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Los jóvenes y el Papa
Sobre la visita del Papa se han comentado muchas cosas, especialmente su excesiva tibieza a la hora de hablar de la guerra y su crítica a los nacionalismos "exasperados". Tampoco se ha dejado de comentar el gran número de jóvenes que ha acudido a Madrid: más de un periodista preguntaba jocoso dónde se metían estos católicos veinteañeros el resto del año. Y aunque es verdad que, por las quejas de los propios sacerdotes, a las parroquias no acuden en masa, precisamente, a mí me parece que lo que ocurre es, simplemente, que muchos de estos chicos prefieren llevar su fe con discreción, por la sencilla razón de que está mal visto ser católico y no estar jubilado. Y, como ejemplo, Pablo -un amigo ateo- me explica por mail lo que les pasó a unos alumnos de una universidad pública de Madrid, que colgaron una serie de carteles anunciando la visita del Papa. No sólo pequeños pósters, sino también "unos hechos por ellos sobre cartulinas gigantes que, colgando de los pisos superiores, decían 'El hombre que cambió el mundo viene a verte'. Al día siguiente todos los carteles habían sido arrancados". Cabe decir que en esa facultad, como en todas, hay carteles similares que nadie toca y que anuncian, por ejemplo, charlas elogiosas sobre la "experiencia bolivariana" -otro nombre para dictadura- de Chávez. El caso es que estos católicos "pusieron otro que decía 'Vosotros que presumís de democracia y que os quejáis del fascismo, respetad las libertades de los demás'". Más tarde, explica Pablo, "saliendo de la biblioteca, vi como dos sujetos de inconfundible indumentaria postmoderna, pseudorebelde, anarcopija salidos del Aula contra la guerra" -a saber qué les enseñarían- "lo vieron, lo arracancaron, lo hicieron cachitos y lo tiraron a unas bolsas de basura". Total, que como ahora se lleva estar en contra de la guerra y decir que se es de izquierdas, pues nada, uno se aprende cuatro frases y las va soltando, para así quedar bien con los amiguitos. Y si hay que romper carteles, se rompen. Lástima que eso no convierta en pacifistas ni en izquierdistas a estos anarcopijos. Pero al menos están contentos en su rebaño, que es lo que de verdad les importa. Es más, no me extrañaría que, de haber nacido hace cincuenta años, en lugar de protestar por el imperialismo estadounidense sin saber exactamente qué significan esas dos palabras, estos chicos se hubieran enfundado en sus camisas azules y hubieran marchado a la Plaza de Oriente a cantar el "Cara al sol" y a aplaudir al caudillo.
Los criados europeos
Hace años que parece claro que el nuevo orden mundial tendrá (tiene, vamos) como única potencia mundial a Estados Unidos. De todas formas, no son pocos quienes confían en que pueda instaurarse cierto multipolarismo que equilibre el poder absoluto estadounidense, para lo que se confía especialmente en Europa. Sin embargo, la única arma de la que dispone para hacer frente al gigante americano es un mercado económico que no pasa por su mejor momento y que se enfrenta además a las dudas de la ampliación. Los propios estados europeos son conscientes de que no pueden plantar cara a la hiperpotencia atlántica y no hacen más que debatirse entre el servilismo y la tímida y poco convincente contestación. Así, Francia y Alemania juegan sin convencimiento el papel de rebeldes, mientras que Gran Bretaña se ha puesto del lado americano, acompañada de otros países como Italia y España. Blair -igual que Aznar- argumenta que apoyar a Washington es ponerse del lado de la democracia: sus acciones son las que más contribuyen a asegurar un mundo libre. En este sentido, Robert Kagan explica en Poder y debilidad que los ciudadanos estadounidenses "creen en el poder en la medida en que éste puede servir de instrumento para fomentar los principios de una civilización y un orden mundial liberales". Aunque queda la duda de saber, por ejemplo, qué clase de civilización liberal se estableció en Chile usando de sanguinaria marioneta a Pinochet. Por el contrario, muchos sugieren que a Bush sólo le interesaría aliarse con otros países en la medida en que esto sirviera para reforzar su liderazgo y contribuir a sus intereses, como explica Simon Tisdall en The Guardian, donde sugiere la necesidad de contrarrestar el poder casi absoluto de Estados Unidos. Eso sí, Tisdall no ve con buenos ojos una "resistencia total, política, diplomática y económica". Y es que el columnista confía en que el reciente imperialismo useño acabe remitiendo, ya sea por presión de otras potencias como de sus propios ciudadanos: "Bush no es América, del mismo modo que Sadam no era Iraq. Pero gracias a él, la visión que se tiene desde fuera se distorsiona. Puede que un presidente demócrata no fuera radicalmente diferente en los temas clave, pero el sistema es más flexible de lo que en ocasiones puede parecer." El problema es que Tisdall se muestra contrario a esta confrontación basándose en una especie de compasión solidaria por el pueblo estadounidense. En definitiva, parece olvidar que a Europa no le interesa oponerse a Estados Unidos, ya que sigue dependiendo de este país, sobre todo en lo que se refiere a la defensa. La apuesta de Tisdall para resolver las relaciones entre Europa y Usa es la multipolaridad: que Europa alcance el suficiente poder como para contrarrestar el poder estadounidense. Pero para alcanzarlo es necesaria una mayor integración europea, tanto económica, como política, como militar. El problema no es sólo saber si Europa está dispuesta a emprender estas iniciativas, sino si puede siquiera llevarlas a cabo, por mucho que ahora lance otro titubeante proyecto de defensa común. Kagan opina que es imposible, al menos a corto plazo, ya que, según el escritor, toda superpotencia ha de contar con un ejército avanzado y poderoso, y Europa no puede permitirse el gasto que supondría alcanzar a Estados Unidos en este terreno. Claro que Kagan considera que siempre que una nación ha apostado por la negociación y el entendimiento para resolver problemas internacionales ha sido por debilidad. Así le pasaba a Estados Unidos hace doscientos años y así le pasa ahora a Europa. Pero a mí no me gustaría que se desmintiera definitivamente la posibilidad de que un país fuerte pueda renunciar al uso de la fuerza para resolver la mayor parte de los problemas. Aún quiero confiar en que se pueda realmente negociar para disuadir a posibles enemigos. Bombardear países no parece la mejor forma de defender la democracia.
Excusas de mal soñador
Imagino que a todos nos ha pasado más de una vez eso de perdernos en ensoñaciones, para inmediatamente después recriminarnos a nosotros mismos el haber malgastado el tiempo fantaseando, cuando deberíamos habernos puesto a trabajar para que esos sueños llegaran a ser reales. Es decir, nos sentimos culpables por derrochar el tiempo disfrutando de lo que aún no hemos conseguido. Pero, claro, si sólo trabajáramos y no soñáramos, no sabríamos por qué y para qué esforzarnos. Es decir, necesitamos, antes de nada, perdernos en fantasías. Al menos, eso es lo que explica Samuel Johnson en uno de sus Ensayos, en el que asegura que "the natural flights of the human mind are not from pleasure to pleasure, but from hope to hope". Claro que igual lo que le pasaba tanto a Johnson como a nosotros es que somos unos vagos y necesitamos excusas para no sentirnos mal. La diferencia es que el inglés era un genio y consiguió lo que se propuso, mientras que el resto no podemos hacer más que soñar con enormes truchas, tumbados a la orilla del río. Y ni siquiera tenemos caña de pescar.
¡Que vienen los rojos!
Recuerdo cómo antes de que el Partido Popular ganara las elecciones en 1996, el Psoe y sus seguidores les acusaban, primero, de no tener programa y, segundo, de ser la rancia derechona de siempre. Ahora, unos años más tarde, y a pesar de que no creo que el partido socialista gane las elecciones, el discurso se ha invertido. Son los conservadores quienes acusan a la izquierda de no tener programa y, lo que me sorprende más, de representar al marxismo caduco del siglo pasado, de intentar reeditar ese Frente Popular republicano. A lo que no se puede añadir más que esas palabras que escribía Unamuno para burlarse de quienes se volvían locos de pánico cuando oían hablar de los comunistas: ¡el coco, que viene el coco! En definitiva, quieren hacer creer a los electores que Zapatero y Llamazares suponen un peligro para el estado del Estado, que son una alianza de jacobinos y anarquistas, que romperán la unidad de España, que acabarán con la supuesta prosperidad económica del país y todos los horrores que uno pueda imaginar. Arrepentíos pecadores, el fin está cerca. Lo gracioso es que es toda esta verborrea tremendista y embustera me recuerda la fina prosa de Antonio Morales, el ya famoso funcionario residente en Nueva York, que envió aquella carta en la que los sociatas (sic) eran comparados a Alí Babá y sus cuarenta ladrones. Votar por ellos, decía, supondría "frenar el avance y el progreso de España". Igual el estilo del señor Morales es un poco diferente (no mucho) al de Federico Jiménez Losantos o al de Javier Arenas, pero la idea central es la misma: ¡Socorro, que vienen los rojos!
Vegeburgo y Butifarrona
Peta es el divertido nombre de una asociación defensora de los derechos de los animales, que no hace gran cosa aparte de llamar la atención. Por ejemplo, sugiere sin asomo de rubor que la culpa de la epidemia de neumonía atípica la tiene que comamos carne. Su última broma (porque tiene que ser una broma) ha sido la de ofrecer 10.000 euros a Hamburgo si cambia su nombre por el de Veggieburg, para que deje de asociarse la ciudad al trozo de carne. Y es que, según el artículo antes enlazado, aunque Hamburgo significa fortaleza (burg) de la bahía (ham), se considera que un bocadillo de ternera que disfrutaban los marineros de la ciudad es el antepasado gastronómico de la hamburguesa, término que comenzó a usarse en un restaurante neoyorquino a partir de 1834. De todas formas, no veo qué tiene de malo asociar un plato de carne a una ciudad, y no entiendo por qué los vegetarianos se empeñan en intentar hacernos creer que matar una vaca para comérsela es malo, mientras que hacer lo propio con una col es admisible. La única diferencia es que la col no grita ni sangra, cosa práctica a la hora de acallar ciertas conciencias. Aunque mejor no dar ideas, porque igual acaban queriendo obligarnos a lamer sal, como parodia Chesterton en El Napoleón de Notting Hill. A lo que iba. El caso es que en Hamburgo se han tomado la tontería a broma. Y más por ese ridículo precio, imagino. Pero si aceptaran cambiar su nombre, cosa que no ocurrirá, lo primero que haré será sugerir al Ayuntamiento de Barcelona que también rebautice esta ciudad. Como medida de protesta. No puedo ofrecer dinero, desde luego, pero aun así me gustaría que pasara a llamarse, por ejemplo, Chuletona. Aunque eso sería más propio del País Vasco. Butifarrona sería más nuestro. O incluso se podría aprovechar el significado de la primera sílaba del nombre actual, ese bar, y optar por Asadorcelona, un nombre que mantendría cierta relación con el original, además de ser más sabroso y cárnico. En fin, voy a cenar un poco, que me ha entrado hambre.
