viernes, 3. octubre 2003
Jaime, 3 de octubre de 2003, 7:00:00 CEST

Sin querer


A pesar de mi carácter hipocondriaco, he de reconocer que no soy enfermizo. Al contrario. Y por eso me ha sorprendido haber pillado un resfriado este otoño antes que la mayoría de mis conocidos. Este catarro me ha proporcionado una especie de sádica satisfacción, al comprobar cómo amigos, familiares y compañeros de trabajo iban también sucumbiendo al virus de marras. La parte sádica viene de la idea no del todo descabellada de haber sido yo quien les ha contagiado. Sí, a todos, que si no, no tiene gracia. Soy el responsable de sus estornudos, de su goteo nasal, de su picor de ojos y demás. Tiembla, mundo. Pero claro, en realidad y aunque fuera cierto, todo ha sido sin querer. Porque yo no planeé ponerme enfermo, ni les he tosido encima, ni les he inyectado mi sangre, ni nada peor. Porque cuando he estado, por ejemplo, sentado al lado de alguien y me he visto en la necesidad -porque es una necesidad- de estornudar, he guardado las debidas formas. Y al fin y al cabo, yo no puedo controlar mis actos reflejo. No estornudaba adrede. Algo similar parece que le ocurrió a James Anglada, un portero de discoteca del Maremágnum a quien se juzga junto a unos coleguillas por haber asesinado a Wilson Leónidas Pacheco, propinándole una paliza y arrojándole luego a las aguas del puerto de Barcelona, donde se ahogó. Anglada, sin asomo de rubor, asegura que lanzar a Pacheco al Mediterráneo "fue un acto reflejo. Fue sin querer". Fue como un estornudo, vamos. Sólo que en lugar de contagiarle un constipado, lo mató. No podía hacer otra cosa. Si hay ganas de estornudar, al final se estornuda, por mucho que uno se intente aguantar. Y parece que Anglada no pudo evitar agarrar a una persona y lanzarla al agua. Qué pedazo de acto reflejo. Imagino, claro, que también serían actos reflejo las patadas y puñetazos que tanto Anglada como los otros dos acusados han reconocido haberle soltado a la víctima. Le dieron una paliza sin querer. Como quien pisa a otro en el metro. Y pensar que hay alguno que está preocupado porque no aparecen las armas de destrucción masiva en Iraq. Que salga tranquilamente el líder político de turno y que diga que el asuntillo ese de la guerra fue un acto reflejo. Sin querer. Oigan, que yo no quería bombardear a nadie, pero es que estaba resfriado y los virus son así de puñeteros. Lamento haber contagiado a civiles inocentes.


 
Menéame Envía esta historia a del.icio.us
enlace directo   
 
lunes, 29. septiembre 2003
Jaime, 29 de septiembre de 2003, 15:18:45 CEST

Ahora le toca a Barcelona


Después del reciente apagón que afectó a parte de Estados Unidos y de Canadá, Silvio Berlusconi abrió esa boca tan grande que tiene y dijo que una cosa así jamás podría suceder en una ciudad italiana. Y es cierto, no ha sucedido en una ciudad: el apagón de ayer afectó a todo el país a excepción de Cerdeña. Curioso que este apagón ocurriera durante la Noche Blanca romana, durante la que permanecieron abiertos museos, teatros y piscinas. La iniciativa parece algo gafe, ya que el año pasado, durante la Noche Blanca parisina fue apuñalado el alcalde de la capital francesa, Bertrand Delanoe. El caso es que después de los apagones ocurridos en Estados Unidos, Canadá, Londres y parte de Escandinavia, me pregunto si algo así podría suceder en Barcelona. Y la respuesta es un rotundo sí, claro. Para que tuviera lugar un apagón antológico en esta ciudad sólo haría falta una cosa: que lloviera. Cuando llueve en Barcelona, aunque sólo sean cuatro míseras gotas, el tráfico es un caos, el metro se retrasa, los trenes se niegan a circular, las plazas se inundan y se declara el estado de emergencia. Con un poco de suerte, no sería de extrañar que, además de todo lo habitual, se fuera la luz. Al día siguiente, en lugar de optar por la salida cobarde de culpar a otros países como se ha hecho en Estados Unidos y en Italia, nuestros políticos se echarían las culpas entre ellos y, después, a nosotros. Es decir, los madrileños responsabilizarían a las autonomías, en Catalunya asegurarían que el culpable es el gobierno central y, mientras tanto, el alcalde Joan Clos nos achacaría nuestra falta de civismo por haber salido a la calle sin pensar en que dejaríamos al ayuntamiento (de nuevo) en evidencia. Pero, eso sí, Clos también propondría celebrar una Fiesta del Apagón o un Día sin Luces dentro del incomparable e indefinido marco del Fòrum de les Cultures. Lo dicho. Que los próximos podemos ser nosotros. Y lo bien que vamos a quedar.


 
Menéame Envía esta historia a del.icio.us
enlace directo   
 
jueves, 25. septiembre 2003
Jaime, 25 de septiembre de 2003, 15:13:01 CEST

El pecado de discrepar


Las víctimas no tienen razón por el mero hecho de ser víctimas. Aunque lo sean de Eta. Marçal Sintes lo explicó hace unos días, haciendo referencia a los intentos de censurar a Fermín Muguruza y a Julio Medem. Sintes deja bien claro que hay que apoyar a quienes sufren secuelas de atentados, a quienes se ven obligados a ir con escolta y a quienes han perdido familiares y amigos en los injustificados asesinatos terroristas. Pero "lo que opina sobre Euskadi, el nacionalismo vasco o sobre lo que sea, un señor que, desgraciadamente, ha de ser protegido, no es necesariamente más cierto que lo que dice alguien a quien no acompaña ningún escolta". Por eso hay que escuchar a todo el mundo. A todo el que no mata, se entiende. Porque igual los que tienen razón son los demás. Y eso se suele olvidar demasiado rápido. En este sentido, es curioso que quienes no hayan querido aparecer en La pelota vasca, de Medem, sean los miembros del Partido Popular, de ¡Basta ya! y los pistoleros de Eta. Y es que ellos son justamente quienes rechazan de entrada el diálogo. Obviamente, la postura del PP en lo que se refiere al conflicto vasco es respetable y legítima. Al fin y al cabo, no son ellos quienes matan. Pero que sea legítima no quiere decir que esté exenta de crítica: al fin y al cabo, si uno puede estar en desacuerdo con una víctima del terrorismo (que no tiene por qué ser del Partido Popular, aunque haya quien quiera dar a entender otra cosa), con más razón uno podrá opinar que el partido de Rajoy está equivocado. El problema es que este partido no deja margen a la divergencia. Todo aquél que no acate palabra por palabra su plan de confrontación en el País Vasco es automáticamente tildado de colaboracionista. Un partido democrático como el PNV ha sido demonizado y al Psoe se le niega todo derecho a discrepar: por su tímido cambio de actitud, se le amenaza con ser arrojado al noveno círculo del infierno. El de los traidores, claro. Además, todo aquel que sugiere la posibilidad de resolver (o de ayudar a resolver) el conflicto vasco por medio del diálogo es prácticamente tildado de criminal. Pero, vaya, últimamente hay que pedir disculpas por ser pacifista, así que esto último tampoco es de extrañar. Muchos me dirán que lo tienen peor quienes están en desacuerdo con los terroristas. Estos últimos no demonizan a nadie: simplemente le pegan un tiro. De acuerdo, pero es que yo no niego tal cosa. Simplemente trato de recordar que, por suerte, la del Partido Popular no es la única alternativa democrática al terrorismo. Hay que escuchar a quien tenga algo que decir, entre otras cosas porque podemos estar equivocados. Y después valorar lo que nos cuenten. Pero después, que no nos pase como con la película de Medem, de la que hablamos todos sin haberla visto.


 
Menéame Envía esta historia a del.icio.us
enlace directo   
 
miércoles, 24. septiembre 2003
Jaime, 24 de septiembre de 2003, 12:05:55 CEST

Detalles


La mayor parte de las discusiones y peleas, por no decir directamente las guerras, vienen causadas por malos entendidos o por cuestiones de detalle. Pero, claro, la semántica y las minucias son dos de las cosas más importantes que existen.


 
Menéame Envía esta historia a del.icio.us
enlace directo   
 
miércoles, 17. septiembre 2003
Jaime, 17 de septiembre de 2003, 22:52:39 CEST

La soga


Por desgracia, últimamente me he visto obligado a liarme una corbata al cuello. Nunca me había gustado ese trapo: no le veía ni la gracia ni la utilidad. De hecho, el único sentido que le medio adivinaba era que se tratase de algún tipo de freudiano símbolo fálico. Ya sé, simplista, pero, vaya, se trata de una prenda alargada, que cuelga y que casi siempre llevan hombres. Pero ha resultado no ser tan sencillo. Una vez te la pones y llegas al trabajo lo ves más claro. No se trata simplemente de un adornito obsoleto. Es una correa. Como la de los perros. Por eso los jefes nos obligan a llevarla: para que seamos dóciles. Si un tipo con corbata se rebela, se le estira un poco del cuello, abajo, siéntate, tranquilo, Bobby, y a otra cosa. Y si el director general también la lleva, es porque a su vez tiene jefes que en un momento u otro le querrán estirar del collar, ya que siempre hay alguien que está más arriba. Además, igual la razón de que aún haya muchos muchos empresarios machistas es que casi no hay mujeres que luzcan corbata. Por otro lado, la corbata apenas deja respirar e impide que la sangre llegue correctamente al cerebro. Lo único que se puede hacer estando en una situación tan desmejorada es trabajar. Uno no da para más. De todas formas, y dejando a un lado el efecto correa, creo que es un error que en las empresas se obligue a llevar tanto la corbata de marras como el traje. La excusa que se suele aducir es que hay que ofrecer una buena imagen a los clientes. Pero, suponiendo que estos se fijen en el ropero de los empleados y no en su trabajo, al ver a veinteañeros obligados a vestir con chaquetas sacadas de las rebajas de Zara, pensarán irremediablemente en vendedores de El Corte Inglés y de coches de segunda mano. Es decir, en gente que le quiere endosar cualquier cosa, compre, compre, aquí lo importante es que usted nos crea, digamos la verdad o no. Y ahora me acuerdo de las corbatas de los políticos y de los presentadores de telediarios, pero, por favor, no caigamos en la demagogia. Al menos, no todo el rato. Por si esto fuera poco, añadiré que vestir con traje ni siquiera me parece elegante. Quizás lo fuera hace años, pero hoy en día un traje no es más que un uniforme de trabajo. Al menos, cuando es gris y hay que llevarlo con corbata. Es igual que el mono de un mecánico o que la ropa blanca de un cocinero. Es más, no me extrañaría que dentro de poco hubiera vestuarios en las oficinas: para no tener que salir a la calle disfrazado y pasar vergüenza en el metro.


 
Menéame Envía esta historia a del.icio.us
enlace directo