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Inevitable (1)
Dentro de unas 48 horas podremos disfrutar de una de esas guerras rápidas sin bajas estadounidenses, en las que apenas muere un puñado de civiles y en las que se consiguen impresionantes avances tecnológicos. La guerra acabará dentro de unos días, con la instauración de una democracia en Iraq semejante a la que hoy disfrutan los afganos justo antes de caerse de la cama. De paso, se acabará con el terrorismo internacional, Estados Unidos impondrá la seguridad en la zona, y la gasolina será gratis durante un mes, para festejar la llegada de la paz perpetua, posible gracias a haber preparado tan bien la guerra, siempre justa cuando es contra el enemigo. Ah, y las bolsas subirán, de pura alegría. De hecho, ya están subiendo.
El amor es ciego
Hace pocos días tuve la desgracia de escuchar una canción de David Bustamante titulada No soy Superman. Como si alguien pudiera confundirlos. El caso es que los dos primeros versos de este tema son un tanto inquietantes: "No me quise enamorar / de esos ojos de cristal". A ver, no tiene nada de malo enamorarse de una ciega, ni muchísimo menos, pero me parece una forma un tanto desagradable de decirlo. Quizás es culpa mía, que me escandalizo por cualquier cosa o que no entiendo que uno de estos cantantuchos melódicos de repente se lance al realismo sucio en sus canciones, pero el caso es que me parece muy feo soltar algo así. Casi suena a burla. Aunque, insisto, igual lo que ocurre es que la manía de lo políticamente correcto no me deja disfrutar de la bonita historia de amor que plantea el ex concursante de televisión. Una historia atrevida y cargada de crítica social. Sin duda. De todas formas, es posible, por qué no, que quien escribiera la letra quisiera hablar del brillo de los ojos de la muchacha y le saliera esa barbaridad. Que no se diera cuenta de lo que había escrito, vaya. Pero no me hagáis mucho caso, porque seguramente me equivoco.
Una ventaja de los prejuicios
Como todo el mundo, yo estoy cargado de prejuicios. No me refiero a los raciales, faltaría, sino simplemente a que, antes de ir al cine o de comenzar a leer un libro ya tengo una idea aproximada de lo que me voy a encontrar. Y normalmente acierto, supongo que como todo el mundo, aunque Las horas, por poner uno de los muchos ejemplos que podría poner, me sorprendió. Y para bien. Me encantan las sorpresas, pero, justamente por el hecho de ser sorpresas, no abundan. Este fin de semana iré a ver Chicago cargado de prejuicios: por ser un musical, porque es de Bob Fosse y porque tendré que soportar a Richard Gere, entre otras cosas. Todos estos prejuicios me van a ahorrar trabajo. Es decir, si Gere me revuelve tanto las tripas como es habitual, no necesitaré perder el tiempo intentando calificar su interpretación: sólo tendré que decir que, mira, ha estado como siempre. Alguna ventaja tenían que tener los prejuicios. Y si los prejuicios propios ahorran trabajo, no resulta difícil imaginar lo descansado que es apropiarse de los ajenos. Por ejemplo, Javi (el follador, no el que a veces aparece por esta página) me ha dejado leer algún fragmento de un un mail de un amigo suyo que ya ha visto la película. El juicio de esta persona coincide tanto con algunos de mis prejuicios que he decidido no tomarme ni siquiera la molestia de terminar de fabricármelos. Simplemente adaptaré los de este chico. Y aquí los pongo a disposición de quien necesite prejuicios gratis:
Chicago es sólo para fanáticos del musical -y no como yo, ya que, de entrada, el género me produce cierta grima-. En realidad, no es más que un Bob Fosse descafeinado, que aprovecha el éxito de Moulin Rouge y que ha contado con una campaña de publicidad muy bien hecha. Además, y aunque los tres actores protagonistas son candidatos a ganar un Oscar, sólo merece la pena la interpretación de Catherine Zeta-Jones, ya que Renée Zellweger y Richard Gere me recuerdan a los peores secundarios de Farmacia de guardia.
Quizá alguno se escandalice, pensando que vaya maneras de ir al cine son esas y que los prejuicios sólo sirven para encorsetar el cerebro. Bueno, a lo mejor es verdad, pero, primero, insisto en que dejo margen para la sorpresa y que mis prejuicios no van más allá de lo que me pueda parecer una película. No son más que marcos formados por mi (escasa) experiencia en estos temas. Y, segundo, en mi defensa he de recordar que yo al menos aviso de que son prejuicios, y no como tantos críticos que publican textitos en la prensa como si de verdad hubieran visto las películas o asistido a los conciertos.
Llamar al cerrajero
Javi me explica que pasó por delante de una cerrajería y vio un letrero en el que se podía leer: "Si no estoy en la tienda, coja una tarjeta y llámeme". Javi miró al interior del establecimiento y vio que estaba vacío, así que agarró una de las tarjetas que había en una cajita clavada al marco de la puerta, sacó su móvil y llamó al cerrajero. -¿Te habías dejado las llaves dentro de casa? -Le pregunto. -No, hombre, qué va. Pero es que yo no desobedezco jamás una orden, a no ser que vaya en contra de mis principios. Y mis principios no dicen nada acerca de llamar a cerrajeros.
La mordaza
El presidente de la comunidad de Madrid, Alberto Ruiz-Gallardón, visitó la Universidad Complutense para inaugurar la nueva sede de la facultad de Informática, donde fue recibido por decenas de estudiantes que coreaban lemitas en contra de la guerra. Hasta ahí, todo sería normal, si no fuera porque los estudiantes no dejaron que Gallardón les contestara, cosa que demuestra que no hay nada como un eslogan para acabar de agujerear ciertos cerebros esponjiformes. Y es que da igual lo que se defienda o lo que se ataque: al final, para muchos, todo consiste en gritar y hacerse el rebelde. En Barcelona, a quien casi no dejan hablar fue a Gotzone Mora, profesora de la Universidad del País Vasco y miembro de ¡Basta ya! Esta señora tenía previsto dar una conferencia en la UB sobre el clima que se vive en las universidades vascas, pero el rector del centro barcelonés, Joan Tugores, decidió suspender la charla. Hay que decir que Tugores no suspendió las conferencias que dieron Pepe Rei o Arnaldo Otegi, cosa que me parece perfectísima y necesaria, pero alguien debería explicarle que fomentar el diálogo quiere decir que no se escucha sólo a una de las partes. En fin, uno creía que para llegar a rector había que ser, como mínimo, un poco inteligente y tener cierta cultura, pero parece que no es indispensable. Por suerte, al final Mora pudo dar su charla en el Centre de Cultura Contemporània de Barcelona, que dirige Josep Ramoneda. Este par de burradas me recuerda la espiral del silencio, término acuñado por Elisabeth Nöelle-Neumann, que explicaba que quienes sostienen opiniones diferentes a las de la mayoría, tienden a silenciarlas por temor al aislamiento. Sólo que en casos como estos, más que espiral del silencio hay una espiral de la mordaza o del esparadrapo, como se prefiera, en la que cuatro cretinos se creen legitimados para no permitir el mínimo desacuerdo. Y, la verdad, me da lo mismo que estos anormales defiendan la paz en el mundo o el asesinato de todos los pelirrojos: demuestran siempre escasez de ideas y sobredosis de eslogans.
