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Palacio, Chacón
Llevo semanas sintiendo la urgente necesidad de defender a dos mujeres metidas en política y con una inmerecidísima fama de incompetentes. Me refiero a Ana Palacio y a Carme Chacón. Tienen tan mal nombre que incluso escuché a Pilar Rahola (creo que fue ella) poner a la primera como ejemplo de mujer que es escogida para un cargo de responsabilidad con el objetivo de dejar mal a quienes defienden la igualdad de aptitudes entre hombres y mujeres. Conste, eso sí, que ahora no quiero hablar de discriminación, sino simplemente de lo desacertado de la mayoría de juicios sobre estas dos políticas, independientemente de su sexo. Creo que casi todo lo que se dice acerca de Ana Palacio -a excepción de cuanto se comenta sobre su armario ropero- es injusto. No puede ser tan mala si incluso los columnistas mayordomos del Partido Popular la critican. Sí que es cierto que se hace la picha un lío cada vez que abre la boca, y que cuando logra aclararse acostumbra a soltar barbaridades, pero eso no es porque sea una inútil, sino porque duerme poco. Sinceramente. Sin coñas. Ella, como es ministra, dormirá unas cinco o seis horas como mucho y así va, medio zombie, dando cabezadas a eso de las tres de la tarde entre informe e informe, o entre declaración y declaración. Esto me la hace muy cercana, ya que yo también soy de esos que necesitan sus nueve o diez (o doce) horas de sueño. Por otro lado, no se puede olvidar ese casi morreo que se dio con Colin Powell hace unos meses. Una persona que consigue que un general se enternezca hasta parecer un teletubbie merece todo mi respeto. En cuanto a Carme Chacón, de acuerdo, probablemente también meta la pata casi cada vez que habla. Lo suyo es peor, porque resulta que Zapatero la ha designado como portavoz del Psoe y, en consecuencia, tiene muchas ocasiones de pifiarla. Como durante la noche de las elecciones catalanas, cuando mostró una euforia precoz que acabó con una cara amarga que merecería figurar en el diccionario para ilustrar la palabra "chasco", o incluso al lado de la expresión "me cago en todo lo que se menea". De todas formas, si lo que le necesita Palacio son horas de sueño, a la Chacón lo que le falta son tablas. Todo se andará, digo yo, sobre todo teniendo en cuenta que hasta Esperanza Aguirre se ha hecho lista de repente, o eso parece cuando uno lee Libertad Digital, donde la dejan casi de premio Nobel. O sea, que uno tiene cierta esperanza con la Chacón. Sobre todo porque no puede ser que Zapatero no dé ni una al rodearse de gente, y pienso, claro, en esos cabezas de chorlito que son Jesús Caldera y Pepe Blanco. Alguna vez tendrá que acertar, el pobre hombre. Además, así, entre nosotros y al menos en comparación con el resto del panorama político español: la Chacón tiene su morbo. Ana Palacio también, claro, pero ese morbo, de morboso llega a enfermizo. Sí, bueno, no es lo más importante etcétera, etcétera, pero, vaya, lo mismo se decía de Felipe González y nadie se quejaba.
Cosas de críos
Durante estos días he podido escuchar varios debates acerca del tipo de juguetes que hay que regalar. Casi todo el mundo parecía concluir que es un horror darle una pistola a un niño o una Barbie a una niña y que hay que potenciar los juegos educativos. Hombre, pues sí. Siempre será mejor que un niño juegue con el Cheminova que con un revólver. Pero igual tampoco hay que exagerar. Y es que, por ejemplo, si uno ve lo que queda de mis juguetes, y siguiendo la lógica que parece decir que estos juegos de la infancia vienen a ser determinantes, yo tendría que estar ahora en Iraq pegando tiros. Me encantaban las pistolas. Y los G.I. Joe. Y puedo asegurar que mis soldados no iban a pacificar nada. Entraban a sangre y fuego en terreno enemigo. En mi habitación tenían lugar la tercera y la cuarta guerra mundial a la vez. Eso por no hablar de los juegos de ordenador que más me gustaban. Obviamente, también fui obsesionado jugador de Monkey Island y de Maniac Mansion, pero recuerdo especialmente un juego de la Spectrum, precursor de la chorradita esa del Mortal Kombat, en el que lo más divertido era cortarle la cabeza al adversario. Caía al suelo rodando y hacía plof plof. Bueno, pues resulta que a pesar de todo eso, soy un tipo totalmente pacífico e incluso pacifista, con lo mal visto que está eso. Es más, nunca me he metido en una pelea de puños (de palabras, unas cuantas) y puedo jurar que lo que me ocurre con los dardos en los bares es totalmente accidental. También se podría hacer algún comentario respecto a cómo la mayoría de contertulios anteriormente citados quieren que niños y niñas interactúen en sus juegos. Ahí sí que estoy plenamente de acuerdo. Nada más divertido que interactuar. Recuerdo, por ejemplo, alguna ocasión en la que cedí a jugar con mi hermana a los Pin y Pon esos. La cosa siempre acababa cuando el padre de familia no podía controlar el coche al llegar del trabajo y estampaba el vehículo contra la casa de la familia, organizando un desastre colosal, con el automóvil incrustado en la sala de estar o en la cocina. En ese momento mi hermana me tiraba de los pelos mientras yo le gritaba a la inconsciente que avisara a los bomberos y a una ambulancia, que los pequeños Pin y Pon estaban ardiendo. Pero todo eso no me marcó negativamente. Al menos, aún no he incendiado nada. Y también recuerdo algún que otro drama que tenía lugar mientras aquella familia de plástico tomaba té con pastas –infartos, tazas envenenadas, misteriosas explosiones-, y he de decir que ahora que han pasado unos cuantos años me comporto con suma corrección cada vez que tengo delante tazas de té y platitos con pastitas. De hecho, me encanta tener esas cosas delante. Y dar buena cuenta de ellas. En cuanto a los juegos educativos, en mi caso no me han educado mucho. El único terreno en el que soy terriblemente competitivo es delante de un tablero de Trivial Pursuit. Es el único juego al que no soporto perder. Claro que también es el único al que gano de vez en cuando. Y el Cheminova sirvió para hacer añicos mi infantil vocación de químico. Me ayudó a descubrir que el maravilloso mundo de la química no consistía en "hacer experimentos", sino en aburrirse soberanamente y en mancharse los dedos y la camiseta con pergamanato de potasa (creo que se llamaba así). En definitiva, que no me parece mal tener cuidado con los juegos y juguetes de los niños, pero sin exagerar. Puede que los niños sean pequeños -al menos lo eran en mis tiempos, ahora todos parecen leñadores canadienses-, pero no son tontos y distinguen perfectamente entre los disparos de verdad y los de mentira. En todo caso, los que tienen problemas al respecto son algunos adultos.
¡Independencia!
No me gustaría que nadie pensara que hago bromas con el independentismo, esa opción política por la que Aznar está haciendo tanto bien, pero el caso es que siempre he pensado que Sants, mi barrio, debería ser un estado independiente, enlazando así con su pasado de municipio libre, anexionado pacífica pero colonialmente hace poco más de cien años por la opresora ciudad de Barcelona. Alguno me dirá que es absurdo pensar que un barrio pueda constituir una nación, y estará en lo cierto, pero es que yo no me refiero sólo al barrio, sino a todo el distrito de Sants-Montjuïc. Se trata del mayor aunque no el más poblado distrito de Barcelona, y cumple con casi todos los requisitos para ser un país libre y próspero. Para empezar, y además de su ya mencionada historia como pueblo independiente, el barrio posee un amplio tejido comercial, formado sobre todo por las tiendas de la Carretera de Sants. Estas tiendas se anunciaban en la radio como el área comercial al aire libre más grande de Europa, cosa que igual supone un exceso de optimismo, pero que, en todo caso, nos coloca en la vanguardia del sector terciario. En el terreno industrial, Sants también tendría el suficiente potencial económico, gracias a las fábricas de la Zona Franca y al puerto de Barcelona. Las comunicaciones con el extranjero que proporciona el puerto se verían además reforzadas con la estación de tren de Sants, la más importante de la ciudad y futura parada del Ave. Bueno, cuando llegue el Ave, que imagino que llegará una década de estas, con paso lento y casi seguro. Las salidas al extranjero también podrían realizarse cómodamente por coche, gracias a la Ronda del Mig y a la autovía de Castelldefels, donde, eso sí, habría que instalar algún tipo de aduana y control de inmigración. El paso de frontera a pie también debería regularse. Sants es también uno de los distritos más activos social y culturalmente. Es el que posee mayor número de asociaciones, cosa meritoria, teniendo en cuenta que en Cataluña la gente se asocia hasta para sacar al perro a pasear. Asimismo, contamos con el Palacio Balañá, el cine (ahora multicine) más antiguo de los que siguen en pie en Barcelona, y con el nuevo Teatre Lliure, situado cerca de la histórica avenida del Paralelo y a los pies de Montjuïc, que es nuestro (enfisémico) pulmón, coronado por un parque de atracciones que nunca recuerdo si ya ha cerrado del todo por última vez o si aún hay que apagar las máquinas que lo mantienen con vida artificialmente. En esta montaña, eso sí, tenemos la Fundació Miró y el MNAC, que debería cambiar de nombre y pasar a ser el Museu Nacional d'Art de Sants. En Montjuïc también se encuentran el estadio olímpico y el Palau Sant Jordi, donde nuestras selecciones nacionales nos regalarían, sin duda, impagables momentos de gloria. Ahora no recuerdo a ningún deportista famoso que sea compatriota nuestro, pero alguno habrá, digo yo, aunque se hayan ido todos a vivir a Pedralbes. Por último, hay que recordar que Esquerra Republicana de Catalunya nació en este distrito en 1931, así que no sería de extrañar que entre nuestros ciudadanos se impusieran estos deseos de disfrutar de la libertad y de la independencia, que traerían consigo mayor bienestar y prosperidad para nuestro país, incluidas las zonas menos afortunadas. Visca Sants Lliure! Y ya de paso, bon any!
Ya es Navidad en La decadencia del ingenio
Una diputada popular ha pedido que se condecore a los miembros de una subcomisión parlamentaria, cuyo trabajo un poco más y no sirve para nada. No seré yo quien le niegue una medalla a tan digna servidora, entre siesta y siesta, de los intereses patrios. Es más, yo le daría encantado una o dos condecoraciones, aunque me temo que las únicas que podría conseguirle serían las que uno puede encontrar dentro de un Kinder Sorpresa. Yo no he trabajado tan duro como esa señora, sólo faltaría, así que no aspiro a que me cuelguen una medallita de la solapa. Ni siquiera un pin. Pero creo que tengo derecho a unas vacaciones. Y, como en vacaciones uno tiene más tiempo libre, resulta que no voy a tener tiempo para escribir por aquí hasta el año que viene. Vamos, que no es plan de acercarse mucho al ordenador cuando uno tiene fiesta. Es una pena, porque quería decir alguna cosilla sobre esa encuesta que comenta JR, según la cual el 64 por ciento de los españoles separa la basura. Creo que buena parte de esos dos tercios no ha comprendido la pregunta y en realidad hacen lo mismo que yo: separar la basura, sí, pero sólo de las cosas que no son basura, no sé si me explico. Pero estaba hablando de mis vacaciones. Quería añadir que a mí las Navidades me gustan. Algunos critican el consumismo de estas fiestas, pero a mí me gustaría que todo el mundo pudiera ser consumista incluso a fin de mes. Otros hablan de la hipocresía que supone tener buenos sentimientos apenas un par de semanas, pero digo yo que sería peor no tener ni un mísero buen sentimiento de esos en los doce meses del año. Obviamente, no todo es bueno en Navidad, a pesar de que incluso hace frío -es que también me gusta el frío-. Por ejemplo, mis tías, que no tienen nada que envidiar a las tías Agatha y Dahlia de Bertie Wooster. Son más o menos como ellas, sólo que sin fortuna heredable. En definitiva, que entre que me voy a pasar unos días fuera y que voy a estar demasiado ocupado durmiendo, comprando regalos y peleándome con mis tías -especialmente con Mercé, para que suelte la botella de cava-, será mejor que me vaya despidiendo hasta el año que viene, no sin antes desearos felices fiestas y constitucional año bueno. Esperemos que en 2004 no entre la guardia civil a disolver el parlamento catalán y que Atutxa recupere la cordura que mostraba no hace tanto tiempo. No sé qué pasa, pero siempre acabo hablando de política.
Sí, yo también escribo sobre Saddam
Paul Bremer daba la noticia, reprimiendo la lagrimita, con la barbilla temblorosa: Saddam Hussein había sido apresado. En las imágenes, el ex dictador aparecía con una barba de homeless y una mirada huidiza y humillada que me ha recordado la que en Londres mostraba otro amigo de Estados Unidos, Agusto Pinochet. Hombre, Pinochet estaba mejor vestido y lucía ese peinado que parecía hecho a base de lametones de vaca, pero imagino que ambos tiranos se sentían más o menos igual de ofendidos e impotentes. La diferencia fundamental es que todo apunta a que el iraquí no podrá escaparse de un juicio. No estaría nada mal que todos los dictadores acabaran así. Lo que me sabe mal es que no fuera el propio Saddam quien coordinara la resistencia terrorista, porque eso podría suponer que en Iraq dejaría de morir mucha gente y sería más fácil que el país organizara su propia democracia y enviara a casita a los piratas estadounidenses. Y lo que me ha molestado es que un melón con pelos como Federico Jiménez Losantos escriba que ayer fue un mal día para la izquierda. No me extraña nada en absoluto el palo que el EGM le ha dado a su programita de radio, teniendo en cuenta que eso es de lo mejorcito que sabe decir el calumnista de El Mundo, supuesto liberal que no usa más que argumentos torticeros y biliosos.
