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¿Por qué habría de asustar un sombrero?
Sé que muchos me odiarán por lo que voy a decir: me parece mucho más interesante un sombrero que una boa que digiere un elefante. Entre otras cosas porque debajo del sombrero suele haber una persona, cosa que no pueden decir todas las serpientes. Además, hoy en día y por desgracia, ya no se ven sombreros, mientras que para ver boas sólo hace falta coger el metro y acercarse al zoo. Reconozco que no es tan fácil ver a esa misma boa tragándose un elefante, pero eso sólo es porque en los zoos todo suele estar demasiado ordenado y a los reptiles los mantienen alejados de los mamíferos. En cambio, ya no se ven sombreros por ningún lado. Si alguien conoce a algún tipo que los lleve, igual no sería mala idea enviarlo a algún zoológico o, mejor, a una feria ambulante, para exhibirle junto a la mujer barbuda. El último intento que recuerdo por poner de moda dicha prenda fue el que, allá por los años ochenta, puso en marcha la sastrería Modelo de Barcelona. El comercio en cuestión se sacó de la manga una campaña bastante original: uno se hacía allí un traje y le regalaban el sombrero. Por aquel entonces yo apenas tenía una decena de años -o menos-, por lo que no pude aprovechar esta promoción que, además, acabó resultando un fracaso. Un fracaso original, pero fracaso al fin y al cabo. Y me sabe mal porque, a pesar de que odio las corbatas y de que mi cabello me gusta mucho, pocas cosas me resultarían más agradables que entrar en una cafetería en pleno invierno, quitarme el abrigo y la bufanda, y colgar mi sombrero. Pero, vaya, en Barcelona no hay inviernos de verdad y encima, lo reconozco, me falta valor para lucir dicha prenda: no me atrevería a salir a la calle con sombrero, a sabiendas de que sería el único que luciera uno. Por otro lado, tampoco me resultaría fácil comprarlo. Si no me equivoco, no hace mucho cerró una de las dos últimas sombrererías que quedaba en la ciudad. Por cierto, tanto hablar de sombreros me ha recordado que mi hermana me ha perdido El Golem. Si es que hay libros que no se deben prestar.
Enterrar (apunte)
Un profesor mío decía, probablemente plagiando a alguien, que escribir es la forma más fácil de olvidar. La tradición oral era la que realmente ejercitaba la memoria, ya que sólo quien apunta algo se puede permitir el lujo de olvidarlo. Pocas veces recordamos la dirección que hemos anotado en la agenda. Del mismo modo, cuando escribimos algo más que direcciones, permitimos que los demás sepan de nuestras manías a cambio de que para nosotros queden enterradas. Así pues, la hoja de papel en la que hemos volcado lo que queremos o podemos olvidar -ya sea un cuento o un número de teléfono- es, en el mejor de los casos, un plano para volver a encontrar lo ocultado; en el peor, un ataúd.
No son horas
Yo estaba acostumbrado a entrar a trabajar por la tarde, así que, la verdad, me está costando mucho adaptarme a mi nuevo horario. Sobre todo teniendo en cuenta que soy de mucho dormir y mal despertar. En general, no se me da bien salir de la cama: levantarme antes de mediodía para mí es hacerlo temprano, mientras que despertar antes de las diez es madrugar. Y aún no he encontrado la palabra adecuada que describa lo que supone que no sean ni las ocho de la mañana y ya esté caminando en dirección al metro. Lo curioso es que parece que estos horarios no son raros. Yo pensaba que la gente de bien era mayoría y a esas horas estaba durmiendo. O acostándose. Pero no. Resulta que las calles, los bares y el metro están atestados. No sé si incluso hay más gente a esas horas y en esos sitios que en El Corte Inglés un sábado por la tarde. Es más, muchas de esas personas incluso mantienen conversaciones entre sí, cuando yo apenas soy capaz de alzar las cejas y de musitar algo parecido a "groulam" cuando llego a la oficina. Por suerte, la simpática recepcionista –¡que ni siquiera tiene cara de sueño!- interpreta ese mugido como un saludo. Eso sí, he de reconocer que estoy de acuerdo con Josep Pla: la luz de la mañana es la que más favorece a Barcelona. Aunque igual sólo ocurre que, al no estar acostumbrado, me atrae la novedad. La maldita novedad, gruñen mis ojeras.
Maragalleitor
Pues a mí lo de Schwarzenegger no me parece tan mal. Al menos, me cae mejor que Reagan. Incluso me atrevo a decir que Arnold es mejor actor que el ex presidente. Lo cual no es mucho decir, claro. Además, como se dedicará a gobernar California, nos libraremos de nuevas películas, que no es poca cosa. Por otro lado, en Cataluña tenemos candidatos parecidos al ex gobernador Gray Davis y al ex actor austriaco. Artur Mas sería como el demócrata: gris (Gray), con pinta de seriote, de trabajador; el clásico que en el colegio quería ser delegado de clase. Pasqual Maragall se parecería más Schwarzenegger, por su evidente e innata condición de estrella, no de cine, pero sí acostumbrado a montarse películas, como el Fòrum este de les Cultures. Aunque serían más bien cintas de Greenaway, por aquello de que nadie las entiende. Obviamente, hay diferencias entre los californianos y los catalanes. Por ejemplo, parece que Schwarzenegger no tiene un programa muy definido; en cambio, Maragall lo improvisa en las ruedas de prensa, para espanto de asesores y correligionarios. Otra diferencia entre el austriaco y el barcelonés: uno es un político profesional y el otro es Maragall. Sin duda, me resultaría más divertido que ganara el socialista a que lo hiciera el líder de CiU, del mismo modo que es mucho más entretenido abrir las páginas del diario y encontrarse al Chuache en la sección de política que a Bush, que ya da cierta penita, pobre, míralo, que se parece a Gerald Ford, que no puede mascar chicle y caminar al mismo tiempo porque la neurona se le colapsa. Por supuesto, no quiero decir que haya que votar a los políticos según lo mucho que entretengan. Simplemente apunto que, en caso de que gane Maragall, a los catalanes (igual que a los californianos) siempre nos quedará el consuelo de saber que al menos nos lo pasaremos bien. En fin, que hay que tomárselo con humor. Qué remedio.
La lógica en la guantera
Parece que finalmente se reformará la plaza de las Glòries. Que en realidad no es una plaza, sino más bien una especie de horrible superescalextric al que un peatón en su sano juicio no puede prácticamente ni acercarse. La reforma consiste básicamente en tirarlo todo abajo (algo razonable) y crear un espacio decente. El problema es que después de las obras no podrá circular el mismo número de coches sin crear un caos de tres pares de narices. La propuesta del ayuntamiento de la ciudad para solucionar este daño colateral pasa por potenciar el transporte público, creando una gran estación de metro, tren, tranvía y ferrocarriles. Al parecer, se asume que si hay transporte público más o menos eficiente y el privado resulta caótico y una pérdida de tiempo, la gente optará por dejar el coche en casa. Pero, claro, se olvida que en cuanto subimos a un automóvil guardamos la lógica en la guantera y nos convertimos en lo que Zoe Williams catalogó sutilmente de bastardos egoístas. Es decir, llegado el día (y faltan unos diez años) en que las obras concluyan, cada uno de estos conductores pensará que el resto habrá optado por ir en tren o en metro, y que el tráfico no será tan problemático como pueda parecer. En definitiva, cada uno de estos conductores olvidará que también forma parte "del resto" para los demás. O sea, que a muchos les espera una buena ración de atascos y bocinazos cada mañana. Y es que, pese a que estamos mejor que en Madrid, por ejemplo, el centro de Barcelona (y Glòries de aquí a unos añitos) se colapsa a pesar de las numerosas paradas de tren, metro y autobús que hay por la zona. Muchos de los tocan el claxon en la calle Aragón (porque, claro, las bocinas sirven para desintegrar los coches ajenos y por eso son tan usadas en los atascos) podrían coger el transporte público y ahorrar tiempo y dinero. No todos viven en pueblos dejados de la mano de Dios: muchos residen a cuatro o cinco paradas de sus lugares de trabajo. Pero sencillamente no les da la gana ir en transporte público. Prefieren su cd, su aire acondicionado y sus asientos de cuero a viajar agarrados a una barra soportando codazos ajenos. Tampoco les culpo. Eso sí, dentro de unos años, cuando la plaza de las Glòries sea un espacio menos repugnante para los peatones y un infierno insufrible para quienes van en coche, me gustaría que esos conductores cerrasen la boca y asumieran que la culpa es suya. Porque lo es. Aunque ya sé la respuesta que me darán: un bocinazo.
