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Dicen que llegó el verano y tal
Al salir del ascensor, una adolescente le pregunta a su hermana: "¿Es tu culo lo que vibra?"
Ejército olímpico
Al parecer, ha causado cierta sorpresa el hecho de que el Ministerio de Defensa haya decidido patrocinar la selección española de baloncesto en los Juegos Olímpicos de Atenas. No entiendo de qué se extraña nadie, teniendo en cuenta que los partidos de las selecciones nacionales no son más que batallas sublimadas, del mismo modo que los mundiales y los juegos olímpicos son guerras mundiales de juguete. Creo que estaremos de acuerdo en que la Eurocopa ha hecho mucho por evitar una tercera guerra mundial, casi tanto como la propia Unión Europea: mientras los franceses y alemanes se dediquen a marcarse goles, no tendrán la tentación de arrojarse bombas. Así las cosas, y teniendo en cuenta que el Ministerio de Defensa justamente ha de defender a los ciudadanos, es lógico que colabore en esta labor de pacificación. Mientras la selección española sea derrotada solamente en competiciones deportivas, los españoles estarán lo suficientemente entretenidos insultando a los árbitros extranjeros como para descolgar el trabuco del abuelo y dirigirse a la frontera. A cualquiera de ellas. Asimismo, mientras en Cataluña haya quien pierda el tiempo reclamando -incluso consiguiendo- selecciones catalanas, no habrá muchos a los que les queden tiempo y energía para reclamar -incluso conseguir- la independencia.
Mala suerte
Había oído de gente a la que le había pasado, pero como siempre se trataba del amigo de un amigo, no me lo acababa de creer. El caso es que sí, que esas cosas pasan o, al menos, a mí me pasaron. Lo primero que noté fue un tirón en la nuca. Inmediatamente después subí unos veinte metros en el aire dando volteretas. Una pausa de un par de segundos y abajo otra vez. A ratos variaba. En una ocasión, por ejemplo, me quedé rodando muy rápido a ras de suelo, sin subir ni bajar. Al rato paré. Estaba tan mareado que me senté en la acera. Craso error. A los dos minutos noté un golpe en la espalda y me fui rodando por el suelo hasta golpear a un señor con traje y corbata. Logré disculparme antes de que el pobre tipo desapareciera, también rodando, por un agujero. Luego, otra persona -es que no miran por donde van- me golpeó a mí y fui yo el que cayó al hoyo, donde estaba el señor de antes, acompañado de una chica joven y de un tipo gordito que se la intentaba ligar. Nos saludamos amablemente y cruzamos un par de frases acerca del calor, que ya comenzaba a apretar. Al rato noté como si me ataran con una cuerdecilla muy rugosa de los pies a la cabeza. Luego me sentí arrojado bruscamente al suelo, donde comencé a girar sobre mis pies. Fui perdiendo velocidad y acabé desplomándome. Cuando ya creía que me iban a dejar en paz, me sentí de nuevo arrojado hacia arriba. Volé como unos quince o veinte metros, dando vueltas. Qué manía con las vueltas. Caí al suelo y se repitió la operación otras nueve veces. Contra lo que pudiera parecer, caí siete veces de cara y sólo tres de culo. Después de esto, me dejaron de pasar cosas y pude volverme a casa. Llevo dos días sin dar volteretas y durmiendo sin problemas, pero no logró quitarme de encima la curiosa sensación de haberle traído mala suerte a vete tú a saber quién.
Disimular
A pesar de los refranes, han pillado antes a los presos fugados William Clay Bohanan y Berl Keith McKinnie que a su compañero de fatigas Billy Leo Potts Jr. Digo lo de los refranes porque Bonahan y McKinnie son cojos: uno tiene un pie ortopédico y el otro la pierna. Sólo faltaría confirmar que Potts es un embustero para que quede refutado una vez más eso de que antes se pilla a un mentiroso que a un cojo. De todas formas, estoy convencido de que si les han pillado es precisamente por culpa de quien conserva las dos piernas, ya que es justamente el más sospechoso. Es decir, nadie creería que un par de cojos se van a fugar de una prisión. Al verles trotando por la galería fuera de su celda a altas horas de la madrugada, los guardias pensarían que simplemente daban un paseíto. Estirando la pierna un poco. ¿Cómo se van a fugar dos cojos? No llegarían muy lejos. En cambio, al verles con Potts, la alarma habría saltado. Ése tipo igual sí se fuga: ni siquiera tiene un hueso roto. Lo raro no llama la atención. Se tiende a sospechar más bien de lo normal. No sé si es que tenemos tantas ganas de salirnos de la norma, que al final lo normal se convierte en algo extraordinario, pero el caso es que lo corriente parece un disfraz. Otro ejemplo: lamento no recordar ni dónde leí esta historia, ni los términos exactos, pero trataba de un colombiano que se llamaba Juan García, José Pérez o algún otro nombre igual de vulgar. El caso era que le registraban en todas las aduanas. Con ese nombre, el pasaporte seguro que está falsificado, pensaban los agentes, y más siendo de Colombia. García tenía que viajar a menudo por cuestiones de trabajo, así que, comprensiblemente, estaba harto de perder horas sometiéndose a interrogatorios y registros absurdos. No tardó en encontrar la solución: se agenció un pasaporte falso, cuyo apellido era algo así como Barraigoetxea. No volvió a tener problemas en ninguna frontera. Y es que ¿quién va a sospechar de alguien con ese nombre? Si hubiera querido pasar desapercibido con un pasaporte falso, hubiera escogido un apellido que no llamara la atención. Como, no sé, García o Pérez. Sólo que el colombiano ya se había dado cuenta de que la mejor forma de no llamar la atención es, justamente, llamar la atención. Y viceversa: para llamar la atención, lo mejor es intentar pasar desapercibido.
¿Quién es el último?
A pesar del espectáculo que le montaron al pobre John Hume, me lo pasé bien en el Fórum. Y sólo tuve que hacer cola para ver los guerreros de Xi'an. Ya sé que los hay muy susceptibles con esto de los consejos, pero me tomo la libertad de daros uno: en la cola de los guerreros, cuidado al dar la vuelta para enfilar la recta final. Allí el espacio se agranda y os intentarán adelantar por la derecha. Usad los codos, si es necesario; jugad sucio, como el Michael Schumacher de los buenos tiempos. Odio las colas. Sobre todo cuando detrás se te coloca uno de esos listillos que va poniéndose más a tu lado que a tu espalda, con la única intención de adelantarte en cuanto desvíes la mirada un par de segundos para, por ejemplo, preguntar la hora. Ya no puedes seguir leyendo el periódico o escuchando la radio. Te tienes que dedicar a vigilar y a lanzar miradas asesinas a ese impresentable. También odio a esos que se saltan a los quince que esperan, apartan al que está el primero y dicen: "Perdona, sólo quiero hacer una pregunta". Ya, toma, y yo también, y por eso llevo media hora esperando. Por cierto, nunca hacen una pregunta. El mínimo es tres. Comprobado. Y esos tipos no están en la cárcel. Eso sí, comprendo perfectamente que quienes más falten al respeto en lo de las colas sean las personas mayores. Hay quien se queja de que los ancianos, al estar jubilados, no tienen excusa para comportarse así, ya que no tienen nada más que hacer y bien pueden esperar su turno. Pero es que, mientras esperan, notan el aliento de la muerte en el cogote. Cada vez les queda menos tiempo de vida y se vuelven, comprensiblemente, unos avaros con sus días. Todo esto no es excusa, claro, sino sólo una posible explicación.
