martes, 22. febrero 2005
Jaime, 22 de febrero de 2005, 9:04:45 CET

¡Mec!


Hace unos días a Alber le indignaron los claxonazos con los que un cretino obsequiaba a una ambulancia. No creo que estos bocinazos sorprendan a alguno, a pesar de que los conductores eternamente cabreados no son más que una ruidosa minoría. O eso quiero pensar. En todo caso y según la normativa, el claxon sólo ha de usarse para advertir de peligros y evitar accidentes. Pero lo cierto es que se usa más bien para desahogarse. En un semáforo el primero de la fila tarda más de cinco segundos en darle al acelerador una vez se enciende la luz verde y mec. O igual a otro no le ha gustado que un tercero se haya parado en un stop y mec. O el que tiene delante tarda más de lo que le gustaría en incorporarse a la ronda y mec. Lo más divertido --es un decir-- es cuando uno oye decenas de mecs y marramecs en un atasco. Ah, genial. El claxon desintegra coches, por eso se usa tanto cuando el tráfico está imposible. Dos toques de bocina y uno puede circular sin problemas. Y a casi todo el mundo le parece supernormalísimo. Mucha campaña de civismo en el metro para que la gente no se cuele, mucha grúa recogiendo coches, mucho no hagas ruido si es tarde que a los vecinos les molesta, pero no sé de nadie a quien le hayan puesto una multa, cortado un dedo o al menos llamado la atención por aporrear el claxon. Oiga, usted, ¿a qué viene tanto mec? Disculpe agente, es que tengo un mal siglo. Por cierto, casi igual de molesto que lo de oír bocinazos mientras uno se dirige al metro a las ocho de la mañana y aún intenta despertarse, es que algún anormal le haga luces en la autopista. De todas formas, con esto de las luces a veces me doy cuenta de que el excesivamente cabreado soy yo. No siempre acierto a agradecer esta advertencia como es debido. Porque al fin y al cabo el rey del tunning o el señor del Audi que tengo detrás simplemente intenta hacerme ver lo revolucionado que voy: me recuerda que no puedo circular a más de ciento veinte aunque vaya por el carril de la izquierda. Por tanto, levanto el pie del acelerador hasta reducir los veinte o treinta kilómetros por hora que marca de más mi Seat Cafetera. Una vez he reducido suavemente y después de mirar bien por el retrovisor --al menos dos o tres veces--, me pongo a la derecha, como todo conductor responsable. Con mucha tranquilidad, sin precipitarme. Y si, como ocurre a menudo, veo que el amable conductor que tenía detrás se embala y va a una velocidad excesiva, no dudo en ponerme detrás suyo a una distancia razonable y devolverle el favor haciéndole las mismas luces que él me ha hecho a mí. De nada.


 
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martes, 15. febrero 2005
Jaime, 15 de febrero de 2005, 17:33:57 CET

Invasión


No por previsibles son menos terroríficas las conclusiones de un informe que presenta el Ministerio de Medio Ambiente: las playas desaparecerán y llegarán a nuestro país especies invasoras. Deberíamos haber hecho caso a Carlos Jesús y a otros destacados avistadores de ovnis, en lugar de reírnos de ellos. Igual así estaríamos preparados para el ataque de los mutantes de Ganímedes. Y es que tras leer este documento con cuidado y atención queda claro que nos va a invadir una peligrosa especie de insectos gigantes del espacio que sojuzgará nuestra raza. Para conseguir sus sangrientos objetivos, los bichos se valdrán de la destrucción de nuestra principal fuente de ingresos: las playas. Al descender el turismo de manera brusca, no dispondremos de divisas con las que comprar pistolas de rayos desintegradores y quedaremos por tanto a merced de estos monstruos espaciales. Queda además en el aire --y nunca mejor dicho-- un dato escalofriante --y nunca peor dicho: dentro de unos cien años, cuando el imperio de las hormigas asesinas esté en su plenitud, la temperatura media de nuestro país se habrá incrementado entre cinco y siete grados de media, con lo que estos insectos carnivoros y despiadados estarán más que cómodos, mientras que los españoles que queden vivos ni siquiera podrán ir a Castelldefels o a Vilassar de Mar a darse un bañito. Así pues y si quiero salvar la vida, no tengo más remedio que ponerme desde ya al servicio de las hormigas asesinas del espacio, para ayudarles en su labor de construcción de un nuevo hormiguero sideral en nuestro país, que dé amparo a su reina galáctica y sirva para almacenar las miguitas de pan --o, en su defecto, cabezas humanas-- necesarias para afrontar el duro invierno.


 
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lunes, 14. febrero 2005
Jaime, 14 de febrero de 2005, 12:43:13 CET

Mil y un días


Llevo mil y un días en esto de los blogs y no soy ni rico ni famoso. Esto no es lo que me habían prometido. En realidad se supone que llevo tres años y un día, porque el 13 de febrero de 2002 abrí La decadencia del ingenio en Blogger. Pero, bah, aquello fue un prólogo. En todo caso, mis sinceras disculpas a quienes hayáis perdido más de veinte minutos leyéndome, pudiendo disfrutar de los textos de algún señor (o señora) muerto (o muerta).


 
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viernes, 11. febrero 2005
Jaime, 11 de febrero de 2005, 12:38:33 CET

Busque, compare y si encuentra algo mejor, etcétera, etcétera


Yo no me dejo influir fácilmente. Y menos por los anuncios. Soy un tipo independente y tal y cual. De todas formas, reconozco que la publicidad cumple con eficacia su principal función: informar acerca de los productos a los que podemos acceder para mejorar nuestra vida. Por ejemplo, siempre llevo encima un tampax. No sé bien bien cómo se ha de usar, pero no pienso prescindir de la sensación de comodidad e higiene que proporciona para esos días. Ignoro cuáles son esos días, pero imagino que será cuando uno no se siente ni cómodo ni limpio por muchas duchas que se dé y sillones por los que se desparrame. En todo caso, me siento más seguro llevando uno de esos tampones en el bolsillo. Mejor que una compresa, porque a veces asoma y uno ha de aguantar preguntas innecesarias de gente que aún no se ha enterado de que vivimos en el siglo 21. Gracias a la publicidad, también me ahorro horas de plancha: simplemente unto mis camisas con una crema antiarrugas antes de acostarme. No es que queden tan bien como tras un buen planchado, pero este sistema es mucho más rápido y cómodo. Aunque debo tener cuidado al apoyarme en una pared o en una farola, porque resbalo. Eso sí, y hablando de cosméticos, con la colonia tengo muchos problemas: por las mañanas me pongo una bien fresquita, por aquello de despertarme y tal, pero en cuanto entro en el metro me echo algo de Brummel gracias a un pequeño vaporizador que siempre llevo encima encima. Y es que que en las distancias cortas es cuando un hombre se la juega. Al salir a la calle me pongo una de Dior: una fragancia urbana para hombre, según leí en una revista. Si salgo por la noche uso Emporio Night, como su propio nombre indica, y en verano, Eau d'été, también como su propio nombre indica. Estas dos últimas son de señora, pero aún no he encontrado sustituto varonil. El problema, como alguno ya habrá adivinado, es que no siempre tengo tiempo de ducharme entre coloniazo y coloniazo, por lo que al final del día acabo ligeramente mareado y con un suave pero persistente dolor de cabeza. Confío en que pronto se anuncie un producto completo que satisfaga las necesidades de un veinteañero con diferentes compromisos a lo largo del día. Podría hablar también de la señorita rubia que venía con el coche nuevo, o de los amigos que he hecho gracias a la cerveza, pero acabaré con un ejemplo que muestra cómo la publicidad permite ahorrar dinero, que no se trata sólo de gastar, sino de gastar como es debido, informándose antes. En un anuncio decían que un televisor de plasma era como un cuadro, por lo bonito y eso, y en vez de una tele me compré una pintura, que me salió mucho mejor de precio. Es de un payaso triste, una cosa muy profunda y con mucho sentimiento. La pena es que no puedo cambiar de canal, pero al menos el payaso ya me habla. "Mata --me dice--, mátalos a todos".


 
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miércoles, 9. febrero 2005
Jaime, 9 de febrero de 2005, 16:10:14 CET

The money shop


Josep Pla recuerda en uno de sus Articles amb cua cómo Indalecio Prieto le dijo que "cuando se produzcan las evacuaciones sentados, todo el mundo se tratará de usted". A Pla esta afirmación le pareció una buena forma de entender la izquierda: estas palabras le parecían "a favor del fet que la gent acceptés una fraseologia de pujar, no de baixar, de força més que d'adulació". Es decir, que la izquierda no debería aspirar a torturar hasta la muerte a todos los millonarios, sino a que todos pudiéramos ser millonarios algún día. Por tanto, no ha de haber contradicción entre ser de izquierdas y tener dinero, ya que uno puede ser de izquierdas y no querer vivir en una comuna, ni apostar por la abolición de la propiedad privada. Es más, uno puede ser de izquierdas y considerar que no todos los empresarios son unos cerdos egoístas, a excepción, claro, de los jefes de cada uno, que a esos no los salva nadie. De todas formas, reconozco que me cuesta entender el caso de Anita Roddick. Según Miquel Porta Perales, esta señora está en contra del capitalismo, de la globalización y de las empresas multinacionales. Pero también es la dueña de The Body Shop, una nada desdeñable multinacional, más que globalizada y con beneficios dignos de cualquier capitalista que se precie. A ver, a pesar de todo y para comenzar, creo que se puede ser dueño de una multinacional y aun así ser de izquierdas. Obviamente, no comunista, pero sí de izquierdas. Es decir, se puede pensar que el intervencionismo funciona, que los trabajadores merecen una serie de seguridades y que el Estado ha de garantizar al menos la educación y la sanidad. Por ejemplo. El dueño de una multinacional que piense así pagará con relativa alegría sus impuestos y lamentará las consecuencias negativas de las políticas liberales. También opinará que eso de las responsabilidades sociales de una empresa no son palabrería hueca y actuará en consecuencia. No sé si es el caso de Roddick. Podría. De todas formas, y aunque no lo fuera, tampoco tengo nada en contra de las incoherencias, que tanto molestan a algunos. Estamos hechos de contradicciones. Cambiamos de opinión cada dos días y nos contradecimos cada veinte minutos. Hay antiamericanos que citan a Chomsky y ven pelis de Woody Allen y de Martin Scorsese. A mí no me gusta conducir y me encanta la Fórmula 1. Conozco a gente de derechas que no tiene un duro y que echa pestes de los millonarios. Médicos que fuman. Amigos que no han hecho deporte en su vida y van cada semana al campo a ver jugar al Barça. En definitiva, creo que entre nuestros ideales y nuestros actos siempre hay un abismo, porque no es lo mismo juzgar que hacer, y nos equivocamos más a menudo al juzgar que al enfrentarnos con los hechos. Cuando tomamos decisiones, dudamos a pesar de los dogmas que teníamos asumidos, hacemos lo que siempre dijimos que jamás haríamos y lo que luego diremos que no hemos hecho. No sé si la señora Roddick es consecuente con sus ideas acerca de la izquierda y de la forma nueva de llevar empresas que ella considera progresista. No sé si simplemente tiene miedo a haberse equivocado hace años, pero haber mantenido por honrilla, pero sólo de palabra, sus opiniones. Igual dice una cosa y hace otra, pero sin asumir que ha cambiado de opinión, o que ha cometido un error, o que no tuvo en cuenta detalles que una vez manos a la obra han resultado ser cruciales. Quizás ya sólo disimula y sigue adelante, procurando no mirar abajo, no sea que, como los personajes de dibujos animados, comience a caer en cuanto se dé cuenta de que no hay suelo bajo sus pies.


 
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