viernes, 5. noviembre 2004
Jaime, 5 de noviembre de 2004, 10:19:11 CET

I'm trying to decipher that


Viñeta de Cox & Forkum sobre el día siguiente a las elecciones: John Kerry buscando sus matices en la ya desolada sede del Partido Demócrata. No he seguido tanto la campaña como para poder decir si Kerry tenía un discurso matizado o si simplemente confiaba en la ambigüedad para captar electores. En todo caso, parece que los matices -los de Kerry o los de quien sea- se identifican casi siempre con indecisión y debilidad. Y es que los detalles, los cambios de opinión, las correcciones, no están permitidos en política. Se prefiere a los políticos con visión túnel -que no es lo mismo que una visión clara-, a los que muestran alguna complejidad en sus ideas. Lo único que acaba contando es el botón que se aprieta: sí, no, abstención. Poco importan las enmiendas, los discursos y las declaraciones que puedan servir para explicar o poner condiciones a ese voto. Poco importa que en realidad sea imposible poder contestar a todo con síes, noes y abstenciones. Es extraño, porque todo el mundo -o casi todo el mundo, vaya- prefiere a quien rectifica cuando se equivoca, a quien no lo ve todo en blanco y negro, a quien disfruta con los detalles. A no ser que se hable de políticos: en este caso, se premian la terquedad y la simpleza. Pero también es comprensible. Hay gente que necesita líderes. Especialmente los propios políticos. Y los líderes están para ser seguidos ciegamente. Y, claro, para poder seguirlos con los ojos vendados, el camino tiene que ser en línea recta.


 
Menéame Envía esta historia a del.icio.us
enlace directo   
 
miércoles, 3. noviembre 2004
Jaime, 3 de noviembre de 2004, 13:03:57 CET

¿Hay algún médico en la sala?


Aquello había sido aún mejor que cuando se subió a un taxi envuelto en una gabardina y fumando un cigarrillo sólo para decir aquello de "siga a ese coche". Ese coche era un Peugeot gris que fue de la Plaza Catalunya hasta la calle Numancia, para desaparecer en un parking subterráneo. Sí, mucho mejor. A un tipo le había dado un ataque. En medio de la calle. Otro hombre -también cincuentón, también trajeado- estaba llamando a una ambulancia. Dos señoras y un veinteañero se habían parado a ver si podían hacer algo, aunque ya sabían que no podían hacer nada. Tenían ganas de irse -muchas-, pero no hubiera sido nada bonito. El civismo inútil. Cuando vio la escena, Javi se acercó a grandes zancadas mientras se quitaba la chaqueta. -Apártense -bramó, mientras colgaba la cazadora del brazo de una de las mujeres- soy médico. Se agachó junto al hombre, que estaba sentado, apoyado contra un portal. Le deshizo el nudo de la corbata y le desabrochó los dos primeros botones de la camisa. -No intente hablar. Respóndame moviendo la cabeza muy lentamente. ¿Le duele el pecho? El hombre asintió. Javi alzó la mirada. -¿Han llamado a una ambulancia? Y todos dijeron que sí. -Hace rato, pero no vienen... -Ya les he llamado dos veces. -¿Qué es lo que tiene? -Señora -contestó Javi-, si llevara un electrocardiograma en el bolsillo se lo diría. -¿Un infarto? -O una angina de pecho, o una arritmia, o un susto. Lo sabremos cuando lleguemos al hospital. ¿Usted le conoce? –Preguntó al otro encorbatado. -Sí, somos compañeros de trabajo. -¡Pues háblele! ¿No ve que se siente solo? Todas las enfermedades vienen porque nos sentimos solos. No lo olviden. Cásense, tengan hijos y trabajen en multinacionales: no enfermarán. Y el cincuentón se agachó. -Alberto... Er... ¿Cómo llevas el informe de ventas? Si quieres, te puedo echar una mano... Mientras te recuperas... -¡Cójale la mano, que se nos va! El hombre obedeció. -Tú descansa... Que en nada estaremos tomándonos unas cervecitas... Bueno, si te dejan los médicos. -Y oiga –dijo una de las señoras; sesentona, con el pelo blanco azulado y un abrigo que podría haber llevado Jackie Onassis- ¿se va a poner bueno este pobre hombre? Javi alzó la mirada. Luego alzó el resto del cuerpo. Por último, se llevó la mano derecha al corazón. -No debería decir esto porque los médicos no decimos estas cosas hasta que estamos totalmente seguros, pero sí, este hombre vivirá. Desde que durante mi primera noche en urgencias se me murió en los brazos una señora por culpa de un infarto, me prometí a mí mismo que no volvería a perder a ningún cardiópata. Me equivoqué con la medicación, ¿sabe? Le receté tripocasina, que como usted ya sabrá... El hombre que estaba tendido en el suelo comenzó a respirar con más dificultad, casi gimiendo. Javi volvió a arrodillarse y acercó la oreja al pecho. -¡Necesita veinticinco miligramos de tridecodeína! ¡Y un vasodilatador! ¿Dónde está esa ambulancia? ¿Alguno de ustedes lleva gelocatina? ¿No? ¿Y tridifeldespato? ¿Tampoco? ¿Y permanganato de potasa? Maldita sea, ¿por qué no viene la ambulancia? Una de las señoras se santiguó, la otra miró apartó la mirada y el amigo del moribundo usó su mano libre para sacar el móvil del bolsillo y llamar de nuevo al 061. Algún otro curioso se paró. ¿Qué ocurre? A ese hombre le ha dado un ataque. ¿Y la ambulancia no llega? Mierda de seguridad social. -¡No hay tiempo, no hay tiempo! ¡Van a llegar tarde! ¡Usted -le dijo al veinteañero-, levántele las piernas! El chaval agarró al enfermo por los tobillos y alzó las extremidades. -¡Señora, aparte que me tapa la luz! Javi comenzó a soltar puñetazos en el pecho del hombre. Los nudillos contra el esternón. -Oiga, ¿eso no es un poco bestia? -Sugirió el veinteañero al oír cómo los gemidos del hombre cobraban fuerza. El encorbatado sonaba como un asmático que intentara cantar ópera después de subir cinco o seis pisos corriendo por las escaleras. -¿Usted es médico? ¿Eh? ¿Lo es? No, ¿verdad? Ésta es la maniobra Korsakov. Salva vidas. Las preguntas idiotas, no. A todo esto, el hombre se iba poniendo violeta y los ojos se le iban quedando en blanco. -¡Coño! -Soltó su amigo- ¡Alberto! ¡Oiga, que está azul! ¡Alberto! –Y le agarró más fuerte de la mano. -Apártense -dijo Javi, para volver a insistir con los puñetazos. Uno tras otro. Con rabia. Haciéndose daño. Cuatro, cinco, seis. Y otro. Y otro más. Y otro. Hasta que el cuerpo del tal Alberto dejó de sacudirse y arquearse, y se quedó totalmente inmóvil. -Mierda... Lo hemos perdido. Hora de la muerte: dieciséis veintidós. Y entonces se oyeron las sirenas. La ambulancia aparcó. Bajaron un médico y un camillero. -Buenas -dijo Javi-, soy el doctor García, del Hospital del Norte. Es un varón de cincuenta años. Posible causa de la muerte: parada cardiorespiratoria. Y ahora, si me permiten. Y cogió su chaqueta del brazo de la señora y se fue calle abajo, mientras los médicos, las señoras, el veinteañero, algún que otro curioso, el compañero del muerto y el muerto se quedaban todos muy quietos y con los ojos muy abiertos. Mejor que lo del taxi. Desde luego. Ni punto de comparación. Por suerte, aún le quedaban cosas por hacer. Te he dicho que no me llames a casa. Lleve este avión al aeropuerto de Tel Aviv o estallará por los aires. Me llamo Iñigo Montoya, tú mataste a mi padre, prepárate a morir. En realidad estoy huyendo de mí mismo. Haz que parezca un accidente. Y tantas otras.


 
Menéame Envía esta historia a del.icio.us
enlace directo   
 
miércoles, 27. octubre 2004
Jaime, 27 de octubre de 2004, 12:33:25 CEST

Acerca de los paseos. Algunos ejemplos


La mayoría de la gente que va caminando por la ciudad no pasea, sino que se desplaza. Incluso aunque crea y afirme estar paseando. Es decir, va de un punto a otro. Viene de un sitio y va a otra parte, donde se detendrá y hará lo que tenga que hacer. Y eso no es pasear. No tengo nada en contra de los desplazamientos. Son absolutamente imprescindibles. Si uno no se desplaza, no llega a ningún sitio. Y es importante llegar a los sitios. Si no, seríamos plantas. Pasear es otra cosa: caminar sin rumbo fijo. Evidentemente, se comienza en un punto y se acaba en otro, pero el destino se desconoce. Se puede intuir, incluso a medio camino se puede decidir. Pero en todo caso no se trata de un "oye, vamos a tal sitio que tengo que hacer tal cosa", sino, como mucho y en el peor de los casos, de un "oye, ya que estamos aquí, vamos a tal sitio que igual puedo hacer tal cosa". Los paseos siempre se han menospreciado. Se consideran una actividad de viejos o de enamorados. A los viejos y a los enamorados también se les menosprecia, pero a veces con razón. En cambio, despreciar los paseos es siempre injusto. El escritor y caminante Josep Maria Espinàs decía en una entrevista que él no le da tanta importancia a la literatura, que para él sí que es importante porque es escritor, pero afirmaba ser consciente de que escribir no es más fundamental que la biología o que pasear. Con su habitual modestia nada forzada, Espinàs le quitaba hierro a sus textos y, ya de paso, a todos los textos. Sin embargo, creo que en realidad con esas palabras no rebajaba la literatura, sino que incorporaba los paseos a esa posición de actividad privilegiada. Porque dudo mucho que el ejemplo fuera casual. Sobre todo tratándose de una persona que sabe tanto de caminar y de pasear, como atestiguan sus libros y sus artículos. Es decir, pasear es tan importante como escribir. O como la biología. O como dormir. O como respirar. De hecho, pasear es una forma de oxigenarse. No voy a hacer una tipología del paseo. Al fin y al cabo, cada uno pasea como quiere. A veces, como puede. Pero sí que pondré algunos ejemplos con sus correspondientes indicaciones. A título personal y sin intenciones ni siquiera orientativas. Tan sólo para dejar constancia de que pasear es una de las actividades que han hecho más bien por la civilización desde antes incluso de Aristóteles. Se puede pasear solo. Uno simplemente camina, preferiblemente bajo esa luz de media mañana que le sienta tan bien a Barcelona. En estos casos, lo mejor es mirar hacia arriba. Los techos, los áticos, las copas de los árboles. Es un tipo de paseo ideal para fabricar cosmovisiones y respuestas completas y satisfactorias a la pregunta por el sentido de la vida. Es recomendable olvidar las conclusiones una vez se vuelve a casa. No porque estas conclusiones no sean acertadas, que siempre lo son, sino para poder llegar a ellas de nuevo durante el siguiente paseo. Se puede pasear mientras se escucha la radio. Nada de fútbol, por favor. Ni de informativos. Música o, en todo caso, magazines. La mejor forma de pensar en temas para cuentos o artículos. En este caso, es mejor anotar esas ideas que olvidarlas, aunque tampoco es imprescindible. Con música o sin ella, conviene ir fijándose en la gente, aunque sólo sea de vez en cuando. Si se va sin auriculares, es buena idea escuchar los trozos de conversación que uno cace al vuelo. Incluso seguir más o menos disimuladamente a esas personas, si su conversación es lo suficientemente interesante, es decir, si su conversación es mera cháchara sin sentido. En estos casos, lo que se puede hacer es aprovechar este material para escribir esa gran novela sobre la Barcelona del cambio de siglo que siempre esperamos comenzar uno de estos domingos por la tarde. Por supuesto, también se puede pasear acompañado, aunque no recomiendo que esta clase de paseos se hagan con más de una persona. Para pasear hay que tener un grado de intimidad y compenetración extremos, ya que uno no puede ir corrigiendo el rumbo, al no haber rumbo que corregir. Los pasos de ambas personas han de seguir el mismo camino sin que ninguno tenga que indicarle nada al otro, al menos conscientemente. Y es que en el momento en que se escoge un camino, uno deja de pasear para desplazarse. Peligro siempre presente, pero aún más cuando el paseo lo dan dos personas: tienen el doble de posibilidades de equivocarse. Con esto queda claro que el riesgo es demasiado elevado como para intentar pasear con más de un compañero. O con niños. Por tanto, este tipo de paseos es para enamorados o casi enamorados, parejas que al menos se sientan atraídas, lo sepan o no, y estén obviamente destinadas a compartir el resto de sus vidas o, como mínimo, algunas horas en la cama. Los paseos entre dos permiten disfrutar de la compañía de la otra persona cuando a ninguno se le ocurre qué hacer o qué decir. El rutinario espectáculo de la calle puede proporcionar algún tema de conversación, pero siempre ligero y obviable. Lo que importa aquí es el contacto, en todos –o casi todos, ahora no consultaré el diccionario- los sentidos de la palabra. El contacto con uno mismo. Como cuando se escribe. El contacto con el otro. Como cuando se lee. Con lo que queda claro que el ejemplo del señor Espinàs no era casual. O no debería haberlo sido.


 
Menéame Envía esta historia a del.icio.us
enlace directo   
 
martes, 26. octubre 2004
Jaime, 26 de octubre de 2004, 10:35:20 CEST

Por un Estado laico, o sea, sin fútbol


Es habitual que los políticos que hacen públicas sus creencias religiosas sean ridiculizados o menospreciados. Al menos en España, donde un político católico se convierte de inmediato en un fanático que quiere prohibir el divorcio y poner todos los colegios en manos de jesuitas pederastas. A mí no me molesta que un político tenga sus creencias, siempre y cuando no quiera imponerlas. Y esto último es tan obvio que me sonrojo al escribirlo. Incluso me gustaría que los políticos manifestaran más abiertamente sus creencias o su ausencia de creencias. Aunque sólo sea porque me tranquilizaría saber que el tipo en quien confío el gobierno del país en el que me ha tocado vivir piensa en algo más que en salir guapo por la tele. En realidad, a mí lo que me preocupa es el fútbol. La importancia que le dan algunos, el tiempo que se pierde hablando de selecciones, banderas y figuras patrias. De entrada, no entiendo esa actitud religiosa hacia veintidós vagos en calzones. No comprendo cómo algunos se gastan tanto dinero para pasar noventa minutos viendo de lejos como alguien le pega un patadón a una pelota. Y me resulta ridículo que algunos malgasten sus vacaciones pintándose la cara con los colores de la selección y yéndose a insultar a un señor que va de negro en un país más o menos lejano. Pero lo peor de todo es que el fútbol es aburrido. Lo más emocionante es cuando el árbitro se equivoca. Recuerdo un episodio de los Simpson en el que se sugería que los espectadores se dedican a soltarse puñetazos y patadas durante los partidos simplemente porque se aburren. No me extrañaría. De los noventa minutos, los futbolistas se pasan ochenta y cinco pasándose el balón en el medio del campo. Apasionante. Es más, cuando se habla de violencia en el deporte, en realidad se está hablando de violencia en el fútbol, con alguna que otra excepción, como quizás algún partido de baloncesto en Grecia o alguna peleílla entre jugadores de hockey sobre hielo. Y para de contar. Pero, claro, cada loco con su tema, si a uno le gusta el fútbol, allá él. Hay cosas peores. Supongo. Lo que me preocupa es el tiempo que malgastan los políticos con el fútbol. Tiempo que en muchas ocasiones deberían usar en trabajar. Que para eso les pagamos. Pero resulta que a casi nadie le parece mal que un político pierda horas yendo a ver partidos puro en boca o recibiendo en el ayuntamiento al equipillo ganador del torneo de turno. Y casi nadie se enfada si el alcalde decide cortar algunas callejuelas para que esos patanes celebren su victoria. Tampoco veo por qué cuando juega el Barça, todo el mundo puede aparcar donde le dé la gana en Les Corts, pero a mí la grúa se me lleva el coche si el parachoques hace sombra en un paso de cebra dos calles más abajo. Ni entiendo por qué a los clubes de fútbol se lo consiente todo incluso Hacienda. Y tampoco sé por qué casi ningún político tiene problemas en dejarse fotografiar con uno de esos presidentes de club de fútbol, cuando casi todos apestan a mafioso. O, peor, no entiendo que durante los partidos de España en la pasada eurocopa, los parlamentarios desaparecieran y los ministros interrumpieran su trabajo. Sin que casi nadie se quejara. Y luego alguno sugiere que igual los sentimientos religiosos de no sé quién no son buenos consejeros para no sé qué puesto. Pues igual. Pero si a mí me dicen que a ese no sé quién no le gusta el fútbol, yo le voto para lo que haga falta. Claro que hoy en día ningún político se puede permitir el lujo de decir tales barbaridades.


 
Menéame Envía esta historia a del.icio.us
enlace directo   
 
miércoles, 20. octubre 2004
Jaime, 20 de octubre de 2004, 11:57:46 CEST

Simples


No voy a negar el simplismo y la ingenuidad de aquel discurso de José Luis Rodríguez Zapatero frente a la Onu, en el que proponía luchar contra el terrorismo mediante una difusa alianza de civilizaciones. Es decir, y simplificando la simplificación del presidente, darle la mano a los dictadores que, además de hacerles la vida imposible a sus ciudadanos, financian -supuestamente- ese terrorismo contra el que se pretende luchar. El discurso de Zapatero tuvo un nivel justito. Buenas intenciones para quedar bien con los votantes. Ahora, al otro lado -por ejemplo, en los discursos electorales de Bush o a veces del propio Kerry- tampoco hay mucho más: malas intenciones para quedar bien con los votantes. Y es que me parece grotesco suponer que si el discurso de Zapatero es ingenuo, el de sus antagonistas es un conjunto de razonamientos certeros y hábilmente enlazados, sólo porque dice lo contrario. Me parece igual de simplista el plan ZP de reconciliación mundial, que suponer que la democracia se instaura a cañonazo limpio y que el terrorismo se revienta a bombazos. Sobre todo teniendo en cuenta que los terroristas evitan en lo posible colocarse debajo de las bombas. Por supuesto, tampoco encontramos reyes de los matices entre los teóricos neoconservadores: ¿Huntington, que parece que quiere jugar al Risk cambiando imperios por civilizaciones? ¿Kagan, que viene a decir que ya que tenemos la fuerza, usémosla? ¿Cox and Forkum y sus panfletillos a tinta china? Sí, claro, todos ellos son nuevos Nabokovs, que ponen su fina pluma rebosante de detalles al servicio de unas ideas políticas de peso. Más: aunque suponga caer en un maniqueísmo tan simplista como los simplismos antes mencionados, prefiero la utopía del amor mundial a la distopía de la guerra eterna contra el terrorismo. Y eso a pesar de que me revienten las utopías, que sólo son paradisiacas en las mentes de quienes las maquinan; para los demás, son o acaban siendo infiernos. De todas formas y ya casi al margen, hay que reconocer una cosa: los esfuerzos de muchos por justificar los pretextos para invadir Iraq son dignos de elogio. Como esforzados ejercicios de retórica, claro.


 
Menéame Envía esta historia a del.icio.us
enlace directo