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Corre, Javi
Huir. Coger un taxi, ir al aeropuerto, elegir un destino casi al azar y marcharse. Aunque sea para luego volver. Eso hizo mi amigo Javi. Paró un taxi. Al aeropuerto. Se puso a mirar el panel de vuelos para escoger destino. Helsinki Tokio Londres Toronto Milán París Lisboa El Cairo Buenos Aires Berlín Estambul -¿Qué haces ahí plantado? El avión sale en media hora. Aquella voz le sonaba. Se giró. Aquella cara le sonaba. Ah, sí, su jefe. Una pena haber olvidado que trabajaba como auxiliar de vuelo. Se prometió a sí mismo que la próxima vez probaría con la estación de tren.
Vecindario
Una vez se perfeccionaron tanto la ingeniería genética como la clonación, el profesor Ramón Mejías pudo poner en marcha su proyecto de sociedad perfecta. Según Mejías, una sociedad perfecta era simplemente la formada por buenas personas. Y las mejores personas son los asesinos y los psicópatas, según afirman en medios de comunicación amigos y vecinos de esta gente. Amables, educados, simpáticos, nadie se lo hubiera imaginado, tipos normales, vecinos perfectos. Mejías fabricó así familias enteras siguiendo el patrón genético de asesinos en serie, viudas negras, violadores, niños que agarraban las armas de sus padres y se liaban a tiros en la escuela. El profesor las trasladó hace ya más de siete años a Vecindario, un pequeño pueblo de las afueras de Barcelona construido para el experimento. "Nunca se ha visto un pueblo mejor", aseguraba Mejías a la prensa, con motivo del quinto aniversario de su proyecto. Casitas de paredes blancas y césped bien cortado, vecinos que se daban los buenos días, que se vestían de payaso en los cumpleaños de sus hijos, que preparaban galletas de jengibre con forma de señor sonriendo, que lavaban el coche los sábados por la mañana y que dejaban una bonita pero humilde cantidad en el cepillo de la iglesia. "Un pueblo lleno de buena gente", insistía Mejías en las entrevistas, "y un mundo lleno de buena gente, si me dejaran". Eso sí, alguna vez se ha descubierto que alguno de los vecinos tenía enterrados bajo el césped a doce o trece niños, que otro había descuartizado a la maestra, que la maestra tenía encerrada a su madre bajo llave y llevaba más de tres años sin darle más que agua y galletas. En estos siete años y algunos meses, ya ha muerto, víctima de asesinatos, más de una quinta parte de la población original. Cuando le preguntan por este dato, Mejías se encoge de hombros: "Bah, estadísticas. Cada uno las lee como quiere. En todo caso, los beneficios superan las desventajas".
Satanás y el Estado laico
Matías Sanlucas explica en su El demonio en tiempos de ateos, que actualmente el diablo pasa desapercibido sin necesidad de disfraz. Es decir, si por ejemplo en el siglo 19 Mefistófeles se vestía de hidalgo con capa y sombrero, actualmente no tiene ni que disimular el olor a azufre. "Lucifer hace su aparición rodeado de humo en las oficinas de cualquier banco o ministerio de hacienda -escribe Sanlucas-, para luego salir a la calle armado con su tridente y luciendo su brillante piel roja, su largo y puntiagudo rabo, y sus pequeños pero fieros cuernecillos". Según Sanlucas, nadie se alarma: "Le toman por un loco disfrazado, por un borracho, o por ambas cosas. Algunos le reconocen, pero guardan el silencioso y debido respeto por las creencias religiosas de los demás". Evidentemente, las ventas de almas se formalizan ante notario. También evidentemente, cada vez se venden menos almas. "En una sociedad laica -explica Sanlucas- el primero que pierde cuota de mercado, si se me permite la expresión, es el demonio, a pesar de lo que pueda parecer. Normal: según las encuestas y por extraño que resulte, hay gente que cree en Dios y no en el diablo, pero ¿cuántos hay dispuestos a creer en Satanás y no en Dios?" Más aún: este declive ha obligado al demonio a emprender obras de caridad y algunos milagros, "todo con tal de que vuelva a nuestra sociedad la fe en Dios y, por tanto, la fe en el diablo". Según Sanlucas, "por lo que se ha podido averiguar, son obra del demonio al menos la curación en 1987 de una niña de Florencia enferma de cáncer y la recuperación hace dos años de un tetrapléjico moscovita".
Unas cuantas quejas
Se están perdiendo las formas, las maneras, los buenos modales. En definitiva, todo. Yo mismo incluso perdí un paraguas el otro día. Y en cuanto a las formas, conozco un triángulo que tiene cuatro lados. Cuando le recriminé su actitud, sólo acertó a decirme que tampoco había para tanto, que sólo se trataba de un lado de más. Que no hay para tanto, dice. Si todos hicieran como él, la geometría y, por tanto, el mundo entero, sería un desastre. A saber qué continente hubiera descubierto Colón si a la Tierra no le hubiera importado tener forma de pirámide en lugar de mantenerse más o menos esférica. Aunque en realidad el mundo entero ya es un desastre, geometría incluida. No hay moral, no hay valores, no hay un mínimo respeto por el prójimo o por uno mismo. Hay gente que se atreve a combinar marrón con azul sin sentir ningún remordimiento. Muchos miran a la derecha y a la izquierda antes de cruzar, cuando todo el mundo sabe -o debería saber- que el orden correcto es primero a la izquierda y luego a la derecha. A no ser que uno viva en Londres. En los relojes analógicos, después de las doce viene la una, en lugar de las trece; y en los digitales, tras las 23 vienen las cero. Las cero. Es absurdo. Ridículo. Tendrían que venir las veinticuatro. Y luego las veinticinco. Evidentemente. Pero es que ya nadie sabe qué es el orden. Los teclados no respetan el orden alfabético, el contenido de los bocadillos no es de al menos el mismo grosor que una de las rebanadas, nadie sabe utilizar las teclas de memoria de las calculadoras. A alguno igual le parece que soy excesivamente puntilloso. No es cierto: me parece bien no tener la rigidez de un palo de escoba, pero eso no quita que haya que mantener unas normas mínimas que faciliten la convivencia. Insisto: mínimas. Por ejemplo, todo el mundo se saluda y se despide como le da la gana: buenos días, buenas tardes, hola, buenas, qué tal, hasta ahora, hasta luego, adéu. Uno ya no sabe a qué atenerse, a pesar de que parece razonable esperar que a uno le den los buenos días desde las seis de la mañana hasta las doce del mediodía, y que a partir de entonces y hasta las veinte horas le den las buenas tardes. Pasadas las ocho uno ha de comenzar a dar y a recibir las buenas noches. Más aún: hay gente que le echa la misma cantidad de azúcar al café y al café con leche; monstruos que comienzan a leer el periódico por la última página; nazis que aseguran que trabajan de nueve a cinco y en realidad nunca llegan a la oficina antes de las nueve y diez. Vivimos una época de perdición y de caos que no tiene remedio alguno. Vamos camino del fin del mundo. Nada menos. Eso sí, mientras se colapsa el planeta -que ya no se sabrá si es una esfera achatada por los polos, un cilindro o un cubo-, y entre el estruendo de explosiones y terremotos, se oirá el rugido de mi voz: "¡Os lo advertí! ¡Mira que os lo tenía dicho!" Al menos me quedaré tranquilo.
Pollo con peras
Arturo Sánchez vivió sus semanas de gloria televisiva el año pasado, después de llamar la atención de todo el mundo en el Diario de Patricia. El tema del programa ya era de por sí escandaloso: "Le soy fiel a mi mujer". Pero de entre la gente extravagante con historias enrevesadas que se presentó aquella tarde, destacó Arturo, que había conocido a su novia a los dieciocho y llevaba veintitrés años con ella, quince de ellos casado. Además, en el transcurso de aquella morbosa entrevista, Arturo confesó que le gustaba ir al cine los domingos y que su plato favorito era el pollo con peras. También explicó que tenía dos hijos, que iba a misa las fiestas de guardar, que jamás había fumado un porro y que le gustaba leer libros de historia. A pesar de eso, explicó, ejercía como maestro en una escuela pública. Al respecto añadió que, obviamente, muchos padres no se fiaban de él, especialmente porque -y aquí parte del público incluso le insultó- era abstemio. Pocos le creyeron, pero eso no fue obstáculo para que se convirtiera en un habitual de los platós de televisión y de los estudios de radio. Incluso fue a Crónicas Marcianas, donde explicó, para pasmo de los espectadores, que jamás se había discutido con su suegra y que de niño no había sufrido malos tratos. Más detalles escabrosos de su vida: la relación con sus padres era buena, no tenía ninguna malformación, su mujer no era drogadicta y sus hijos no habían sido violados por ningún cura ni por ningún monitor de esplai. Sin embargo, supuestos amigos y compañeros de trabajo de Arturo no tardaron en llamar y acudir a los mismos platós para explicar que nada de lo que decía era cierto. Su mejor amigo afirmó –"lo hago por su propio bien", dijo- que el difunto padre de Arturo había sido alcohólico y que cuando Arturo era niño no hacía más que insultarle a él y a su madre. La canguro de sus hijos explicó con todo lujo de detalles cómo le había intentado meter mano una noche. Y cómo ella había accedido. Su mujer no explicó nada porque resultó que llevaba dos años muerta. Había fallecido en circunstancias muy sospechosas, poco después de aquel asunto con la canguro. Un antiguo compañero de trabajo contó cómo había robado dinero de la empresa para pagarse su adicción al juego. Su suegra se quejó de que en más de una ocasión Arturo la había llamado "vieja, gorda y estúpida". También se supo que su hijo de doce años había muerto en una pelea de bandas callejeras y que su hija de nueve se había fugado con un monitor de esplai. En definitiva, que su vida era absolutamente normal. Arturo se defendió torpemente de aquellas acusaciones. Insistía en que decía la verdad, en que sus principios morales le prohibían mentir, en que lo de su mujer se podía explicar fácilmente, en que el único juego al que era adicto era el ajedrez. En que él no era como los demás. Pero los pocos que le creían dejaron de defenderle. Imagino que por lo tranquilizador que era suponerle igual de anodino que todo el mundo. Arturo, por tanto, no tardó en ser olvidado y apartado de la televisión. Creo recordar que le sucedieron como estrelluchas de lo grotesco un tipo que aseguraba ser heterosexual y una señora que quería ser funcionaria. Hablo de todo esto porque la semana pasada vi a Arturo Sánchez en una cafetería. Me costó reconocerle, a pesar de que vestía ese traje gris que le había hecho famoso. Llevaba barba de tres o cuatro días, y el cabello grasiento y descudidado. Además, no eran ni las seis de la tarde y ya iba medio borracho. Estaba hablando con alguien a quien probablemente acababa de conocer. Le explicaba que en realidad no había mentido. -Tú me crees porque eres mi amigo y hay confianza, aunque hace poco que nos conocemos –decía-. Has de saber que no es verdad todo lo que se dijo acerca de mí. Pero en la tele, ya se sabe, te condenan sin dejar que te defiendas. Puede que exagerara los hechos, puede que quisiera ser famoso, puede que quisiera parecer extravagante. Y quién no. Lo que importa es que gran parte de lo que dije era verdad. La mayor parte. Y lo que cuenta es el fondo, no los detalles –Hizo una pausa para tomar otro trago de cerveza-. Me encanta el pollo con peras –añadió-. No sabes cuánto. Y la puta de mi suegra lo hacía mejor que nadie.
