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Octubre es un buen mes para conquistar el mundo
Mi bolsillo me informa de que nos acercamos a fin de mes, cosa que me sorprende, teniendo en cuenta que aún no hay noticias de la sorpresa de octubre. ¿Arrestarán a Bin Laden? ¿Aparecerá muerto? ¿Aparecerá vivo? ¿Se publicarán fotos de John Edwards, el Artur Mas estadounidense, sin maquillaje? ¿Nos invadirán los extraterrestres? ¿Nos invadirá un ejército de extraterrestres con un parecido asombroso a Edwards? Curioso lo de estas teorías de la conspiración. Siempre requieren de la intervención de los servicios secretos de Estados Unidos, aunque últimamente están de moda los marroquíes y creo que no falta mucho para que se recupere a los supuestamente desempleados espías del bloque soviético. En especial los búlgaros. Estos agentes secretos actúan de acuerdo con las multinacionales del petróleo y de la industria del armamento. El objetivo: ponernos a todos al servicio de la banca internacional. El resultado final es que acabamos conduciendo todoterrenos -que consumen doce litros de gasolina cada tres quilómetros- hasta el McDonald's más cercano, donde compramos -¡sin bajarnos del coche!- una hamburguesa, acompañada, por supuesto, de patatas y de una coca-cola. De las grandes. Llena de cafeína y de otros aditivos que nos hacen cada vez más adictos y dóciles. Normalmente, estos planes tienen fisuras. Algunos periodistas intrépidos se dan cuenta de estos errores y escriben libros llenos de complots. Así hemos llegado a saber que no se estrelló ningún avión en el Pentágono, que <a href=www.google.com>la Cia asesinó a Kennedy y, por supuesto, que el mes de octubre antes de las elecciones a la presidencia de Estados Unidos siempre ocurren cosas. Cosas curiosas. A quienes publican estos libros no les pasa nada, ya que el plan de las maquiavélicas multinacionales es que nosotros creamos que mienten justamente porque se les deja hablar. Y eso que en sus superventas suele aparecer al menos un cadáver que sabía demasiado. Bien, creo que ha quedado suficientemente claro el poco aprecio que siento por las teorías de la conspiración. Y esta es la razón por la que creo que en lo que queda de octubre lo más fácil es que nos invada un ejército de alienígenas. Y que todos ellos tengan el mismo rostro: el de John Edwards, el Artur Mas estadounidense. Al fin y al cabo, y por lo que sé, los extraterrestres no son de la Cia. Ni del Mossad. Claro que esto no quita que puedan pasar otras cosas, etcétera, etcétera, y aquí un bostezo incrédulo y después gloria.
Excusas de mal hablador
Dos indicios de que alguien no sólo está equivocado sino que además se empeña en tener razón a pesar de todo: cuando ese alguien se queja de que se han sacado sus palabras de contexto, y cuando asegura que hay cientos de casos que prueban su punto de vista, pero no es capaz de citar uno solo. Obviamente, este tipo de normas no son muy de fiar. Pero en todo caso y por lo que he visto, no falla mucho. Incluso podría citar más de un ejemplo de estas actitudes, pero me temo que alguien sacaría de contexto mis palabras.
Nota al margen
Derrida, filósofo y francés son tres términos que nos llevan a pensar en la serie de estereotipos que señala Terry Eagleton en The Guardian: "The man was regarded by the stuffed shirts as a subversive nihilist who believed that words could mean anything you liked, that truth was a fiction, and that there was nothing in the world but writing. In their eyes, he was a dangerous mixture of anarchist, poet and jester". Y es que cuando según quién escucha el nombre de Derrida, ese según quién arruga la nariz y despacha al francés llamándole el posmoderno que decía que todo vale. No sólo no es verdad que todo valga, sino que además ese todo no vale ni con Derrida: "Deconstruction, the philosophical method he promoted, means not destroying ideas, but pushing them to the point where they begin to come apart and expose their latent contradictions. It meant reading against the grain of supposedly self-evident truths, rather than taking them for granted." Es decir, de trata de cuestionarse continuamente lo que damos por sentado, no de que podamos dar por sentada cualquier cosa sólo porque nos la hayamos planteado. En cambio, alguno igual prefiere creer que ciertas cosas son como son porque siempre han sido de esa manera. O sea, porque sí. Seguir el dictado de los dogmas es muy sencillo. Pero es que cuestionarlos tampoco es complicado. De hecho, la única forma de saber si nuestras ideas son sólidas es intentar tirarlas abajo. Apuntalarlas con tópicos no sirve para nada. Pero, claro, entiendo que haya más de uno a quien no le guste hacerlo. Por miedo a darse cuenta de que está equivocado en algo. Así, esta gente prefiere seguir leyendo a quien le da a uno la razón en todo, no dudar nunca porque, claro, hay cosas que son de cajón, y lamentar que aún haya bobos que no estén de acuerdo con lo que uno dice.
Pues yo quería ser astronauta
El Barça quiere fichar a un argentino de 12 años, pensando que puede ser un nuevo Maradona. Como mínimo. De entrada, la noticia tiene pinta de clásica historia de niño prodigio frustrado. Si viene a Barcelona, seguramente jugará bien en eso que llaman las categorías inferiores. Incluso puede que en el filial no lo haga mal del todo. Pero llegará al primer equipo y allí comenzarán a torcerse las cosas. No marcará goles, no le saldrán los pases y cada vez que toque el balón, lo perderá como quien pierde un paraguas. Obviamente, lo primero que hará quien sea entrenador del Barcelona, será pedir paciencia y recordar que es el jugador más joven de primera división. Pero irán pasando las semanas y el jugador seguirá sin dar pie con bola. Acabará la temporada en el banquillo. El año siguiente será peor: apenas cuatro partidos como titular, y ninguno jugado entero. Jugará cedido en otro equipo de primera, donde pasará la mitad de la temporada en blanco. Luego lo enterrarán en segunda división, donde jugará tres o cuatro años hasta que aproveche una lesión para retirarse y montar un bar. En su bar no se hablará de fútbol. Ni siquiera tendrá televisión, no sea que a alguien se le ocurra pedirle que ponga algún partido. En unos años ya nadie se acordará de él, aunque, claro, siempre habrá dos o tres clientes habituales que conocerán la historia vete tú a saber cómo y la comentarán a sus espaldas. "Ah, ¿no sabías que Erik había jugado en el Barça?" Cuando su hijo cumpla siete años, la suegra le regalará una pelota. La oficial de la liga. O del mundial. Y Erik agarrará una buena pelotera. "Ay, hijo, que quieres, el niño quería una pelota, es su cumpleaños, ¿no querrás que le compre un puzzle?" Le joderá ver esa pelota. Pero más le joderá acompañar un día a su hijo al parque de al lado de casa y ver lo mal que golpea el balón. Harto, le gritará un "así, no, joder" y, sin disimular su fastidio, le enseñará un par de trucos. Será la primera vez en diez o doce años que toca una pelota. -Papá, ¿verdad que tú jugaste en el Barça? Erik no recordará haberle dicho nada, pero, en fin, esas cosas se saben. Igual vio los recortes de prensa guardados en el fondo del armario, o quizás su mujer le había comentado alguna cosa. -Sí... Pero sólo dos años. El niño le dirá que lo ha contado en el colegio y que no le creen. -Ya te daré una foto para que la lleves. -¿Y eras bueno? Se callará unos segundos antes de contestar. -El mejor. Me trajeron de Argentina cuando tenía doce años. Pero me lesioné. No me llego a joder la rodilla y tu padre sería el segundo Maradona. No será la primera vez que lo piensa, pero sí será la primera vez que lo diga. Incluso comenzará a creérselo.
El bulto
Triste caso el del bulto en la espalda de Bush, que algunos han identificado con un receptor mediante el cual le iban chivando lo que tenía que decir durante el debate, mientras que otros han asegurado que se trataba simplemente del botón de encendido. Digo que es triste porque en realidad no es que el presidente tenga un bulto en la espalda, sino que a un bulto le salió un presidente. El pobre bulto llevaba una vida tranquila y pacífica en un trastero. Era uno de esos bultos de los que no se sabe si son revistas viejas, maletas agujereadas o camisetas de ir por casa. Hasta que le salió una sonrisa en un lado, si es que los bultos tienen lados. Era una boca llena de dientes, lo menos cincuenta o sesenta, todos blancos y brillantes. Después le fue creciendo poco a poco una mano, que se dedicó a ir estrechando otros bultos, ya que no había más manos cerca. El alboroto llamó la atención de los dueños de la casa, que no dudaron en llevar al bulto al trapero. Los traperos, claro, son médicos de bultos. Como todo buen trapero, éste no se había afeitado en su vida, pero no tenía más que una barbucha de cuatro días, hirsuta y gris. El trapero se quedó mirando el bulto atentamente mientras mordisqueaba un palillo. -Un caso grave -dijo al fin-. Al bulto le está saliendo un político. Y encima, americano. La familia, asustada, preguntó cómo curar aquello. -No hay nada que hacer. En poco tiempo tendrán ustedes un político en el cuarto de los trastos. Sólo pueden retrasar el proceso: no le dejen ni leer periódicos ni escuchar la Cope. Y, sobre todo, que no visite los foros de internet. Ni las páginas porno. El trapero era un buen trapero y tenía razón. En cosa de mes y medio, el bulto ya no era más que un granito en la espalda de un señor con traje gris, corbata sosa y mirada hueca. Este señor tenía acento tejano y aseguraba desde el trastero que todos juntos y con la ayuda de Dios trabajarían para conseguir un país más próspero, un país para todos: (y aquí hacía una pausa) viejos, jóvenes, hombres, mujeres, niños. A veces se escapaba de la habitación y aprovechaba para darle un besito al bebé de la familia. En esas ocasiones, el padre tenía que devolverlo a escobazos al trastero. Después de cada una de esas tundas, el político se sentaba sobre un baúl, junto a una radio que no funcionaba. Entonces cogía un desatascador como si fuera un teléfono y pedía que le pasaran con el Secretario de Defensa, a quien le musitaba algo acerca de una crisis. Un día llamaron a la puerta. Al abrir, el padre de familia se encontró con dos señores encorbatados. Uno de esos hombres tenía un bultito en el hombro. El otro, en la pierna. El del bulto en el hombro sonrió todo lo que pudo. Parecía que los labios se le iban a resquebrajar. No hizo falta más para que el hombre supiera que el bulto, finalmente, había pasado a mejor vida. -Compañero, amigo, muchas gracias por abrirnos la puerta, eso era justamente lo que necesitábamos, lo que más le convenía al país -dijo el hombre del bulto en el hombro, pasando al recibidor sin pedir permiso-. Oh, qué ricura de bebé... ¡muac! Qué bonito. De mayor será un gran hombre. Como su padre. Caballero, concédame el honor de estrecharle la mano. Señora, a sus pies. Usted debe de ser el abuelo. ¿O el hermano mayor del caballero? Ja, ja... Hay que escuchar a los ancianos, poseen toda la sabiduría de una vida llena de experiencias. Permitan que les presente a mi compañero. Es una de las personas más valiosas de mi partido. Su trabajo consiste en darme la razón en todo. No habla, sólo vota en el Congreso. En fin, ya se imaginarán que venimos a por algo que nos pertenece. La mujer señaló la puerta del trastero, de donde salía una voz gangosa que hablaba acerca de la necesidad de permanecer unidos, haciendo especial énfasis en lo calentita que está la gente cuando se une muy de cerca. El hombre del bulto en el hombro abrió la puerta del trastero. -Buenas tardes, señor Bush. -Llámeme señor presidente -contestó el bulto muerto. -Er... Aún no podemos, señor. Precisamente venía a buscarle para comenzar la campaña electoral. -Ah, claro, la campaña. ¿Quién será mi oponente? -Al Gore. -¿Dónde tiene el bulto? -En un costado. -En un costado... Será un trabajo muy duro. Señores -añadió dirigiéndose a la familia-. Ha sido un placer vivir en su trastero. Pero ahora ya estoy preparado y tengo que irme. Debo cumplir un deber para con mis ciudadanos. Gracias, que Dios les bendiga. La familia fue a despedirle a la puerta. No pudieron evitar soltar alguna lágrima cuando quien fuera uno de sus bultos favoritos se metió en el ascensor. -Es una pena -dijo el abuelo-, un bulto tan joven y fuerte. -Ha sido todo tan rápido -añadió el padre-. Al menos, no sufrió.
