Me gusta verla con bata blanca, cuando me cuelo en el consultorio con mi número y mi tarjeta de la seguridad social. A ella le desagrada que yo vaya allí tan a menudo; insiste además en que no es ético, en que debo cambiar de médico. Pero me examina igual, toda seria. El otro día me estuvo mirando los ojos. Ella dice que no tengo nada, pero yo me los noto muy irritados, cada vez más. Creo que tengo algún problema en la córnea.
Es mi media naranja, no hay duda. Yo, frágil y enfermizo; ella, doctora en medicina. Nos complementamos perfectamente, somos el ying y el yang personificado. Aunque a ella le falte paciencia. Yo comprendo que no quiera hablar de trabajo al salir de la consulta, porque al fin y al cabo se trata de un trabajo como cualquier otro. Pero no es mi culpa si, por ejemplo, a mí me ha salido un lunar sospechoso. No le cuesta nada echarle un vistazo. Y la semana pasada, cuando fuimos de urgencias, sentía realmente ese terrible dolor. Estaba convencido de que tenía apendicitis, de que me tendrían que operar. Al final no fue nada, gracias a Dios. Por cierto, me duele la cabeza. Igual es por pasar tantas horas frente al monitor, trabajando. Aunque últimamente me duele algo más de lo normal. Ya le preguntaré. Podría ser un tumor cerebral: es un síntoma típico.
Aún recuerdo cómo la conocí. Ella todavía trabajaba en el hospital y yo ingresé con un infarto. Bueno, con un dolor a la altura del corazón. Resultó no ser nada. Ni una angina de pecho, a pesar de que notaba una sensación extraña por todo el brazo. Ella me examinó y me hizo las pruebas. Me gustó: era guapa y, a pesar de ser joven, sabía lo que hacía.
Esperé a que acabara su turno y la invité a un café, con la excusa de que me había salvado la vida. Ella no quería aceptar, claro, tenía miedo de que estuviera chiflado, pero al final accedió a tomar algo en el mismo bar del clínico. Me explicó que quería especializarse en medicina general. Pensé que a mí me vendría muy bien una novia así, por mis achaques. Lo tuve mal aquellos días para conquistarla, porque tenía miedo de haber cogido la variante humana de la enfermedad de las vacas locas y no pasaba por mi mejor momento. Por suerte, las cosas salieron bien. Ay, el amor. El otro día me dijo una cosa preciosa. Me sentía fatal, con décimas de fiebre y me explicó que aquí en Barcelona no podemos coger la malaria, a pesar de que yo insistiera en que tenía todos los síntomas. ¿No es una buena noticia?
Jaime, 25 de octubre de 2002, 15:57:49 CEST
Conservadores
Los partidos de derechas son cada vez menos conservadores y más liberales. Han dejado de lado sus referentes: la tradición, la familia, la defensa del orden y la seguridad, tanto militar como económica. Casi lo único que defienden es el derecho al afán de lucro, amparándose, claro, en el supuestamente perfecto mercado libre.
Aunque parezca extraño, estos referentes de la vieja derecha han sido recogidos por los partidos progresistas. Los socialdemócratas se han convertido en los únicos que defienden la protección contra ese riesgo económico que tanto gusta a los liberales, ya sea mediante subsidios de desempleo, exigiendo que no se abaraten los despidos o proponiendo ayudas para sectores concretos (especialmente la agricultura). La izquierda ha pasado a defender la institución familiar (aunque no la identifique únicamente con la familia clásica), exigiendo aumentos de las ayudas a las familias y un mayor número de viviendas de protección oficial. También suelen ser partidos respetuosos con las tradiciones, aunque lleguen a caer en multiculturalismos y relativismos algo idiotas.
Así pues, las derechas liberales se han convertido en adalides de propuestas más bien carniceras, que deshacen todo tejido social, toda protección, en nombre del individualismo de mercado. Hoy día los partidos propiamente conservadores son los socialdemócratas, ya que son, simplemente, los únicos que quieren conservar algo.
Jaime, 23 de octubre de 2002, 16:19:54 CEST
Nosotros los iberos
Curioso que se recurra a los iberos (o íberos) para hablar de una supuesta identidad y unidad primigenia de España. Leo en el
Diccionario Akal de las Religiones, editado por Giovanni Filorano, que "en el plano cultural es difícil aislar los rasgos comunes [de los iberos], por lo que sólo gracias a la básica homogeneidad del alfabeto y de la lengua, a lo que se podría añadir el origen clásico de su arte, podemos hablar de 'unidad ibérica'".
De acuerdo, el alfabeto, la lengua y el arte no son pocos puntos de unión. Pero el texto añade que "las fuentes -sobre todo las arqueológicas- ponen de relieve una profunda diferencia entre regiones (p. ej. Andalucía y Cataluña), incluso en el plano de las creencias y prácticas religiosas. Asimismo, cuando ofrecen testimonios de costumbres y usos difundidos por todo el territorio, les falta el indispensable carácter de lo peculiar".
En resumen, en caso de que se pueda hablar de una supuesta Protoespaña, cuya existencia es más que dudosa, hay que tener bien presente que ya entonces se trataba de una Protoespaña puñetera, con sus protonacionalismos, protoregiones y protosoberanismos.
Jaime, 22 de octubre de 2002, 16:10:23 CEST
Ética y clones
Interesante -y preocupante- lo que explica en
La Vanguardia Axel Kahn, director del Instituto
Cochin de Biomedicina. Según Kahn, la clonación humana con fines reproductivos (y no sólo terapéuticos) será un hecho, por mucho que se intente (y se deba) frenar. "Debemos empezar a preocuparnos ya -avisa- de cómo ayudar a las personas que serán pronto las primeras víctimas de la clonación y al mismo tiempo tratar de impedir que existan más víctimas".
El trato de víctimas a los futuros humanos clónicos puede parecer exagerado, pero algo sí que es evidente: el capricho de unos inconscientes puede traer al mundo estos experimentos éticos y genéticos. Los problemas éticos acerca de la conveniencia y de los límites no ya de la clonación, sino también de la manipulación genética, son evidentes y hay que comenzar a tratarlos. ¿Es necesario que una pareja estéril recurra a una copia genética para tener un hijo que ellos puedan considerar "propio"? ¿Se atenta en algún momento contra la dignidad humana? ¿Puede haber problemas de encaje en la sociedad -que no es poco- por parte de estos clonados, una vez tomen conciencia de su naturaleza de fotocopias genéticas? ¿Tienen derecho los padres a decidir la manipulación genética de sus hijos (por ejemplo, para escoger el sexo, el color del pelo o la altura)? ¿Dónde está el límite? ¿En la mera enfermedad? ¿Sólo en enfermedades graves? ¿Podría el hijo llegar a quejarse -incluso demandar- a sus padres por una elección que considere errónea?
Los problemas no son fáciles de resolver, ni mucho menos. Más grave es que nadie se ocupe en serio de ellos. La mayoría de los científicos prefieren dejar de lado las cuestiones éticas y centrarse en su mera actividad. Muchos llegan a confundir ateísmo o laicismo con liberación de todos estos planteamientos éticos. En cuanto a los filósofos, apenas Habermas ha publicado un librito más bien tibio,
El futuro de la naturaleza humana, en el que casi ni acierta a plantearse con algo de dignidad estos problemas.
Más optimista es Kahn (menos mal) con el clonaje terapéutico y el uso de células madre para reconstruir, por ejemplo, órganos dañados. No sólo lo ve como un importante avance, sino que además añade una impecable visión acerca del trato que se ha de dar a los embriones que, explica, no son meramente "cosas": "Merecen un respeto -asegura- en cuanto que forman parte del proyecto de la vida humana". Y es justamente en virtud de este respeto que se les ha de dar "la oportunidad de coadyuvar al proceso de curación de seres humanos", para así "integrarles en la cadena solidaria de la vida". Añade que, de otro modo, estos embriones "desaparecerían sin más". La disyuntiva no es entre dignidad de persona y "cosa", sino, simplemente, entre vida o muerte. La visión de Kahn, pues, me parece incluso cristiana, a pesar de muchos cristianos. Es más, me atrevo asegurar que este punto concreto del debate (qué hacer con los embriones que "sobran" tras las fecundaciones in vitro) quedará aparcado en no mucho tiempo, del mismo modo que ya casi ningún cristiano se plantea qué pasará con los órganos trasplantados el día de la resurrección.
Jaime, 21 de octubre de 2002, 0:21:23 CEST
Bitácoras (un apunte)
Las bitácoras, más que una revolución, son un espasmo.