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La carga de los inmortales
Los más pesimistas aseguran que dentro de una o dos décadas se podrá contar con fármacos eficaces para alargar la vida. Sí, he dicho los más pesimistas: sólo hay que ver el tono en el que <a href=www.periodistadigital.com>El País trata este tema, centrándose en el paro juvenil, la necesidad de recursos para mantener a tanta gente tan mayor y la escasa capacidad de previsión y respuesta de los políticos. Es decir, los ancianos son y serán un problema, y esos cuentos de ciencia ficción en los que el Estado se encarga de quienes superan cierta edad no parecen tan lejanos. Cuando digo "se encarga" quiero decir, claro, que los asesinan, para evitarse molestias. El cuento más divertido de los que he leído al respecto es "Zero a Malthus", de Pere Calders, incluido en su Invasió subtil i altres contes. Después de que los japoneses descubrieran el suero de la vida eterna, el Estado ha de eliminar a quienes superen los setenta y cinco años, siempre que no sean declarados de interés nacional o de utilidad pública -sólo aplicable a genios y demás, eso sí-, en cuyo caso pueden obtener prórrogas o incluso permiso para ser inmortales. El pobre Valentí, que ya ha cumplido los setenta y cinco, intenta acceder a este estatus, pero sólo rellenando el cuestionario ya ve que le resultará imposible. Cuando llega al apartado de condecoraciones, por ejemplo, apenas puede anotar una medalla de bronce en un concurso de tiro al plato. O sea, que parece que vivir, simplemente vivir, será un incordio. Es más, puede llegar a ser un crimen. Quien se empeñe en superar cierta frontera será un insolidario, un ladrón, un inconsciente, a pesar de las pocas ganas que tenemos de morirnos y de la buena voluntad de quienes trabajan en esos fármacos para alargar nuestras vidas.
Espaldas y ofensas
Resulta que la espalda de una mujer con la marca de un tanga ofende. No a todos, claro, sólo a algunas asociaciones de consumidores, a unos pocos municipios y a unos cuantos políticos. La espalda es una de las fotos de la última campaña de promoción turística de España, cuyo lema es "España marca". Ante las protestas de quienes encuentran vejatorio usar el cuerpo femenino como reclamo, la imagen ya ha sido sustituida por una foto de playitas. O sea, por otra imagen más o menos igual de (poco) original Entre las restantes veintiuna imágenes de la campaña hay otra espalda. Ésta, de un hombre. Nadie se ha quejado, porque, como todo el mundo sabe, usar en publicidad un cuerpo femenino -en este caso, una espalda casi perfecta- es vejatorio y atenta contra la dignidad de las mujeres, pero usar el cuerpo de un hombre no atenta contra nada.

Chávez y el poder
Yo comprendo que la gente trabaje. Más que nada porque hay que comer, vestirse y demás. También estoy dispuesto a admitir que haya algún afortunado que disfrute trabajando. Incluso que se sienta realizado, aunque eso ya me cueste más de creer. Ya puestos a hablar del tema, tampoco tengo inconveniente en afirmar que está claro que la de político no es una profesión como las demás y que implica, como mínimo, más voluntad de servicio y, al mismo tiempo, una cara más dura que en la mayoría de oficios. Ni siquiera creo que sea muy agradable ejercer de político. Uno trabaja mucho, o eso parece. Aún se recuerda, por ejemplo, aquel reportaje en el que se explicaba que la luz del despacho de José María Aznar se apagaba muy tarde por la noche y se encendía muy pronto por la mañana. O eso decían los siempre ecuánimes servicios informativos de Televisión Española. En todo caso, no es una tarea muy agradecida. Unos pocos pasarán a la historia como grandes estadistas y constructores de su nación, pero lo normal es que, simplemente, se les olvide como los grises funcionarios que son en su mayoría, o, peor, que se les odie. Además, si esta gloria llega, suele llegar después de la muerte, y a mí me da que los señores diputados, por poner un ejemplo, son más bien muy terrenales. Por todo esto, me parece natural pensar que la de político ha de ser una profesión temporal. Nadie en su sano juicio debería tener ganas de pasarse más de ocho o diez años trabajando de sol a sol y siendo insultado en manifestaciones y periódicos. O peor, siendo ignorado excepto cuando llega el momento de acatar la disciplina de voto en el Parlamento. Y si fuera sólo la de voto, aún, porque parece que disciplina y docilidad es lo más frecuente en el mundillo este: mandar, lo que se dice mandar, no son muchos los que mandan. En todo caso, y por mucho que algún masoquista disfrute con estas ofensas, al menos ha de trabajar pensando que es un puesto temporal. Más que nada porque a la mínima a uno lo echan del despacho, por las buenas (elecciones) o por las malas (el resto de métodos) y, o se está más o menos concienciado, o a uno le puede sentar ese despido como un tiro. A veces en sentido literal. Por eso me extraña que Hugo Chávez no sea capaz de convocar elecciones y largarse tranquilamente a casa. Me resulta rarísimo que se agarre a la poltrona con tanta fuerza, hasta el punto de que su enconado aferramiento sea bastante paradigmático de lo que ocurre a veces con los políticos: se quedan atrincherados en sus despachos y nadie sabe por qué no ceden. O por qué no han cedido antes, cuando aún podían salir bien parados. ¿Tan agradable es eso del poder? Y, por cierto, ¿alguien sabe qué clase de placer produce? Si es que trae alguno consigo, vaya. No creo que Chávez lo esté pasando bien -aunque, tal y como están las cosas, no me preocupa demasiado-, no creo que se sienta realizado haciendo lo que hace, y, desde luego, dudo mucho que lo mejor para los ciudadanos del país sea que se mantenga en su puesto sólo porque le apetece, a pesar de las semanas de huelgas, de su posible implicación en el asesinato de civiles en manifestaciones, de que haya periodistas que tengan que salir a la calle con chalecos antibalas, del encarcelamiento de opositores y de que en su nombre se coloquen bombas. En resumidas cuentas, me cuesta entender que alguien quiera ser político. Y me resulta aún más inconcebible que alguien quiera serlo como Chávez, a cualquier precio. No veo la satisfacción o la ventaja que nadie pueda sacar de tanto crimen y de tanto empecinamiento.
Viajeros y turistas
Josep Maria Romero decidió dar la vuelta al mundo sin subirse a ningún avión, sin comprar ningún recuerdo y con sólo una mochila a cuestas. Eso está explicando por la radio. Ha tardado catorce meses, a pesar de que Phileas Fogg tardó 80 días en realizar un trayecto parecido usando medios de transporte aún más lentos. También hay que decir que Romero no se había apostado nada. Este hombre tiene derecho a hacer lo que le apetezca, por supuesto. Si hay gente que se impone reglas arbitrarias para comer -beber dos vasos de agua antes de comenzar o dejar para el final las patatas fritas- y nadie dice nada, él también puede viajar como le apetezca. Lo que me molesta -a mí también me puede molestar lo que yo quiera- son esos aires de superioridad que estos viajeros mártires acostumbran a mostrar sobre el clásico turista de agosto. Su forma de viajar es la mejor porque ellos sí que conocen de verdad los países que visitan, y no como esos mamarrachos con cámaras y sandalias, que no hacen más que visitar los lugares más típicos y tópicos, siguiendo a un guía aburrido que repite el mismo discursito cada semana y en cuatro idiomas diferentes. A mí, sinceramente, ambas formas de viajar me parecen en realidad formas de mortificarse. Los snobs que se obligan a sí mismos a subirse a un barco infecto o a dormir en cualquier pensión llena de insectos y arácnidos, en lugar de optar por un avión y un cómodo hotel, parece que sientan remordimientos de conciencia por el placer que supone irse de viaje. Es como si pensaran que algo agradable no puede ser también bueno, que ciertas cosas sólo resultan enriquecedoras si van acompañadas de disgustos e incomodidades. Por su parte, los turistas típicos dan la impresión de que, en realidad, no quieren viajar y sólo lo hacen porque todo el mundo dice que hay que hacerlo. Así, lo mejor es acabar cuanto antes y convencerse a sí mismos de que pasar por cuatro ciudades en tres días es más que suficiente. En ambos casos, eso sí, de lo que se trata es de sufrir moderadamente durante unos días para volver a casa afirmando que viajar enriquece. No sé, pero me da que los primeros sólo regresan con alguna extraña infección y bastante dolor de espalda, mientras que los segundos traen de vuelta una lámpara con forma de Partenón -las hay- y una indigestión de bombones con la cara de Mozart -o peor, de Sisi- en el envoltorio. No veo mucha diferencia entre estos extremos.
Certificado de buena conducta
Yo creía que oponerse a cualquier guerra por sistema no podía levantar suspicacias. Es una postura que hay que matizar y explicar en algunos casos, pero nunca justificar. Y es que, vaya, no tiene nada de raro que uno quiera que los problemas no se solucionen a tiros. Pero resulta que no es así, al menos en lo que se refiere a la posible y futura guerra contra Iraq. Porque para criticarla hay que dejar bien claro antes que nada que también se está en contra de Eta, que no se está a favor de la dictadura de Sadam Husein, que no se siente animadversión hacia el pueblo estadounidense y que en 1939 (si no antes) la guerra contra Hitler estaba justificada. Así, después de dejar claro todo esto -que uno ya tenía claro mucho antes de que le exigieran un certificado de buena conducta- ya se está legitimado para expresar dudas acerca del conflicto en cuestión. Ahora, a pesar de todo, nada nos libra de que el propio presidente del Gobierno nos llame ingenuos y desinformados, con toda la tranquilidad que le da saber que tiene la jubilación a la vuelta de la esquina. Eso sí, después de llamarnos tontos y víctimas de los demagogos, nos pide que le comprendamos aunque no estemos a su altura (un hombre de Estado tiene que hacer lo que un hombre de Estado tiene que hacer) y que le creamos básicamente porque sí. Una vez llegados a este punto, yo reconozco que ya no entiendo nada. O que prefiero no entender. Total, a Aznar le quedan dos telediarios, y no merece la pena preocuparse por ese preocupante porque sí. Mejor esperar a ver quién le sustituye en la Moncloa (sea de su partido o de otro) y confiar en que no le dé también por creer que el mundo (o al menos España) es un pañuelo y que además ese pañuelo lo tiene bien plegadito en su bolsillo.
