Estoy absolutamente convencido de que un día la medicina descubrirá que el café y el chocolate lo curan todo.
Encuentro una vieja revista de mi padre en un cajón olvidado:
Paraliteraturas, número de noviembre de 1973. La revista no es gran cosa y ni siquiera sé por qué la guarda. Tal vez la encontró en casa de mis abuelos y le hizo gracia verla de nuevo. Quizás simplemente le trae recuerdos de cuando tenía la edad que yo tengo ahora. Ya le preguntaré.
Encuentro un artículo curioso:
Cómo identificar un mal cuento, firmado por un tal Javier Salvador, que asegura ser poeta. Dice Salvador que pretende "ofrecer una breve guía de apoyo para el lector moderno, asediado no sólo por el trabajo y la familia, sino también (y éste es el tema que nos ocupa) por las cada vez más innumerables novedades editoriales, además de los volúmenes prestados por amigos y bibliotecas. En
Paraliteraturas comprendemos que el ciudadano de provecho de hoy no puede dedicar tanto tiempo como quisiera a la lectura. Y sabemos que es terrible desperdiciar horas leyendo libros que al final resulta que no merecía la pena leer. Claro que las reseñas literarias son útiles, además del propio instinto del lector (por poco entrenado que esté), pero nunca sobra algo de ayuda extra".
Salvador presenta en su artículo una serie de características que, asegura, "son propias de cuentos y novelas mediocres". Aunque avisa de que "se trata sólo de un indicativo, de una serie de pistas para el lector agobiado y con menos tiempo del que quisiera. Rasgos que se pueden apreciar en las primeras páginas (con suerte) o tras una breve prospección en diagonal, en busca de palabras y frases clave que animen o desalienten". Y añade: "Que un cuento posea alguna de estas características no quiere decir que necesariamente sea malo. Pero vaya esta lista a modo de inventario de indicios".
Explica, por ejemplo, que es mala señal que la narración comience hablando del tiempo, "como en una de esas charlitas de ascensor", especialmente si se sigue alguno de los siguientes modelos: "1) Era una mañana fría y lluviosa. 2) En una tarde extremadamente calurosa de principios de julio. 3) Las primeras hojas de otoño tapizaban el suelo de la ciudad."
Alerta también contra ciertos finales; "sé que no es muy útil avisar sobre lo último que se ha de leer, pero al menos que consten". Sobre todo aquellos en los que todo ha sido un sueño o "el protagonista acaba ingresado en un psiquiátrico".
Salvador tiene además reparos con los relatos en los que las palabras vida, amor, verdad, sexo o belleza se encuentran, de media, más de una vez por página, "y más si estos sustantivos se escriben con mayúscula".
Por último, recomienda desconfiar de los libros en los que los personajes tienen nombres extranjeros y viven en Nueva York. "A no ser -avisa- que el autor sea extranjero y viva o haya vivido en dicha ciudad".
Seguramente arbitrario y quizás incluso incompleto. Pero tiene la decencia de nombrar una excepción, "para que no se tome como ley lo que no es más que un primer ensayo o, incluso, una mera colección de manías propias. La novela que comienza con las palabras 'en una tarde extremadamente calurosa de principios de julio' no es otra que
Crimen y castigo, del grandísimo Dostoievski".
Jaime, 7 de noviembre de 2002, 11:38:52 CET
Se necesita título
Un tópico bastante tonto asegura que las universidades son fábricas de parados. Bien, es posible que tenga algo de cierto. Pero en todo caso, no es tarea de las universidades fabricar trabajadores. Muchos se quejan también de que un título universitario no sirve para nada; de que, al hacer honor a su nombre y universalizarse, la universidad simplemente se ha devaluado. Alguno lamenta que una carrera no le servirá más que para acabar sirviendo en un restaurante cualquiera de comida rápida. Quizás lo que ocurre es que no ha de servir para nada más: un título no es (ni ha de ser) una especie de vale por un despacho. Aunque quizás las universidades son tan grises y mediocres por culpa de que tanto alumnos como profesores se empeñan en tal cosa.
No veo nada malo en que cada cual pueda estudiar lo que le dé la gana sin tener en cuenta el dichoso mercado de trabajo. Ni siquiera temo que por eso aumente el número de parados. Siempre habrá una mayoría que optará por estudios que prometan un buen sueldo a cambio del título. Otros muchos seguirán escogiendo carreras de perfil más técnico, que sí preparan profesionales (o al menos lo hacen en mayor medida). Además, si cambiara esta manera de ver la universidad, más de un chiflado accedería a una licenciatura sabiendo positivamente que se tendrá que ganar la vida de otro modo, pero que merece la pena dedicar al menos unos años a estudiar algo que realmente le gusta. Cosa que, por otro lado, no es indispensable que se haga en la universidad, pero ése sería otro tema.