Javi deja la taza de café y me muestra las palmas de sus manos.
-Lo que oyes -me dice-, soy un mago. O un hechicero, no sé cuál es el termino más adecuado.
-¿Idiota, quizás?
-Que no, de verdad. Hoy le he dado a dos interruptores, para encender la luz. Y las dos veces se han fundido las bombillas de las lámparas.
Le hablo de casualidades. De que no tiene nada de raro que se fundan bombillas. De que parece mentira que esté hablando en serio. De que baje la voz, que el resto de clientes del bar nos mira.
-No, no lo entiendes -insiste-. Esta mañana me he despertado con un cosquilleo especial en los dedos. Llevo todo el día notándolo. Estoy cargado mágicamente de electricidad. El jersey de lana se me ha pegado al pelo.
-¿Y eso qué tiene de raro?
-¡Pero es que ha sido con más fuerza de la normal! Casi me asfixia.
-Javi, por favor...
-Esta tarde, cuando ya oscurecía, he encendido la luz de mi cuarto y ¡paf!, ha petado. Y luego en el baño lo mismo. Tengo que aprender a controlar mi poder: mear a oscuras es complicado.
-Te estás quedando conmigo, ¿verdad?
Javi se calla. Me mira casi enfadado. De repente, noto un brillo en sus ojos; su boca medio sonríe en ademán de desafío.
-Mira, allí -dice, señalando lo que parece el interruptor de las luces del bar, junto a la barra.
-No, ni se te ocurra...
Pero no hay modo de frenarle. Sale disparado hacia el botón blanco. Los camareros le miran extrañados, pero, claro, quién iba a pensar que quería hacer algo así.
Apretó el interruptor con dos dedos.
Todo quedó a oscuras.
-¡Ja! Y ahora ¿qué? ¿Lo ves, Jaime? ¿Lo veis, todos vosotros?
-Javi -le digo, sin apenas alzar la voz.
-¿Qué...?
-Vuelve a encender la luz, por favor.
Se oye un clic y todos nos volvemos a ver las caras. Javi ni siquiera está ruborizado. Sólo muestra un falso y exagerado orgullo. Y aprieta mucho los labios.
-Claro -dice al fin, dirigiéndose no sólo a mí, sino también a los camareros y al resto de clientes-, es que así no funciona.
Jaime, 19 de noviembre de 2002, 0:14:55 CET
Secuestros
Esta tarde, un chaval de 17 años
retuvo durante unas cuatro horas a 20 niños en un colegio de L'Hospitalet. El muchacho tenía un cuchillo y pedía un millón y medio de euros. Que, regateando con la policía, rebajó a un millón justito.
A las ocho y media, cuando ya había acabado todo, me crucé por la calle con una señora que intentaba ponerle un abrigo a su hijo de cuatro o cinco años. El niño se resistía, apartando los brazos cuando su madre pretendía agarrarlos. Para más inri, el chico miraba al vacío con los ojos bien abiertos y poniendo cara de inocentón, como si no fuera con él la cosa; actitud que sacaba aún más de quicio a la señora. Tras un último forcejeo, la madre consiguió enfundar al rubito en su anorak, y, casi maldiciendo su mala suerte, le dijo:
-A ti no te secuestrarán, no.
Jaime, 18 de noviembre de 2002, 0:46:41 CET
El abate Moigno (borrador en forma de collage de la mano de Google)
En el delirante
Isis sin velo, de Madame Blavatsky, leo que "en ciertas ocasiones resulta tan interesante como constructivo observar de cerca las frecuentes escaramuzas entre la ciencia y la teología. pero no todos los hijos de la Iglesia son tan desdichados en defenderla como el
abate Moigno de París, quien, a pesar de sus buenas intenciones, fracasó en el empeño de refutar los librepensadores argumentos de Huxley, Du Bois-Raymond y otros tantos, para recibir en recompensa la inclusión de su obra en el índice de libros prohibidos por Roma".
Lo que le pasó a Moigno, por paradójico que suene, no es excepcional. Al mismo Balzac le ocurrió otro tanto: cada vez más conservador y católico, le sentó como un tiro que sus novelas de amor fueran incluidas en el índice antes mencionado. Es más, Moigno no fue el único religioso de la época entusiasmado por los avances científicos del momento e interesado en divulgarlos y conciliarlos con la doctrina cristiana. A pesar de todo.
De todas formas, me llama la atención su historia y, después de consultar, sin éxito, la enciclopedia, me lanzo a Google, a ver qué encuentro.
Sigue leyendo "El abate Moigno"
Jaime, 16 de noviembre de 2002, 15:15:20 CET
Un regalo
Pues sí. Este nuevo diseño me lo ha regalado
Txema, a quien no sólo le gusta trastear con estas cosas sino que aún no había hecho su buena acción del mes.
De todas formas, hay que decir que yo he seguido este proceso muy de cerca. Aunque sólo mirara, como los jubilados en las obras. Eso sí, gracias a este rediseño ajeno y propio a la vez, he podido leer alguna de las frases del argot de los expertos en estos temas. Como "me cagüen la madre que parió a los inventores del morcilla" o "no sé dónde poner el puto calendario". Aunque yo llevé a cabo una dura tarear: copiar y pegar el código. Sonará increíble, pero hasta eso me salió mal. Y me extraña: con lo que me gustan los plagios.
Lo primero que llama la atención, imagino, es la foto de cabecera. La decadencia de esa foto es evidente. Sólo hay que fijarse en que ambos pilotos están con los ojos cerrados. "Por eso decaen -escribió
Txema- y, además, un avión es un ingenio, ¿no?"
Ahora ya sólo queda volver a decir muchas gracias, Txema, y disfrutarlo.
Jaime, 15 de noviembre de 2002, 12:37:52 CET
Destripar
Leo que la novelista
Patricia Cornwell asegura que el pintor Walter Sickert fue Jack el Destripador. Sickert siempre ha sido uno de los sospechosos habituales, hasta el punto de que un supuesto hijo ilegítimo suyo confesó en el lecho de muerte los crímenes del pintor. Crímenes que podrían formar parte, se supone, de una especie de conspiración masónica para ocultar que el nieto de la reina Victoria, el Duque de Clarence, era un putero impenitente y sifilítico. Aunque yo no tengo muy claro qué tiene que ver la masonería con las conspiraciones, a pesar de
El péndulo de Foucault.
No conocía a Walter Sickert. Pero resulta que fue un impresionista británico que se hizo medianamente conocido a finales del siglo XIX por sus pinturas de artistas y escenas de teatro. En 1908 y 1909 pintó una serie de cuadros en los que aparecían prostitutas, a veces aparentemente muertas, en una habitación en la que también había un hombre vestido. Así nació el mito. Aunque igual su apellido, que contiene la palabra
sick ha ayudado a pensar mal de él.
Sickert era, pues, pintor. Eso seguro. Y, quizás, asesino. Cornwell se ha dejado unos cuatro millones de dólares para intentar demostrarlo. Parece que las pruebas de ADN son caras. Compró además cartas del artista, su escritorio y treinta y un cuadros. Así pudo llevar a cabo las pruebas necesarias. De hecho, para saber si un señor ya muerto asesinó a cinco mujeres hace más de un siglo, Cornwell tuvo que
sacrificar una de las pinturas. La destripó.