará su vida, es decir, ha dado su vida". Hans y Jakob me recibieron en el despacho del primero. Sentado junto al muerto había un señor de unos cuarenta años, con un bigote espeso y vestido con un traje de tweed y una pajarita. --Anda, el cretino --dijo Jakob, reconociéndome--. ¿Este es tu testigo? ¿Es otro de tus experimentos? ¿Hay que refrigerarle la amígdala? ¿Ya te permiten de nuevo poner eso en práctica? Hans no le hizo caso: --Jaime, te presento a nuestro padre, Julius Adenauer, que acaba de llegar de Londres y de 1948. --Oh, ah... ¿El filólogo? --Sí, sí. --Leí El origen de las lenguas hace unos años y... --¿Hace unos años? Pero si apenas llevo redactado un borrador de la primera parte. --Disculpa a mi padre --dijo Hans--, está un poco desorientado con esto de viajar en el tiempo. En todo caso, te hemos llamado porque queremos un testigo. Necesitamos que des fe de cuanto mi padre nos comunique. La información que nos proporcione puede cambiar el modo en que veíamos el mundo mi hermano y yo. Papá, cuando quieras. --Pues bien, fue Jakob. --¡Ja! --dijo éste-- ¿Lo ves? ¡Tomaaa! --¿Estás seguro? --Sí, fue él. Él me regaló el cenicero y tú me escribiste un poema. Un poema muy bonito. --¿Ves como el cenicero se lo regalé yo? ¿Lo ves? --¿Seguro que no te falla la memoria? --No, no, mi cumpleaños fue ayer mismo. --¡Toma! ¡Jódete! ¡Jó-de-te! Hans apoyó la cabeza entre sus manos, mientras Jakob se regodeaba en su victoria. --Ahora qué, ¿eh? Ahora qué. Discúlpate. --No pienso hacerlo. --Tienes que hacerlo. El cenicero se lo regalé yo. Yo tenía razón. Como siempre. Y tú eres un mentiroso. --Yo no soy ningún mentiroso. --Chicos, chicos --intentó mediar el padre, pero como en ese momento era unos veinte años más joven que sus hijos, no le hicieron mucho caso. --Sí que eres un mentiroso. --Jakob, eso está muy feo, tu hermano pequeño simplemente se ha confu... --¡Pues tú te vas a morir! --¡Hans, esas cosas no se dicen! --Te vas a morir en tu avioncito, después de dejar a papá en casa. --Qué me voy a morir. --Sí, porque pilotas como un ladrón de coches. --Yo piloto muy bien. --Claro, claro, por eso vas a estamparte contra el suelo. --No es verdad. --Sí lo es. El otro día te estuvimos enterrando. Bueno, lo que quedaba de ti. --No es verdad. --Sí lo es. --No es verdad. --Sí lo es. --Bueno, ya veremos. --No, tú no verás nada porque te vas a morir. --Hans, pídele perdón a tu hermano por decirle que se va a morir. ¡Ahora mismo! --Es verdad, no se va a morir porque ya se ha muerto. Murió hace más de un mes. --Vámonos papá, que te llevo a casa. No quiero hablar con este mal perdedor. --Muerto. --Perdedor. --Muerto. --Perdedor. Y Jakob se marchó, agarrando a su padre por el brazo y dando un portazo. Yo, claro, no tenía la confianza suficiente como para decirle a Hans que aquellas palabras habían sido algo crueles, sobre todo teniendo en cuenta que no volvería a ver a su hermano. No se lo dije, pero intuyó que lo pensaba. --Que se joda. Total, murió en julio y mis últimas palabras de entonces estuvieron mejor: "Ten cuidado". --Sí, no están mal. De todas formas, ahora que le has avisado, ¿no podría salvarse? --No, no puede salvarse porque ya está muerto. Él todavía está en el 19 de julio. Cuando vuelva a su hoy, porque tiene que volver, se pegará una torta con el avión y morirá. O sea, se pegó una torta y murió. Ya pasó. Está enterrado. No hay vuelta de hoja. El pasado no se puede modificar. Y menos por algo que ocurra en el futuro. --Pero y si... --No hay "y sis" posibles. No te lo digo sólo yo, que sólo soy médico, sino mi hermano, que fue quien investigó todo esto. No tendría sentido que estuviera enterrado y al mismo tiempo dando vueltas por ahí, espiándonos y riéndose de nosotros durante todas estas semanas. --¿Y los mundos paralelos? --Eso no existe. ¿No has leído Paralelos y para tontos, que publicó mi hermano hace cinco o seis años? Y entonces se abrió la puerta. No sé si es necesario decir que era Jakob Adenauer. --¿Ves como no estoy muerto? ¿Lo ves? ¡Ja! Me he pasado toda la semana espiándoos y riéndome de vosotros. Sobre todo mientras me enterrabais. ¡Ja!


 
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