sábado, 15. junio 2002
Jaime, 15 de junio de 2002, 15:34:12 CEST

Fragmento de un diario onírico


(26 de diciembre de 2000) Soy un viejo que estudia medicina. Acabo la carrera e intento trabajar en un hospital. Hay muchas solicitudes y me desanimo. Decido montar un consultorio por mi cuenta: como soy viejo, creerán que tengo experiencia.
 
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viernes, 14. junio 2002
Si Kafka hubiera podido terminar la novela, a lo mejor hubiera decidido que el agrimensor K. llegara finalmente al castillo. K Aunque Borges ya sugirió que el checo jamás habría acabado sus novelas y cuentos inconclusos. Que nacieron para no tener final.
 
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miércoles, 12. junio 2002

¡Yo no he sido!


Lo explica David Miró en el diario Avui de forma contundente (la traducción del catalán, lo siento, es mía): "El objetivo de Aznar con el decreto sobre las prestaciones no ha sido tanto contentar a los empresarios, cosa que ya le va bien, como dividir a los trabajadores, hacerles creer que el culpable de todos sus males es el vecino que cobra el paro de forma fraudulenta, y no el empresario que defrauda millones y millones a Hacienda en paraísos fiscales. Igual que con la ley de extranjería quiere hacer creer que el malo es el inmigrante y con la ley de calidad de la enseñanza que el culpable es el alumno". Y es que, desde que llegó a la presidencia del gobierno, Aznar se ha especializado en echar pelotas fuera. Durante sus primeros cuatro años, la artimaña fue relativamente sencilla: bastaba con culpar a la supuesta herencia socialista. Como la excusa ya empieza a oler, lleva un tiempo acusando, sencillamente, a todo el mundo. A la oposición, a los desempleados, a los conductores que sufren accidentes de tráfico por salir con el coche de vacaciones, al trabajador que quiere hacer huelga un día que, fíjese usted, como que le viene mal. A todo el mundo menos a sí mismo. Igual es presidente del gobierno, pero responsabilidades parece que no tiene ni una. ¿Será éste el gobierno hipertenue que tanto anhelan los liberales? ¿Un ejecutivo cuya única función es recordarles a los demás lo que deberían hacer y reñirles cuando no lo hagan? A este paso y con tanta inocencia de por medio, lo primero que hará Aznar cuando se retire (saliendo a hombros de la Moncloa, agitando las orejas de los sindicatos y el rabo de los nacionalistas -no, él no es nacionalista, es español, claro) será acudir al Vaticano para iniciar los trámites de su propia beatificación en vida. Para ir ganando tiempo. ¿No oléis el incienso?
 
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martes, 11. junio 2002

Sangre verde


Muchos vegetarianos -no todos- lo son por pena. Pobres bichos. Qué crueles somos: los criamos sólo para matarlos. Y comérnoslos. Pero, ¿y si las patatas y las zanahorias gritaran al ser arrancadas de bajo tierra? ¿Y si la lechuga sangrara al cortarla para hacer ensalada? ¿Y si los árboles gimieran al arrancarles sus frutos? ¿A los vegetarianos les daría pena también matar verduras? Porque son seres vivos. Y sienten, aunque no puedan mostrarlo. Los primates son -somos- omnívoros. Lo explica Marvin Harris en Nuestra especie: lo que más nos gusta son las proteínas animales. Si alguien considera que su cuerpo se siente mejor obviando la carne, estupendo. Allá él y que lo disfrute. Si a alguien no le gusta el sabor de la carne, ningún problema, que no se amargue. En todo caso, dejémonos de hipocresías: no es mejor matar una col que una vaca.
 
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domingo, 9. junio 2002

Acústica, eléctrica y electrónica


Maradona, imagen -¿imagen?- del Sónar
Por las calles de Barcelona ya se pueden ver los carteles que anuncian el Sónar, festival de música (supuestamente) avanzada, usando como reclamo a Maradona. Lo cual me trae a la cabeza las críticas que suele recibir la música tecno: que si sólo es ruido, que si no hay letra, que si no dice nada, que si todas las canciones son iguales. Muchas veces se aduce además la ausencia de instrumentos. De ciertos instrumentos, vaya. Especialmente, guitarras eléctricas. La mayor parte de estos criticones es amante del rock, ya sea de grupillos alternativos y supuestamente auténticos que desaparecen a los seis meses después de haber salido al mercado, o de dinosaurios con pasado teóricamente glorioso aunque me temo que mitificado. Curiosamente todos ellos parecen olvidar que prácticamente las mismas críticas que recibe el tecno las recibió el rock en sus comienzos. Y si el demonio a exorcizar en el tecno son los sintetizadores, en el caso del rock fueron las guitarras eléctricas. Marshall McLuhan ya decía que el medio es el mensaje, pero la frase llega aquí a extremos absurdos: se rechazan músicas porque han sido usados sintetizadores; se rechazaron en su momento por el uso de guitarras eléctricas. Se ignoran los resultados, las posibilidades expresivas. La cuestión es entretenerse con meros aspectos técnicos, olvidando la valoración del producto final. Y, en realidad, este producto final no difiere demasiado en ambos tipos de música. En la mayoría de los casos se trata simplemente de cancioncillas más o menos entretenidas y más bien obviables. Ya sean acústicas, eléctricas o electrónicas. No creo que estos odios entre guitarras y ordenadores sean principalmente un problema de generaciones. Los sintetizadores llevan décadas presentes en la música, tanto popular como culta. Y, por ejemplo, quienes abuchearon a Bob Dylan cuando, por primera vez, salió al escenario con una guitarra eléctrica no serían precisamente mucho mayores que el propio cantante. Por no hablar de cuando uno de los componentes de Massive Attack decidió dejar el grupo tras la decisión de usar -otra vez- guitarras. Me temo que en la mayoría de las ocasiones se trata de un rechazo a la novedad por el mero hecho de ser novedad. A veces, ciertamente, ocurre lo contrario: se sobrevalora lo nuevo sólo por ser nuevo. Pero el rechazo al cambio está aún más extendido. Al parecer, a todos nos interesa mantener el status quo. Creemos en una especie de equilibrio precario que hay que procurar no alterar: si funciona, no intentes arreglarlo. Este miedo va desde lo anecdótico hasta lo fundamental. Un nuevo corte de pelo, un diseño atrevido en un automóvil, un género musical más o menos diferente, alguna película narrada de un modo no habitual, un sistema novedoso de pagar los impuestos, una religión. El rechazo es automático. Hasta que nos acostumbramos y valoramos los aspectos positivos que hay en este cambio -si los hay, claro. Pero, pase lo que pase, nunca llegamos a reconocer que estábamos equivocados; que cambiar, en esta ocasión, era cambiar a mejor. Hasta que al cabo de unos años se nos anuncia un nuevo cambio y la situación a la que ya estamos habituados, como es natural, nos parece inmejorable.
 
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