miércoles, 21. julio 2004
Jaime, 21 de julio de 2004, 9:55:49 CEST

Un (posible) empresario y su (posible) ascenso meteórico


En la plaza Països Catalans, junto a la Estación de Sants, hay repartidos una veintena de coches en venta. Lo curioso es que se repiten sospechosamente los números de teléfono móvil que hay en los carteles de "se vende": no habrá más de dos o tres. Es decir, cabe la posibilidad de que estos veinte coches los esté vendiendo la misma persona, con lo que en Sants se ha organizado un magnífico top manta automovilístico. Ah, qué bien que la gente prospere. Lo digo porque igual este buen hombre -o mujer, claro- comenzó vendiendo pañuelos de imitación de Gucci en el Paseo de Gracia, luego logró pasarse a los cedés pirata, para posteriormente dar el salto a los devedés. No sé qué habrá entre los devedés y los coches -¿móviles?-, pero imagino que, con un poco de suerte, este empresario al margen acabará montando alguna especie de inmobiliaria hecha a mano y, por qué no, comprando cuatro o cinco aviones y lanzando su propia aerolínea. Sí, bueno, poco probable. En todo caso, si es español le entrevistarán en el diario Cinco días, mientras que si resulta ser marroquí -o pakistaní, o rumano- le acusarán de ser un maleante que hace negocio sin tener en cuenta la legislación vigente y de robar negocio a los empresarios honrados, es decir, a los nacionales.

Actualización: Creo que soy gafe. Lo digo porque justo hoy aparece publicado en El Periódico que algunos de estos coches han sido pintarrajeados. La asociación de vecinos y comerciantes de la zona dice que no tiene nada que ver, pero no hay muchos que crean sus palabras, a juzgar por lo que insinúa el diario. Y es que en la noticia se aclara que los vecinos y comerciantes llevaban tiempo quejándose de este uso ilegal del espacio público. Al parecer, está prohibido exponer automóviles en la calle para venderlos. Cosa que, por otro lado, es bastante habitual. Aunque no de veinte en veinte, claro. Total, que este empresario tendrá que repartir sus puntos de venta, si no quiere que le sigan saboteando el negocio y si sigue aspirando a convertirse en el Amancio Ortega del top manta.


 
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martes, 20. julio 2004
Jaime, 20 de julio de 2004, 10:10:48 CEST

Fragmento de un e-mail de Javi


Lo que oyes o, mejor, lo que lees: en 1877, un científico irlandés, Seamus Fair, demostró científicamente la existencia de las almas. Para ser exactos, publicó su Teoría de las Almas en 1872, pero no logró una comprobación en laboratorio hasta la fecha antes citada, cuando pudo detectar su propio espíritu en unas placas de vete a saber qué. El caso es que esto sólo fue el primer paso: una vez las almas fueron detectadas -por decirlo de algún modo-, se pudo estudiar su composición y comportamiento, gracias a lo cual pocos años más tarde se fabricó un decodificador de respuestas a oraciones, que a su vez permitió que en 1885 se llegara a la conclusión de que Dios existe. Como es natural, no se dejó de trabajar en el tema, y el 3 de enero de 1892 todos los periódicos publicaron en primera página la noticia de que el catolicismo se establecía finalmente como la religión verdadera, no sin incluir correcciones y variantes. Algunas de las correcciones eran curiosas. Por ejemplo, resulta que el virgen de la inmaculada concepción era José, y no María. Otra cosa que llamó la atención fue que escribir novelas era pecado. De todas formas, las variaciones no acostumbraban a ser tan claras y de hecho irritaron a la mayoría, ya que tendían a salirse por la tangente en los temas más espinosos. Eso sí, la noticia se recibió con alegría y religiosidad sosegadas. Incluso quienes practicaban otros credos se convirtieron tranquilamente al catolicismo. Ya me dirás tú, qué remedio. De todas formas, esto no erradicó en absoluto el pecado. Imagino que la mayoría seguía contando con arrepentirse en el lecho de muerte. Para luchar contra esta situación, en algunos países se instauró la llamada Ley Santa: se declaró ilegal todo lo que el decodificador había dejado claro que era pecado. El problema fue que esta Ley Santa acabó a su vez resultando ser pecado y se tuvo que derogar. No se sabe exactamente qué pasó, pero a principios del siglo 20 se decidió borrar todo esto de la historia. Se envió al ya anciano Seamus Fair a una isla del Pacífico, se quemaron todos los documentos que hacían relación a sus descubrimientos, se destruyeron los decodificadores e incluso se editaron diarios nuevos para el 3 de enero de 1892, no fuera que alguien recurriera a las hemerotecas. La mayoría de sospechas apuntan a que todo habría sido un error absurdo de Fair y que su experimento no era más que una especie de daguerrotipia fallida. Este error –o fraude, apuntan algunos- habría avergonzado tanto a la gente que se logró que por primera vez todo el mundo se pusiera de acuerdo para hacer algo: disimular. De todas formas, algunas cosillas que he encontrado por internet explican que en realidad el decodificador hizo saber que era pecado tener conocimiento cierto de la existencia de Dios. En consecuencia, se tuvo que volver a la situación anterior. Ya te contaré más, porque parece que incluso la Primera Guerra Mundial vino causada por todo esto y que el asesinato de Francisco Fernando no tuvo nada que ver. Hay algún libro sobre el tema y todo.


 
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jueves, 15. julio 2004
Jaime, 15 de julio de 2004, 12:30:16 CEST

De compras


El infierno es el parking de La Maquinista. O sea, un sitio oscuro por el que vas dando vueltas. Y cuando por fin encuentras a alguien que va a salir y dejarte su plaza libre, resulta ser un maniático del orden que tiene que poner las bolsas de la compra bien colocaditas y ordenaditas. No sé para qué tanta molestia: se van a caer igual. Si el parking es el infierno, el propio centro comercial vendría a ser el purgatorio. La parte mala del purgatorio. Ni siquiera ahora tengo claro por qué decidimos ir allí. En realidad no es más que un antiguo solar lejos de cualquier parte en el que a alguien se le ocurrió la idea de apiñar un centenar de tiendas. No suena apetecible. Y no lo es. Conste, eso sí, que no tengo nada en contra de los grandes almacenes. De hecho, tengo más aguante que la mayoría de gente que conozco, a quien le empieza a doler la cabeza a los veinte minutos de dar vueltas de planta en planta. Pero en La Maquinista el que no aguanta soy yo. Al menos hay alguna que otra cafetería y, ya arrepentidos de habernos metido en aquel sitio, decidimos parar a tomar un refresco. Cuando nos sentamos, nos damos cuenta de que hay una camarera sentada en el suelo, junto a la barra y con cara de dolor. Un compañero la sujeta y una guarda de seguridad la tranquiliza asegurando que ya viene la ambulancia. ¿Qué ha pasado? ¿Una lipotimia? ¿Una caída? ¿Un infarto? Es curioso eso de tomarse un granizado mientras alguien espera una ambulancia a dos metros de ti. Es casi como ver desgracias en el telediario mientras almuerzas, sólo que uno procura no mirar para no molestar aún más. No debe ser muy agradable estar tirado en el suelo y que encima se forme un corrillo como si uno fuera una de esas estatuas vivientes de las Ramblas. Cuando entran los médicos con la camilla se confirma que la chica se ha roto una pierna. No puede levantarse: le duele demasiado, así que entre los dos médicos y algún gritito ahogado, la agarran y la suben a la camilla. Al ver el trajín sanitario, una decena de curiosos se detiene ante la puerta del bar. Sólo falta un policía con un megáfono diciendo aquello de: "¡Disuélvanse! ¡Aquí no hay nada que ver!" Toda esta operación es seguida muy de cerca por una clienta del café, que tendrá unos ciento cuarenta años y que, no sin esfuerzo, se levanta de su silla para no perderse detalle. Cuando ya retiran a la camarera accidentada, la señora se acerca a la camilla, le pone la mano en el brazo a la joven -en el brazo, no en la pierna, por lo que en seguida se descarta que se trate de una sanadora- y le dice: "Adiós, guapa, cuídate mucho". Supongo que es una cliente más o menos habitual, preocupada por su camarera favorita, pero me da por pensar que igual la muchacha se ha caído mientras le traía un suizo y la anciana se siente culpable. Ay, si me hubiera quedado en casa, esto no hubiera pasado. La lesionada veinteañera se marcha al hospital en ambulancia, la señora preocupada paga y se larga, y los curiosos siguen con sus compras. Ya no hay nada que ver. Se confirma que julio es un mes muy aburrido y que en los grandes almacenes siempre están de rebajas y nunca pasa nada.


 
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lunes, 12. julio 2004
Jaime, 12 de julio de 2004, 11:55:46 CEST

Objetivos


Arcadi Espada se lamentaba hace unos días de que "la objetividad no exista. De que los hechos no puedan narrarse con independencia de las creencias". Digo "se lamentaba" porque creo que eso hacía, aunque no sé si hay algo de sorna en sus palabras y tampoco sé hacia qué o quién se dirigiría dicha sorna. En todo caso, este lamento, sea sincero o no, es compartido por muchos, en especial en lo que se refiere al periodismo. No son pocos quienes sienten la necesidad de que haya una versión objetiva de los hechos, de que exista una verdad -sólo una- y, si es posible, que dicha verdad coincida con sus propias creencias. La felicidad es aún más completa si esta verdad es la que recoge el diario que uno lee y no el periódico enemigo. De todas formas, yo prefiero que la objetividad no sea más que un mito. No podemos asumir otro punto de vista que el nuestro, y el nuestro, por definición, será subjetivo. Despreciar la subjetividad es despreciar nuestros puntos de vista, nuestras creencias, nuestras opiniones. Despreciar, en definitiva, lo que somos. Quizás la verdad está "ahí fuera", esperándonos en plan Expediente X. No lo sé. Lo que sí tengo claro es que ahí fuera no estamos nosotros. Ni podemos estar.


 
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martes, 6. julio 2004
Jaime, 6 de julio de 2004, 16:55:11 CEST

Mira que me voy a sacar la zapatilla


Los Lores británicos han votado a favor de convertir en delito los castigos físicos a los niños, aunque no se manifiestan en contra de los bofetones que no dejen marca. Parece que sólo les molesta lo que se nota, pero, en fin, algo es algo. En todo caso, esta iniciativa no me parece mal: en unas pocas décadas hemos pasado de los azotes con cinturón y los golpes de regla en la punta de los dedos a que, como mínimo, esté mal visto soltarle una torta a un crío. Tiene su lógica e incluso le devuelve a uno la confianza en una palabra que últimamente no está nada de moda y cuyo sonido, lo reconozco, ya le hace a uno levantar la ceja y prepararse un comentario más o menos jocoso: progreso. En todo caso y como dice Salman Rushdie, que está a favor de la prohibición total de las bofetadas: "agredir a un niño es tan inaceptable como agredir a un adulto". Una cosa es que los padres sean quienes tengan que educar a sus hijos y otra bien distinta que puedan hacer cuanto se les antoje para convertirlo en un hombre de pro. Aquello de "quien bien te quiere te hará llorar" no es más que otra prueba de que los refranes son idioteces que algunos se toman en serio sólo porque se oyen a menudo. Además, sería paradójico eso de decirle a un chavalín que no tiene que pelearse con sus compañeros de escuela y que la violencia ha de ser el ultimísimo recurso, para luego soltarle un tortazo por una mala respuesta. No voy a decir que los niños son unos angelitos y que no se puede ser duro con ellos, pero, en todo caso, los padres estarían dándole estopa a un crío de metro diez. Eso de meterse con los más pequeños está muy feo. Alguno dirá que un cachete puede ir bien de vez en cuando para educar a un niño. Igual uno de esos que no deja moratones. Hombre, no sé. Eso de educar a un hijo es muy complicado, y éste es uno de los motivos por el que yo ya renuncio de entrada a cometer esa temeridad que es reproducirse. De hecho, no hubiera estado de más que alguno se hubiera puesto un condón hace unos cuantos años: así no iría soltando bofetones a sus hijos o, al contrario, consintiéndoselo todo durante la media horita que les ve al día, después de haberlos tenido aparcados en la escuela, en la clase de idiomas, en la de informática o en el esplai. El caso es que no molesten.


 
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