lunes, 3. noviembre 2003
Jaime, 3 de noviembre de 2003, 9:39:28 CET

El príncipe azul


El príncipe heredero había renunciado al trono por amor. Él quería con locura a aquella muchacha que se le había presentado como modelo y que había resultado ser la ex camarera de un bar en el que se servía con poca ropa. Los ciudadanos y periodistas le pillaron tirria a la pobre mujer, y su padre no dejaba de repetir que la pelandusca esa no pondría un pie en palacio, así que el príncipe, enamorado como un burro, no pudo hacer otra cosa que renunciar al trono. Casi todo el mundo aplaudió su romántica valentía, no sin remordimientos y cierta tristeza. Sin embargo, unos años después del divorcio, el príncipe reconocía que lamentaba aquella decisión. No porque al final todo hubiera quedado en nada, ya que seguía creyendo que, al menos, había merecido la pena intentarlo, sino más bien porque algo le roía el hígado cuando veía a su hermano menor recibiendo los honores de un rey recién coronado. Le veía viajando a países exóticos acompañado de su esposa, la elegante hija de un diplomático, o dando el discurso de Nochebuena, o en la toma de posesión de los nuevos ministros y no podía dejar de pensar con cierta envidia que aquel podría haber sido su lugar. Mejor dicho: que aquel debería haber sido su lugar. Y, para acabar de ser sinceros, lo que más le jodía era haberse divorciado porque su hermano se acostaba con la ex camarera, contando con el resignado consentimiento –qué remedio- de la elegante hija de un diplomático.


 
Menéame Envía esta historia a del.icio.us
enlace directo   
 
jueves, 30. octubre 2003
Jaime, 30 de octubre de 2003, 9:02:31 CET

No se lo digas a nadie


Nunca he acabado de comprender por qué se cuenta un secreto. Es decir, si uno no quiere que nadie sepa una cosa, ¿por qué es el primero en explicarla? De todas formas, sospecho que cuando alguien revela algo que se tenía callado, por muy propio y oscuro que sea, en realidad lo hace para que lo acabe sabiendo todo el mundo, sin necesidad de anuncios solemnes y ruborizantes. Exceptuando, quizás, cuando ese algo se explica en confesión o al psiquiatra. De hecho, los confidentes que suelen ser escogidos para que les sean reveladas esas cuitas, acostumbran a ser los que tienen la lengua más larga. Les falta tiempo para, una vez el confesante les da la espalda, correr al teléfono y decir aquello de "¿sabes lo que me ha contado Manuel?" Y a Manuel no le importa que sea así, por mucho que simule cabrearse al enterarse de que todo el mundo se ha enterado. Entre otras cosas, porque Manuel ya sabe de qué pie cojea su confidente: en más de una ocasión ha recibido su llamada, cuando el muy cotilla le ha querido explicar lo que le había contado Silvia (pero no se lo digas a nadie) e incluso el propio Manuel le llamó en una ocasión para ver si sabía qué le pasaba a Alberto, "que últimamente está muy raro" (no debería decírtelo, pero). Estas cotorras acaban teniendo, en consecuencia, una clara función de cohesión. Son el cemento de los grupos de amigos. El kazaa de la confianza. Imagino que no es sólo afán exhibicionista, claro. También ocurre que, cuando alguien explica un problema o algo que le ha pasado, quiere un poco de atención. Y esta gente que no sabe guardar un secreto es por lo general la que mejor escucha: se interesa realmente por los problemas de los demás, aunque sólo sea porque son un material estupendo para explicar el viernes por la noche (yo no os he dicho nada, ¿eh?). En cambio, los tipos (o tipas) reservados, los que sí saben callar un secreto, no son nunca los confidentes de nadie. Porque no saben escuchar. Se callan ese secreto porque les importa un bledo lo que el pesado de turno les está contando. Y cuando se les pide que por favor no se lo digan a nadie ya se han olvidado de lo que les estaban diciendo. Ya digo que son sólo suposiciones. Y me imagino que habrá más de uno que no cuente sus cosas con el ánimo de que lo sepa todo el barrio. Incluso es posible que exista algún confidente reservado. Pero algo de cierto habrá, si tenemos en cuenta no sólo nuestra propia experiencia, que confirma que todo se acaba sabiendo, sino también lo que ocurre con los secretos de Estado. Que, por muy secretos que sean, acaban en las páginas de los periódicos. Y no siempre en portada, lo cual tiene que ser bastante frustrante para esas fuentes próximas al gobierno o a los servicios secretos que cantan tan tranquilamente y, a veces, tan interesadamente.


 
Menéame Envía esta historia a del.icio.us
enlace directo   
 
martes, 28. octubre 2003
Jaime, 28 de octubre de 2003, 11:25:14 CET

¿Encima de qué?


Si fuera vasco, yo votaría en contra del Plan Ibarretxe. Por lo que he leído al respecto, creo que es una memez, un golpe de efecto y poca cosa más. Es más, todo independentismo o dependentismo me parece una tontería y una pérdida de tiempo. Pero eso no quita que este proyecto sea una propuesta democrática de la que en ningún caso se puede decir que se apoye "encima de los mil muertos del terrorismo". Y es que el Partido Nacionalista Vasco no es responsable de los asesinatos de Eta, a pesar de que algunos se empeñen en presentarlo así sólo por intereses de partido. El intento de asimilación entre terroristas y nacionalistas llega hasta el punto de decir que los planteamientos del PNV son los de Eta, sugiriendo que están a las órdenes de los asesinos. Me parece ridículo, teniendo en cuenta que el PNV siempre ha condenado los atentados y además está en el poder porque los vascos le han dado sus votos y no por otra cosa. Aunque, en fin, comprendo que a algunos les siga escociendo la no asimilada derrota electoral de Mayor Oreja. De todas formas, supongamos que los objetivos de Eta y los del Plan Ibarretxe son exactamente los mismos. Porque desde luego hay coincidencias, ya que el partido presidido por el dinosaurio Arzalluz no renuncia a la independencia. Pues bien, aun así, esto sólo significaría que los medios por los que el terrorismo quiere llegar a ese fin son repugnantes, no que el fin sea repugnante en sí mismo. Que Eta asesine por la independencia de Euskadi no deslegitima el independentismo, sino a Eta. Claro que este juego de asimilaciones parece tener como objetivo jugar con la amenaza de suspender la autonomía vasca e incluso de ilegalizar al propio PNV (porque, claro, es lo mismo que Batasuna), amenazas que a los votantes del PP les encantan. Pero, en definitiva, si se está en contra del Plan Ibarretxe o de la posible secesión del País Vasco, hay que argumentar por qué. Algunos parecen olvidar que hay que acabar con el terrorismo, no con las ideas. Y las ideas no se combaten, se rebaten. Por poner un ejemplo, ¿si mañana cuatro locos cometen atentados porque están en contra de Fidel Castro, vamos a defender al dictador cubano porque los atentados nos repugnan? Creo que fue Antoni Batista el que en uno de sus libros sobre el País Vasco escribió que cuanto más espacio se dé a la política, menos se deja a la violencia. Pues eso. Hay que discutir el Plan Ibarretxe. Apoyarlo o manifestarse en contra. Dar motivos para fundamentar cada una de las posiciones. Y recordar que cuantas más propuestas se presenten y se debatan, menos excusas tendrá el terrorismo para seguir con sus crímenes. Sí, es algo de cajón, algo que les tendría que salir a los políticos de forma natural, ya que se supone que son, sobre todo, gente que habla. Pero no. Parece que lo que importa es insultarse, tergiversar las ideas del contrario y montar escándalos por documentales que luego resultan ser comedidos y moderados. Pero, claro, hoy en día la moderación es tan difícil de ver que cualquiera puede cometer el comprensible error de confundirla con el radicalismo.


 
Menéame Envía esta historia a del.icio.us
enlace directo   
 
lunes, 27. octubre 2003
Jaime, 27 de octubre de 2003, 11:26:30 CET

Terrorismo digital


(Dos hombres sentados cara a cara en una vieja mesa de madera. José, con una mano vendada; el vendaje está sucio y ensangrentado. Le falta un dedo. Un agente, uniformado y pulcro. La única luz es una lámpara anticuada que está entre ambos. En la mesa hay una grabadora con un micro que señala a José.) AGENTE: A ver si le entiendo... Usted decidió cortarse el meñique de la mano izquierda. JOSÉ: Exacto. A: Porque le apetecía. J: Sí, quería experimentar el dolor que siente uno al cortarse un dedo. A: Y para que no se lo volvieran a coser... J: Lo pasé por la batidora. Junto a unos tomates, rodajas de pepino y ajo. Lo colé, lo puse en el microondas tres minutos y me lo tomé. Acompañado con pan y una copita de vino tinto. (El agente vuelve su cara con gesto de disgusto.) J: Sabía como una crema de, no sé, pollo. (El agente mira al suelo y suelta un gemido de desaprobación y asco al mismo tiempo.) A: (Vuelve a mirar a José con el ceño fruncido.) ¿Pero no se da cuenta de que lo que ha hecho es una barbaridad? J: ¿Una barbaridad? ¿Por qué? A: Es una animalada. J: Quizás. Pero es mi dedo. Lo que haga con él es cosa mía. A: ¿Su dedo? Usted es un egoísta. J: No le entiendo. A: Todo su cuerpo forma parte de la sociedad y ha de servirla convenientemente. ¿No comprende que si le falta un dedo no puede rendir al cien por cien? Si aún hubiera sido un accidente, se le podría perdonar, pero en estas circunstancias... J: ¿En estas circunstancias? A: Esto es un clarísimo atentado económico. Su juego, su experimento, trae inexcusables perjuicios a la sociedad. (Ahora es José quien baja la mirada, avergonzado.) Ahora habrá que curarle, tendrá que estar un tiempo de baja, sin producir, y después ya veremos si su rendimiento seguirá al mismo nivel... ¿Cuál es su profesión? J: Trabajo en una oficina. A: ¿Y ha de teclear? ¿Usa un ordenador? J: Sí. A: Ya ve a lo que me refiero. J: (Alza de nuevo la cabeza.) Pero no necesito el meñique izquierdo. A: ¿No? Piense. ¿Con qué dedo teclea el shift, la tecla de la flechita? (José calla.) A: ¿Lo ve? Lo siento, pero habrá que presentar cargos. Necesitará un abogado. Discúlpeme un minuto. (El agente se levanta y sale de la habitación. José se queda solo. Mira a su alrededor. Toca el micrófono. Se mira la mano. Entonces se mete la mano derecha en el bolsillo, de donde saca una pequeña navaja. La abre. Pone la mano izquierda sobre la mesa y coloca la hoja de la navaja sobre el anular. En ese momento, el agente entra corriendo y agarra de los brazos a José. Consigue quitarle el arma. El agente la cierra y se la guarda en el bolsillo. Se queda de pie, enfrente suyo.) A: ¿Qué diablos está haciendo? J: ¡Es mi dedo! A: No, no es su dedo. No todo son derechos, las personas también tenemos responsabilidades. Y hay unas leyes que cumplir. J: Pero es mío. A: ¿Cómo ha conseguido esconder esta navaja? J: No ha sido difícil. A: ¿Por qué iba a hacerlo otra vez? Vamos, conteste, ¿por qué? (José calla unos segundos, sin poder aguantarle la mirada al agente.) J: Cuando me corté el meñique, lo hice sólo por probar. A: Sí. Es lo que ha dicho. J: Bueno, pues me gustó. A: ¿Cómo? J: ¡Que me gustó! Fue agradable. Y quiero repetirlo. A: ¿El qué? ¿Cortarse un dedo? ¿Hacerse un consomé? ¿Eso fue agradable? Usted está mal de la cabeza. J: No sé cómo explicarlo. El dolor me hace sentirme bien, más fuerte. No todo el mundo es capaz de renunciar así como así a algo tan propio como un dedo. A: Pero bueno, ¿qué se ha creído? ¿Que puede ir por ahí cortándose sus dedos? ¿Sólo porque le gusta? J: ¡Son mis dedos! A: ¿Y piensa cortárselos todos? J: ¿Y cuál es el problema, si eso es lo que quiero? A: Sólo tiene diez, se lo recuerdo. J: Seguiré con los de los pies. A: ¡Está loco, no puede hacer eso! J: ¿Por qué no? ¡Son míos! A: Pero usted tiene que producir, tiene que trabajar, el Estado no puede mantener a sonados como usted. J: En la sociedad hay mancos y cojos y ciegos... A: Pero no por voluntad propia, maldita sea; no puede ser una carga para el erario público sólo porque le dé la real gana. Tiene que pensar en su país. A veces hay que renunciar a los deseos, a los gustos, a las aficiones por nuestra patria. Hay que trabajar, piense que podríamos entrar en el G-8. ¡Y usted no puede ser una rémora para nuestro Producto Interior Bruto! J: ¡Puedo trabajar sin dedos! A: Ah, sí, ¿de qué? ¿De pianista? J: De profesor de gimnasia. (El agente se calla un momento. Vuelve a sentarse en su silla.) A: Lo tiene todo pensado, ¿verdad? (En lugar de contestar, José mira al suelo.) Pero no es tan fácil. ¿Y los gastos médicos? ¿Y las manos ortopédicas? J: (Levanta la cabeza con cierto orgullo.) Yo asumiré ese gasto. A: Gasto que los ciudadanos responsables han de dedicar al consumo, para sostener la economía. Y hay industrias más importantes que la ortopedia. ¡Le recuerdo que estamos intentando salir de una crisis económica! J: Me da igual, yo haré lo que me dé la gana. A: No tiene ningún derecho, no lo consentiré. J: Usted no es quién para consentir nada. No puede vigilarme las veinticuatro horas del día, ¿sabe? A: Sí, sí que puedo. Al lo menos, lo intentaré. J: (Mira otra vez al suelo. Se encoge un poco y gira el cuerpo a su derecha. Habla en voz más baja, sin que le importe si el agente le oye o no.) Son mis dedos. A: Usted me da asco. (El agente apaga la grabadora y saca la cinta. Sale de la habitación.) J: Son mis dedos. (Se apaga la luz.)


 
Menéame Envía esta historia a del.icio.us
enlace directo   
 
jueves, 23. octubre 2003
Jaime, 23 de octubre de 2003, 18:01:18 CEST

Dos mitos


Los mitos caen poco a poco. Ahora va Pedro Duque, el más español de los astronautas, y dice que se puede escribir en el espacio con un boli normal. Y que los rusos siempre han usado el equivalente soviético de los Bic, no como los americanos, que sí tienen sus bolis de la Nasa con cartucho de tinta a presión. Otro tópico que también se va haciendo añicos, al menos por mi experiencia, es el de los taxistas de derechas. Se supone que un taxista español ha de estar escuchando la Cope, ya sea la tertúlia política de turno o el partido de fútbol del Real Madrid, y ha de aprovechar cualquier oportunidad para soltarle al pasajero -quien, recordemos, no puede huir- un discurso sobre lo terrible que es la inmigración y la mano dura que hace falta con la delincuencia. Pues resulta que estos retroconservadores al volante ya son cada vez menos. Es más, no hace mucho me encontré (en Barcelona) con un taxista de Jaén que resultó ser catalanista hasta el extremo del independentismo. Obviamente, sigue habiendo taxistas de derechas. Recuerdo uno que explicó que había tenido los dos peores trabajos que se pueden ejercer: policía y taxista. Durante su etapa de poli, allá por los sesenta y setenta, había sido uno de esos grises que apaleaba estudiantes. El tipo aseguró que en las manifestaciones de ahora "no se sueltan palos ni nada, hombre, lo de antes sí que era bueno". Con Franco pegábamos mejor. A pesar de todo, parecía hasta entrañable, el hombre. Y al menos es una de las pocas personas de derechas que no ha sido maoísta en su juventud, lo cual tiene su mérito. Total, que se registran avances en la guerra contra los lugares comunes, guerra, por supuesto, perdida de antemano, porque si no se pudieran explicar cosas como que en el espacio no se puede escribir con un boli normal o que los esquimales tienen más palabras que nosotros para referirse al color blanco, ¿de qué se iba a hablar durante las cenas?


 
Menéame Envía esta historia a del.icio.us
enlace directo