Cuando se dice de alguien que no está mal para la edad que tiene, en realidad le estamos llamando viejo y feo. Algo parecido ocurre con Turquía, país del que, razonablemente, sólo se pueden elogiar sus logros políticos y sociales cuando se compara su situación con la de, por ejemplo, Argelia o Irak.
Así pues, no sorprende la preocupación con la que se ha recibido la victoria electoral del AKP, un partido islámico moderado. Muchos temen que su llegada al poder pueda significar un retroceso en ese particular laicismo turco, impulsado y apoyado por el ejército. Preocupación que actualmente es más que comprensible, dado que Turquía es un clásico aliado de Estados Unidos, y Bush no se puede permitir perder los escasos amigos musulmanes.
De todas formas, el líder de este partido, Recep Tayyip Erdogan, ya
ha asegurado que su intención no es sólo mantener la democracia laica del país, sino además seguir eliminando obstáculos a los derechos humanos, como la tortura o las trabas a la libertad de expresión. En
La Vanguardia se recoge la voluntad de este partido de presentarse casi como una de las clásicas democracias cristianas europeas. Sólo que islámica en lugar de cristiana, claro está.
De momento, no veo por qué hay que dudar de la sinceridad de Erdogan. Su partido puede ser islámico, democrático y plural, siempre que este islamismo siga las ideas e interpretaciones más abiertas e incluso más heterodoxas de la religión. Además, y aunque la comparación pueda no servir de mucho, las democracias cristianas no quemaron brujas ni obligaron a nadie a ir a misa los domingos.
Así pues, y como vivo a bastantes kilómetros de Ankara, me permito el cómodo lujo de ser moderadamente optimista. Si el AKP consigue gobernar con cierta dignidad, podría ser una buena prueba de que el islam es compatible con una sociedad laica. Y esto podría significar un buen avance en la modernización definitiva de Turquía, además de un ejemplo para otros países islámicos.
Jaime, 5 de noviembre de 2002, 8:40:06 CET
Cuadrado negro
Hans Magnus Enzensberger se ríe en
Mediocridad y delirio de las teorías que presentan la televisión como fuente de todos los males, simplemente porque este medio no puede ser fuente de nada. La televisión, según Enzensberger, es un medio de comunicación "cero". Es decir, no importa lo que se vea, ya que "el espectador conecta para desconectar". Así, el medio no aspira más que a ser como ese cuadrado negro de Malevitch y a atraer a la audiencia justamente por su ausencia de contenido. Enzensberger ni siquiera salva las buenas películas que podamos ver: "La fascinación estética del cine -explica- no puede reproducirse en la pequeña pantalla; queda destruida por el ridículo formato, las interrupciones de los espots publicitarios y la repetición indiferente y sin fin. El arma secreta del telespectador, el temible mando a distancia, asesta a la película el golpe de gracia".
Esta ausencia de contenidos reales de la televisión cuadra con la obsesión de los partidos políticos por contar los minutos que los telediarios dedican a hablar de sus líderes (y a dejarles hablar). "Mientras el pobre ministro se imagina poder influir en la opinión y en los actos del telespectador -remata Enzensberger-, las frases hueras de sus declaraciones satisfacen la necesidad del público de que no se le importune con contenidos que le obliguen a pensar".
La verdad es que el trato de idiotas con el que nos honran los políticos se ve potenciado por la televisión, que busca la carita sonriente y la frasecilla más o menos lapidaria. Pero, por lo que dice Enzensberger, podría ser que el trabajo que se toman estos políticos por controlar el medio no sea más que una pérdida de tiempo. Porque parece que el hecho de que la mayoría de gente vea programas estúpidos no se debe a que estos espectadores sean también estúpidos (y controlables), sino a que se ríen del tonto de turno que aparece por esa caja negra para distraerlos.

Jaime, 31 de octubre de 2002, 19:44:51 CET
Filosofía cuántica
La física va muy por detrás de la filosofía. Después de admitir como idea válida -con cierta sofisticación, eso sí- la existencia de átomos que propuso Demócrito unos 400 años antes de Cristo, los científicos llevan prácticamente un siglo intentando explicarnos algunas de las ideas de George Berkeley, filósofo y obispo irlandés, nacido en 1685 y muerto en 1753.
Según la física cuántica, como explica Luis González de Alba en
El burro de Sancho y el gato de Schrödinger, en el mundo subatómico "valores como velocidad, spin, posición y trayectoria, no existen antes de que sean determinados por una observación. Esto resulta tan contraintuitivo como decir que un automóvil con el velocímetro descompuesto no tiene velocidad".
Todo esto no es más que una versión algo más técnica de lo que explicaba Berkeley en el siglo XVIII. Éste aseguraba que todo lo que existe sólo existe en la medida en que es percibido por alguien (sea una persona o Dios mismo). El famoso esse est percipi, vaya.
Quizás si los físicos supieran algo más de filosofía, la ciencia avanzaría más rápido. Simplemente porque podrían robar las ideas de los filósofos directamente, para luego buscar las ecuaciones y demostraciones que las validaran. No, no suena tan mal como parece. De hecho, es método científico: partir de una hipótesis e intentar demostrarla. Eso sí, me pregunto quién será el próximo filósofo más o menos olvidado que recibirá la involuntaria y descuidada visita de la física.
Jaime, 30 de octubre de 2002, 17:26:54 CET
Vamos a contar mentiras
-Inventemos recuerdos -sugirió Silvia-. Creo que voy a convencerme a mí misma de que tú y yo fuimos novios. Sí, yo quería que fuéramos simplemente amigos, como siempre, pero insististe tanto que al final accedí. Fue un error y duró muy poco: nunca me gustaste demasiado, ni siquiera desnudo. Ah, pero qué bien nos lo pasamos en aquel viaje a Moscú.
-Silvia -le dije-, déjate de tonterías.
-¿Por qué dices eso?
-Pues porque jamás pasó nada así. Tú y yo nunca hemos salido juntos. Por suerte para ambos. Ni hemos estado en Moscú.
-No te creo -contestó ella.
-Pero si es la verdad.
-A ver, Jaime, si yo estoy inventando recuerdos, ¿cómo puedo estar segura de que no lo estás haciendo tú también?
Jaime, 29 de octubre de 2002, 18:14:21 CET
Interruptores
Es habitual la confusión entre presagio y causa. El presagio es irracional, personal, supersticioso. Puede ser incluso irritante. Hoy me he cortado al afeitarme, por lo tanto, no voy a tener un buen día. Me he despertado antes de que suene el despertador, así que me irá bien el trabajo. Nuestros presagios, hay que admitirlo, no suelen acertar, aunque recordemos con alegría los que dan en el clavo.
En cambio, con las causas y sus efectos, hay poco margen de error. Si giro la llave, el coche se pondrá en marcha. Tras contar un buen chiste, se oirán carcajadas. Cuando un presagio falla, lo normal es que nos olvidemos del tema. Si una causa no produce el efecto esperado, nos preocupamos y buscamos una explicación.
Pero las diferencias a veces son difusas. Por ejemplo, estamos convencidos de que hay una relación de causa y efecto en el hecho de apretar un interruptor y que se encienda la luz, a pesar de que no tengamos ni idea de cómo funciona la instalación eléctrica. En cambio, vemos como algo sorprendente estar seguros de que alguien nos va a llamar, suene en seguida el teléfono y sea justo esa persona. Cuando puede que haya por en medio un proceso semejante al de la lámpara, sólo que no hemos sido conscientes ni de cuándo ni de cómo hemos apretado ese interruptor. No hablo de magia, hablo, simplemente, de pequeñas causas que no somos muy hábiles en reconocer.