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Dejad que los locos se acerquen a mí
Estaba en el metro, leyendo y sin meterme con nadie, cuando un tipo barbudo, cuarentón y feúcho se me ha acercado y me ha dicho al oído: "Tú eres un fantasma". Al principio me he asustado, claro, me están diciendo que estoy muerto, así, de sopetón, hasta que me he dado cuenta de que se refería al otro significado de la palabra fantasma. Me hubiera gustado discutir tranquilamente esta opinión, pero me fue imposible: el tipo me lo había dicho justo cuando se abrían las puertas del vagón, de modo que cuando levanté la cabeza me encontré con que este nuevo amigo ya caminaba aprisa por el andén, en dirección a las escaleras. Esto me ha sorprendido. No porque sea la primera vez que me llaman fantasma -me han dicho cosas peores-, sino porque los chiflados y los borrachines suelen ser más simpáticos y amables. De hecho, ése es su problema, que son demasiado simpáticos y amables. Recuerdo por ejemplo un viaje de tres cuartos de hora en autobús nocturno al lado de un simpatiquísimo tipo que no paraba de hablar. Yo sólo le decía que sí a todo y él me explicaba que se había tirado los últimos diez años trabajando en el campo valenciano, aunque acabó admitiendo -como si yo le hubiera forzado a ello- que había pasado esos diez años en la cárcel. En ese momento se dedicaba a vender cocaína, aunque su mujer no sabía nada. Desde entonces, por las noches voy en taxi. La amabilidad de esta gente, es también exagerada. Para empezar, los borrachuzos y los tocados del ala se ponen a hablar con el primero que ven, sin hacer distinción de sexo, de edad o de clase social. Son bastante más demócratas que la gente sobria. Por otro lado, yo no sé si los niños y los borrachos son los únicos que dicen la verdad, pero lo que es seguro es que son los únicos que me hablan de usted. Es más, los dipsómanos suelen estar obsesionados con la educación. -Shi esh que she han perdido losh modales, ¿no eshta ushted hic de acuerdo? -Sí, lo estoy. -La gente ya no hic da ni buenosh díash, ni lash buenash tardesh, ni nada. -Pues no. No da nada. -Ni en el ashshenshor. -Ni en el ascensor. -En losh pueblosh esh diferente hic. En lash ciudadesh, ya she shabe. Sí, señor, ya se sabe. También es curioso que cuanto más tarda uno en sacárselos de encima, mejor le tratan. Normalmente comienzan hablándole a uno de usted, luego le dicen "señor" y acaban soltando algún que otro "caballero". Creo que, si se les deja seguir, elevan el cargo a "molt honorable", aunque aún no he hecho la prueba. De todas formas, hay que decir que la de hoy no ha sido mi única experiencia desagradable con un locuelo. No hace mucho, un señor que olía a vino se puso a mi lado en el metro. Y luego me dijo que yo estaba demasiado cómodo y que ocupaba más espacio del que me tocaba. Lo dijo casi sin tartamudear. Lo gracioso del caso no es sólo que yo sea más bien delgadillo y qué él fuera una especie de Papá Noel sin gorro, sino que el vagón estaba vacío. Éste era un borracho algo nazi: estaba obsesionado con su Lebensraum.
Actualización: Creo que había olvidado activar la opción de permitir comentarios en esta historia. No creo que hayáis sido millares los decepcionados, pero, en todo caso, que sepáis que ahora sí podéis escribir alguna cosilla. Disculpas.
Mefistófeles en la plaza Sant Jaume
Leyendo cierta prensa, da la impresión de que Carod-Rovira tiene cuernos y rabo, y de que obligará a Maragall a firmar el pacto usando su sangre como tinta. Según más de uno, Cataluña huele a azufre. Creo que habría que intentar tranquilizar, en la medida de lo posible, a muchos de los columnistas de Libertad Digital, de ABC y de La Razón. Sobre todo antes de que les dé por salvar la patria. Lo primero es dejar claro que no hace falta llamar a ningún exorcista. Imagino que, para convencerles de tal cosa, bastará con decir que nuestras cabezas no giran 360 grados y que nuestras camas no se mueven del suelo. También hay que explicar que no hay ningún plan oculto para permitir que los extraterrestres invadan la península a cambio de la independencia. Así pues, el hecho de que ERC haya dicho que no a CiU, después de que CiU hubiera dicho que sí a todo lo que proponían los muchachos de Carod no ha de interpretarse como un mensaje en clave que sólo pueden entender los marcianos. Aunque reconozco que lo parece. Otra cosa: Iniciativa per Catalunya no es un partido comunista. Repito: no es comunista. Yo no sé muy bien qué es eso del ecosocialismo, pero en todo caso no veo a Joan Saura al frente de ninguna revolución bolchevique. No sólo porque el partido no esté por esa tontería de la dictadura del proletariado, sino también porque Saura no es un agitador de masas, precisamente. El líder ecosocialista da la impresión de ser una de esas personas que se pasa media hora dándole vueltas y vueltas a la cucharilla del café para al final encontrarse con que aún hay granillos de azúcar en el fondo de la taza. Carod-Rovira aspira a la independencia. Eso es cierto. Carod-Rovira e Ibarretxe son dos encarnaciones del mismo ser maléfico. Eso no es cierto. De todas formas, en cuanto al derecho de autodeterminación, me remito a Liberalism, de Ludwig von Mises. Sí, ese tipo cuyas ideas supuestamente admira gran parte de la derecha. Dice el austriaco que "whenever the inhabitants of a particular territory, wether it be a single village, a whole district, or a series of adjacent districts, make it known, by a freely conducted plebiscite, that they no longer wish to remain united to the state to which they belong at the time, but wish either to form an independent state or to attach themselves to some other state, their wishes are to be respected and complied with. This is the only feasible and effective way of preventing revolutions and civil and international wars". Es decir, si Carod-Rovira y alguien como Mises coinciden, quizás no haga falta arrojar agua bendita a los votantes de esos tres partidos que parece que vayan a suscribir un pacto infernal y a comerse a los recién nacidos españoles. Otra cosa, claro, es que a uno todo eso del independentismo, el dependentismo, las unidades y los quebrados, le parezca una aburrida pérdida de tiempo. Y sería divertido hablar de eso. Pero, vaya, de ahí a preparar las hogueras hay un buen trecho.
Being José Luis de Vilallonga
José Luis de Vilallonga pide en su último artículo colaboración a los lectores: le gustaría que le ayudaran a escribir una novela sobre el mundo del teatro. Uno podría pensar que Vilallonga ya está mayor y que requiere de unas cuantas manos amigas que le ayuden a escribir, del mismo modo que a lo mejor necesita un bastón para caminar. Pero en realidad no pide ayuda para redactar, sino para combatirse a sí mismo: "Mi problema consiste en que todavía no he decidido si mi héroe va a ser un personaje de ficción o si lo voy a encarnar yo mismo con nombres y apellidos, lo que sería como dar una continuación a mis memorias, lo que me gustaría evitar a toda costa". Todo esto es muy raro, porque, cada vez que ha cogido papel y pluma, Vilallonga no ha hecho nada más que hablar de Vilallonga, lo que me parece muy bien, porque lo hace de maravilla. Es decir, que ya debería estar acostumbrado a sucumbir a su propio ego, cosa que además parece hacer encantado. Pero puede que el marqués de Castellvell ya no sea aquel joven de setenta años que no dudaba en hablar, por ejemplo, de los cientos de mujeres con las que se había acostado -la mitad, al menos, nobles o famosas. Ahora resulta que quiere hablar de personas que no se han ido a la cama con él. Todo indica, pues, que ya no tiene fuerzas para resistir su propia persona. Lo que, por otro lado, es absolutamente normal: ser José Luis de Vilallonga durante tanto tiempo tiene que resultar una experiencia agotadora. De todas formas, alguien tendría que avisarle de que, en realidad y como todo el mundo, acabará hablando de sí mismo. Por mucho que disimule o se disfrace tras un personaje de ficción. Ficción, dice, a quién pretende engañar.
Que prohíban la manzanilla
La mejor forma de enfrentarse al problema de las drogas quizás sea legalizándolas todas. Las llamadas drogas duras pasarían a consumirse bajo control médico, mientras que las llamadas blandas perderían la poca gracia que tienen y apenas serían consumidas por algún cuarentón nostálgico. Especialmente la marihuana. Y es que el caso de la marihuana me parece muy curioso. Sobre todo si hacemos caso a quienes defienden su legalización con más empeño. Estos adalides del porrete quieren convencer a quien tenga la mala suerte de estar cerca de que la marihuana es un producto beneficioso para la salud. Además, explican, es muchísimo menos adictivo que el alcohol y, en el fondo, no es más que una planta. Como si el curare no fuera también un vegetalísimo y naturalísimo producto. Es decir, los defensores del cannabis quieren que tomarse un porro sea visto con tanta normalidad -y, sobre todo, naturalidad- como tomarse una manzanilla. Pero, entonces, lo que no queda claro es por qué no es más habitual el consumo de manzanillas, mentas y demás infusiones entre los fumadores de marihuana. Para comprobar este último punto, os recomiendo que hagáis una encuesta entre amigos y conocidos. Alguno me dirá que esto es porque la manzanilla no hace reír. Pues yo creo que no. Me parece que es simplemente porque uno puede comprar cualquier producto de la Hornimman's en el súper y eso no sólo no hace reír, sino que además no tiene nada de gracia. Es más, si se prohibiera el consumo de manzanilla y se legalizara el de marihuana, estoy convencido de que todo el mundo iría detrás de la dichosa infusión. Es que provoca una sensación de bienestar que no veas. Y los porros, para los enfermos. O sea, que si los políticos realmente quieren que nadie consuma cannabis, lo único que han de hacer es permitir que se venda en los estancos. O, peor, en las farmacias. Y prohibir la manzanilla o la tila, para que se pueda seguir disfrutando del consumo clandestino de un producto a reivindicar. De paso, no estaría de más que pusieran los porros por las nubes y se ingresara al menos el noventa por ciento en concepto de impuestos, que hacienda somos todos y yo quiero cobrar mi pensión cuando me jubile.
Hay que continuar
Las cosas siguen mal en Iraq. Este fin de semana han sido asesinados siete espías españoles y la situación ha llegado al punto de que la muerte de iraquíes y de militares extranjeros ya no sorprende a nadie. Aclaro que no tengo ni idea de cómo solucionar los problemas por los que pasa el país. A mí ya me cuesta suficiente trabajo hacer la cama como para ponerme a reconstruir una nación. Eso sí, me parece que lo peor sería que las tropas de Estados Unidos y de sus aliados abandonaran Iraq. Creo que, en este caso, la retirada sólo empeoraría las cosas, por mucho que a mí me gusten los abandonos y las deserciones. Y lo mismo se podría decir sobre la olvidada Afganistán, que no está tan maravillosamente como la ausencia de noticias podría hacernos creer. La guerra contra Iraq fue un error. No sólo no se han encontrado ni las armas de destrucción masiva ni a Sadam Husein, sino que, además, la CIA ha reconocido que carecía de información específica acerca del supuesto arsenal iraquí. Imagino que los espías estadounidenses se fiaron de la palabra de José María Aznar, quien nos pidió confianza al respecto de las armas químicas y nucleares del dictador. De todas formas, una vez bombardeada Bagdad y puestas en evidencia las mentiras del gobierno estadounidense, lo menos que puede hacer George W. Bush es cumplir con el resto del plan: ayudar a instaurar una democracia en Iraq, para que sus ciudadanos puedan vivir de una vez en un país libre. Insisto, yo no sé cómo se puede lograr tal objetivo, pero me da la impresión de que las tropas ocupantes no lo están haciendo muy bien. Creo que Bush ha de esmerarse: no basta con comer pavo con sus soldados. Eso sí que lo sabría hacer yo.
