jueves, 30. mayo 2002
Jaime, 30 de mayo de 2002, 17:19:20 CEST

Tareas pendientes


Pistacho

- Regar las plantas de plástico. - Pelar pistachos. Tirarlos. Guardar las cáscaras. - Escribir un ratillo. En cuanto acabe, ponerle un cartucho nuevo a la pluma: anoche me quedé sin tinta. - Grabar la carta de ajuste (¡no quiero perdérmela otra vez!). - Poner a calentar el agua, hasta que se evapore toda toda. - Colocarme unas rodajas de pepino en los ojos (para las patas de gallo que no tengo). Mientras tanto, puedo leer el periódico. El de ayer. - Ingresar en el banco los 40 euros que me devolvieron. - Sacar del cajero 40 euros para hacer la compra. - Sisarme el cambio. - Hacer leña del árbol caído.
 
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Jaime, 30 de mayo de 2002, 13:28:31 CEST

Sopa de perro


Ahora resulta que hay que cargar contra los coreanos por comer perro. También comen esta carne en Vietnam, China y otros países asiáticos, pero como llega el Mundial (el de fútbol, claro, ¿acaso hay otros?), el objetivo es ese país que antes de 1988 ya tuvo que reducir el número de restaurantes con especialidades caninas para quedar bien con vistas a los Juegos Olímpicos. Al parecer, comerse al mejor amigo del hombre es una animalada: "grotesco", dice la en estos casos ineludible Brigitte Bardot. No lo es comer conejo, a pesar de lo que digan los australianos -que ven al conejito como a un simpático compañero-; ni zamparse un buen filete de caballo, como se hace en Francia; ni lo es tampoco comerse una cazuelita de caracoles, ni devorar esos insectos de mar a los que llaman marisco. Es decir, roer la insípida carne de un bicho rosa lleno de patas y al que parece que hayan matado con Raid es un lujo, pero comerse a un chucho regordete y rebosante de sabrosa carne roja es un crimen. Además está la excusa de los malos tratos: los coreanos sacrifican a los perros a golpes porque, según dicen, esto aumenta la virilidad de los hombres que comen su carne. Sí, he dicho excusa: lo que molesta realmente es que sea un perro y no un pollo, que, cómo no, fue creado para ser rebozado (o cocinado a la plancha). Algo parecido ocurre con el estúpido y bochornoso espectáculo taurino. Y es que nos llevamos las manos a la cabeza porque torturan a toros y perros (cosa absurda, sin duda), pero olvidamos, por ejemplo, a vacas y cerdos enclaustrados y sin poder moverse, para engordar más y más deprisa. Y a las gallinas que pasan el día bajo una luz tenue que imita a la del amanecer, para que así pongan más huevos. Es aquello de la paja en el ojo ajeno: antes de criticar a los coreanos por matar a golpes a su perrito para después cocinarlo, igual deberíamos tener en cuenta la cantidad de platos repugnantes que ingerimos con una sonrisa en la boca, olvidando además a lo que han sido sometidos esos pobres bichos durante toda su vida. Y en algún sitio hay que poner la frontera: los primates somos omnívoros y apreciamos y necesitamos las proteínas de la carne animal, ya sea de insectos o de grandes mamíferos. Y aunque esté mal visto zamparse un buen filete (curiosamente no se ve tan mal devorar una merlucilla). Me preocupa especialmente Bardot, quien temo que acabe como aquellos ultravegetarianos que imagina G. K. Chesterton en la introducción a The Napoleon of Notting Hill. De pensar en los derechos de los animales pasan a hablar de "la verde sangre de los animales silenciosos" y a limitarse a lamer sal. Hasta que alguien se pregunta por qué debe sufrir la pobre sal. En ese punto concluye la historia de este concienciado grupo.

Ella nunca lo haría
 
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miércoles, 29. mayo 2002

Stephen Jay Simpson


Fue casi un homenaje. Ayer reemitieron (por enésima vez) el episodio de The Simpsons en el que aparecía el recientemente fallecido Stephen Jay Gould: Lisa la escéptica. Digo casi un homenaje, ya que me temo que fue involuntario: era el episodio que tocaba. La trama era especialmente adecuada para que apareciera el paleontólogo, no tanto por sus teorías acerca de la evolución, sino más bien por sus ideas sobre la relación entre religión y ciencia: Gould (teóricamente) debía ayudar a Lisa a demostrar que el esqueleto alado que ha encontrado en Springfield no es el cadáver de un ángel, pese a la opinión del resto del pueblo. Las opiniones de Gould acerca de estas relaciones son sentido común en estado puro. Las publicó en Ciencia versus religión, un falso conflicto. El científico -que se define como agnóstico- habla de "magisterios no superpuestos" para religión y ciencia: mientras el ámbito de la religión es la ética y las creencias, el de la ciencia es el de la explicación del mundo material. Ambos ámbitos han de mantenerse separados, a pesar del necesario diálogo: la religión no puede renunciar a admitir, por ejemplo, la evolución. Por supuesto, la ciencia también ha de respetar sus límites: un científico no puede extraer conclusiones éticas o metafísicas de un hecho científico y darles además a estas conclusiones carácter de verdad demostrada. Un astrónomo, por ejemplo, puede ser ateo (faltaría más), pero no puede decir que sus conocimientos le han demostrado que Dios no existe (aunque estos conocimientos le hayan ayudado a llegar a esa conclusión. De todas formas, Gould tampoco aporta ninguna novedad teórica: sólo algo de sensatez. Lo que explica ya lo decía Kant hace más de dos siglos en su Crítica de la razón pura: no podemos demostrar ni la existencia ni la no existencia de entidades no empíricas. Así pues, y por ejemplo, no tiene sentido plantearse la posibilidad de demostrar que el hombre tiene alma y que ésta es inmortal. El mejor resumen de todo esto lo da el juez de Springfield en el mencionado episodio, cuando decreta pena de "extrañamiento: la religión no deberá acercarse a menos de quinientos metros de la ciencia". Stephen Jay Gould, versión Groenig

Nota al margen Apartándonos un poco del tema, cabe recordar que la cuestión es diferente si hablamos de adivinos, curanderos, espiritistas y demás: éstos no pretenden adquirir el status de religión y, por tanto, de mera creencia. Al contrario, quieren que sus actividades sean consideradas científicas. En consecuencia, han de contrastar sus hipótesis con la realidad. Y hasta ahora no lo han logrado.

Otra nota al margen Normalmente la polémica viene de las injerencias entre religión y ciencia, pero no son menos jugosos los roces entre ciencia y arte. Particularmente si hacemos caso a Feyerabend, que sugiere que ambos ámbitos siguen procesos creativos idénticos. Por decirlo rápido y mal, da lo mismo una sinfonía que una ecuación.


 
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martes, 28. mayo 2002

Libros y élites


"Se puede llevar una vida normal sin leer, y la prueba es que una mayoría lo hace. Desengañémonos, el mundo es de los no lectores." Así de pesimista (o realista) es Francesc. La lectura, nos viene a decir, no es una necesidad que haya que imponer, sino más bien un placer del que disfruta una minoría. Lo que me recuerda lo que ha dicho Harold Bloom en su reciente visita a Barcelona: "Si miramos la enorme masa mundial, supuestamente compuesta por una población alfabetizada, tenemos que admitir que los lectores están en peligro de desaparición". Y razón no les falta. Harold Bloom La lectura siempre había sido cosa de unos pocos que la disfrutaban en exclusiva. Leer, como explica Peter Sloterdijk en Normas para el parque humano "significaba de hecho algo así como ser miembro de una elite envuelta en un halo de misterio", y añade que "en otro tiempo, los conocimientos de gramática se consideraban en muchos lugares como el emblema por antonomasia de la magia". Con razón nació, por ejemplo, la cábala. En cambio, hoy día -aunque sólo en los países occidentales- la alfabetización es prácticamente universal. Pero, claro, esto no nos puede llevar a optimismos exagerados: que todo el mundo sepa leer no significa que todo el mundo lea a Shakespeare, sino que todo el mundo podría leerlo, si quisiera. De acuerdo, no es poca cosa: la cultura es cada vez menos una cuestión de clases y cada vez más una cuestión de voluntad (sólo en las sociedades occidentales, insisto, y no de modo absoluto, por supuesto). Eso sí, de voluntad que, en la mayor parte de los casos, falla. La educación universal, la superpoblación de las universidades, no han provocado la masificación de la lectura de calidad (aunque sí un aumento). En definitiva, hay una mayoría cuya lectura es puramente instrumental: el nombre de una calle, la programación de la televisión, la revista tontorrona o el chiste enviado por correo electrónico, por ejemplo y como mucho. Todo parece indicar que seguirá habiendo élites culturales durante siglos. La positiva extensión de la alfabetización y de la educación no da motivos para pensar en una futura sociedad ilustrada. Por mucho tiempo habrá una minoría que lea a Jane Austen y escuche a Miles Davis y una multitud que lea a Danielle Steel (o simplemente a nadie) y compre discos de Chenoa.
 
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lunes, 27. mayo 2002

Diccionarios


Seguramente ya se ha hablado de esto y es más que probable que no tenga ninguna importancia. Pero el caso es que me extrañaba que a estas paginitas se les llamara bitácoras y no cuadernos de bitácora, del mismo modo que al diario de a bordo se le llama así y no sólo "de a bordo". Ya entiendo que se quiere evitar usar el término inglés blog, diminutivo de weblog, o el bastante más cursi diario, pero me picaba la curiosidad. Así, para salir de dudas, busqué en el diccionario de la Real Academia la palabra bitácora y me encontré con que es una "especie de armario, fijo a la cubierta e inmediato al timón, en que se pone la aguja de marear". De allí se nos invita a pasearnos por los términos aguja y cuaderno de bitácora. Comencé por el último, evidentemente, y pasé páginas hasta la séptima entrada de cuaderno: "Libro en el que se apunta el rumbo, velocidad, maniobras y demás accidentes de la navegación". Lo que uno ya se imaginaba, claro. Pero resulta que no es lo mismo una bitácora que un cuaderno de bitácora. Aunque, vaya, se trata simplemente de una forma de acortar y hacer más cómodo el término. Un quizá valiente neologismo algo cercano -sólo algo- a las metonimias: cuando nos bebemos una copa, no nos tragamos el cristal, sólo su contenido. Por regla general, vamos. Es un término, además, que ha arraigado, que usamos todos y que a muchos nos resulta atractivo. Al menos, más atractivo que los blogs ingleses y los algo más cursis diarios. Pero el caso es que no me acababa de convencer todo esto. Aunque probablemente se tratara simplemente de algo que he comido que no me ha sentado del todo bien. Algo a fin de cuentas pasajero. Así pues, como el diccionario me invitaba a leer lo que era una aguja de marear, decidí darme un garbeo por la A. Ninguna sorpresa: la aguja de marear no es más una forma divertida de nombrar la brújula. Una lástima, ya que me imaginaba que la aguja en cuestión sería justamente lo contrario: un instrumento que en lugar de indicar el rumbo lo desindicara. Pero las palabras, al menos en esta ocasión, superan ampliamente su significado. Al final, eso sí, lo único que he conseguido es marearme: ¿qué es esto? ¿Un weblog? ¿Una bitácora? ¿Una aguja de marear? ¿Un diario que marea? En todo caso, al menos ha quedado claro que los diccionarios sirven para bien poco.
 
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