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La horrorosísima historia de Fred Monty
La policía comenzó a sospechar del asesino en serie Fred Monty al notar que mucha de la gente que pasaba tiempo cerca de él, moría en extrañas circunstancias. Un par de detectives le estuvieron vigilando durante cuatro meses. Se dieron cuenta de que a al menos tres personas les creció de repente un cuchillo en la cabeza y hacia adentro, mientras un ensangrentado Monty se carcajeaba con mirada enloquecida. Tras mucho pensarlo y a pesar de que aún no tenían pruebas concluyentes, el FBI decidió arrestarlo y acusarle de aquellas tres muertes y de otras catorce muy similares. Pero no fue fácil llevarle ante el juez. Las huellas digitales eran parciales y los testigos presenciales eran escasos y estaban borrachos en el momento de los hechos (Monty cometía sus horribles asesinatos en bares repletos). Además, el polígrafo no dio resultados concluyentes. Ante la pregunta: "¿Usted asesinó a toda esta gente?", Monty contestó que sí y la máquina determinó que mentía. La vida de Monty es la clásica en un asesino en serie. Ya de niño torturaba animales: les arrancaba las patas a las hormigas y las alas a las moscas. Intentó pasarse a bichos más grandes, como gatos y perros, pero estos se defendían. Tuvo una cómica experiencia con un pato que fue llevada al cine por Mel Brooks. Su dominante y exigente madre viuda le obligaba a llevar la camisa por dentro y dos pañuelos en los bolsillos: uno para las gafas y otro para la nariz. Esto le causó terribles traumas, ya que los confundía con frecuencia. Uno de los peores momentos de su infancia fue cuando se enteró de que su padre no estaba muerto, sino que había "fallecido". Un año más tarde supo que ambos términos eran sinónimos, pero para entonces su enfermiza imaginación ya había destrozado su débil mente. Aquella infancia vino también marcada por una incapacidad para relacionarse con los demás. Debido especialmente a su tendencia a clavarles cosas y quemarles el pelo. Estudiante notable, aunque no extraordinario, parecía haber olvidado aquella infancia terrible cuando entró en la universidad. Sin embargo, estudió derecho: según confesaría en prisión, la incesante lectura de cosas como las "leyes" y los "códigos" le dejó profundamente trastornado. Fue por aquel entonces cuando comenzó a oír voces. Le decían cosas como "establecido este principio en la regla 1ª., no se podrá hacer novedad alguna en el estado legal de las madres que, siendo viudas y ejerciendo la patria potestad, hubiesen contraído nuevo matrimonio antes de regir el Código, aunque éste prive de aquel derecho a las madres viudas que se casen después". Su afección mental le permitió por tanto superar con resultados excelentes sus exámenes de primero. Pero a partir de segundo le decían otras cosas: "Ponte la camisa por dentro", "quema el edificio", "mátalos a todos", "lleva siempre dos pañuelos"... El agente que le detuvo destacó que Monty había asesinado a diecisiete personas y quemado cuatro edificios en seis años, pero que llevaba la camisa por fuera y un único clínex. Sucio, además. "Aquella falta de criterio a la hora de seleccionar mensajes me pareció ridícula --explica--. Yo mismo llevo dos pañuelos en los bolsillos. Es muy práctico. Pero no voy matando a la gente por ahí. Fíjese lo que le digo: asesinar no sirve para secarse el sudor de la frente o sonarse la nariz. Y ese hombre no se daba cuenta". Durante el juicio, Monty quiso defenderse a sí mismo, pero, debido a una confusión tonta, acabó defendiendo a un ladrón de coches. Le condenaron a la silla eléctrica. Al ladrón. El destino de Monty fue peor: le obligaron a ejercer la abogacía. No ha vuelto a asesinar a nadie ni a quemar nada, ya que sus instintos sádicos han quedado plenamente satisfechos.
¡Libertad para los empresarios!
Han vuelto a cerrarme un negocio. Otra empresa libre salvajemente oprimida por la dictadura intervencionista. Al parecer, a esos comunistas no les gustaba que sirviera comida "en mal estado"... En mal estado... Un poco pasadita de fecha, quizás. Pero yo no obligaba a nadie a comerse aquella porquería. Y advertía claramente en el menú de que "los productos que les ofrecemos han sido cuidadosamente seleccionados para conseguir el máximo equilibrio calidad-precio". Con esos precios tan bajos, estaba claro que la calidad no podía ser muy alta. Sólo los cretinos que han acabado en el hospital no lo entenderían. Hay mucho estúpido suelto, no veo por qué no puedo sacar tajada de esta realidad. Iba bien, el negocio. En fin, tendré que volver al aún incomprensiblemente clandestino "chantaje". Lo pongo entre comillas porque lo que se suele llamar "chantaje" --en tono peyorativo, además-- es simplemente un intercambio comercial como cualquier otro. Si la gente quiere pagar por no ver publicadas unas fotos suyas en actitud comprometedora, no veo qué hay de malo en ello. Yo no les obligo a pagarme nada. Lo hacen en libertad. Pero, ah, la policía tiene que meter las narices en todo. Oiga, agente, ¿verdad que yo no le digo nada por el hecho de que usted vaya por ahí armado, cosa que supondría una clara desventaja para mí en caso de que nos enzarzáramos en un tiroteo? Pues déjeme a mí seguir con lo mío. Pero, nada, no lo entienden. Estuve pensando en establecerme como constructor. Pero, de nuevo, la regulación excesiva segó una prometedora carrera hacia la riqueza. Resulta que hay que cumplir una serie de normas arbitrarias que no hacen más que coartar la libertad y desanimar a cualquier emprendedor. Al parecer, no se puede levantar un edificio de veinte pisos usando sólo conglomerado de madera. Pues resulta que se abarataría el coste, amigo mío. Quizás sí que sería cierto que el edificio no aguantaría dos semanas en pie, pero el precio de una de estas vivienda sería inferior --sí, inferior-- al de un alquiler por medio mes. Y los supervivientes tendrían prioridad a la hora de comprar otro piso en el mismo edificio, una vez lo volviera a levantar. Ni por esas. Un asco. Asfixiado por la falta de libertad, estoy.
Sólo se deserta dos veces (y 3)
Resumen de lo publicado: El aguerrido agente secreto James Blond está en peligro, etcétera, etcétera, en el Vaticano y tal y cual, tiene que salvar el mundo y todo eso. Estaba atado de pies y manos a una silla, llorando de pánico ante el futuro que se me presentaba o, mejor dicho, ante la ausencia de futuro que se me presentaba. Mi única posibilidad era utilizar el mecanismo secreto del crucifijo que me había dado Jakob Adenauer. --Deje que rece mis últimas oraciones. --Ya has tenido tiempo suficiente para eso. --Porfins... --Oh, vale. Pero no te pienso confesar. La sotana es sólo un disfraz. --Ya me había dado cuenta. ¿Me desata las manos para poder coger el crucifijo? --Si fueras cualquier otra persona, te diría que no, pero teniendo en cuenta que eres un inútil, no tengo inconveniente. Me soltó las manos y me agarré al crucifijo que me colgaba del cuello. Ja, aquel tipo no contaba con mi legendaria astucia. Lo toquetée. Lo intenté doblar. Tenía que tener algún tipo de mecanismo que liberara un arma poderosa y mortal. No había manera. Igual la cabeza era un botón. Tampoco... --Bueno, ¿qué? ¿Ya has acabado con el Jesusito de mi vida? Sólo me quedaba una oportunidad. Así que me saqué la cadena, grité "banzai" y alcé el crucifijo con la intención de clavárselo en un ojo. Y entonces empezó a salir un gas amarillento de uno de los extremos, directo a la cara del cura. Se desplomó inconsciente en cuestión de segundos. Me carcajeé durante un ratito. Lo suficiente para que el gas se siguiera propagando y me dejara inconsciente a mí también. Por suerte desperté antes que el cura y pude romperle la silla en la cabeza mientras dormía. Otro enemigo valientemente abatido por el agente del servicio secreto James Blond. Mi fama de asesino certero y eficaz seguiría extendiéndose. Cuando salí a la calle, ya eran las ocho. Tenía que darme prisa para llegar a la recepción: a las nueve comenzaban a servir canapés y seguro que a las nueve y media se habrían acabado los mejores. Tenía la invitación encima, pero la fiesta era de esmoquin, así que tenía que prepararme antes de llegar. Pasé por un estanco y compré un paquete de Malboro. Bien. Ahora sí. Tuve algún problema para entrar. Uno de los guardias de seguridad me envió a la puerta trasera, a pesar de lo que decía mi invitación. Insistía en que mi aspecto desmentía el documento que llevaba en la mano, y que sin duda se trataba de una lamentable confusión. En la puerta trasera me recibió un tipo gordo que me invitó a descargar unas cajas de un camión. Ante la perspectiva de tener que trabajar, me desmayé de puro miedo. Me llevaron a un sillón, ya en el interior de la embajada. Una vez allí no me resultó complicado colarme en la sala donde se celebraba la recepción. Menudo lujo. Camareros con copas de champán (¡de cristal!, ¡nada de plástico!), pirámides de Ferrero Rocher, perritos con rebecas de lana, cacahuetes salados a granel. Impresionante. Pero yo tenía una misión. No podía entretenerme. Bueno, me paré a coger unos cacahuetes. --Hola, guapetón --me giré, asustado. Quien se dirigía a mí era una rubia con unas piernas tan largas que acababan el miércoles--. ¿Llevas una pistola en el bolsillo o es que te alegras de verme? --Oh, ¿esto? En realidad es una zanahoria. Por si me entra hambre luego. Como estoy a regimen. No es que esté gordo, pero es por el coles... La rubia me dejó con la palabra --la palabra colesterol-- en la boca y se fue musitando no sé qué de que los tíos son tontos del culo y no sé qué más. Le pregunté a un camarero por el embajador. Me señaló a un tipo gordo que conversaba con una señora también gorda --¿El embajador es una pareja de obesos? --No, el embajador sólo es él. Ella es mi madre. --¿...? --Siempre tiene que controlar todo lo que hago. No confía en mí. ¿Ve? Ahora me mira, con desaprobación. Seguro que le encuentra algún defecto a mi forma de servir copas, al nudo de la pajarita, a la chaq... Dejé al camarero con la palabra chaqueta en la boca y me dirigí al embajador. --¿Señor Hitler? -- Er... Mi nombre es Ratzensberger. --Oh, disculpe, siempre me confundo con estos apellidos alemanes. Es usted el embajador, ¿no? --Sí. --Pues la grúa se le está llevando el coche. Le seguí mientras corría azorado por la sala, abriéndose paso entre marquesas y cardenales, tirando abajo una pirámide de copas de champán y otra de Ferrero Rocher. Cuando salió a la calle y vio que su Volkswagen Polo seguía bien aparcado, se sentó en la escalera a limpiarse el sudor. --¡Ja! --Le dije. --Oh, es usted... Qué gracioso. No sabe el susto que me ha dado. --Sí que lo sé. Porque lo he hecho adrede. Mi nombre es Blond, James Blond. --¿Quién? --Trabajo para la agencia. Y le hemos hecho saber que no tenemos piedad con los traidores. --Oh, cielos. --Señor Goebbels... --¡Ratzensberger! --Como sea... Usted pierde. Gana el Bien. Como siempre. Decidí regresar a Barcelona con la satisfacción del deber cumplido. En el aeropuerto surgió un imprevisto. --Esperáb... Creíamos que le matarían --me explicaron por teléfono--. Por eso sólo le compramos el billete de ida. Ya sabe, los malditos recortes de presupuesto. Lo solucionaremos en seguida. Treinta y cuatro horas después me apeaba de un autocar en Barcelona, con la satisfacción del deber cumplido y un terrible dolor de espalda. Mientras me masajeaba el cuello, vi al otro lado de la calle a un tipo disfrazado de cura con la cabeza vendada. Me miró y se rió. Cruzó la calle hacia mí. Sin mirar. Le atropelló una furgoneta. Si es que van como locos. El caso era que aquel tipo me sonaba de algo.
Sólo se deserta dos veces (2)
Me desperté a primera hora de la mañana. Las ocho en punto. El sol ya casi había salido del todo y tenía tiempo para hacer algo de ejercicio y mejorar aún más --en caso de que tal cosa fuera posible-- mi impecable forma física. Por desgracia me di la vuelta y me volví a dormir hasta las once. Seguramente me echaron algo en la cena --que tomé en el mismo hotel-- porque luego me volví a dormir hasta la una y media. No es normal en mí. Jamás salgo de la cama más tarde de las doce. No me gusta remolonear. Decidí ir a tomar café y comer algo por el centro. Aprovecharía para intentar averiguar algo al respecto de los planes del embajador alemán, gracias a mis numerosos contactos. Al salir vi que el cura seguía en la calle. Me siguió. Me metí en el clásico bar de oficina del Vaticano. Estaba frecuentado por curas y monjas, que hacían una pausa en sus tareas diarias. Noté que el cura que me seguía no saludaba a nadie. Estaba clarísimo que no era un sacerdote de verdad. Sólo algunos monjes hacen voto de silencio. Me senté en una mesa y pedí un desayuno ligero. Tostadas, una ensaimada y tres cafés. Como ya eran casi las tres, aproveché para almorzar: espagueti al pesto, pizza de cuatro quesos, un par de botellas de lambrusco y otros tres cafés. Seguramente me echaron algo también en la comida, porque, a pesar de su frugalidad, me sentía pesado cuando salí de aquel local. Sin duda, fue así como me atraparon. Con trampas. Envenenándome. Abotargándome. Noté un golpe en la cabeza y todo se fue a negro. Desperté en un sótano oscuro y húmedo. Enfrente de mí, de pie, estaba el cura que me había venido siguiendo. --Buenos días, señor Blond. Los años de entrenamiento estaban bien presentes en mi frío y acerado cerebro. Sabía perfectamente lo que tenía que hacer. Sólo podía decir mi nombre y mi número de identificación. No me sacarían nada más, estaba entrenado para soportar todo tipo de torturas... --Tengo algo para usted. El cura abrió la Biblia. Una Biblia falsa. De la que sacó un cortauñas. --¡Por favor no me pegue! ¡No soporto el dolor! ¡No me haga daño con eso! ¡Se lo contaré todo! --No, esto es para mí --dijo, mientras procedía a hacerse una rápida manicura--. Lo que tengo es una oferta. Como usted sabe, esta es una guerra terrible y tanto usted como yo queremos que se acabe cuanto antes. --¡Sí! ¡Lo que usted diga! ¡Deje que me vaya! ¡Le daré todos ahorros! ¡Los doscientos catorce euros! --Obviamente, los esfuerzos de, entre otros, la agencia para la que usted trabaja, sólo sirven para retrasar ligeramente su derrota y alargar el sufrimiento de mucha gente. --El mío, por ejemplo. Deje que me largue. No diré nada. Desertaré otra vez. Un enemigo menos contra el que luchar, ¿no le parece suficiente? --Señor Blond... Me decepciona. Tenía pensado ofrecerle que trabajara como agente doble, pero sería un disparate. No nos sirve. --¡Sí! ¡Sí que les sirvo! ¡Sería el mejor agente doble de la his...! --¡Cállese! No tengo más remedio que matarle. --¡Sí que tiene más remedio! Lo que no tiene es imaginación. --Señor Blond, rece sus últimas oraciones. El falso cura se sacó una escopeta de cañones recortados de debajo de la sotana. --¡Espere, no me mate! --¿Y ahora qué ocurre? --Ya no queda espacio en este post. --¿Tendré que esperar hasta mañana? --No mañana es sábado. Hasta el lunes. --Cielos, ¿podré aguantar mis ganas de disparar? --¿Podré resistir este pánico sin que me dé un ataque al corazón? --¿Podrán los lectores vivir con tanta incertidumbre? --Oh, no te preocupes por ellos. Tienen cosas que hacer. --¿Cómo qué? --¿No juega España, o algo? --Igual sí.
Sólo se deserta dos veces (1)
Eran las once de la mañana del treinta y cuatro de juliembre de mil fracacientos porenta y dos, cuando el director de operaciones me llamó a su despacho. --Agente, imagino que está deseando dejar de fregar suelos y pasar a la acción en esta sangrienta guerra. Creo que ya ha pagado con creces sus dos intentos de deserción. --Gracias, señor, pero estoy bien --contesté--. Le agradezco el interés, eso sí. Por algún motivo, mi respuesta le irritó sobremanera. Se puso a gritar y me dijo que si no concluía con éxito la misión que me iba a encomendar, me esperaba el pelotón de fusilamiento. --¡Y esta vez --concluyó-- me aseguraré personalmente de que apunten bien! --Bueno, la otra vez casi me dan. El soldado aquel se tuvo que discul... --¡Cállese de una vez! Escuche: el embajador de Alemania en el Vaticano es un traidor. Su misión consiste en ir allí y matarlo. Ah, no, matarlo, no. Fue la primera idea que tuvimos. Luego decidimos que eso era muy bestia y que bastaría con asustarle. ¡Vaya allí y asústelo! Su enlace se llama Jennifer Anniston. Se pondrá en contacto con usted y le dará los detalles de la operación. --Joder, qué pereza... Esta noche echan House, ¿puedo ir mañana? --¡Haga su maleta y salga inmediatamente! ¡No podemos permitirnos un solo error en esta guerra a susto o muerte por la civilización! Tenga, un pasaporte asnalés. Es el único país neutral en este conflicto. El nombre que figura es el suyo, ya que dudábamos de su capacidad para recordar otro. --Sí, ya lo veo... Mi nombre es Blond, James Blond. --Hable con Adenauer antes de irse. Tiene un par de inventos raros de agentes secretos para usted. Jakob Adenauer me recibió en su laboratorio. --Buenos días, señor Blond. Tengo un juguetito que le gustará mucho. --¿Es algo porno? --¡No! Fíjese. Como va al Vaticano, lo he ocultado en este pequeño crucifijo que podrá llevar en el cuello. --Oh, qué hábil. ¿Y qué es? --No lo recuerdo. Lo he escondido demasiado bien y no hay forma de encontrarlo. Mire esto otro: parecen unas gafas de sol normales y corrientes, ¿verdad? --Sí, es cierto. --¡Pues lo son! En el Vaticano hace mucho sol. Le irán bien, son de las buenas. Atento a esto otro. --Estoy atento. Adenauer dio dos volteretas hacia atrás, concluyendo con un salto mortal. --Impresionante. --Lo sé. Ah, me olvidaba: tenemos que solucionar el problema del transporte. --Efectivamente. --Tenga: un billete de avión y un bonobús. Unas horas más tarde estaba en la ciudad de San Pedro, que es una bonita, nada cursi y nada usada forma de decir el Vaticano. Me metí en la cafetería en la que Jennifer contactaría conmigo. Jenni sería seguramente una de esas agentes secretas esculturales. Ya conocía a unas cuantas. Y tanto. Una de ellas me habló en una ocasión. Me dijo: "¿Puedes salir de en medio? Estoy intentando subir al ascensor". Le cedí el paso elegantemente. Cuando pasó a mi lado le miré el trasero. Tropecé. Mientras caía, me pregunté por qué decía "subir al ascensor", cuando estábamos en el piso más alto y además el ascensor estaba al mismo nivel que el resto del suelo. Me rompí un diente. Me senté en un taburete de la barra y puse en práctica mis años de entrenamiento, pidiendo algo en el idioma local. Lo hablaba casi como un nativo: --¡Salve! Ego volo unus cafum cum late et unus croissantus. Al parecer, di con uno de esos camareros inmigrantes que tan presentes están en las cafeterías de toda Europa. Por el raro idioma que hablaba, imagino que sería italiano o griego. Con signos y esfuerzo conseguí que me sirviera una cerveza. Me la bebí con asco, porque a mí la cerveza no me gusta nada, pero no quería hacerle un feo a ese pobre trabajador extranjero que aún no conocía la lengua del país. Noté que alguien me estiraba de la pernera del pantalón. Miré abajo y vi a un enano calvo y gordo. --¿Tú eres el agente secreto enviado por la agencia? --Gritó con una voz chillona. --Bueno, gracias a ti ya no soy secreto, pero... --Soy Jennifer Anniston. El embajador estará mañana por la noche en una fiesta en el hotel Ritz. Ahí tendrás que asustarle. En este sobre están los detalles de la operación. --¿Te llamas Jennifer? --Sí, ¿qué pasa? --No, nada. --Bueno, pues eso, hasta luego. --Una cosa... --¿Sí? --¿Eres un...? ¿O una...? --¿Un qué? --Como te llamas Jennifer... --¿Sí? --Y eres, o pareces... Al ser calvo... --¿De qué coño hablas? --No, nada, es igual. Me registré en un hotel de por allí. El recepcionista también hablaba una lengua extranjera, pero conseguí que me diera una habitación. Miré por la ventana y vi a un cura. Fumaba y miraba en mi dirección. A mí no me engañaba: aquel tipo no era un cura. Seguramente sería uno de los esbirros del embajador. Se le notaba en que llevaba una Biblia en una mano. ¡Ja! Los curas no necesitan llevar una Biblia: se la saben de memoria. Decidí no preocuparme por el momento. Me tumbé en la cama y abrí el sobre. Saqué una invitación a la recepción y un plano de la sala donde se celebraría. Lo estudié durante horas, intentando idear la forma más fácil de poner en marcha la operación. La misión se presentaba complicada.
