viernes, 4. octubre 2002
Jaime, 4 de octubre de 2002, 17:29:18 CEST

Vergüenza ajena


José María Aznar asegura que los que criticamos el homenaje a la bandera estamos acomplejados. Yo, más que de complejos, hablaría de vergüenza ajena. 294 metros cuadrados de bandera. Suena a exceso de nuevo rico. El orgullo de nación es mezquino. Es ridículo sentirse orgulloso por haber nacido en un sitio cualquiera, hecho que no es más que una cuestión de azar. El orgullo por la supuesta historia común también me parece bastante idiota: yo no ayudé a los numantinos a suicidarse. Es más, creo que se equivocaron. La historia de los países está llena de hechos odiosos. La de las personas que a mí me gustan -vivas y muertas-, no tanto. Por otro lado, es evidentísimo que, si todo el mundo cree haber nacido en el mejor país del mundo, como mínimo en todos los países menos en uno, se equivocan. En el caso de Aznar, la cosa resulta patética. Critica el nacionalismo ajeno -el catalán, el vasco, el gallego-, con el único fin de imponer el propio. Visto el panorama, y especialmente vistos la mayoría de tipejos que se hacen llamar patriotas, me temo que Samuel Johnson tenía razón cuando dijo aquello de que "el patriotismo es el último refugio de los canallas". No niego que sea bien normal y razonable amar lo propio. Se trata sencillamente de una cuestión de defensa psicológica. Para no sentirse un miserable ni caer en envidias idiotas. Pero, para mí, lo propio es mi barrio, mis amigos, mi familia -y tengo amigos y familia bastante lejos de mi ciudad-. En definitiva, lo que más o menos conozco. Y tan cercano me puede ser un señor de Murcia o de Girona como un senegalés. Es más, de este modo, lo propio es elástico, flexible: puedo reconocer, por ejemplo, lo que tengo en común con un sueco o con una japonesa y olvidarme de los pasaportes. En cuanto a los símbolos, sencillamente sobran. Ya es bastante difícil entenderse con los demás como para ir añadiendo fronteras artificiales. Los himnos no son más que musiquita barata. Y las banderas, como Gustave Flaubert escribió en una carta a George Sand, "están tan sucias de sangre y mierda que viene siendo hora de no tener ninguna".
 
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Casualidad, causalidad


Las casualidades se dan demasiado a menudo como para ser fruto del azar. Borges nos ayuda a entender este hecho que nos parece paradójico cuando escribe -al menos, en Siete Noches- que lo que llamamos azar "es nuestra ignorancia de la compleja maquinaria de la causalidad". Así pues, siguiendo la sugerencia del argentino, las coincidencias sólo nos sorprenden porque no alcanzamos a ver la primera causa, la que ha provocado ese azar, ese capricho. De conocerla, veríamos que todo tiene su lógica y no su mística. Claro que esta manía nuestra de verlo todo en términos de causas y efectos puede no ser más que un defecto de fábrica de nuestro cerebro.
 
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