Ya me perdonaréis, pero yo no lo entiendo. Es decir, uno entra en la peluquería y dice: "Hola, quiero que me tiña el pelo de rojo (o de verde, o de azul, o de amarillo pollito)", y el peluquero, que se supone que es un tipo que sabe de salud del cabello y de estética le contesta que sí, claro, sin problemas. En lugar de explicarle que es más saludable lavárselo con amoniaco, o más favorecedor cubrirse la cabeza con un saco de patatas.
En fin.
se ha teñido el cabello de rojo. O eso dice en su entrada del 28 de julio. Y estrena un estupendo diseño de página.
No quiero ponerme melodramático, pero es que a veces, sólo a veces, me da la impresión de que la literatura se ocupa -permitidme expresarlo así- de pijaditas.
Las dudas existenciales de Hamlet, las reflexiones en torno al origen del mal de
Poderes terrenales, las oníricas angustias de Josef K., el paseo dublinés de Leopold Bloom, las confesiones de algún que otro comedor de opio, los pusilánimes adulterios de Madame Bovary e incluso el incesto de Edipo a veces, sólo a veces, me resultan casi insignificantes. Incluso me parece mentira que en otro momento (ayer, mañana) me resultaran poco menos que fundamentales.
Y eso por no hablar de la filosofía: los debatitos acerca del amor y del bien de Platón, el armonioso mundo de Spinoza, las espesas -y fatal escritas- disquisiciones de Kant sobre el tiempo y el espacio, las parrafadas de Schopenhauer acerca de una voluntad que incluso guía el crecimiento de las plantas y los cientos de libros acerca de cualquier cosa que escribió Bertrand Russell. También, directamente, toda la filosofía de la ciencia: Lakatos, Kuhn, Feyerabend, el limitado Popper o -lo pondré en este grupo, aunque merece grupo aparte- Wittgenstein.
Y es que a veces, sólo a veces, cuando delante de mis narices hay gente que lo está pasando realmente mal, me da la impresión de que los libros, por muy bien escritos que estén, por mucho que me hayan hecho pensar y disfrutar, no son más que un pasatiempo, un jueguecito. Y eso a pesar de que soy de los que piensan que no hay nada más serio que un juego, que una broma. Ni recordar
Las uvas de la ira o las mejores novelas de Dickens me quita esa incómoda, pasajera y supongo que exagerada impresión.
Al menos soy consciente de que, en realidad, esto no es así. De que la literatura, sea comprometida -si es que eso existe- o no, es bastante más útil de lo que me parece
ahora mismo. Incluso soy consciente de que los juegos no sólo son útiles -¿pero hay algo
útil, en realidad?- sino sencillamente imprescindibles.
Aunque sólo sea para ver más claro que hay cosas que, sencillamente, están mal.
Pero, en fin, esto sólo me pasa a veces.
Jaime, 25 de julio de 2002, 16:22:36 CEST
En el metro
No es broma, lo juro. Está en el andén del metro, parada Universitat. Al lado de la máquina de refrescos y de la de aperitivos (o sea, cochinadas): una máquina expendedora de libros.
Es una expendedora clásica, normal, vulgar: metes las monedas, le das al número que tenga el libro y la máquina lo deja caer. Para evitar páginas dobladas y arrugadas, los libros, de la colección de bolsillo
Punto de lectura, están plastificados. De la docena de títulos que había, la mayoría eran bestsellers tipo
Memorias de una geisha, aunque también estaban por ahí
La fiesta del chivo, de Mario Vargas Llosa, y
Ensayo sobre la ceguera, de José Saramago.
Resumiendo:
venden libros en el metro. Es decir, a pesar de las encuestas y de algunos columnistas de diario, hay gente que lee y que compra novelas, ensayos y poesía. Y de este modo, es tan fácil y tan normal comprar un libro como una lata de Coca-cola. Sólo hay que subir al metro y tener monedas a mano.
Igual la aportación a la cultura que hace el libro es mayor que la de la lata -siempre que no venga firmado por Lucía Etxeberría, por ejemplo-, pero me parece simplemente fantástico que alguien pueda decir "hoy me he comprado un par de libros" y que en lugar de mirarle
raro -ya sea admirando a ese gran lector o riéndose de esa rata de biblioteca- uno pueda contestar "y yo unos caramelos de menta, ¿quieres?"
Jaime, 23 de julio de 2002, 0:27:02 CEST
Invenciones
Interesante reportaje sobre la memoria en el
Magazine de
La Vanguardia: "El guardián de los recuerdos". El autor,
Santiago Ramentol explica, entre otras cosas, que "la memoria es también representación mental del mundo, una especie de descripción codificada y estructurada que puede guiar el comportamiento". La memoria, afirma, es "una versión del pasado". Y lo que percibimos es "una interpretación mental de la realidad".
Siempre me ha resultado curioso que frases como éstas se asuman casi como evidencias, pero que, por regla general, se quiera excluir a la ciencia de estas características del conocimiento. A pesar, justamente, de que es la ciencia la que ha llegado a estas conclusiones.
Nuestro conocimiento científico, en definitiva, es también una interpretación mental de la realidad, un producto de nuestra mente, una versión de los datos que recopilamos, ya sea de observaciones directas como de supuestamente objetivas máquinas. Máquinas, cómo no, creadas a nuestra imagen y semejanza (valga la blasfemia). En definitiva, la ciencia no existe fuera de nosotros; el mundo no es el lugar donde vivimos, sino nuestra manera de vivir. De todas formas, no dudo -de momento- de que el conocimiento científico sea el más fiable. Aunque quizás no siempre sea el más útil ni el más interesante.
Otro dato curioso que recoge Ramentol acerca de cómo funciona la memoria: "Los investigadores han descubierto, por ejemplo, que algunos recuerdos de la infancia simplemente nunca sucedieron. En otros casos, ocurrieron realmente, pero quienes dicen haberlos vivido no estaban allí. Alguien contó el acontecimiento y, con el tiempo, quedó registrado como una experiencia real. El psicólogo Jean Piaget relata cómo creyó haber sufrido un intento de secuestro, cuando en realidad se trataba de una historia inventada por su nodriza".
No creo que se trate sólo de una característica de la infancia: continuamente estamos inventando recuerdos, embelleciendo puestas de sol, afilando romas frases ya dichas, idealizando unos años pasados más bien vulgares o adjudicándonos la victoria en enconadas (y reconstruidas) disputas, como hace Popper en su autobiografía cuando relata su versión de la disputa con Wittgenstein acerca del atizador.
Total, que casi se puede decir que la vida es una invención. Totalmente imaginaria. Lo triste es que la mayoría de las veces ni siquiera acertamos a inventar algo mínimamente agradable.