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Tareas pendientes
- Regar las plantas de plástico.
- Pelar pistachos. Tirarlos. Guardar las cáscaras.
- Escribir un ratillo. En cuanto acabe, ponerle un cartucho nuevo a la pluma: anoche me quedé sin tinta.
- Grabar la carta de ajuste (¡no quiero perdérmela otra vez!).
- Poner a calentar el agua, hasta que se evapore toda toda.
- Colocarme unas rodajas de pepino en los ojos (para las patas de gallo que no tengo). Mientras tanto, puedo leer el periódico. El de ayer.
- Ingresar en el banco los 40 euros que me devolvieron.
- Sacar del cajero 40 euros para hacer la compra.
- Sisarme el cambio.
- Hacer leña del árbol caído.
Sopa de perro
Stephen Jay Simpson
Fue casi un homenaje. Ayer reemitieron (por enésima vez) el episodio de The Simpsons en el que aparecía el recientemente fallecido Stephen Jay Gould: Lisa la escéptica. Digo casi un homenaje, ya que me temo que fue involuntario: era el episodio que tocaba.
La trama era especialmente adecuada para que apareciera el paleontólogo, no tanto por sus teorías acerca de la evolución, sino más bien por sus ideas sobre la relación entre religión y ciencia: Gould (teóricamente) debía ayudar a Lisa a demostrar que el esqueleto alado que ha encontrado en Springfield no es el cadáver de un ángel, pese a la opinión del resto del pueblo.
Las opiniones de Gould acerca de estas relaciones son sentido común en estado puro. Las publicó en Ciencia versus religión, un falso conflicto. El científico -que se define como agnóstico- habla de "magisterios no superpuestos" para religión y ciencia: mientras el ámbito de la religión es la ética y las creencias, el de la ciencia es el de la explicación del mundo material. Ambos ámbitos han de mantenerse separados, a pesar del necesario diálogo: la religión no puede renunciar a admitir, por ejemplo, la evolución. Por supuesto, la ciencia también ha de respetar sus límites: un científico no puede extraer conclusiones éticas o metafísicas de un hecho científico y darles además a estas conclusiones carácter de verdad demostrada. Un astrónomo, por ejemplo, puede ser ateo (faltaría más), pero no puede decir que sus conocimientos le han demostrado que Dios no existe (aunque estos conocimientos le hayan ayudado a llegar a esa conclusión.
De todas formas, Gould tampoco aporta ninguna novedad teórica: sólo algo de sensatez. Lo que explica ya lo decía Kant hace más de dos siglos en su Crítica de la razón pura: no podemos demostrar ni la existencia ni la no existencia de entidades no empíricas. Así pues, y por ejemplo, no tiene sentido plantearse la posibilidad de demostrar que el hombre tiene alma y que ésta es inmortal.
El mejor resumen de todo esto lo da el juez de Springfield en el mencionado episodio, cuando decreta pena de "extrañamiento: la religión no deberá acercarse a menos de quinientos metros de la ciencia".
Nota al margen Apartándonos un poco del tema, cabe recordar que la cuestión es diferente si hablamos de adivinos, curanderos, espiritistas y demás: éstos no pretenden adquirir el status de religión y, por tanto, de mera creencia. Al contrario, quieren que sus actividades sean consideradas científicas. En consecuencia, han de contrastar sus hipótesis con la realidad. Y hasta ahora no lo han logrado.
Otra nota al margen Normalmente la polémica viene de las injerencias entre religión y ciencia, pero no son menos jugosos los roces entre ciencia y arte. Particularmente si hacemos caso a Feyerabend, que sugiere que ambos ámbitos siguen procesos creativos idénticos. Por decirlo rápido y mal, da lo mismo una sinfonía que una ecuación.
Libros y élites
La lectura siempre había sido cosa de unos pocos que la disfrutaban en exclusiva. Leer, como explica Peter Sloterdijk en Normas para el parque humano "significaba de hecho algo así como ser miembro de una elite envuelta en un halo de misterio", y añade que "en otro tiempo, los conocimientos de gramática se consideraban en muchos lugares como el emblema por antonomasia de la magia". Con razón nació, por ejemplo, la cábala.
En cambio, hoy día -aunque sólo en los países occidentales- la alfabetización es prácticamente universal. Pero, claro, esto no nos puede llevar a optimismos exagerados: que todo el mundo sepa leer no significa que todo el mundo lea a Shakespeare, sino que todo el mundo podría leerlo, si quisiera. De acuerdo, no es poca cosa: la cultura es cada vez menos una cuestión de clases y cada vez más una cuestión de voluntad (sólo en las sociedades occidentales, insisto, y no de modo absoluto, por supuesto). Eso sí, de voluntad que, en la mayor parte de los casos, falla. La educación universal, la superpoblación de las universidades, no han provocado la masificación de la lectura de calidad (aunque sí un aumento).
En definitiva, hay una mayoría cuya lectura es puramente instrumental: el nombre de una calle, la programación de la televisión, la revista tontorrona o el chiste enviado por correo electrónico, por ejemplo y como mucho.
Todo parece indicar que seguirá habiendo élites culturales durante siglos. La positiva extensión de la alfabetización y de la educación no da motivos para pensar en una futura sociedad ilustrada. Por mucho tiempo habrá una minoría que lea a Jane Austen y escuche a Miles Davis y una multitud que lea a Danielle Steel (o simplemente a nadie) y compre discos de Chenoa.
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